Sin cuerda (Equipo Nacional 1) Iago
92%

Iago

El Mundial de Chamonix se celebra en Le Bouchet, un centro de escalada al pie del Mont Blanc, con ventanales por los que se ven las cumbres nevadas aunque estemos a finales de junio.

Los franceses han montado tres muros de competición: el alto para lead, dos para boulder.

El nuestro es el boulder. Cuatro problemas.

Cinco minutos por problema. Tres minutos de descanso entre uno y otro.

El sábado por la mañana desayunamos en el hotel a las ocho. Yo, dos plátanos, avena, un yogur, un café cortado. Jaume, tres claras de huevo, avena, un plátano, un café con leche. Celia nos vigila desde la mesa de al lado y nos quita media rosquilla que había cogido Sofía por costumbre.

—Que sois atletas del equipo nacional español —dice—, no unos chavales del Vertical que se van a comer un croissant.

—Celia —dice Sofía—, son las ocho de la mañana. No me hagas esto.

Celia le quita la rosquilla igual. Me río.

Jaume me pasa la mano por encima de la mesa.

No se esconde. En el comedor del hotel estamos solo el equipo español, Mikel, Ana Betrián (que se ha sumado ayer por la tarde a Chamonix) y dos fisios externos.

Nadie nos mira raro. Nadie, en realidad, ha dicho nada desde que subimos al avión el jueves por la tarde en Barcelona.

Ana Betrián ha revisado el comunicado que Jaume escribirá mañana después del Mundial en la rueda de prensa.

Lo he leído yo anoche en la habitación de hotel. No ha cambiado mucho. No hace falta.

A las diez salimos para Le Bouchet en un minibús.

Calentamos durante una hora. Estiramientos, movilidad articular, tres minutos de pegas suaves en un muro de calentamiento.

Celia me venda el anular derecho, que tengo la cicatriz todavía un poco sensible.

Jaume se calienta con la concentración que pone siempre: ojos cerrados, respiración lenta, tupé aplastado por el sudor, sin hablar.

A las once empieza la competición. Finalistas: diez.

Yo entro el número siete. Jaume, el número dos.

Tina Dean sale primera en mujeres en la ronda anterior, con una medalla de oro que se ha ganado a hachazos.

Cuando sale del vestuario me da un abrazo y le dice a Jaume en inglés "estoy orgullosa de ti, pase lo que pase".

Jaume le contesta algo en inglés que no pillo. Ella se ríe.

A los veinte minutos estamos los diez hombres en fila india, saliendo al área de competición.

La grada está llena. Se ven banderas francesas, alemanas, dos españolas al fondo con una pancarta que han pintado a mano y que pone "GO NOGUERA-MURO", porque somos los dos del mismo país.

Sofía y Nacho, que han viajado desde Barcelona a pasar el fin de semana con Leire (que ha venido también), están en la segunda fila, a la izquierda.

Leire lleva un jersey rojo. Nos saluda con la mano abierta y gritando "tíos".

Nos oyen todos. Ana Betrián, desde los asientos del equipo, hace una mueca pequeña.

Mikel se ríe por lo bajo. El técnico francés que está al lado mío en la entrada me mira y me pregunta en inglés chapucero "¿son tus sobrinos? ".

—Amigos —le digo.

———

El primer boulder lo tengo. Lo veo con los ojos cerrados desde el banquillo: salida de una presa roja grande, dos cogidas cerradas, un lanzamiento dinámico, una regleta pequeña, topout. Salgo al muro. Respiro. Saludo al juez. Empiezo. Lo clavo a la primera. Ocho puntos.

Jaume sale detrás. Lo clava. Ocho puntos para él también.

El segundo boulder es el crux. Un problema de volúmenes raros, con una presa lejana que obliga a un moonwalk invertido, esa cosa de andar cabeza abajo entre dos apoyos.

A mí no se me dan mal los moonwalk. Pero me lo fallo.

Me quedo sin fuerza en el pectoral mayor a dos movimientos del top.

Bajo. Celia me mira y me niega con la cabeza amable. Cuatro puntos.

Jaume sale. Jaume hace el moonwalk de libro. Hace una secuencia que no había ensayado nadie antes y la clava con economía de movimientos. Topout limpio. Ocho puntos. La grada aplaude. Tina desde la grada de invitados suelta un grito inglés.

El tercer boulder es de equilibrio sobre volúmenes pequeños, cabeza fría, esquina positiva. Yo lo hago al segundo intento. Cinco puntos. Jaume lo hace al primer intento. Ocho puntos.

Antes del cuarto, con un minuto y medio de descanso, Jaume se sienta a mi lado en el banco. Me mira. Tiene las pupilas enormes. La concentración de cuando está en la zona.

—Estoy en el podio —le digo, entre dientes.

—Estoy segundo —me dice.

—¿Quién va primero?

—Ei Omata.

Ei Omata es un japonés de veintidós años al que le han ido saliendo los tres boulders al primer intento. Está dos puntos por delante de Jaume. Y el último boulder tiene una pieza abierta de cinco puntos más.

—Si clavas el cuarto —le digo a Jaume—, igual subes.

—Ya lo sé.

—Focus.

Me mira. Se ríe brevemente.

—Dice el aragonés mi muletilla.

—Alguien tiene que decírtela.

Nos tocamos la pulsera negra que llevamos los dos en la muñeca izquierda. Se la regalé yo en Jaca en el viaje del sábado pasado. Se la puso y no se la quita. Es una chorradita de cuero trenzado del mercadillo de Jaca. Nunca he estado tan seguro de que un gesto tonto cuente tanto.

Sale Ei Omata al cuarto. Clava tres cuartas partes. Se queda a un movimiento. No top. Cinco puntos.

Sale Jaume. Se frota las manos con magnesia. Me mira. Yo le levanto el pulgar. Sube al muro.

El cuarto es un problema de techo, una cueva invertida con presas grandes y una regleta asesina al final.

La gente aplaude porque han dicho ya en megafonía que Jaume está a una victoria del oro.

Escala con la economía que le caracteriza: cada movimiento calculado, sin teatro.

Llega al último crux, al lanzamiento a la regleta final.

Lo intenta. Se queda a un dedo. A un dedo, literal.

La punta del corazón le toca la regleta y se le resbala.

Cae a la colchoneta. Se pone de pie. Sacude la cabeza.

Ocho puntos no. Cuatro puntos. Suficiente para la medalla de plata. Insuficiente para el oro.

Ei Omata, oro, veinticuatro puntos. Jaume Muro, plata, veintitrés puntos. Un punto. Un dedo. Un movimiento. Una regleta.

Yo acabo quinto en la general. Lo celebro sin cara. Me alegro mucho por Jaume, por la medalla. Pero en los ojos se le ve el peso del dedo que no llegó a la regleta.

———

La rueda de prensa es a la una y media. Sala de prensa del centro de escalada, setenta butacas, treinta y dos periodistas, seis cámaras de televisión. A la entrada está Wanda Pérez, de Marca, con la misma libreta de la última vez. La saludamos con un gesto los dos. Ella asiente, pero no sonríe.

Nos sentamos en la tarima. Jaume en el centro, Ei Omata a su derecha, el bronce francés (un tal Gasquet) a su izquierda. Y yo, al lado de Jaume, invitado como quinto clasificado porque Ana Betrián lo ha pedido a la organización con un argumento en francés que no he entendido.

Empiezan las preguntas. Al oro japonés. Al bronce francés.

La moderadora reparte turnos en francés, inglés y español.

A Ei Omata le preguntan cómo se siente. A Gasquet le preguntan qué le falta para el podio del Mundial del año que viene.

A Jaume le preguntan, primero, por la plata.

Él contesta técnico: que siente el dedo en el movimiento, que no pudo, que le felicita a Omata.

Y en la tercera pregunta, levanta la mano un italiano que no conozco y dice:

—Signor Muro, ¿quiere decir algo sobre el artículo publicado hace tres semanas en Marca?

Jaume mira a la moderadora. La moderadora mira a Ana Betrián. Ana Betrián, desde la primera fila, asiente con la cabeza. Jaume coge el micrófono.

—Sí —dice.

Se hace un silencio pequeño en la sala. Se encienden tres o cuatro cámaras más. Yo siento el codo de Jaume contra el mío. Le pongo la mano en el muslo por debajo de la mesa, tapada por el mantel blanco. Le aprieto una vez.

Jaume se acerca el micrófono.

—Quiero aprovechar esta plataforma —empieza, despacio, con la voz un poco más grave de lo normal pero firme— para decir que hace tres meses empecé una relación con otro miembro del equipo nacional español. Es Iago Noguera. Aquí presente.

Dos fotógrafos se levantan. Un flash. Dos.

—Somos conscientes —sigue Jaume, sin mirar a la sala, mirando un punto fijo al fondo— de que esto no ha sido fácil para la federación, para los patrocinadores y para nuestras familias, y pedimos disculpas por cómo se ha gestionado desde el principio.

Negamos públicamente en Innsbruck hace dos semanas cuando se publicó la primera foto.

No fue una mentira cómoda. Fue una mentira incómoda, y nos pesó mucho.

Lo lamentamos. Hoy no vamos a seguir mintiendo.

No somos el primer caso en el deporte y no vamos a ser el último.

A quien le moleste: lo sentimos. Pero ni vamos a escondernos ni vamos a rendirnos.

Un segundo de silencio. Dos segundos.

Y entonces la sala aplaude.

No toda la sala. Pero la mayoría. Aplauden los franceses de las cinco primeras filas, aplaude el italiano que ha preguntado, aplaude la moderadora, aplaude Ei Omata a mi lado (que sonríe, levanta el pulgar), aplaude Gasquet, aplaude Sofía en la tercera fila, aplaude Leire aunque no entiende nada.

Wanda Pérez no aplaude, pero escribe en su libreta sin dejar de mirar el micrófono.

Los aplausos duran unos doce segundos. Cuando paran, Jaume mira a la moderadora.

—Siguiente pregunta —dice, en francés, con un francés chapucero—. Por favor.

La moderadora se ríe. La sala se ríe.

———

Por la tarde, The North Face manda un comunicado interno que reenvía Ana Betrián al grupo del equipo a las seis y dos: "Proud of our athletes.

Jaume Muro y Iago Noguera cuentan con nuestro apoyo total para el resto de la temporada".

Al día siguiente saldrá como tuit oficial.

Ana Betrián, en el hotel, le lee a Jaume el texto con una sonrisa seria.