Sin dejar rastro Prólogo
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Sin dejar rastro

Sin dejar rastro

Por Mary Kubica

© inepub.com

Prólogo

hace once años

Él tiene una mancha de pintalabios en el cuello de la camisa.

Ella la ve. No dice nada. En vez de hablar, sigue meciendo arriba y abajo al bebé que llora, como la aguja de una máquina de coser al perforar la tela.

Escucha las mentiras baratas, el rutinario «siento llegar tarde» que él repite casi todas las noches.

Debe de haber acumulado todo un arsenal de mentiras que utiliza de forma rotativa: atasco en la autopista, compañero del trabajo con problemas en el coche, quedarse pegado al teléfono con algún asegurado cabreado cuya casa incendiada no ha cubierto el seguro por falta de documentación sobre los daños.

Cuanto más específico es, más segura está ella de su traición.

Aun así, no dice nada. Se enfada si lo presiona.

Le da la vuelta a la tortilla. «¿Me estás llamando mentiroso?

» Por esa razón lo deja correr. Y porque sería una hipocresía por su parte dar importancia a lo del pintalabios.

—No pasa nada —dice, apartando los ojos de la mancha.

Cenan juntos. Ven la televisión.

Más tarde, esa misma noche, acuesta al bebé y le da de comer en el último momento para que el hambre no lo despierte cuando ella no esté.

Le dice que va a salir a correr.

—¿Ahora? —pregunta él.

Son más de las diez cuando sale del dormitorio con ropa y zapatillas de correr.

—¿Por qué no? —pregunta ella.

Él la mira fijamente durante demasiado rato, con expresión indefinida.

—La gente siempre acaba muerta cuando hace tonterías como esa.

No está muy segura de cómo interpretar esas palabras, si se refiere a salir a correr tan tarde de noche y sola o a engañar a su marido. Se convence de que es lo primero.

Traga saliva. Tiene la boca seca. Lleva todo el día esperando este momento. Está decidida.

—¿Cuándo quieres que salga a correr?

Se pasa todo el día en casa con el bebé. No tiene tiempo para sí misma.

Él se encoge de hombros.

—Como quieras —dice, levantándose del sofá y estirándose, antes de irse a la cama.

Ella sale por la puerta delantera, dejándola sin cerrar para no tener que llevar las llaves. Solo corre la primera manzana por si la ve desde la ventana del dormitorio.

En la esquina, se detiene y envía un mensaje de texto: Estoy de camino.

La respuesta: Nos vemos allí.

Borra la conversación del móvil. ¿Será tan evidente como su marido?

¿Lo que hace será tan obvio como el carmín en su camisa?

Cree que no. Su marido es de sangre caliente.

Si supiera que se escapa para verse con un hombre en un coche aparcado en la Cuarta Avenida, al final de la calle y a unos treinta metros de la última casa, ya le habría dado una paliza que la habría dejado al borde de la muerte.

Camina por la calle. La noche es tranquila. Es el único momento del día que espera con ansia, perdida en la anticipación de que alguien a quien apenas conoce la mime durante un rato, haciendo que se sienta bien.

No es el primero con quien engaña a su marido. No será el último.

Intentó dejarlo al nacer el bebé, serle fiel, pero no le compensó el esfuerzo.

Este dice llamarse Sam . No sabe si creérselo.

Lleva meses viéndolo de forma ocasional, cada vez que él o ella sienten esa necesidad.

Mira por dónde, lo conoció estando embarazada.

A algunos hombres les excita. Consiguió que se sintiera sexy, pese al exceso de peso, que es más de lo que puede decir de su marido.

Sam está casado, como ella. Y no es el único hombre con el que se ve a escondidas.

Las pocas veces que han estado juntos, « Sam » se quita el anillo y lo deja en el salpicadero, como si eso mitigara de algún modo lo que hace.

Ella no. No es de las que se sienten culpables.

Se ha convencido de que su marido tiene la culpa de que ella haga lo que hace. Tan solo le paga con la misma moneda.

El cielo está lleno de estrellas. Las mira fijamente un rato y encuentra Venus. La noche es fría y tiene los brazos con la piel de gallina. Piensa en el coche, en lo cálido que estará cuando suba en él.

Mira las estrellas cuando oye que se acerca algo por detrás.

Da media vuelta, repasa la calle con la mirada, pero no ve nada en la oscuridad.

Lo achaca a algún animal rebuscando en la basura, pero no lo sabe.

Da media vuelta y continúa, acelerando el paso.

No es de las que se asustan, pero empieza a hacer suposiciones.

¿Y si su marido sospecha algo? ¿Y si la sigue? ¿Y si lo sabe?

Se dice a sí misma que no lo sabe. Que no puede saberlo. Que es buena mentirosa, que ha aprendido a disimular.

Pero ¿y si lo sabe su esposa?

No sabe lo que « Sam » le dice a su esposa cuando sale. No hablan de ese tipo de cosas. Tampoco es que hablen mucho, fuera de algunas palabras preliminares antes de empezar.

«Qué guapa estás».

«Llevo todo el día esperando esto».

No están enamorados. Ninguno de los dos dejará pronto a su pareja. No lo hacen por eso. Para ella, es una manera de evadirse, de liberarse, de vengarse.

Oye otro ruido. Se gira y vuelve a mirar, esta vez asustada de verdad, pero no ve nada. Está atacada de los nervios. No consigue quitarse la sensación de que alguien la observa.

Echa a correr, pero se pisa el cordón desatado de una zapatilla. Se siente torpe y nerviosa, querría estar ya en el coche con él, en vez de sola en la calle. Una calle oscura, demasiado oscura para su gusto.

Por el rabillo del ojo ve un movimiento. ¿Hay algo allí? ¿Hay alguien allí?

—¿Quién anda ahí? —pregunta.

La noche es silenciosa. Nadie responde.

Intenta distraerse pensando en él, en sus manos cálidas y suaves sobre ella.

Se agacha para atarse el zapato. Oye otro ruido detrás. Esta vez, cuando mira, en el horizonte aparecen las luces de un coche que va demasiado rápido. No le da tiempo a esconderse.