Iago #2
—Oficialmente, Jaume, tu contrato se mantiene.
—Oficialmente.
—Extraoficialmente, el tipo que amenazó la semana pasada dimite en dos meses. Parece.
—Ya.
—No por esto, por otras cosas. Pero por supuesto.
—Por supuesto.
Ana sonríe. Le da dos palmaditas en el hombro. Se va a cenar con la directora federativa francesa.
———
A las once de la noche subimos a la habitación. Habitación doble, por fin. La federación nos ha cambiado hoy mismo las reservas, a petición de Mikel, con la excusa de "optimización de recursos". Hostia, qué forma de decirlo.
La habitación está en el cuarto piso del hotel.
Tiene una ventana enorme, dos metros por dos, con un balcón.
Al otro lado del balcón, de noche, se ven las luces de Chamonix, y detrás, como un muro negro contra el cielo estrellado, el macizo del Mont Blanc.
La cumbre, con un resto de nieve, asoma detrás.
La luna en cuarto creciente pega de lado.
Cerramos la puerta. Nos miramos. Jaume lleva la medalla de plata al cuello, por vanidad, pero se la pone cuando estamos solos y eso me da la risa. La camisa blanca del traje del Mundial desabrochada en los dos primeros botones. Los pendientes de aro negro. El pelo con gomina y ya medio aplastado.
Yo llevo una sudadera gris, un pantalón de chándal negro, calcetines de lana de Ansó que me compró mi padre el viernes por la mañana antes de salir porque pensó que en Francia haría más frío que el que hace en junio. El foulard de mi madre doblado en el bolsillo interior de la sudadera.
Me acerco. Le cojo la medalla con el pulgar.
—Me alegro —le digo.
—Hostia, Iago.
—Ya.
—He podido. He podido.
—Has podido.
Le miro las pupilas. Están enormes. Tiene los ojos grises muy brillantes.
—Iago.
—Dime.
—Has sido tú. Has sido tú, maño. Si no me coges por el muslo mientras hablaba, yo no hablo.
—Hostia, Jaume. Cualquiera diría que eso es lo que hago yo, sujetarte los muslos en momentos críticos.
Se ríe. Se ríe como llevaba sin reírse una semana. Me agarra de la sudadera. Me besa en la boca, lento.
Me besa durante lo que a mí me parecen siglos.
Sabe a agua mineral y a la esquirla de naranja del postre de la cena.
Me quita la sudadera por encima de la cabeza.
Me desabrocha los pantalones con dos tirones lentos.
Yo le quito la camisa blanca botón a botón, porque quiero verle todo, la clavícula marcada, el esternón, el IV tatuado pequeñito en la muñeca, el pecho que se le pone color champán después de escalar y que ahora, en la luz amarilla de la lámpara del hotel, parece del color de la miel de Ansó.
Caminamos hacia atrás, hasta el borde de la cama.
Le quito el pantalón. Me siento en el borde.
Él se sienta en mis piernas, a horcajadas, descalzo, con el pelo cayendo ligeramente sobre la frente.
Me mira desde arriba. Le miro desde abajo.
Le paso las manos por las costillas. Le pongo la cabeza en el pecho y le escucho el corazón acelerado.
Él me pasa las manos por la nuca, me suelta el pelo del nudo bajo.
—Te quiero —me dice.
—Yo a ti.
Nos tumbamos. Yo abajo. Él encima. Me besa con la boca abierta, sin prisa.
Baja por el cuello. Me besa el tatuaje del pico Anie del costado izquierdo, los dos picos caligráficos, las líneas de la cordillera.
Le pone la lengua. Le pongo la mano en la nuca.
Cierro los ojos. Pienso por un segundo en el tío que dormía hace dos meses pared con pared conmigo en el piso de Gràcia, aquel tío que gimió bajo con una pesadilla y yo no supe entrar en su cuarto, y pienso en cómo aquel tío ahora mismo me está besando la cordillera del valle donde nací.
—Jaume.
—Qué.
—Gracias por lo de hoy.
—No me des las gracias. Era lo único.
Sube a mi boca. Me besa.
Busca el cajón de la mesilla. Saca el preservativo.
El lubricante. Se lo pongo yo, con la calma de quien ya lo ha hecho más de una vez, mirándole los ojos mientras se lo deslizo.
Él sonríe con la boca entreabierta. Se untan los dos de lubricante.
Me coge una pierna, me la pone sobre el hombro.
Entra lento. Me mira todo el rato. Me besa en la frente cuando entra del todo.
—¿Bien? —pregunta.
—Bien.
—¿Más?
—Más.
Se mueve. Esta vez no es lento, como en el piso.
Es lento al principio, pero coge ritmo. Y yo le voy siguiendo.
Le paso las manos por los omóplatos, por la espalda, por los brazos.
Le aprieto los bíceps cuando me gusta más.
Le tiro ligeramente del pelo. Él gime bajo, no fuerte, con la voz ronca que le conozco.
—Iago.
—Dime.
—Mírame.
—Te miro.
Le miro. Tiene los ojos grises, con el anillo ámbar brillante. La respiración acelerada. Los labios entreabiertos. La cicatriz blanca de la ceja derecha, el mechón que le cae, los dos aros negros del lóbulo izquierdo, el IV pequeño de la muñeca que pasa al lado de mi cara cuando se apoya.
Más allá de él, detrás de la ventana, se ve el Mont Blanc negro contra la noche. Cierro los ojos un segundo y los abro. Quiero verlo todo. El Mont Blanc, y a él, y lo que pasa entre nosotros en esta cama alquilada a un francés que no sabe ni que estamos aquí.
—Estoy cerca —le digo.
—Yo también.
Cambia de ritmo. Se apoya en un antebrazo al lado de mi cara y con la mano libre me coge. Me corre así, con él dentro y su mano fuera, mirándome a los ojos. Le tiembla el pulso. Se corre dos empujones después, apoyado en mi pecho, con la cara contra mi cuello. Se queda ahí un segundo, respirando.
Luego se aparta despacio. Va al baño. Vuelve con la toalla de mano. Me limpia. Se tumba a mi lado. Me abraza desde atrás, con el brazo por la cintura, la cara contra la nuca.
La ventana enorme sigue abierta. El aire fresco del Mont Blanc entra por el balcón. Las luces de Chamonix parpadean abajo.
—Iago.
—Dime.
—Me has contestado ya a tu pregunta del Anie, hace días, pero te lo digo otra vez oficialmente. Sí.
—¿Sí?
—Sí. Me caso contigo.
—Hostia, Jaume. Si ni siquiera te la he vuelto a hacer.
—Te contesto aunque no la hagas. Quiero que esté dicho.
Me giro en la cama. Quedamos los dos de frente, piel con piel, con las narices casi tocándose. Le paso el pulgar por la cicatriz blanca de la ceja.
—Pues entonces te la hago otra vez —le digo—. En invierno. Cuando subamos al Anie en serio, no al cortado. A la cumbre. Con mi padre.
—Con tu padre.
—Tres grampones, tres piolets. Él con uno, tú con otro, yo con otro.
—Iago.
—Dime.
—Cuando lleguemos arriba, te digo que sí.
—Cuando lleguemos arriba, te pido yo.
Me besa. Un beso corto, seco, con sonrisa.
—Vale.
—Vale.
Nos quedamos un rato así, cara a cara. Oigo una campana a lo lejos en Chamonix, una campana de iglesia marcando la medianoche.
Oigo la voz de dos franceses en la calle, riéndose, subiendo a su hotel.
Oigo el viento en el Mont Blanc, o me lo imagino, porque el Mont Blanc está a quince kilómetros y desde aquí no se oye.
—Jaume.
—Qué.
—Hoy te quiero más que ayer.
—Yo también.
Cierra los ojos. Se duerme con la mano apoyada en mi cadera.
Yo me quedo un minuto más despierto. Miro la ventana.
El Mont Blanc. La luna en cuarto creciente.
El perfil de la cumbre. Me acuerdo del mensaje de mi padre que me llegó después de la rueda de prensa, media tarde: "Vi el vídeo en Aragón TV.
Bien. Volved cuando queráis. Mato otra gallina". Me entra la risa.
Cierro los ojos.
Mañana desayunamos con el equipo, cogemos el avión de vuelta, estamos en Barcelona a las cinco.
El lunes empiezan las entrevistas. El martes llaman cinco nuevos patrocinadores.
El viernes, Sofía y Nacho nos invitan a cenar a casa con Leire, que quiere pintarnos más flores.
La vida nos pega al Vertical otra vez. Pero distinta.
En invierno, subimos al Anie. En serio. Con mi padre.
Y yo le pido, formalmente, en la cima.