Sin dejar rastro Delilah
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Delilah

presente

Oigo pisadas. Se mueven por el techo sobre mi cabeza. Sigo el sonido con los ojos, pero no hay nada que ver porque solo son pisadas. Tampoco es que importe, me basta con oírlas para que el corazón se me acelere, me tiemblen las piernas y algo en mi cuello vibre como un latido.

Sé que quien viene es la señora, porque va descalza, y el hombre siempre lleva zapatos. Hay algo en sus pisadas que las hace más ligeras que las de él. No golpean el suelo como las del hombre. Las pisadas de él son sonoras y graves, como el retumbar de un trueno en la noche.

El hombre también está arriba, porque oigo a la señora hablar con él. Oigo su voz desagradable e indignada diciendo que es hora de darnos de comer. Lo dice molesta por algo que hemos hecho, aunque no hayamos hecho nada, que yo sepa.

El cerrojo en lo alto de la escalera se mueve.

La puerta se abre de golpe, dejando pasar un destello de luz que me hiere los ojos.

Los entrecierro y puedo verla con su horrible bata, sus horribles zapatillas y las piernas flacas, nudosas y magulladas.

Lleva el pelo revuelto. Frunce el ceño. Está molesta por tener que darnos de comer a Gus y a mí.

La señora se agacha y deja algo que hace un ruido metálico contra el suelo. Si me ha visto escondida en las sombras, no me mira.

Este sitio donde estamos encerrados tiene forma de caja.

Cuatro paredes con una escalera en el centro.

Lo sé porque he palpado con las manos hasta el último centímetro de estas paredes ásperas y agrietadas buscando una salida.

He contado los pasos que hay de una esquina a la otra.

Más o menos quince, dependiendo de la longitud de mis pasos y de si me han crecido o no los pies.

De hecho, sé que mis pies han crecido porque ya no me valen los zapatos que tenía al llegar.

Hace mucho tiempo que dejaron de valerme.

Ahora apenas me cabe en ellos el dedo gordo del pie.

No uso zapatos porque dejé de ponérmelos cuando empezaron a hacerme daño.

Solo tengo dos juegos de ropa. No sé de dónde viene, pero no es la misma ropa que llevaba cuando llegué.

Hace mucho que esa dejó de valerme y entonces la señora fue y me compró ropa nueva.

Se enfadó mucho por eso, igual que ahora por tener que darnos de comer a Gus y a mí.

Siempre llevo la misma ropa. No sé muy bien cómo es por lo oscuro que se está aquí abajo.

Pero sé que llevo pantalones anchos y una camisa con las mangas demasiado cortas, porque siempre ando bajándomelas cuando tengo frío.

Cuando mi peste llega a la nariz de la señora, hace que me quede desnuda y helada delante de Gus , mientras lava el pantalón y la camisa.

Y me dice cosas como «zorrita desagradecida» cuando lo hace, porque le molesta tener que lavarme la ropa.

Donde estamos está todo oscuro. Con una oscuridad tan negra que los ojos no se acostumbran a ella.

A veces, me paso la mano ante los ojos. Busco algo que se mueva, pero no hay nada.

Si no supiera que no es así, pensaría que mi mano ha desaparecido, que ha dejado mi cuerpo, que se ha desprendido de mí de alguna manera.

Pero eso me habría dolido y habría salido sangre.

Con lo negro que está esto, tampoco habría visto la sangre, pero sí que habría sentido su humedad.

Y habría sentido el dolor de mi mano al separarse del cuerpo.

A veces, Gus y yo jugamos a ver quién es el gallina. Caminamos en la oscuridad de pared a pared, a ver cuál se para antes de darse contra la pared. La regla es hacerlo con las manos en los lados. Tantear con las manos es hacer trampa.

La señora nos grita desde lo alto de la escalera, con voz aguda como las espinas de un rosal.

—Esto no es un restaurante y yo no soy camarera. Si queréis comida, tendréis que subir a por ella —dice.

La puerta se cierra de golpe. Se oye el chasquido de la cerradura y otra vez las pisadas, alejándose.

La señora no se molestaría en darnos de comer a Gus y a mí, pero el hombre la obliga a hacerlo porque no quiere mancharse las manos de sangre.

Se lo he oído decir. Durante mucho tiempo intenté no comer, pero me mareé y me puse muy débil.

Y luego el estómago me dolió tanto que tuve que comer.

Pensé que debía de haber alguna forma de morir que fuese mejor que matarme de hambre. Eso duele demasiado.

Todo eso pasó antes de que llegase Gus . Después dejé de querer morirme, porque entonces Gus se quedaría solo. Y no quería que Gus acabase solo en este sitio.

Me levanto del suelo. El suelo es duro como una piedra y está frío.

Es tan duro que si me siento mucho rato en el mismo sitio dejo de notar el trasero.

Se me entumece todo y después noto un hormigueo.

Tengo las piernas cansadas, aunque no lo entiendo porque no hacen gran cosa aparte de estarse quietas.

No tienen por qué estar cansadas, aunque igual es por eso por lo que están tan cansadas.

Se les ha olvidado cómo caminar y correr.

Me arrastro con esfuerzo por la escalera, escalón a escalón.

No hay nada de luz donde nos tienen a Gus y a mí.

Estamos bajo tierra. No hay ventanas, y tampoco se ve la rendija de luz que debería haber en la parte de abajo de la puerta.

La señora y el hombre que viven arriba se quedan toda la luz para ellos y no la comparten con Gus y conmigo.

Subo los escalones a tientas. Lo he hecho tantas veces que sé por dónde voy.

No necesito ver. Cuento los escalones. Hay doce.

Son de madera tan basta que a veces me clavo astillas en los pies con solo caminar por ellos.

No veo las astillas, pero noto sus pinchazos.

Sé que están ahí. Mamá me las quitaba con pinzas de las manos y los pies.

Pienso en ellas viviendo para siempre dentro de mi piel y eso hace que me pregunte si se caerán solas, o si se quedarán donde están, convirtiéndome poco a poco en un puercoespín.

En lo alto de la escalera hay un cuenco para perros que compartimos Gus y yo.

Tampoco lo veo, pero noto con las manos el acabado liso y redondeado del plato.

Antes había un perro en la casa. Pero ya no.

El perro dejó de estar. Yo solía oírlo ladrar y arañar con las uñas el techo sobre mí, me lo imaginaba abriéndome un día la puerta y liberándome.

O eso o comiéndome viva, porque por cómo sonaba debía de ser un perro grande y malo.

A la señora no le gustaba que ladrase. Le decía al hombre que lo callara —«o lo callas tú o lo hago yo»— y un día los ladridos y los arañazos dejaron de oírse, y ya no hubo perro.

Nunca llegué a verlo, pero en mi mente tomaba la forma de Clifford : enorme y rojo, a juzgar por la potencia de sus ladridos.

En el cuenco para perros hay algo pastoso, como la avena.

Me lo llevo abajo. Me siento en el suelo duro y frío, apoyada contra la pared de hormigón.

Le ofrezco un poco a Gus , pero dice que no.

Dice que no tiene hambre. Yo intento comer, pero la papilla está asquerosa.

Siento las tripas como si fuera a vomitarlo todo.

Me lo como de todos modos, aunque cada bocado me resulta más difícil de tragar.

Debo obligarme a hacerlo. Lo hago solo para que luego no me duela la tripa, porque no sé cuándo traerá la señora más comida.

Salivo mucho, pero no en el buen sentido.

Es como suele pasar cuando estás a punto de vomitar.

La papilla me produce una arcada, vomito en mi boca y me lo vuelvo a tragar todo.

Intento obligar a Gus a que coma un poco, pero sigue sin querer.

No lo culpo. A veces es mejor pasar hambre que tragarse la comida de la señora.

Tenemos un pequeño retrete para Gus y para mí.

Es donde hacemos nuestras necesidades, a oscuras, esperando y rezando para que la señora y el hombre no bajen cuando estamos en él.

Gus y yo tenemos un acuerdo. Cuando él va, yo me voy a la otra esquina y tarareo para no oír nada.

Cuando voy yo, él hace lo mismo. No hay papel higiénico.

No tenemos dónde lavarnos las manos, o cualquier otra parte de nosotros.

Estamos sucios por todo el cuerpo, pero eso ya no nos importa, salvo cuando la señora se enfada porque estamos sucios.

No podemos bañarnos de verdad. Pero de vez en cuando nos traen un cubo de agua fría con jabón y esperan a que nos desnudemos, nos frotemos con las manos para limpiarnos y nos estemos quietos, mojados y fríos, mientras nos secamos al aire.

Aquí abajo, donde nos tienen encerrados, hay humedad, un frío húmedo y pegajoso como el sudor, de esos que nunca se van. Las paredes rezuman agua y, a veces, cuando fuera llueve mucho, gotea. El agua de lluvia se acumula en el suelo, formando charcos. Piso los charcos con los pies descalzos.

En esta oscuridad, a veces oigo algo chapoteando en los charcos. O algo que araña el suelo y las paredes con garras diminutas. Sé que hay algo, algo que no puedo ver. Imagino cosas, pero no estoy segura de qué será.

Lo que sí sé seguro es que hay arañas y pececillos de plata. Tampoco es que los vea, pero a veces, cuando intento dormir, noto sus patas sigilosas deslizarse por mi piel. Podría gritar, pero no serviría de nada. Así que los dejo en paz. Seguro que tienen tantas ganas de estar aquí como yo.

Aquí abajo no estoy sola, no desde que Gus llegó.

Me siento mejor, sabiendo que ya no estoy sola y que hay alguien para presenciar todo lo que me hace la señora.

Normalmente es la señora quien me hace daño, porque no tiene ni pizca de bondad.

Puede que el hombre sí que tenga una pizca porque a veces, cuando la señora no está en casa, nos trae algo especial, como un caramelo o algo parecido.

Gus y yo siempre se lo agradecemos, pero en el fondo no dejo de preguntarme por qué es tan amable.

No sé cuántos años tengo. No sé cuánto tiempo llevo aquí.