Sin dejar rastro Delilah #6
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Delilah #6

Quiero llorar, pero no puedo porque me delataría. También podría rendirme y volver a su mazmorra con Gus , pero no puedo. Uno de los dos tiene que sobrevivir a esto y contarle al resto del mundo dónde hemos estado todo este tiempo. Por el bien de Gus , ahora más que nunca, tengo que vivir.

La luz se cuela en el cobertizo hasta tocarme.

Entra por las rendijas que hay entre los tablones de madera.

Es de un amarillo dorado, algo que hace años que no veo.

Casi me echo a llorar al verla, pero no lo hago porque no me serviría de nada.

Tengo que ir con calma si quiero intentar encontrar el camino a casa.

Ahora que lo veo a la luz del día, el cobertizo es viejo y destartalado.

Hay una segadora de césped y una escalera de mano, y un montón de bicis rotas.

Me pongo de pie, intento rodearlas, pero tengo las piernas medio dormidas por la forma en que he estado sentada.

No he dormido en toda la noche. Me la he pasado hecha una bola, con miedo de que el hombre volviera.

En algún momento de la noche se puso a llover.

Oía las gotas de lluvia golpear el techo y, de vez en cuando, alguna gota extraviada se colaba en el cobertizo y caía en mis brazos o mi cara.

Intenté recoger la lluvia con las palmas de las manos para bebérmela, pero no caían más que un par de gotas.

Tengo mucha sed. Y la garganta seca. Hace días que no bebo nada.

También tengo los labios secos. Y tan agrietados que noto sangre en ellos.

Me paso la lengua por la sangre y la saboreo.

Cuando llovía, me costó muchísimo no salir, abandonar la seguridad del cobertizo para alzar la cara al cielo con la boca abierta. Pero me aterraba que el hombre pudiese estar esperándome fuera. Así que me conformé con las gotas ocasionales que caían.

Me duele el cuerpo por haber corrido como corrí.

Tengo sangre seca en las manos y las piernas, de cuando choqué con el árbol.

También tengo los pies cubiertos de sangre.

Los tengo llenos de astillas de madera y piedrecitas que se me han clavado.

Caminar me duele, pero lo hago de todos modos, no me queda más remedio.

A la luz del sol veo que tengo los brazos llenos de cicatrices, a saber de qué.

Probablemente de todas las veces que la señora me pegó con el cinturón, o de la vez que me tiró agua caliente que olía a piscina.

Eso me dolió un montón, cuando no me moría por el picor.

Voy a la parte delantera del cobertizo, pero sin salir. Me paro en el umbral y miro, estudiando los alrededores. No sé dónde estoy. No sé si estoy sola, ni si me vigila alguien.

Fuera hay una casa. Es grande y blanca y ruinosa. Está inclinada, con un porche torcido y una ventana rota reparada con cinta roja. De la chimenea sale humo, la única forma que tengo de saber que la casa no está abandonada, que alguien vive en ella.

El mundo fuera del cobertizo está húmedo por la lluvia, aunque ya no llueva.

Ha empezado a salir el sol. El cielo está lleno de nubes esponjosas con tonos rosados y azules.

Ver esos colores me deja sin aliento. Hace casi una eternidad que no veo colores.

Tengo que pensar un momento para recordar cómo se llaman.

Debajo de las nubes hay amarillo, por el sol que asoma donde el cielo se encuentra con la tierra.

La propia tierra está borrosa, como si también hubiera nubes saliendo del suelo.

El mundo es enorme y abrumador. Me sorprendo echando de menos la oscuridad del sótano, porque, aunque sea el peor sitio del mundo, me da seguridad que sea un lugar cerrado.

Solo había una forma de entrar o salir. Nadie podía sorprenderme sin que yo me enterase.

Pero aquí, las cosas malas pueden sorprenderme desde cualquier parte.

El sol se está poniendo tan brillante que apenas puedo abrir los ojos.

Siento peligro por todas partes, al acecho, oculto donde no puedo verlo.

El cobertizo es seguro y está cerrado, como el sótano. Me siento tentada de encerrarme y quedarme aquí. Tengo que soltarme una buena charla para armarme de valor y salir.

Doy un paso vacilante fuera. Pongo el pie descalzo en la hierba húmeda. Hay un charco. Está lleno de barro y caliente, pero me da igual, me tumbo boca abajo para beber un gran trago de agua sucia antes de volver a ponerme en pie.

Decido de pronto que no me acercaré a la casa para ver si hay alguien. Porque no sé quién vive allí, ni la clase de personas que serán. No sé si son de esas personas que secuestran niños que no son suyos y se los quedan.

En vez de eso, cruzo el patio sin ser vista para llegar a la calle que hay más allá.

Al principio, está completamente silenciosa.

Hay más de una casa, pero todas son iguales, grandes, blancas y ruinosas.

Separadas entre sí por extensiones de terreno, así que debo caminar un rato para llegar de una casa a la siguiente.

No voy por la calle, sino por la zanja que hay junto a ella, de modo que, cuando pase algún coche, pueda tirarme al suelo y esconderme.

No sé dónde estoy. No sé adónde voy. Que yo sepa, nunca he estado en este lugar.

Pero tampoco sé dónde está la casa donde me tenían la señora y el hombre; no sé qué pinta tenía desde fuera.

Anoche di muchas vueltas con tanto correr.

No puedo encontrar el camino de vuelta, lo que me hace pensar que la señora y el hombre podrían vivir en cualquiera de estas casas, que Gus podría estar en cualquiera de estas casas, que el cobertizo donde he pasado la noche podría haber sido el de ellos.

Estoy preocupada por Gus . Pero no tengo ni idea de qué hacer. Solo sé que tengo que salvarme yo primero antes de poder salvarlo a él. La misma idea me deja sin aliento. No estoy a gusto abandonando a Gus , pero sé que si vuelvo con la señora y con el hombre nos matarán a los dos.

Intento memorizar mi entorno. Si debo encontrar el camino de vuelta, tendré que acordarme de cosas como esta valla que me llega a la cintura y es marrón y está que se cae.

Acordarme de las chimeneas que echan humo allá lejos.

Acordarme de las casas, que son todas viejas y con la pintura descascarillada.

Que hay árboles a un lado de la carretera, y al otro, campos de cultivos.

Me acerco a los cultivos y cojo una mazorca de maíz.

Me escondo un momento en el campo y le doy un mordisco al maíz, sin recordar cuándo fue la última vez que comí, pero sobre todo sin recordar cuándo fue la última vez que comí algo que no fuera papilla.

El maíz está duro y se resiste. No sabe nada bien.

No está cocido. Pero no me importa. Tengo tanta hambre que comería tierra si solo tuviera eso para comer.

Al acabarme el maíz me pongo en pie. Estoy cansada, pero no tengo tiempo para echarme la siesta. Camino con dificultad por el borde del maizal, que me esconde un poco. A mis pies les cuesta andar. El suelo está blando por la lluvia de anoche y no tardo en tener medio cuerpo manchado de barro.

El sol sigue subiendo. Al rato seca parte de los charcos.

Me calienta la piel, por lo que enseguida paso del frío al calor.

Los campos de cultivo van desapareciendo y, poco a poco, van apareciendo árboles y acabo caminando por un bosque.

Los árboles me tapan igual que el maizal, pero oigo la calle no muy lejos de donde estoy.

Oigo pasar los coches a toda velocidad. En el bosque, cruzo un pequeño arroyo.

Me paro a beber un poco de agua. Me echo en la cara y las manos, refrescándome, lavándome la sangre seca.

Me froto los brazos. Sienta bien, pero no sirve para quitarme las cicatrices.

El sol ya calienta del todo. Me quema los ojos. Los mantengo fijos en el suelo, porque si miro hacia arriba me duelen. No tengo los ojos acostumbrados a la luz del sol.

Al principio no veo a la señora con su hija pequeña y su perro, paseando por el bosque. Es el perro quien me ve. Me vuelvo bruscamente al oír su ladrido, salgo a toda prisa del arroyo y pienso en echar a correr. La energía inunda mis piernas y casi salgo disparada.