Delilah #5
Fuera está casi todo oscuro, todavía es de noche.
La luna y las estrellas iluminan un poco el mundo, así que puedo ver algo.
Después de tanto tiempo en el sótano, los ojos se nos han acostumbrado a la oscuridad.
Eso nos da ventaja sobre la señora y el hombre.
No están acostumbrados a ver en la oscuridad, como Gus y como yo.
No sé dónde estamos. Hay casas, una calle.
Aunque no son muchas y las que hay están separadas por árboles.
Los árboles son altos y grandes, pero no lo bastante como para que Gus y yo podamos escondernos detrás de ellos.
Las casas están metidas entre los árboles y a oscuras.
Apenas hay luz. La hierba está muy crecida por todas partes.
Me llega hasta las rodillas y está llena de zarzas con espinas que me arañan los pies y las piernas desnudas.
Son como cuchillos que cortan y me hacen sangrar.
Choco de cabeza contra la rama de un árbol y quedo aturdida. Por un momento solo veo las estrellas. Se me bloquean las rodillas y me quedo parada donde estoy mientras intento orientarme.
—¿Qué te pasa? —pregunta Gus .
Pero antes de que pueda decírselo, oigo una rama romperse detrás de mí y sé que debemos seguir corriendo si queremos sobrevivir.
—Vamos —digo.
Vuelvo a echar a correr. Oigo los jadeos de Gus detrás de mí. Al rato, dejamos de hablar porque necesitamos guardar el aliento para correr.
Tropiezo con un árbol caído. Caigo al suelo de plano, aterrizando a gatas. Me duele el cuerpo, sobre todo las rodillas, pero no puedo quedarme tirada en el suelo llorando por haberme caído. Me levanto, me sacudo el polvo de las manos y sigo corriendo.
—Cuidado con ese árbol —susurro a Gus mientras corro, sabiendo que solo está unos pasos detrás de mí, aunque cada vez me cueste más oír su respiración por encima de la mía.
Tengo las piernas agotadas de tanto correr, los pies me pesan como plomo. El corazón me late con fuerza, por el miedo y la falta de aire. Me muero de miedo al pensar qué nos harán la señora y el hombre si nos atrapan.
No quiero morir ahora que he probado algo de libertad.
Corro rápido entre casas. Atravieso jardines. Voy por la carretera.
Al cabo de un rato no puedo más con el cansancio de las piernas.
Gus y yo nos quedamos sin opciones. Aquí hay un puñado de casas, pero ¿qué probabilidades hay de que alguien nos abra si llamamos a una puerta en medio de la noche?
No sé si podemos arriesgarnos a eso. Seríamos presa fácil si nadie nos dejara entrar.
La mejor opción parece ser la de escondernos. Empiezo a buscar dónde hacerlo. He bajado un poco el ritmo. La luz de las linternas ya no nos sigue, pero no soy tan tonta como para pensar que la señora y el hombre se han rendido y han vuelto a casa. Están jugando con Gus y conmigo.
En el patio trasero de una de las casas, veo un cobertizo bajo un árbol retorcido.
—Vamos, Gus —le digo, sabiendo que el cobertizo es un lugar tan bueno como cualquier otro para escondernos—. Adentro —le digo, al ver un candado en la puerta, pero comprobando que no está cerrado. Todavía podemos entrar en él.
Quito en silencio el candado de la argolla metálica y levanto el pasador.
La puerta chirría cuando la abro, así que no la abro del todo.
Solo lo justo para poder pasar. Me cuelo dentro y hago sitio para Gus .
Pero Gus no viene. Se habrá rezagado más de lo que creía. Tengo que esperar a que me alcance.
Solo una vez dentro, encogida tras la puerta del cobertizo, me permito mirar atrás. Contengo la respiración esperando a que Gus salga de la oscuridad de la noche y aparezca en ese patio para reunirse conmigo en el cobertizo. Pero no aparece.
Miro a mi alrededor y lo llamo en voz baja. No está por ninguna parte.
Oigo pasos. Un crujir de hojas bajo los pies de alguien, como si alguien estuviera masticando patatas fritas. Oigo una respiración, jadeos y resoplidos, y aunque espero y rezo para que sea Gus , sé que no lo es, porque son los mismos jadeos y resoplidos que hacía el hombre al perseguirme.
Estoy dentro del cobertizo. Tiré de la puerta, pero no la cerré del todo porque estaba intentando ver a Gus cuando oí las pisadas. Entonces me aparté para esconderme en la oscuridad del cobertizo. No fui lo bastante silenciosa porque el hombre oyó algo. Algo que lo atrajo hasta mí.
Ahora lo tengo a pocos centímetros. Estoy encogida en un rincón del cobertizo, detrás de un viejo cubo de basura. No hay mucho espacio, este sitio está lleno de cosas que no distingo en la oscuridad.
Me tiembla todo el cuerpo. Me siento en el suelo de madera, encojo las rodillas y las abrazo para evitar temblar tanto como para que las cosas a mi alrededor vibren.
Me pregunto dónde estará Gus . Si el hombre ha entrado es porque no ha cogido a Gus .
Aunque podría tenerlo la señora. O puede que se haya escondido en su propio cobertizo, porque por muy asustadizo que pueda ser, no es tonto. Sabe cuidarse solo.
Las pisadas del hombre rodean el cobertizo. Se detienen justo ante la puerta. Sus jadeos hacen que yo respire más deprisa y más fuerte, así que contengo la respiración para no delatar mi escondite. Debo taparme la boca con las manos para que el ruidoso aire no entre ni salga.
Los latidos que noto en el cuello son tan salvajes que me marean. Noto un sudor frío por todas partes. Creo que voy a hacerme pis en los pantalones. No puedo aguantar la respiración para siempre. Tomo un poco de aire, despacio y en silencio, y luego me tapo la boca con las manos para aguantarlo.
La luna brilla más allá de la puerta del cobertizo.
Ilumina al hombre, mostrándolo al otro lado de la puerta abierta.
Lo vuelve luminoso y puedo verlo perfectamente.
La barbilla puntiaguda y el cabello revuelto.
La gran nariz. Es un hombre feo, tan feo como la señora.
No es súper alto, no tanto como recuerdo que era mi papá.
Se vuelve hacia la puerta y la abre del todo.
La puerta gime con tristeza ante la entrada del hombre.
Al abrir la puerta del todo, también la luna se cuela en el cobertizo iluminándolo un poco.
No mucho, pero sí lo suficiente como para asustarme, porque la luz de la luna hace que deje de ser tan invisible como creía.
Cierro los ojos y escondo la cabeza entre las rodillas, intentando hacerme más pequeña.
Oigo el clic de la linterna al encenderse. A través de los párpados cerrados, apenas veo la luz que recorre el interior del cobertizo, rebotando en las paredes. No he pasado más miedo en toda mi vida.
El cubo de basura es alto y ancho, más alto y ancho que yo.
Estoy tan encogida que me duele el cuerpo.
Me he hecho una pelota, como los bichos bola.
Respiro muy poco, lo justo para no ponerme azul.
Y respiro a medias, sin que entre o salga suficiente aire, por lo que el pecho me duele y me arde.
Me hago pis encima. Me mojo los pantalones de tela, empapándomelos.
La luz de la linterna sigue moviéndose y apartándose de mí, pero sin alejarse del todo.
Busca en otro lado del cobertizo. El tiempo transcurre a paso de tortuga.
Tengo los ojos muy cerrados y no puedo ver nada, pero imagino al hombre buscándome, investigando cada grieta, cada rincón y recoveco, de todo el cobertizo.
Empiezo a dudar y a preocuparme por si tengo un pie fuera, por si se me ve la manga de la camisa o algún mechón de pelo sucio. ¿Y si el cubo de basura no me tapa del todo, pese a esconderme tras él?
La puerta del cobertizo chirría al abrirse todavía más.
Una fuerte pisada resuena en el cobertizo. Luego otra. Y otra más.
Entra en el cobertizo. Lo siguiente que sé es que está dentro, conmigo. Oigo respirar al hombre. Huelo su aliento fétido.
Habla, diciéndome que sabe que estoy aquí.
—Sal, sal, de dondequiera que estés —canturrea, y si no fuera por eso pensaría que ya me ha visto. Pero piense lo que piense la señora, no soy una idiota. No soy una mema. Si supiera dónde estoy me habría cogido ya. Pero solo tiene una corazonada.
Jura y perjura que no me hará daño
—Vamos, sal ya, pequeña, y te llevaré a casa.
No le creo. O puede que sí. Solo que mi casa no es mi casa. No me llevará de vuelta con papá. No, quiere llevarme de vuelta a su casa para encerrarme en su mazmorra, después de darme una lección por apuñalar a la gente con cucharas.
Me acurruco todavía más en mi pelota de bicho bola. Contengo la respiración. Me muerdo el labio y aprieto los ojos con más fuerza todavía, porque, de alguna manera, no ver hace que todo sea menos real.
Algo dentro del cobertizo se cae y se rompe.
Me sobresalto. Necesito todo mi ser para no gritar.
Sea lo que sea, el hombre lo ha tirado para asustarme y hacerme salir.
Cae otra cosa más. Tira cosas a propósito.
Abro un ojo y veo una caja de clavos esparcidos por el suelo de madera. Son afilados como dagas.
Pienso en todas las cosas malas que podría hacerme con esos clavos. Nunca lo he visto tan enfadado. Cuando lo apuñalé con la cuchara saqué al demonio que llevaba dentro.
Oigo la voz de la señora susurrando al otro lado de la pared del cobertizo. Llama al hombre, le dice que deje de armar tanto ruido porque acabará oyéndolo alguien.
—¿La ves? —pregunta la señora—. ¿Está ahí dentro?
—Aquí no —dice el hombre, tras un largo suspiro.
La luz de la linterna se aleja de mí. Sus pisadas se alejan y él sale fuera.
Hablan en voz baja al otro lado de la pared, planeando el modo de encontrarme. Él irá por un lado, ella por otro.
Yo también hago planes. Pienso quedarme aquí.
—¿Ha ido todo bien en casa? —pregunta el hombre, y sé que se refiere a Gus .
—Todo bien —dice la señora, y entonces sé que la señora se ha llevado a Gus a su casa. Ahora Gus estará encerrado en la mazmorra sin mí. Puede que hasta esté muerto. Porque la peor manera en que podrían castigarme por lo que he hecho es haciendo daño o matando a Gus .