Sin cuerda (Equipo Nacional 1) Iago #2
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Iago #2

Dejo el móvil boca abajo. Bajo a cenar. Sopa de tomillo.

Queso. Pan. Un vaso de vino. Mi padre no pregunta.

Yo no digo nada. Él ve las noticias. Al final comenta que el precio de la lana ha vuelto a bajar.

Yo digo que ya. El informativo sale con una noticia de escalada, de última hora, el Mundial de Chamonix que empieza el sábado, y sale un plano de Jaume entrando en la federación en Madrid el martes, la imagen que sacaron de él al firmar el folio con Ana Betrián.

Ramón gira la cabeza hacia mí. Yo miro al plato.

—¿El del pelo corto? —me pregunta.

—El del pelo corto.

—Sigue guapo.

—Papá.

—Qué.

—No.

Se ríe.

Después de cenar, me subo otra vez al henil.

Me siento en el fardo de paja de siempre.

Saco el móvil. Le escribo un mensaje de audio a Sofía, de dos minutos, donde le cuento lo de mi padre en el prado, lo de mi madre y Navarra francesa, la frase "si es el chico que lloras, cógelo".

Le mando el audio. A los quince segundos recibo uno de ella, de seis segundos.

"Maño. Tu padre es un pedrusco. Escúchalo. Besos".

Le contesto "vale". Espero un poco. Miro la viga del techo del henil.

Me acuerdo de cuando a los once venía a esconderme aquí para leer.

Mi madre me subía una taza de leche caliente y me decía "no le digas a tu padre que te la subo, que te quiere fuerte".

Y yo me la bebía con la mano libre y seguía leyendo.

Aquí fue donde me enteré, a los trece, de que Gustavo Adolfo Bécquer se había muerto joven, y lloré.

Aquí fue donde también me enteré, a los catorce, de que me gustaban los tíos.

Aquí, sobre este mismo fardo. Exactamente.

Leía unos cuentos de montaña que me había dejado un profesor, y uno de los cuentos tenía a dos guías que compartían tienda, y empecé a sentir lo que sentía cuando describían cómo el uno secaba al otro con la toalla.

Cerré el libro. Lo volví a abrir. Me daba miedo y me daba alivio.

Mi madre ya lo sabía, según me contó a los veinte.

"Lo sé desde los catorce, come", me dijo.

Pienso en eso. Pienso en que mi madre sabía cosas de mí antes de que yo las supiera, como si ella hubiera leído el manual primero.

Me acuerdo del foulard que me está esperando en el cajón de abajo.

Me acuerdo de la voz de mi padre en el prado.

Le escribo otra vez a Jaume. Solo "buenas noches".

Envío. Sé que no va a contestar hasta mañana. Pero envío.

A las once y cuarto, me meto en la cama.

El móvil sigue sin ninguna respuesta. Miro al techo de madera del cuarto.

La misma viga que tiene catorce años una marca a lápiz que hice yo a los doce anotando mi altura.

Respiro despacio. Pienso en mi madre llegando a Ansó desde Navarra francesa con veinte años.

Pienso en mi padre diciéndole "dame dos semanas".

Pienso en Jaume diciéndome "dame tres días".

Pienso en mí diciéndole "o tú mismo ya, o yo no estoy".

Me cago en la puta. Qué tontería. Qué puta tontería.

Me duermo. A las dos y media de la madrugada me despierta la vibración del móvil.

Abro.

"Sigue en pie."

Dos palabras. De Jaume. A las dos y treinta y uno.

Escribo:

"¿Vienes?"

Tres puntos. Escribe. Deja de escribir. Escribe. Deja. Escribe.

"Salgo a las siete. Llego a Ansó a las dos. Estaré en el corral."

Me tumbo boca arriba. Me tapo los ojos con el antebrazo. Me río. Me río como un idiota en la oscuridad. Mi padre se despertará si le hago ruido. Intento reírme bajito.

Le contesto:

"Estoy despierto a las dos. Estoy aquí a las dos. Te quiero."

Respuesta inmediata:

"Yo a ti."

Dejo el móvil en la mesilla. Miro al techo otra vez. Me levanto. Bajo las escaleras descalzo. Mi padre está en la cocina con la luz encendida, con un vaso de leche caliente, porque mi padre no duerme bien desde que mi madre murió y yo lo sé. Me mira sin sorprenderse.

—¿Viene? —me pregunta.

—Viene.

—¿A las dos?

—A las dos.

—Pues mañana mato una gallina.

—Papá, por favor.

—Mato una gallina, Iago. No lo discutas.

Me siento en el banco, al lado de él. Él me pasa un tercio de su vaso de leche. Lo bebo. La leche está demasiado caliente. Me quemo un poco la lengua, como siempre que mi padre hace leche caliente.

Nos quedamos los dos en silencio. La casa suena a pueblo dormido. A las tres, mi padre se levanta a dormir otra vez. Yo subo también. Me meto en la cama. No me duermo hasta las cuatro.

Cuando me despierto a las ocho, ya está cacareando una gallina en el corral, porque mi padre, al que acabo de pedirle por favor que no mate ninguna, va a matar una gallina a pesar de todo.

Sonrío en la almohada. Abro los ojos.

Hoy viene Jaume. Hoy se acaba la pelea.

Mañana volvemos juntos a Barcelona. El viernes entramos al avión a Chamonix. El sábado yo salgo a competir en el Mundial más raro de mi vida. Y el domingo cuenta él lo nuestro.

Y yo, por primera vez en toda la semana, respiro del todo.