Delilah #7
Pero el perro es blanco y pequeño. Gime más que ladra, con la lengua colgando a un lado.
Mueve la colita como si creyera que verme es lo mejor del mundo.
La niña me dice hola. Lo dice como tropecientas veces, como si acabase de aprender la palabra y quisiera probarla para ver cómo le queda.
Me tranquilizan. No echo a correr, porque el perro y la niña están contentísimos de verme.
La mujer me mira boquiabierta. Abre mucho los ojos y tira de la correa para que el perro no corra hacia mí.
Pero entonces la correa se le escapa sin querer de la mano.
El perro se suelta y viene corriendo hacia mí.
Al principio me sobresalto porque hace mucho que no veo un perro, y el perro salta hacia mí, me lame, mea.
—Se llama Cody —dice la mujer. Habla con tono amable—. No te hará daño. Es que se emociona cuando conoce a alguien nuevo —dice, acercándose para recoger la correa del perro, pero como el perro es simpático lo deja donde está y, un segundo después, ya no le tengo miedo.
La mujer me mira de forma extraña. No tengo ni idea de qué aspecto tengo.
Solo puedo verme los brazos, el pecho, las piernas y los pies.
También puedo verme el pelo, porque lo tengo largo, pero solo la parte que cuelga.
No sé cómo me quedará en la cabeza. En el sótano donde me tenían encerrada, se me caía a puñados sin motivo.
—¿Eres nueva? —pregunta la mujer, porque sabe que nunca me ha visto por aquí.
Niego con la cabeza. Se fija en mis pies descalzos, que sangran.
De ellos brota un fino hilo de sangre. Todavía tengo sangre en las rodillas de los pantalones y hace semanas que no me baño.
Me huele el aliento y las axilas. Mantengo los brazos bajados para que la mujer no pueda oler lo que huelo yo al levantarlos. La niña sigue diciendo hola.
—¿Estás herida? —pregunta la mujer. No espera a que le responda porque puede ver por sí misma que lo estoy.
Estoy malherida por todas partes—. Sí que estás herida.
Estás sangrando —dice, señalando mis pies y luego mis rodillas—.
Ahí. Y ahí. ¿Cuántos años tienes? —pregunta, y como no respondo de inmediato, empieza a recitar números—. ¿Once? ¿Doce? ¿Catorce?
Asiento ante los catorce porque no tengo ni idea de los años que tengo. Catorce es una edad tan buena como cualquier otra.
Me duele caminar o estar de pie, tengo la planta de los pies destrozada, las piernas doloridas y la tripa mal.
La mujer sigue mirándome. Tiene el pelo rubio como el sol. Me sonríe, pero sé que no es una sonrisa de verdad. Es una sonrisa de preocupación. No sabe qué pensar de mí, aunque enseguida deja de mirarme a la cara para mirarme las manos y los brazos y las rodillas y los pies.
Me gusta el sonido de su voz. Es suave y amable.
—¿Te has perdido, cariño? —me pregunta, volviendo a mirarme a los ojos. No digo nada.
—¿Vives por aquí?
Me encojo de hombros. Abro la boca para hablar, pero apenas tengo voz. Tengo que pararme y volver a empezar una o dos veces.
—No lo sé, señora —digo, porque la verdad es que no tengo ni idea de dónde vivo, aparte de que la casa es azul. Pero no podría encontrar esa casa azul ni aunque mi vida dependiera de ello.
—No tienes por qué llamarme señora, cariño. Puedes llamarme Annie . —Pero, por supuesto, no puedo hacer eso, porque si no digo señora o me dan una paliza o me quedo sin comer—. Estás perdida, ¿verdad? ¿Qué te ha pasado? —pregunta, refiriéndose a las cicatrices de mis brazos.
Me quedo mirándola como una tonta cuando me pregunta. No digo nada, pero siento que se me llenan los ojos de lágrimas.
—¿Puedo llamar a tus padres? ¿Sabes su número de teléfono?
Niego con la cabeza. No sé nada de eso.
Puedo ver la preocupación en sus ojos. Me mira de arriba abajo. Me siento incómoda con ella mirándome, así que me miro las manos. Tengo grava incrustada en las palmas. Me quito las piedrecitas con las uñas sucias para no tener que mirar a esta mujer guapa a los ojos.
—¿Cómo te llamas, cariño? ¿Quieres decírmelo? —Ella respira hondo cuando no respondo nada—. No tienes por qué decírmelo si no quieres.
Estoy muerta de miedo, preguntándome para qué querrá saber mi nombre. Pero se lo digo de todos modos, porque no sé qué otra cosa hacer y porque la mujer parece buena. No parece el tipo de mujer que se lleva niños que no son suyos y los encierra en su sótano.
— Delilah —le digo con voz temblorosa.
Veo en su cuello que traga saliva con dificultad. Hay un bulto que se mueve arriba y abajo. La niña tira de su mano y le pregunta una y otra vez.
—¿Quién es? ¿Quién es, mamá? —pero la mujer guapa no le responde.
—¿ Delilah qué más? —me pregunta la mujer.
Tiene los ojos clavados en mí. No me mira a los pies o a las rodillas, me mira a mí. Ha ido abriendo los ojos cada vez más y de pronto se ha puesto pálida. El perro le ladra, intentando llamar su atención, pero ella no le hace caso.
— Delilah Dickey —respondo.
Esta vez la mujer no dice nada, pero se lleva la mano a la boca y ahoga un grito.