Sin cuerda (Equipo Nacional 1) Jaume
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Jaume

Nacho me hace la tortilla francesa el jueves por la mañana. Leire me pinta una flor roja en el antebrazo porque la azul ya se fue con la ducha. Sofía me ordena tres cosas con los dedos: llama a Daniel, llama a Núria, llama a Mikel. Por ese orden. Sofía nunca se equivoca en el orden.

Llamo a Daniel a las once de la mañana, que son las tres de la mañana en Colorado, porque Daniel es ingeniero aeroespacial y trabaja en un centro de lanzamiento que no duerme nunca y siempre está despierto entre las dos y las cinco de la madrugada.

Me lo dijo hace tres años la última vez que hablamos de verdad.

Nos abrimos el Zoom desde el sofá gris. Me aparece Daniel con la camiseta azul oscura del trabajo, el pelo rapado al dos, la barba desordenada que se dejó cuando terminamos.

Detrás de él, una pared blanca con un calendario que tiene un pingüino.

Me dice que ya sabe lo del artículo, que lo leyó en Reddit, que sí, que en el subreddit de climbing americano se habla bastante, que le parece todo muy español y un poco chapucero.

—Chapucero —le digo—. Qué palabra más tuya.

—Es la que mejor os pega —dice él, riéndose—. Os querréis pero sois un poco chapuceros.

Se lo cuento. Las dos semanas de Innsbruck. Las dos semanas después. Lo del folio. Lo de esta noche. El "o tú mismo ya, o yo no estoy" de Iago. El tren a Jaca. Los tres días.

Daniel escucha. Le he olvidado un poco pero le recuerdo cuando escucha así, con un lápiz en la mano que no se está moviendo. Escucha entero.

—Jaume —dice, al final—. Tío. Si es el bueno, no esperes más.

—Pero yo necesito tres días.

—Tú no necesitas tres días. Tú necesitas una cosa muy concreta y te la estoy diciendo yo: no esperar más.

Lo que pasa contigo, y te lo he dicho antes, es que tú posponer decisiones te posponen.

Tú llevas veintiocho años diciendo "tranqui, atento, focus, ya veremos".

Y luego te encuentras con que no has hecho ni la mitad de lo que querías hacer.

Te lo dije con Colorado. Te lo digo con este.

—¿Con Colorado me lo dijiste?

—Te lo dije, Jaume. Te dije "o te quedas aquí del todo y nos casamos, o te vas ya, pero no me dejes en medio tres años". Y tú te quedaste tres años en medio. Y al final te fuiste. Y yo no te quise menos por irte. Te quise menos por tardar.

Se me enfría la cara.

—Daniel.

—Jaume.

—Qué cabrón.

—Te quiero, tío. Pero estoy siendo honesto.

—Ya.

—A este no le hagas lo que me hiciste a mí.

—¿Qué te hice?

—Me dejaste en medio tres años.

Se me queda atravesado. Asiento. No contesto.

—¿Te casas con él? —me pregunta, al rato.

—Me dijo en un cortado del Pirineo si me casaba con él.

—¿Y?

—Le dije que en el Mundial contestaba.

—Jaume.

—Qué.

—El Mundial es pasado mañana.

—Lo sé, Daniel.

—Pues espabila.

Sonrío. Se lo digo. Me cuelga con un "te abrazo desde Denver". Le abraza desde Denver.

———

Llamo a mi madre a las doce. Núria Pons contesta al cuarto tono, porque está dando clase de piano a una niña en el conservatorio y ha salido al pasillo.

Me dice que le queda un cuarto de hora de la clase, que la espere, que no cuelgue.

Espero. Ella no cuelga tampoco. Oigo de fondo una sonatina de Clementi, mal tocada, con pausas en las partes difíciles.

Quince minutos de Clementi mediocre. Nunca había estado tan agradecido a una alumna del conservatorio municipal de Terrassa.

Luego la oigo cerrar la puerta de una sala. Cambia de oído el teléfono.

—Fill.

—Mare.

Hablamos en catalán una hora. Le cuento todo.

Todo. En catalán, porque hay cosas que yo a mi madre solo sé contarle en catalán.

Le cuento lo del folio. Lo del tren. Lo del Anie.

Lo de la pedida. Le cuento lo que le respondí.

Le cuento lo que mi padre dijo el miércoles pasado, "tú aguanta".

Le cuento lo que Iago le contestó. Le cuento lo de las casas donde todavía se pasa frío en invierno.

Mi madre suspira a mitad.

—A tu padre —me dice— lo quiero mucho, però és un idiota.

—Mare.

—El que el seu pare vol dir, Jaume, quan et diu "aguanta", és "jo no sé acompanyar-te en això". I li surt malament. Li surt malament. Però és el que és. Té cinquanta-nou anys. És enginyer jubilat. Va néixer l'any cinquanta-set. Què vols que et digui, hombre.

—Ya.

—A mi tampoc em va saber acompanyar al principi. Vaig ser jo la que va haver d'ensenyar-li com es fa. I ell aprèn lent, però aprèn.

—Ya.

—I el noi d'Ansó?

—Se llama Iago, mamá.

—Ja ho sé que es diu Iago. M'agrada el nom.

—A mí también.

—Què diu?

Le cuento lo de los tres días. Lo del "o tú mismo ya, o yo no estoy". Le cuento que se fue anoche en tren a Jaca.

Mi madre hace "hmm" tres veces, largos.

—Jaume —me dice—. Tu tens un problema, i el problema és que penses que tothom t'ha d'esperar. No, noi. Ningú espera a ningú. T'acompanya o no t'acompanya. I si no t'acompanya, és perquè tu tampoc no has après a acompanyar a ningú. I per això estàs on estàs.

Me quedo callado.

—¿Eso me estás diciendo, mamá?

—Això. Així, tal qual.

—Vale.

—Agafa un cotxe.

—Mamá, es que tengo Mundial en dos días.

—Agafa un cotxe, fill. Conduir et relaxa. Ho saps. I Ansó no està lluny. Un cop tornis, tens tres hores per fer la maleta i tres hores per dormir. Ja està.

—¿Me lo dices tú, que siempre me mandas acostarme pronto?

—T'ho dic jo. I una cosa més.

—Qué.

—Quan li donis la resposta a la pedida, en el pic o on sigui, me truques després a mi. En català. No vull saber res del Mundial pel telèfon. Vull saber-ho per tu.

—Vale.

—T'estimo, Jaume.

—Jo a tu.

Cuelgo. Me quedo en el sofá gris un minuto entero. Luego llamo a Mikel.

———

Mikel Aranceta me coge al cuarto tono. Con la voz de donostiarra que siempre suena a despacho.

—Muro.

—Mikel.

—¿Estás en Barcelona?

—Sí.

—¿Y Noguera?

—En Ansó.

—Muro.

—Mikel.

—Habla.

Lo hablo de una tirada. Le digo lo del folio firmado.

Le digo que no me arrepiento de haberlo firmado.

Le digo que voy al Mundial. Le digo que voy a competir entero.

Le digo que el domingo, gane o pierda, salgo del armario en rueda de prensa yo.

Que asumo la consecuencia de que The North Face me quite el patrocinio si quieren hacerlo.

Que hablaré con Ana Betrián hoy mismo para avisarle de que esto es lo que hay y que, si la federación tiene algún problema, lo resolvemos juntos, pero que voy a hacerlo.

Mikel no me interrumpe ni una vez.

Cuando termino, le oigo liarse un cigarro. Le oigo lamer el papel. Le oigo encenderlo.

—Muro —dice, al fin, exhalando.

—Dime.

—¿Me estás llamando para que te diga que no lo hagas?

—No.

—¿Me estás llamando para que te diga que sí lo hagas?

—Tampoco.

—¿Entonces?

—Te llamo para que lo sepas antes que cualquiera. Porque me vas a poner tú el contrato de la federación en la mesa y quiero que cuando lo hagas sepas lo que va a venir detrás.

Mikel da otra calada. Silencio largo.

—Muro.

—Qué.

—Está bien.

—¿Qué está bien?

—Que me llames primero. Eso. Eso ya es una cosa.

—Vale.

—¿Qué tal tú?

—Mal.

—¿Muy mal?

—Regulero.

—¿Temblores?

—Menos que ayer.

—¿Qué vas a hacer ahora?

—Coger el coche e irme a Ansó.

—¿Hoy?

—Hoy.

Mikel se queda callado. Da una calada larga.

—Muro.

—Qué.

—Pues vete con él.

Me atraganto. Me tengo que levantar a beber agua del fregadero. Vuelvo al teléfono.

—¿Cómo dices?

—Digo que te vayas con él. Hoy. A Ansó. Vuelves mañana por la mañana temprano, a mediodía estáis en Barcelona, a las ocho facturáis en el Prat, a la una entráis en hotel de Chamonix. No pasa nada, Jaume.

—Pero el entrenamiento de hoy.

—El entrenamiento de hoy tú te lo pierdes.

—Mikel.

—Muro, a dos días del Mundial el cuerpo no aprende nada nuevo. Lo que le queda al cuerpo es no machacarse. Vete a Ansó. Vete con él. Vuelves por la mañana. Confío en ti.

—Joder.

—No me lo agradezcas. Y no te pongas romántico. Conduce con cuidado. No hay nadie esperándote en un corral si te estampas.

Me río. Se me saltan las lágrimas con la risa.

—Mikel.

—Qué.

—Gracias.

—Vete, hombre. Vete.

Cuelgo. Me quedo mirando el móvil cinco segundos.

Luego cojo la mochila pequeña, meto dos mudas, meto el cargador, meto la libreta Moleskine roja por costumbre, meto los pies de gato, meto el neceser.

Miro el piso entero. Está ordenado. El sofá gris.

La mesa redonda de la cocina. El balcón que da a la calle del Canó.

El cenicero sin ceniza. Pienso que cuando vuelva el viernes, todavía estará todo igual. Me alivia.

Escribo a Iago: "Salgo a las siete. Llego a Ansó a las dos. Estaré en el corral".

Lo envío. Respuesta a los tres segundos.

"Estoy despierto a las dos. Estoy aquí a las dos.

Te quiero". Le respondo "yo a ti". Mentira lo de las siete: voy a salir a las cinco y media de la tarde del jueves, voy a dormir en Zaragoza cuatro horas en un hotel de la autopista, y voy a seguir a las seis de la mañana del viernes.

Llego a Ansó a las dos. Pero no se lo digo.

Que se piense que salgo a las siete del viernes.

Me gusta darle la sorpresa de que he salido antes.

Cojo el coche.

———

Son las seis y cuarto de la mañana del viernes cuando entro en Jaca.

A las siete y veinte, paso el puerto de Somport.

A las siete y cuarenta y cinco, veo a lo lejos el perfil del Anie.

Me tiemblan las manos del café, no de los nervios.

Me río solo en el coche. Pongo una canción de Labordeta que se llama "Aragón" que sé que Iago escucha siempre que va al norte.

Me la aprendí de oírla en el viaje del sábado pasado.

A las ocho y diez aparco enfrente de la casa número catorce. La puerta de roble con el aldabón de cabeza de carnero. Toco. Abre Ramón Noguera con las mismas mismas zapatillas de piel marrón de la otra vez y la misma chaqueta con olor a oveja. Me ve. Pestañea dos veces.

—Joder, chaval.

—Buenos días, Ramón.

—Dijiste a las dos.

—Mentí.

—Ya veo.

Se aparta. Paso. La cocina huele a café recién hecho. Iago no está en la cocina.

—Está en el corral —me dice Ramón, como si me leyera el pensamiento—. Dando de comer a las gallinas. Una de menos, gracias a mí. Ve tú mismo.

—¿Una de menos?

—Maté ayer una para hoy. No me preguntes.

Paso por la cocina, cruzo el corredor, salgo al corral.

Hay un corral pequeño, con paredes de piedra, un suelo de tierra batida y una cuadra al fondo.

Hay un comedero de chapa con pienso. Hay cuatro gallinas correteando.

Y hay un tío en cuclillas de espaldas a mí, con los rizos medio sueltos del nudo bajo, una camiseta térmica blanca y un pantalón de chándal azul marino, dándole pienso con la mano a una gallina que le picotea la palma sin miedo.

La barba de cinco días. Los antebrazos marcados. El foulard de la madre al cuello.

Me paro en el umbral. Me quedo mirándolo. Cinco segundos. No me ha oído llegar.

—Iago.

Gira la cabeza. Cuando me ve, se levanta de un salto. La gallina sale corriendo, cacareando. Él me mira.

—Jaume.

—Iago.

—Dijiste a las dos.

—He mentido.

Se ríe. Corta. Ronca. Se me acerca en tres pasos. Me agarra de la chaqueta por las solapas con las dos manos. Me mira a los ojos. Le tiemblan las manos.

—¿Qué has venido a decirme? —me pregunta, bajo.

—He venido a decirte que sí.

—¿A qué sí?

—Al pico Anie. Al Mundial. A lo que me quieras preguntar. A lo que me quieras preguntar ahora y dentro de dos semanas y dentro de cuarenta años. A todo. A todo, Iago. Sí.

Me suelta las solapas. Me agarra de la nuca. Me besa.

Me besa en el corral de su padre a las ocho y doce minutos de la mañana del viernes, con las cuatro gallinas cacareando alrededor y el olor a heno viejo subiendo del suelo de tierra y Ramón Noguera mirándonos desde el umbral de la cocina con una taza de café en la mano.

El beso dura mucho. Tengo los ojos cerrados.

Siento la barba de cinco días raspándome la mandíbula.

Siento el olor a jabón suyo y a lana vieja del foulard.

Le paso la mano por la cintura. Le aprieto.

Él me aprieta más. Nos separamos un segundo, nos miramos, nos volvemos a besar.

Las gallinas siguen cacareando. Una me picotea un cordón. No se la quito.

Cuando nos apartamos, por fin, veo a Ramón apoyado en el marco de la puerta de la cocina. Levanta la taza de café como si brindara.

—Chavales —nos dice—. El desayuno está en la mesa. Hay huevo de la gallina que maté ayer. Venga.

Iago me mira. Se ríe. Me pasa el brazo por la cintura. Me aprieta otra vez.

—Has venido —me dice, muy bajo.

—He venido.

—¿Te quedas?

—Hasta mañana. Mañana volvemos juntos a Barcelona.

—Vale.

—Y el domingo, rueda de prensa.

—Vale.

—Y lo cuento yo.

—Vale.

Me mira. Se ríe otra vez. Me da un beso corto en la comisura.

—Jaume.

—Dime.

—Te quiero.

—Yo a ti.

Entramos a la cocina. Ramón ya nos ha servido dos platos con un huevo frito cada uno, pan tostado, chorizo, café. Nos sentamos. Comemos. La mesa con el hule de cuadros rojos. El reloj encima de la nevera. La bombilla baja. El silencio a mitad de mañana.

Iago me pasa el pan por debajo de la mesa con la pierna apretada contra la mía. Su padre finge no ver nada. Las gallinas siguen cacareando en el corral.

Y yo, mientras corto el huevo, pienso en que he conducido casi quinientos kilómetros parando a dormir cuatro horas para comer un huevo frito en una cocina de Ansó. Y pienso que, de todas las decisiones estúpidas que he tomado en veintiocho años, hoy he tomado la menos estúpida.

El domingo, en la rueda de prensa de Chamonix, voy a sentar a este tío al lado. Voy a leer lo que escriba esta noche. Voy a perder un patrocinio. Quizá dos. Quizá un contrato de federación.

Pero no le voy a perder a él.

Eso es lo que he venido a decir.