Sin dejar rastro Delilah #3
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Delilah #3

Ese día, Gus estaba en el parque y se lo llevaron cuando estaba solo jugando a la pelota.

Tirando a canasta. No había nadie cerca que pudiera ver cómo se lo llevaban.

La pelota se quedó allí. Me pregunté por qué estaría jugando solo, y si eso significaba que no tenía amigos, pero no llegué a decírselo.

De todos modos, eso ya no importa porque ahora me tiene a mí.

Sigo con la cuchara de día y de noche. No sé cuánto tiempo llevo con ella, pero la he reducido lo bastante hasta conseguir una punta.

No es la mejor punta del mundo. Es irregular y desigual, pero el metal se afina en extremo hasta ser una punta afilada.

Duele cuando me la clavo en el dedo. Soy demasiado gallina para clavármela mucho y hacerme sangre, pero tendré que hacerlo pronto. Debo probarla. Saber si funciona.

He perdido la noción del tiempo que llevo afilando esta condenada cosa.

El suficiente para tener la mano cansada del todo.

Gus se ofreció a hacerlo por mí, pero le dije que no porque no quiero meterlo en líos.

Sé que no quiere ayudarme porque se muere de miedo por lo que estoy haciendo.

Lo dijo solo por ser amable, pero si alguien debe pagar por lo de la cuchara, esa seré yo.

Cuando no trabajo con la cuchara, la escondo. La meto en el depósito del retrete y pongo la tapa y la cubro.

Ahora no la tengo escondida porque estoy trabajando en ella, aunque arriba estén la señora y el hombre.

No tengo más remedio si quiero que salgamos de aquí alguna vez.

He quitado la tapa del inodoro. Estoy trabajando a toda velocidad con la cuchara cuando oigo a la señora decirle al hombre que tiene que darnos de comer.

Entonces, la puerta se abre sin previo aviso y vuelvo a ver esa fina línea de luz que me hace daño en los ojos.

La señora aparece en lo alto de las escaleras.

—Aquí está la comida —dice, y yo no me muevo porque, normalmente, cuando dice eso, se limita a dejar el cuenco para perros en lo alto de los escalones y se va.

Pero esta noche no. Porque esta noche, al no subir yo, nos dice—: ¿Cuántas veces he dicho que no soy una puñetera camarera y que esto no es un puñetero restaurante?

Más vale que menees el culo hasta aquí antes de cinco segundos o te acordarás. Cinco —ladra, empezando el conteo.

Miro a Gus , que está muerto de miedo. Debo ser yo quien suba, porque Gus está paralizado por el terror. No puede moverse.

—Cuatro —dice ella, y antes de que me dé cuenta, la señora cuenta más deprisa de lo que yo necesito para meter la cuchara en el retrete, poner la tapa y obligar a mis piernas dormidas a levantarse del suelo y correr.

No soy tonta. Sé cuántos segundos tardará en llegar a uno, y no son muchos.

Aún me acuerdo de las matemáticas y de cómo se cuenta, porque una de las cosas que hago en la cabeza cuando estoy muy aburrida es recordar y repasar las hojas de ejercicios de matemáticas.

Sé que la señora llegará al uno enseguida.

—Tres.

No me dará tiempo. Me tiemblan las manos y las piernas. El corazón me late con fuerza. Veo a Gus por el rabillo del ojo cuando paso corriendo por su lado. Está sentado en el suelo con las piernas recogidas, muerto de miedo, a punto de llorar.

La señora llega al uno justo cuando mis pies tocan el primer escalón. Ella sigue en lo alto de la escalera, mirando hacia abajo. Tengo que entrecerrar los ojos para verla porque no los tengo acostumbrados a la luz. Está arriba, sujetando el cuenco para perros con su asquerosa comida.

Oigo su horrenda risa cuando llega al uno. Está encantada por haberme asustado y hacerme correr.

—¿No tienes hambre? —pregunta, con aire de superioridad en lo alto de la escalera, como una sabelotodo. No espera una respuesta. Habla antes de que yo pueda decir nada—. ¿Te crees que tengo todo el día para esperar a que subas a por tu comida?

—No, señora —digo, con labios temblorosos.

—No, señora, ¿qué? —pregunta con brusquedad.

—No, señora, no creo que tenga todo el día para esperar a que yo suba a por mi comida —digo, con las palabras resonando en mi garganta.

—¿No tienes hambre? —pregunta otra vez.

Tengo que pensar un momento cuál será la respuesta correcta. Tengo hambre. Pero no de su comida. Pero se enfadará si le digo eso, porque se ha tomado la molestia de hacérmela.

—Tengo hambre, señora.

—Pues estaría bien que alguna vez mostrases algo de gratitud. No tengo por qué darte de comer, ¿sabes? Podría dejar que te murieras de hambre.

—Lo siento, señora —digo. Miro fijamente al suelo para no tener que ver su fea cara.

—¿Qué hacías para tardar tanto en subir?

No me gusta el modo en que me mira, como si supiera algo que no debería.

El estómago me da un vuelco pensando que tal vez sabe que he estado haciendo algo malo.

Noto que me paralizo al pie de los escalones.

Pero sigo teniendo la cuchara dentro del retrete, donde nunca la encontrará.

La cuchara está a salvo y, por eso, yo también. De momento.

—Estaba durmiendo —miento.

—¿Cómo dices? —suelta de pronto, más enfadada que antes. Y se pone roja como un tomate en lo alto de la escalera.

Me doy cuenta demasiado tarde de mi error.

—Estaba durmiendo, señora —le digo.

Se supone que no debo decir nada sin añadir «señora» al final. Se supone que debo mostrar respeto por todo lo que hace por mí, o de lo contrario me castigará.

La señora se queda callada un rato largo. Se limita a mirarme, fijamente. No me gusta este silencio porque cuando está callada es cuando más miedo me da.

—Parece que, al final, hay alguien que no cenará esta noche —dice, y luego murmura entre dientes—: Zorra desagradecida.

Se da media vuelta y se lleva la papilla. Cierra de un portazo y echa el cerrojo. Doy un paso atrás y me dejo caer desde el escalón de madera al suelo de hormigón, pensando que, si eso es lo peor que puede hacer, quitarnos la cena a Gus y a mí, entonces esta vez he salido bien parada.

Pero no soy tonta. Sé que es demasiado bueno para ser verdad.

La señora no nos ha dado de comer desde aquel día en que se me olvidó decir «señora».

No es que quiera su asquerosa comida, pero que no la quiera no significa que no tenga hambre.

No significa que no necesite comer. No sé cuánto hace desde la última vez que quiso darnos de comer. Es como si fueran semanas.

Al principio tenía toda el hambre que puede tenerse.

Pero luego, de forma extraña, la sensación de estar hambrienta desapareció para ser sustituida por otra cosa.

Por algo peor. Durante unos días solo podía pensar en comer, hasta llegué a convencerme de que podía oler y saborear los platos en los que pensaba.

Ya no pienso mucho en eso. Solo en cómo será morirse de hambre.

En si me limitaré a morir mientras duermo, o si sabré el momento en el que deje de respirar y mi corazón deje de latir por la falta de aire o algo así.

La señora tampoco ha traído nada de beber.

Me muero de sed. Gus y yo llevamos tanto tiempo sin agua que bebemos del agua estancada en el fondo del depósito del retrete, por ser la única que tenemos.

Solo pequeños sorbos, porque no sabemos si se acabará o cuándo se acabará.

Apenas lo suficiente para apagar la sed. Seguimos teniendo una sed terrible.

No soy la única con hambre. Gus también tiene hambre. Oigo cómo le ruge la tripa, pero no se queja, aunque los dos sepamos que la culpa es mía.

Ahora Gus duerme. Yo intento dormir también.

Pero tengo demasiadas cosas en la cabeza para poder hacerlo.

Ahora que la señora nos mata de hambre, tengo claro que debemos irnos si no queremos morir.

Aprovechar la primera oportunidad que tengamos para huir, si es que alguna vez se presenta.

He estado haciendo gimnasia. No es fácil porque estoy muy débil, después de tanto tiempo sin comer.

Las piernas no me funcionan bien y tengo que prepararlas si quiero tener alguna posibilidad de escapar de aquí.

Me paso el tiempo corriendo en el lugar, flexionándome para tocarme los dedos de los pies, dando vueltas alrededor de Gus y del calabozo mientras él me mira, pregunta qué hago y me suplica que lo deje.

No le gusta la idea de escaparnos porque le da un miedo brutal que nos cojan.

Me encogí de hombros cuando me lo dijo.

—Puede que nos cojan y puede que no —le respondí—. Pero ¿cómo lo sabremos sin intentarlo?

Le dije que cuando lo intentáramos, tendría que estar a mi lado todo el rato. Que no podía quedarse atrás, que es preferible que nos maten a que nos atrapen.

Ahora me siento con la cuchara en el regazo. No me separo de ella. No es una lanza. No creo que llegue a serlo nunca, pero la he deformado lo suficiente como para que su punta afilada pueda tumbar a alguien, incluso matarlo. Puede que aturdir sea lo máximo que consiga, pero es mejor que nada.

De repente, la puerta se abre con un chirrido. Contengo la respiración. Quien baja no es la señora. Es el hombre. Lo sé por sus pisadas, aunque intente bajar en silencio, lo cual me dice que la señora está arriba, en alguna parte, pero no sabe que viene a vernos a Gus y a mí.

Agarro la cuchara. Lo último que quiero es hacerle daño a quien ha sido bueno conmigo, o quizá no, porque la gente buena no encierra niños en el sótano, ni siquiera cuando no es quien te pega.

Pero a veces hay que hacer lo que hay que hacer, y el hombre es el menos desconfiado de los dos.

Estoy lista, o todo lo lista que puedo estar.

Lo he repasado tropecientas veces. Tengo claro en la cabeza lo que tengo que hacer.

Pero, aun así, eso no significa que no tenga el corazón a mil.

Me tiemblan los brazos y las piernas y sé que debo dominarlos si quiero que esto salga bien.

Respiro hondo, cuento hasta diez. Suelto aire.

—¿Dónde estás? —pregunta el hombre, susurrando en la oscuridad.

Gus no dice nada.