Sin cuerda (Equipo Nacional 1) Iago #2
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Iago #2

Nos ponen chuletón. Sin preguntar. Dos chuletones. Pan. Un vino del año. Cuatro chupitos de pacharán de la abuela de Lucía. Que, me explica Ramón con orgullo, se hacen en la trastienda.

—Uno para cada cazador —dice Ramón—, y dos para los novios, que se lo merecen.

—Ramón.

—Qué.

—Nos vamos a emborrachar.

—Pero bien.

Levantamos los chupitos. Los cuatro cazadores levantan los suyos. Teresa levanta un vaso de agua desde la barra. Lucía levanta un vaso de café. Todos gritan "por los novios". Iago se ríe de una carcajada. Yo sonrío tanto que creo que me va a salir sangre de las encías.

Comemos. El chuletón está en su punto. El vino es áspero pero auténtico. Iago me pasa la mano por debajo del mantel y me agarra el muslo como hacía en la rueda de prensa de Chamonix en junio, sin cambiar.

Ramón, a medio comer, se levanta.

—Ya —dice—. Me vuelvo a casa. Me he emocionado demasiado y me voy a dormir la siesta. Chavales, volved cuando queráis.

—Papá.

—Qué.

—Gracias.

—No me des las gracias a mí, Iago. Dáselas al chaval catalán, que ha venido a pedirte.

—Ha pedido él.

Ramón se gira. Nos mira a los dos.

—Ya veo.

Se va. Con la cojera izquierda y el piolet bajo el brazo porque no lo ha dejado en casa. Una oveja le mira desde el otro lado del ventanal, pero esa oveja ni siquiera es de mi padre, eso me lo invento yo en mi cabeza porque no me acostumbro a que las ovejas estén en todas partes en Ansó.

Quedamos Iago y yo solos. Los cazadores ya han vuelto a lo suyo, con las partidas de cartas, los tacos y las risas. Lucía nos trae el café.

—A los dos, solos —dice Iago, señalando la mesa.

—A los dos, solos —dice Lucía—. Invita la casa.

Se va.

Iago me mira. Estira la mano por encima del hule verde. Me coge los dedos. Los aprieta.

—Jaume.

—Dime.

—¿Sabes qué estoy pensando?

—Qué.

—Que hace casi diez meses te odiaba.

—No me odiabas.

—Sí te odiaba. Bueno, casi. Te llamé "el que te va a quitar la plaza" en el vestuario del Vertical el primer día.

—Me acuerdo.

—Y ahora voy a casarme contigo en abril en la iglesia de San Pedro de mi pueblo. Con tu hermana de padrina. Con Leire tirándonos arroz.

—Leire no va a tirar arroz, va a tirar confeti de colores. El arroz mancha.

—Sofía es la que sabe.

—Sofía es la que sabe.

Nos reímos.

Saco la mano de la suya, me quito el forro, me suelto el pelo del gomina que me puse por la mañana por costumbre, y me apoyo contra el respaldo. Miro al techo del bar. A la viga de madera con las telarañas antiguas. Miro a Iago. Vuelvo a mirar al techo.

—Iago.

—Qué.

—Abril está lejos. Son dos meses y medio.

—Dos meses y medio.

—¿Y si nos casamos en marzo?

—Jaume, tío, en marzo no me da tiempo de organizarlo.

—Pues a finales de abril.

—Vale.

—No, veintinueve de abril.

—Veintinueve de abril.

—Apúntatelo.

—Ya está apuntado.

Me saca una libreta pequeña negra del bolsillo trasero del pantalón. La abre. Veo que en la primera página, con letra redondeada suya, ya ha apuntado, con fecha de hace dos semanas: "29 abril, iglesia de San Pedro, Ansó, padrinos Sofía y Martí, banquete Casa Mur". Con una esquina arriba doblada.

Levanto la vista.

—¿Lo tenías apuntado?

—Lo tenía apuntado.

—Desde cuándo.

—Desde el día en que bajé del Anie contigo en junio.

—Iago.

—Qué.

—Hostia.

Nos miramos. Nos reímos.

———

Cuando salimos del Casa Mur son las seis de la tarde.

Está oscureciendo. El pueblo tiene ya encendidas las luces de Navidad atrasadas que Ansó mantiene hasta el Pilar de enero porque el ayuntamiento no se da prisa.

Hace frío. Mi padre ya se ha dormido la siesta en el sofá con la manta a cuadros y yo no le voy a despertar hasta las nueve.

Me llevo a Jaume al puente de piedra de la salida del pueblo, el que pasa sobre el Veral. Nos apoyamos en el pretil. Abajo, el río corre rápido, con una capa de hielo en los remansos y el agua negra en el centro.

Jaume lleva puesto el foulard de mi madre, azul marino con remates rojos. Debajo de un gorro de lana del Club Alpino de Ansó que mi padre le ha regalado esta mañana a las cinco. Las dos cosas le quedan bien. Debería decírselo.

Le miro.

—Jaume.

—Dime.

—¿Sabes qué?

—Qué.

—Cuando entré en el vestuario del Vertical en marzo, me choqué contigo en la taquilla dos y me cabreé. Luego te pregunté cómo te llamabas, no me acuerdo. Luego te dije que era el que te iba a quitar la plaza.

—Me acuerdo.

—Y hace un rato, en la cima del Anie, te he pedido que te cases conmigo y me has dicho que sí.

—Te lo he dicho.

—Y me has dicho "sí" con "i" latina. No has dicho "sí" y punto. Lo he oído. Has dicho "síi". Con un pequeño alargamiento.

—Iago.

—Qué.

—Eres tonto.

—Un poco.

Me saco del bolsillo del forro el segundo anillo. El mío. Es igual al suyo. Plata maciza. Banda fina. Lo tengo yo porque soy yo quien se los va a colocar a los dos el día de la boda, siguiendo la costumbre del valle. Me lo pongo en el dedo un momento, por ver cómo me queda. Me queda bien.

—Jaume.

—Qué.

—Mira abajo.

Mira abajo. El río Veral. Corre.

—Corriente fuerte —dice.

—Corriente fuerte.

—En verano se puede bajar en kayak, ¿no?

—En verano sí.

—Iago.

—Qué.

Se me apoya contra el hombro. Me coge de la mano. Me aprieta con el pulgar sobre el dedo donde, en abril, llevaré el anillo puesto todo el día.

—No hay red —le digo, mirándolo— . Pero ya no hace falta.