Delilah #2
Siempre tengo frío. Pero eso a la señora le importa un comino. Una vez le dije que tenía frío y se enfadó, me llamó cosas como gruñona e ingrata, palabras que no sé qué significan.
Me llama muchas cosas. Si no supiera que no es así, hasta podría llegar a pensar que me llamo retrasada o pedazo mierda, en vez de Delilah .
« Sube a por tu cena, pedazo mierda.
Deja de lloriquear, maldita retrasada » .
El hombre fue y me trajo una manta. Me dejó dormir con ella una noche, pero luego se la llevó para que la señora no se enterara de lo que había hecho.
Ya no distingo el día de la noche. Hace mucho tiempo, la luz significaba día y la oscuridad noche, pero aquí abajo no es así.
Ahora solo hay oscuridad todo el rato. Duermo todo lo que puedo porque, ¿qué otra cosa puedo hacer con mi tiempo aparte de hablar con Gus y jugar al gallina con las paredes?
A veces no puedo ni hablar con Gus porque la señora se enfada con nosotros.
Me grita desde lo alto de la escalera que deje de charlar o me hará callar para siempre.
Gus solo habla en susurros porque tiene miedo y no quiere líos.
Gus es un cobardica, pero no lo culpo. Gus es el bueno.
Yo soy la mala. Soy la que siempre da guerra.
Intenté llevar la cuenta de los días que llevo aquí. Pero al no poder distinguir los días de las noches era imposible. Hace mucho que lo dejé.
Los ruidos de arriba son la mejor forma de medir el tiempo. Ahora la señora y el hombre se gritan, sobre todo se insultan, porque nunca son amables el uno con el otro. Prefiero que se griten, porque entonces no se fijan en Gus y en mí. Cuando están callados es cuando tengo más miedo.
Dejo a un lado el cuenco para perros. He hecho lo que he podido.
Si intento comer más lo vomitaré. Le ofrezco un poco a Gus , pero dice que no.
No sé cómo ha podido aguantar Gus tanto tiempo con lo poco que come.
Nunca he podido verlo bien en la oscuridad, pero me lo imagino todo piel y huesos.
Lo veo de refilón cuando se abre la puerta de arriba y entra una pizca rápida de luz.
Tiene el pelo castaño. Es más alto que yo.
Creo que tiene una sonrisa bonita, pero seguro que nunca sonríe. Yo tampoco.
La cuchara tintinea contra el cuenco. Me agacho y la cojo con la mano. Por lo que sea, me da por pensar en la forma en que la señora baja a veces esta escalera. No me gusta nada. Solo baja cuando está furiosa y busca a alguien en quien desahogarse.
Gus debe de oír el tintineo de la cuchara. Pregunta qué hago con ella. A veces creo que Gus puede leerme la mente.
—Me la voy a quedar —digo.
Gus me dice que una cuchara redonda no hará nunca daño a nadie, si eso es lo que se me ha ocurrido, que sí que lo es.
—Vas a tener problemas por no devolverle la cuchara a la señora —dice.
No puedo verle la expresión del rostro, pero imagino que será de preocupación por lo que voy a hacer. Gus siempre se preocupa.
—Si encuentro un modo de afilarla, hará daño —le digo.
Me arriesgo a pensar que la señora está tan mal de la cabeza que, cuando vuelva a por el cuenco, se olvidará de la cuchara.
Tiro por el retrete lo que queda de papilla para que no se enfade y nos insulte por no terminarnos la comida que nos prepara.
Dejo el cuenco vacío en lo alto de los escalones y empiezo a pensar en cómo afilaré la cuchara redonda para que sea como una lanza.
Aquí donde nos tienen, no hay mucho que se pueda usar.
La señora y el hombre no nos dan nada. Toda la ropa que tenemos es la que llevamos puesta, y no tenemos mantas, ni almohadas, ni nada.
Lo único que tenemos, además del suelo y las paredes, es el uno al otro y el asqueroso retrete en la otra esquina de esta habitación a oscuras.
Solo pruebo con el retrete tras intentar afilar la cuchara en las paredes y el suelo.
No sé nada de retretes aparte de que es donde hago mis necesidades y que nunca han limpiado el nuestro.
La oscuridad es una bendición para todo lo relacionado con el retrete, porque no quiero ver nada de dentro de él, con todo el tiempo que llevamos cagando allí sin que nadie lo limpie. Solo la peste ya me produce arcadas.
—¿A dónde vas? —pregunta Gus cuando llevo la cuchara al inodoro. Gus y yo tenemos nuestra manera de saber lo que hace el otro sin necesidad de verlo. Nos viene de todo el tiempo que llevamos viviendo aquí abajo y de conocer las costumbres del otro.
—Ya lo verás —le digo.
Gus y yo hablamos en susurros. Estoy bastante segura de que la señora y el hombre que viven arriba no están en casa; hace rato que oí puertas abriéndose y cerrándose. También oí cómo paraba de pronto el ruido de sus pisadas. Arriba nadie habla ni grita, ni se oye la tele.
Pero no puedo estar segura. Porque si están aquí, no quiero que nos oigan a Gus y a mí ni que sepan lo que hago con la cuchara robada.
Si lo supieran me darían una paliza, o algo peor.
Nunca antes he intentado escaparme o hacerme un arma, pero el sentido común me dice que seguro que hay algún castigo peor que el que recibimos por no acabarnos la asquerosa comida de la señora o por decirles que tengo frío.
Dejo que mis manos floten un rato sobre el retrete.
Palpo buscando alguna parte afilada. Pero es liso como el culito de un bebé.
Estoy a punto de rendirme al pensar que no encontraré ninguna parte donde afilar la cuchara.
Es de una sola pieza, menos por la parte superior, la tapa, que descubro por casualidad que se puede quitar.
La levanto con los brazos. Es más pesada de lo que esperaba, todo peso muerto. Casi se me cae.
—¿Qué pasa? —pregunta Gus , asustado por el ruido que hago.
Creo que Gus es más pequeño que yo, por lo gallina que es, aunque sea más alto. Aunque cualquiera puede ser un gallina, al margen de su edad o su tamaño.
—No pasa nada —le digo, sin querer pensar en lo que habría sucedido si se me hubiera caído la tapa. La pongo boca abajo en el suelo, con cuidado—. No te preocupes. No pasa nada. Todo va bien.
Gus es un angustias. Me pregunto si siempre habrá sido así o si el hombre y la señora lo han vuelto así.
Me pregunto qué clase de niño sería antes de acabar aquí.
¿De los que se suben a los árboles y cazan ranas y juegan a los fantasmas de noche en el cementerio, o de los que leen libros y tienen miedo a la oscuridad?
Una vez intentamos hablar de ello, pero me puse triste y acabé diciéndole que no quería seguir.
Porque la señora y el hombre salen en la mayoría de mis recuerdos más antiguos, y en ellos me hacen cosas malas, cosas que no me gustan.
La señora y el hombre guardan los periódicos de cuando yo desaparecí.
La señora me los leía en voz alta, contándome qué le había pasado a mi mamá, enseñándome fotos de mi papá llorando delante de nuestra gran casa azul.
Y me decía que la policía me buscaba. Pero poco después, me lo restregó y se burló de mí diciendo que ya habían dejado de buscarme.
Entonces me dijo que yo era agua pasada y que habían conseguido quedarse con una niña que no era suya.
—Robar niños —dijo— es la cosa más fácil del mundo.
Vuelvo a investigar el retrete. Descubro que el depósito está lleno de un agua asquerosa, en la que cometo el error de meter el brazo hasta el codo.
Me estremezco y lo sacudo hasta secarlo, sin saber si es pis o qué es.
Luego vuelvo al suelo y paso los dedos por la parte interior de la tapa del depósito.
El interior es muy diferente del resto del retrete. Es áspero y rugoso, no liso como el culito de un bebé. Mis dedos encuentran un borde mellado, como un labio. Ese borde mellado podría valerme.
A Gus le preocupa que lo que sea que esté planeando no acabe bien. Hace mucho que intento hacerle ver que no tenemos más remedio si queremos salir de este sitio. Es lo malo de Gus . Prefiere quedarse a arriesgarse a que lo pillen intentando escapar.
Paso repetidamente la cuchara por ese borde.
Los nudillos se me enganchan una y otra vez contra eso, y siento que me desgarra la piel.
Duele un montón, pero no paro. Tardo mucho rato, pero consigo deformar la cuchara frotándola contra el borde de la tapa.
No está afilada como una lanza, sino desigual, y me da la sensación de que podré afilarla más si sigo trabajando con ella.
—No deberías hacer eso —dice Gus .
—¿Por qué no? —pregunto.
—Te matarán.
Paso un dedo por el borde deforme y, por primera vez en mucho tiempo, tengo esperanzas.
—No si yo los mato antes —respondo a Gus .
Nunca había pensado en matar o hacer daño a alguien. No me va. Nunca he sido mala, ni creo que lo fuera antes de estar en este sitio. Pero que te encierren a oscuras te hace cosas malas en la cabeza. Te cambia. Te vuelve otra. No soy la misma persona que era antes de que me robaran.
No habría sobrevivido tanto tiempo aquí de no ser por Gus . Gus es lo mejor que me ha pasado.
No estoy segura de cuándo llegó. Solo sé que un día apareció de pronto, mientras yo dormía. Me fui a dormir y al despertar estaba allí, llorando en un rincón, en peores condiciones que yo.
Dijo que la señora y el hombre abrieron la puerta del sótano, lo empujaron escaleras abajo y la cerraron tras él. Entonces tenía doce años. Solo Dios sabe si todavía tendrá doce años.
Cuando dejó de llorar, me dijo que lo habían convencido para entrar en su coche utilizando un perro rojo y grande como Clifford de cebo para engañarlo.
Al pobre le gustan los perros y no pudo contenerse cuando la señora le sonrió y le preguntó si quería acariciar al perro, que asomaba la enorme cabeza roja por la ventanilla del coche.