Sin dejar rastro Delilah #4
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Delilah #4

—Aquí mismo —digo, apretando la cuchara con tanta fuerza que me hago daño en la mano.

Se acerca hasta mí. Dice que me ha traído una barrita de chocolate. Oigo cómo la desenvuelve.

—Si fuera por ella, te dejaría aquí abajo hasta que te murieras de hambre. Pero tú tranquila. No dejaré que te pase nada malo.

Intenta engatusarme, compensarme por no darnos de comer en todo este tiempo. Se siente mal. Me pone la chocolatina en la mano.

—Venga —dice—, cómetela.

No es la primera vez que me trae chocolate. Una vez hasta me trajo una magdalena, porque dijo que era mi cumpleaños. No sé si lo era.

Me llevo la chocolatina a la boca. Poso los labios en ella y saboreo el chocolate.

Es lo más sabroso que he probado nunca. Hundo lentamente los dientes.

Es de las que tienen nueces. Y dentro hay algo empalagoso, algo que me resbala por la barbilla y que sabe tan bien que tengo ganas de llorar.

No recuerdo la última vez en mi vida que comí algo tan dulce.

La mordisqueo porque quiero hacerla durar para siempre.

Debería dejar un poco para Gus . A Gus le encantará.

Y necesita comer mucho más que yo. Está muy débil.

Pero no quiero que el hombre me tome por una desagradecida. Y seguro que trae otra para Gus .

Le doy otro mordisco. El azúcar se precipita por mi torrente sanguíneo. Emito un sonido.

—¿Te gusta? —pregunta el hombre, tan cerca de mí que huelo su aliento cuando habla. Apesta.

—Está buena —respondo con un trozo de chocolate en la boca. Se me pega a los dientes; la sustancia empalagosa es como el pegamento.

El hombre intenta engatusarme. Me habla con dulzura, halagándome, y no sé si lo hace porque se siente mal de que la señora me esté matando de hambre o si tiene otra cosa en mente.

—En el sitio del que saqué esta hay más. Cuando quieras más, pídemelo. Solo tienes que pedirlo.

El hombre se pega mucho a mí. No sé dónde está la señora, pero no sabe que él está aquí.

Puede que nunca se dé otra oportunidad tan buena como esta.

Estoy nerviosa, porque pienso en todo lo que puede salir mal cuando vaya a apuñalarlo con la cuchara. Casi me dejo dominar por el miedo. Casi me convenzo para no hacerlo.

Pero entonces pienso en Gus pasando toda su vida en este sitio y sé que debo hacerlo por él. Debo sacarlo de aquí, aunque sea lo último que haga en la vida.

Agarro la cuchara con fuerza, rodeando el mango con los dedos. Solo tengo una oportunidad para hacerlo bien. No he pensado ninguna parte concreta donde clavársela. De todos modos, está demasiado oscuro para ver a dónde apuntar. Me basta con apuñalarlo y luego ver dónde ha sido.

El hombre me está diciendo lo guapa que soy cuando respiro hondo, aterrorizada, y alargo el brazo para hundirle la cuchara lo más fuerte que puedo.

Puestos a adivinar, y por donde estaba él, yo diría que ha sido en alguna parte del cuello.

Cuando lo apuñalo, la punta afilada de la cuchara se mete a fondo en su carne; lo sé porque no noto que choque con nada al tocar la piel.

No penetra mucho, pero penetra, haciéndole algo más que un simple rasguño. El hombre lanza un chillido.

Lo que tengo no es un cuchillo. Es algo muy inferior a un cuchillo. No bastará con una sola puñalada. Saco la cuchara de su cuello y vuelvo a clavársela una y otra vez. No sé cuánto daño le hago, pero por los gritos que lanza, sé que le duele.

El hombre cae al suelo, arrastrándome con él. Gruñe, se aprieta el cuerpo, me insulta. Intento ponerme en pie. Al hacerlo, extiende una mano sudorosa y me agarra del pelo. Yo tiro a mi vez, sintiendo que parte de mi pelo se queda con él. Lanzo un grito y me alejo de su lado.

Vuelve a alargar la mano, pero esta vez estoy de pie. Me agarra una pierna y tira de ella para impedir que me vaya. Le doy una patada. Estoy descalza, así que no le hago daño, pero la patada es lo bastante fuerte como para que me suelte al no poder seguir agarrándome.

Sigue en el suelo. Por el ruido que hace, tardará en levantarse y seguirme.

—Vamos —le digo a Gus , mientras subo los escalones corriendo. He debido soltar la cuchara, porque ya no la tengo.

En lo alto de la escalera, agarro el pomo de la puerta y lo giro. Oigo tras de mí las pisadas asustadas de Gus . Por el ruido que hace debe de ir caminando, cuando lo que necesito es que corra. Le digo que se dé prisa. Noto mis latidos en la cabeza, un zumbido en los oídos. Gus llora.

El hombre emite un sonido desde abajo. Más bramido que grito, pero lo bastante fuerte como para que me pregunte si podrá oírse fuera. ¿Lo oirá la señora?

Una vez arriba, no tengo ni idea de dónde estoy.

No tengo ni idea de a dónde voy. La única vez que estuve aquí fue cuando me trajeron, dos segundos antes de que me empujaran escalera abajo y cerraran la puerta con llave.

No recuerdo nada. Esto está oscuro, pero, a diferencia de abajo, la oscuridad no es completa.

Un tenue resplandor de luz me ayuda a ver aquí y allí.

Le digo a Gus que se apresure. No sé si se habrá quedado muy atrás. Un vistazo rápido por encima del hombro me dice que me sigue, pero rezagado. Sé que está muerto de miedo, e intento tranquilizarlo diciéndole que todo saldrá bien.

—No es momento para tener miedo, Gus —digo con voz firme, procurando no ser cruel—. Tenemos que irnos. Tendrás que correr.

Le agarro la mano y tiro para ponerlo a mi altura. Tiene la mano fría como el hielo. No dice nada, pero de vez en cuando lo oigo sollozar.

Me llega la voz de la señora desde algún lugar lejano; suena confusa y medio dormida.

—¿ Eddie ? —llama—. ¿Qué pasa, Eddie ?

El hombre ya sube la escalera. Ha descubierto cómo levantarse del suelo, y viene a por Gus y a por mí sin parar de gemir. Oigo que le grita a la señora, enfadado y sin aliento.

—Esa pequeña zorra se ha escapado —dice—. Está huyendo.

—¿Qué? —pregunta la señora—. ¿Cómo, Eddie ? ¿Cómo demonios ha podido pasar?

—No sé cómo —dice el hombre, mintiendo. Y dice que tienen que encontrarme, que no pueden dejarnos escapar.

Encuentro una puerta en la pared. Apenas distingo su forma rectangular en la débil luz nocturna. Busco la manilla, pero la puerta está bien cerrada. La palpo con mi mano sudorosa hasta tropezar con la cerradura.

La señora y el hombre se acercan. Lo sé porque siguen gritándose, diciéndose por dónde ir para encontrarnos. Se llaman idiotas y se gritan para que el otro encienda la luz y así poder ver. Oigo sus voces tan cerca que casi podría tocarlas.

Intentan negociar conmigo, diciendo cosas como «si nos dices dónde estás, te daremos una galleta», como si fuera tan tonta de creérmelo. Ninguna galleta está tan buena como para quedarme a vivir aquí lo que me queda de vida.

Pero entonces, en un abrir y cerrar de ojos, pasan de la negociación a la crueldad, porque nada más ofrecerme la galleta, vuelven a llamarme zorra.

—Te mataré cuando te pille, pequeña zorra, estúpida idiota.

Saben que esto es cosa mía. Que Gus no es tan desobediente como para intentar huir por su cuenta.

Mi mano sudorosa gira la manilla y la puerta se abre milagrosamente. Fuera corre el aire. Es caliente y pegajoso, y me golpea como una pared. Se precipita contra mí y me quedo paralizada porque no lo he sentido en todos los años que llevo aquí. Aire fresco.

Al principio, el mundo exterior me paraliza. Pero me domino porque si no seré una presa fácil. Y porque la alarma empieza a aullar nada más abrir la puerta principal. Si la señora y el hombre tenían alguna duda sobre el paradero de Gus y el mío, ya no la tienen.

La señora grita que nos escapamos.

Me obligo a salir. Echo a correr. Todavía llevo a Gus de la mano y tiro de él, arrastrándolo conmigo. Estar fuera me da tanto miedo como quedarme dentro. Hace tanto tiempo que no estoy fuera. Casi he olvidado cómo es lo de fuera.

El calor y la oscuridad me tragan entera y corro lo más rápido que he corrido en mi vida.

Suelto la mano de Gus por accidente, pero rezo para que pueda seguirme el ritmo.

Gus no ha estado haciendo gimnasia como yo, así que no tengo forma de saber qué tal corre.

Pero a veces el miedo te empuja a hacer cosas que no sabes que puedes hacer.

Mis pies descalzos pisan primero guijarros y luego hierba.

Los guijarros me cortan los pies, haciéndome daño, haciéndome sangrar, pero no hago caso.

La hierba, cuando llego a ella, es suave y húmeda, y me hace cosquillas en los pies.

Pero tampoco me paro a sentirla, la verdad, porque sigo corriendo.

Veo algo brillante en el cielo. La luna. Las estrellas. Me había olvidado de la luna y las estrellas. Oigo el zumbido de los insectos nocturnos a mi alrededor. Quiero pararme y mirar y escuchar, pero no puedo. Todavía no. Ahora no.

—Sigue conmigo, Gus —grito por encima del hombro, sabiendo que debemos alejarnos de este sitio, todo lo que podamos, antes de poder detenernos para mirar atrás.

Por lo que sé, la señora y el hombre podrían estar a solo veinte pasos de nosotros y capturarnos en cuanto parásemos a respirar.

Pregunto a Gus si está bien, si aguanta.

Le digo que siga conmigo. Que no reduzca la velocidad—.

Ya casi hemos llegado, Gus —le digo—. Ya casi somos libres.

La señora y el hombre han seguido llamándonos durante un rato.

Si se han callado ha sido, sobre todo, para no armar jaleo.

Pero tienen linternas, porque veo la luz agitándose entre los árboles.

De vez en cuando, nos enfocan a Gus y a mí y yo me agacho para evitarla y moverme hacia otro lado, de modo que no tardo en dar tantas vueltas que, aunque quisiese, ya no podría encontrar el camino de vuelta a la casa.

Pero, después de un rato, dejo de oír a la señora y al hombre, lo cual es un alivio, pero también me aterra. Ojalá hicieran algún ruido para saber dónde están. ¿Los hemos perdido? ¿O esperan escondidos entre los árboles?