Sin cuerda (Equipo Nacional 1) Iago
97%

Iago

Seis meses después, un sábado de enero, subimos al pico Anie los tres.

Jaume, mi padre y yo. Son las cinco y media de la mañana cuando salimos del aparcamiento de Belagua, en el lado navarro, con los frontales encendidos y los grampones ya puestos.

Hace ocho grados bajo cero. El aire corta en los pulmones como si fuera cristal fino.

Una luna casi llena se está poniendo detrás del Mesa de los Tres Reyes.

Huele a hielo, a roca caliza, a la gasolina del Dacia que mi padre ha dejado en el aparcamiento.

Mi padre lleva el piolet corto de madera antiguo que era de mi abuelo.

Los crampones atornillados a las botas de cuero negras con cordones rojos, treinta años con él.

Una mochila de veinte litros con el termo y pan.

No ha querido coger cuerda. Dice que en una vida ha subido veintiséis veces al Anie y que la cuerda solo la ha sacado dos.

Yo llevo una por si acaso, amarrada al fondo de la mochila.

Jaume va en medio. Con el traje completo de Gore-Tex naranja que le regaló The North Face después del Mundial.

Crampones alu Grivel nuevos. Piolet técnico corto.

Mochila de quince litros. Polainas. El foulard de mi madre, al cuello, encima del bragapiernas térmico.

Se lo dejé yo ayer por la noche antes de subir, y me dijo "¿seguro?

" y yo le dije "sí", y él no preguntó más.

Yo llevo el piolet mío, lanzado el año pasado por Petzl, y el anillo en el bolsillo del forro.

No le he dicho a nadie lo del anillo. A nadie.

Ni a mi padre, ni a Sofía. Lo compré hace tres semanas en un joyero de Jaca.

Plata maciza, sin adornos, la banda fina.

Llevo veintiún días con él en el bolsillo, cambiando de chaqueta todos los días.

No le he dicho nada a Jaume porque Jaume no sabe que hoy me toca a mí pedírselo formal.

Él cree que solo subimos a la cima porque lo prometimos en el hotel de Chamonix en junio.

Eso también.

———

A las siete salimos del bosque. El sol empieza a pegar en las crestas más altas, en esa luz rosa pálido del amanecer de invierno. Jaume se para. Saca el móvil. Hace una foto.

—No voy a poder subir al Insta esta porque se te ve medio dormido —le digo—, pero es bonita.

—Ya.

—Mi padre está aguantando bien.

—Tu padre es un lince.

—Mi padre es un lince y lleva la cojera mejor cuando lleva crampones, es raro.

Mi padre va delante, a un ritmo lento pero constante, pisando con los crampones con esa precisión tranquila de los pastores viejos. No dice gran cosa. Solo va levantando el piolet a cada tres pasos para apoyarse. Entre bocanadas de vaho.

A las ocho y media salimos ya del arbolado.

El paisaje se abre. Aparece el karst. Cientos de rocas blancas de caliza, como un mar congelado.

Una cascada de hielo a la derecha. Los cortados del Anie al fondo, con la cara norte helada.

En invierno es una cara blanca grandísima, casi de catedral.

Lo había visto muchas veces de niño. Siempre me daba un respeto que no sentía con los picos suizos.

A Jaume se le queda la boca abierta. Se para. Se coloca a mi lado. Se apoya en el piolet.

—Iago.

—Dime.

—Qué bonito, maño.

—"Maño" me lo dices a mí ahora.

—Me contagiaste en Chamonix y ya no me quito.

Mi padre se gira desde arriba y nos llama con la barbilla. Seguimos.

———

El último tramo es el que más respeto da.

Un paso estrecho entre dos cortados, de unos treinta metros.

A la derecha, vacío directo de cuatrocientos metros al valle francés.

A la izquierda, pared de hielo caliza. Saco la cuerda.

Mi padre no quiere atarse. Yo me ato a Jaume con un nudo de ocho.

Quince metros de distancia entre los dos.

—Tú primero —me dice Jaume.

—No. Mi padre primero. Yo detrás de él. Tú detrás de mí. Si alguno de los tres cae, el otro aguanta. Aunque igualmente mi padre no se va a caer, porque lleva veintiséis subidas y veintiséis bajadas. El único que se cae aquí soy yo, por lo general.

—Tú tampoco te vas a caer hoy.

—¿Por qué?

—Porque hoy es el día. Los días no se cae uno.

Me río bajito. Mi padre nos mira desde delante y no dice nada. Sabe que está pasando algo. Mi padre sabe siempre cuándo está pasando algo.

Subimos el tramo despacio. Crampones en el hielo, piolet clavado en la pared de caliza.

Respiraciones acompasadas. Jaume va con los ojos fijos en la línea de pasos de delante.

No habla. Yo le miro por encima del hombro cada diez pasos, por si se descompone.

No se descompone. Ha mejorado mucho desde el verano con los temblores.

Se ha puesto a terapia semanal en Barcelona con una mujer que se llama Rita a la que llama "mi muro de carga".

La lleva muy bien, la terapia. Mejor que yo, que en cinco meses he ido dos veces y a la segunda la tiré a la mitad.

En quince minutos el paso está superado. El último tramo es más tendido, una subida de cincuenta metros por piedra suelta. La cima se ve al fondo. Con su cruz de hierro oxidada y la inscripción borrosa que pone "Pic d'Anie 2504 m".

Mi padre llega primero a la cruz. Se apoya en ella con una mano, se persigna brevemente, baja la mochila.

Saca el termo. Se sienta en una piedra con cara norte y mira hacia abajo.

Yo y Jaume llegamos treinta segundos después.

Jaume está llorando un poco, por el frío y porque es él.

Yo tengo las rodillas blandas, pero no por el cansancio.

A los dos minutos nos hemos sentado los tres en la cima.

Mi padre, a la izquierda, contra la cruz, con el termo abierto.

Jaume, en el centro. Yo, a la derecha. A un lado, Francia, con el valle de Belagua bajando en una forma perfecta, el bosque de hayas nevado, la pista que llega al aparcamiento.

Al otro lado, España. Ansó al fondo, el campanario pequeño de la iglesia de San Pedro apenas visible por la distancia.

Veo, incluso, la casa con el número catorce.

Una mancha de humo saliendo de la chimenea, que ha encendido el vecino para mi padre antes de salir, porque mi padre no apaga nunca la chimenea desde el día de los Santos.

Respiramos. No hablamos durante tres minutos. Mi padre nos pasa el termo. Es cacao, no café. Está tibio. Bebemos cada uno. Devolvemos.

Le miro a Jaume de lado. Tiene las mejillas muy rojas.

Los labios cortados por el frío. Las pestañas escarchadas.

Los dos aros negros del lóbulo izquierdo con una pizca de hielo.

Está mirando al valle francés y tiene la boca un poco abierta, con la misma cara de niño que pone cuando le sorprende algo.

Me levanto.

Me pongo delante de él. Él me mira sin entender. Hinco la rodilla derecha en la nieve. El crampón se me clava en la otra pierna un poco, pero aguanto. Saco del bolsillo del forro la caja pequeña de terciopelo azul marino. La abro.

Dentro, el anillo. Plata. Banda fina.

Jaume me mira. Parpadea una vez. Se pone la mano enguantada en la boca.

—Jaume.

—Iago.

—¿Te casarías conmigo?

Lo digo con el cacao de mi padre todavía en la boca. Lo digo en la cima del Anie con el sol pegándole al lado derecho de la cara a Jaume. Lo digo con mi padre llorando ya en silencio a dos metros, con la espalda apoyada en la cruz de hierro, limpiándose los ojos con el dorso del guante.

Jaume se queda callado dos segundos. Me mira. Se inclina. Me quita el guante con los dientes, sin dejar de mirarme. Me saca la mano desnuda. Me besa los nudillos. Se levanta. Me agacho yo detrás. Me pone las dos manos en la cara. Frías, frías, las dos manos enguantadas.

—Sí —me dice—. Sí, Iago. Sí.

———

Bajamos el Anie los tres en silencio. Con los mismos crampones y la misma cuerda, pero por dentro a mí me caben diez vidas y se me está cayendo el aire del pecho por la nariz como si llevara un incendio dentro.

Iago me lleva de la mano cuando podemos.

Solo nos soltamos en el paso estrecho entre los dos cortados. Luego otra vez.

En el descenso, Ramón Noguera nos deja ir a nuestro ritmo. Él baja detrás, despacio, sin hablar. A la altura del bosque nos para con una mano.

—Chavales —nos dice, quitándose el gorro de lana—. Yo sigo a mi paso. A las dos en Casa Mur, como hemos dicho. Quedaos con la cumbre media hora si queréis. Yo tengo unos cuantos "me alegro" por repartir en el pueblo antes de que lleguéis.

—¿Tú crees que los vecinos lo saben?

—Lo van a saber en cuanto yo llegue al bar. De mí se enteran. De los dos.

—Papá —le digo yo. Sin tildarlo de raro, sin pensar. Le llamo papá. Es la primera vez que se lo llamo.

Ramón me mira. Dos segundos. Tres. Sonríe sin dientes.

—Jaume.

—Dime, Ramón.

—Vete al pueblo con mi hijo.

Nos adelanta. Se va bajando por su pista, con el piolet corto y la cojera izquierda que parece un metrónomo antiguo. Nos quedamos Iago y yo en el aparcamiento, apoyados los dos contra el capó del Dacia que mi padre nos ha dejado las llaves.

Iago me mira. Tiene los ojos muy avellana, muy oscuros, muy brillantes. Los rizos húmedos del casco.

—Te vas a casar conmigo.

—Me voy a casar contigo.

—En abril.

—¿Abril?

—En abril se casan los pastores, Jaume. En el valle. Abril. Mayo. Mes máximo.

—Vale. Abril.

—En la iglesia de San Pedro.

—En la iglesia de San Pedro.

—Padrinos, Sofía y Martí.

—Padrinos, Sofía y Martí.

Me mira con los ojos brillantes. Me pasa la mano por la mejilla helada. Me besa.

———

Casa Mur a las dos y cuarto. Ramón ha llegado antes.

En la barra ya hay cuatro cazadores del pueblo que, cuando entramos, se giran y aplauden.

Aplauden. Con los guantes puestos. Lucía sale de la cocina con el delantal mal anudado y le dice algo al oído a Teresa.

Teresa me mira. Teresa levanta el pulgar.

Nos sientan en la mesa del fondo, la de siempre, con el mantel de hule verde.