Iago
Llego a Jaca a las cinco y cuarenta de la mañana. Mi padre me está esperando en la estación con el Dacia Duster azul marino, el que llama "la mula", parado en doble fila con los intermitentes puestos. Me baja la ventanilla.
—Maño.
—Papá.
—Sube.
Subo. Tira la mochila al asiento de atrás.
Arranca. Conducimos las dos horas de Jaca a Ansó en silencio, salvo por una sola vez que me pregunta si tengo hambre y yo le digo que no.
No me pregunta nada más. No me pregunta por Jaume.
Suelta el pie del acelerador en las curvas con la paciencia de quien lleva treinta años conduciendo el valle a oscuras.
En casa me hace un cacao con una cucharada de miel.
Me lo tomo en la cocina, de pie, con los codos apoyados en el hule de cuadros rojos.
Él me mira desde el otro lado de la mesa, sentado.
La luz de la bombilla baja le hace cincuenta años en vez de sesenta.
Los ojos avellana oscuros, los mismos que yo.
El pelo blanco despeinado del sueño. Una chaqueta marrón vieja que se pone siempre que sale al corral y que huele a oveja.
—Dos días, ¿no? —me dice al fin.
—Dos.
—¿Te vas al Mundial?
—Igual sí. Igual no.
—Hum.
Bebe un sorbo de su café solo. No dice nada más.
———
Duermo seis horas corridas. Cuando me despierto, mi padre no está en casa.
El nórdico de arriba huele a lavanda del armario.
Me visto, bajo las escaleras, salgo al corral.
Ramón está al fondo, con un alicate, apretando la puerta de la cuadra pequeña, esa que lleva seis meses colgada de una bisagra porque nunca ha venido el cerrajero.
—Hombre —me dice, sin girarse—, ya te has levantado.
—Sí.
—Ayúdame con esto.
Le ayudo. Sujeto el alicate mientras él pone el tornillo nuevo.
Me manda a buscar otra pieza en el taller.
Vuelvo. Hacemos un cercado que lleva años queriendo arreglar.
Llevamos tres horas, y le empieza a molestar la cojera izquierda, pero no la reconoce.
Le traigo un taburete bajo de madera. Se sienta.
Sigue sujetando la tela metálica y me deja a mí martillear los postes.
Hablamos de cosas prácticas. De dónde se ha caído el alambre.
De qué oveja ha parido esta semana. De la primera vez que subió un buitre leonado a tres metros del corral a mirar un cordero muerto y no se asustó.
A mediodía vamos al Casa Mur a comer el menú.
Doce euros. Sopa, pollo al ajillo, flan, vino de la casa, café.
Cocina Teresa, de toda la vida. Nos atiende Lucía, de toda la vida.
En la mesa del fondo hay tres cazadores que conocen a mi padre, le saludan con un gesto, no le preguntan por el hijo de Barcelona. Lo agradezco.
Por la tarde, Ramón se echa la siesta en el sofá con un manta a cuadros por las rodillas. Yo me subo al henil, donde de pequeño me escondía para leer. No subía nadie. Me siento en un fardo de paja con la mochila a los pies, saco el móvil, lo miro.
Tengo veintitrés mensajes en el grupo del equipo. Tengo dos de Sofía aparte. Tengo uno de Celia. Tengo un mensaje de Jaume, enviado a las ocho y veintiuno de la mañana.
"Llegué anoche tarde. No quería escribir borracho. No estoy borracho. Solo cansado. Te quiero. No estoy dejándote. Me estoy dejando a mí mismo para volver a mí. Si no sabes nada de mí hasta el viernes, no es que me haya ido. Es que estoy sujetándome. Besos al valle."
Lo leo tres veces. La cuarta vez lo leo en voz alta, muy bajito, como si lo dijera él, con la voz suya que baja al final de las frases.
Me rasco la nuca. Cierro los ojos. No voy a llorar en el henil. No voy a llorar entre los fardos donde leía el Canal Nou los veranos. Pero casi.
Le contesto con tres palabras: "Aquí tampoco. Yo".
No es gran cosa. Pero es lo mejor que tengo ahora mismo.
———
El segundo día ayudo a mi padre a subir a cuatro ovejas a los pastos altos de Linza.
Les ha separado el lote de las preñadas y hay que llevarlas hasta una parcela pequeña antes del sábado.
Subimos los dos en el Dacia por la pista hasta donde el coche aguanta.
De ahí, a pie. Mi padre va con el cayado de siempre y una cesta de alambre.
Las ovejas, cuatro, caminan delante, mansas.
Lleva con ellas catorce años. Son Chasco-Tensinas, las de Ansó, marrones con la cara negra.
Caminamos sin hablar. Hay un silencio de montaña que aquí es más espeso que en la Sierra de Guara porque hay menos pinos y más piedra.
Oigo el cayado tocar las piedras. Oigo los cascos de las ovejas.
Oigo a mi padre respirar con un poco de fatiga en la subida.
Una hora. Llegamos al prado. Abrimos el cercado. Meten las ovejas dentro. Cerramos.
Nos sentamos en una roca, uno al lado del otro, mirando hacia Francia. A lo lejos, el Anie. Nítido, con sus placas de nieve. Cara norte a la vista.
Saca mi padre una petaca de aguardiente. Da un trago. Me la pasa. Doy un trago. La vuelve a coger.
—Iago.
—Dime.
—Este chico.
—Dime.
—Hace dos días estuvo aquí conmigo, comió pan con chorizo y te subió al Anie, o casi.
—Sí.
—Y no sé qué coño ha pasado en dos días, pero estás aquí tú solo.
—Ya.
—No te estoy pidiendo que me lo cuentes.
—Te lo cuento.
Se lo cuento. Le cuento todo. Le cuento lo del patrocinador. Le cuento lo del folio. Le cuento los tres días. Le cuento el "o tú mismo ya, o yo no estoy". Le cuento que me he ido en tren a las diez y cuarenta de la Estació de França. Le cuento el mensaje de esta mañana.
Se queda un rato callado. Toma otro trago. Me la pasa. Tomo yo. Me devuelve la petaca y la tapa.
—Iago.
—Dime.
—Cuando tu madre y yo empezamos —me dice, mirando al Anie— yo estaba con Pilar, la hija del farmacéutico. Nos habían prometido a los catorce. Ella con catorce. Yo con dieciséis. Era lo que se hacía.
—Ya me lo has contado.
—Te he contado tres veces lo de Pilar. No te he contado lo que pasó con tu madre.
Me giro a mirarle. Él sigue mirando al Anie.
—Conocí a tu madre a los veinte —me cuenta, despacio—.
Vino a pasar un verano al valle con sus tíos, los de Bezunartea.
Era del otro lado, de Navarra francesa. Hablaba distinto.
Tenía el pelo rojo brillante. Se reía muy alto.
A mi madre no le gustaba porque se reía muy alto.
A mi padre no le gustaba porque era de fuera.
A Pilar, por motivos evidentes, no le gustaba nada.
—Ya.
—Y yo tenía veinte años, con la cabeza llena de todo lo que me decían.
Tres meses con tu madre, y a los tres meses me dijo: "Ramón, o cuentas en el valle lo nuestro, o me vuelvo a Francia".
Y yo le dije que necesitaba tiempo. Le dije dos semanas.
No aguantó dos semanas. A la semana y media ya había cogido el autobús de vuelta.
—¿Se fue?
—Se fue.
—Papá.
—Espera, Iago. Tardé tres meses en bajar hasta Navarra francesa a buscarla.
Tres meses. Porque necesité tres meses para desandar toda la tontería que tenía metida en la cabeza.
Y cuando llegué, ella me abrió la puerta de su casa y me dijo una cosa que yo me he repetido los cuarenta años siguientes: "Ramón, si me quieres, no me pidas tiempo.
Pídeme acompañarte a tenerlo. Pero no me pidas que te espere sola".
Me quedo callado. Le miro. La barba blanca, las arrugas del cuello, la chaqueta marrón vieja con el olor a oveja.
—¿Y qué hiciste?
—Le pedí acompañarme. Me vine con ella a Ansó. Rompí con Pilar. Peleé con mi padre. Me casé con tu madre dos años después en la iglesia de San Pedro, con tres familiares a mi lado y los otros veinte quedándose en casa porque no les gustaba ni el pelo rojo ni la risa alta.
—Papá.
—Iago.
Me mira, por primera vez desde que ha empezado.
—El chaval te está pidiendo tiempo —me dice—. Y tú le estás diciendo que no. No te estoy pidiendo que hagas lo que hice yo. Te estoy diciendo que si es el chico que lloras, cógelo. Cógelo tiempo o sin tiempo. Cógelo partido. Cógelo roto. Cógelo como venga. Pero cógelo.
Se me aprieta algo en la garganta. Me pongo la mano en el pecho. Respiro. Miro las cuatro ovejas en el cercado nuevo. Miro al Anie. Miro a mi padre que ya no me mira, que vuelve a mirar al Anie como si el Anie fuera una tercera persona más de la conversación.
—Papá.
—Qué.
—Me cago en la puta.
—Ya.
Bajamos la cabeza los dos. Lloro al fin.
No mucho. Pero lloro. Me muerdo el labio inferior.
Me paso la manga por los ojos. Tengo veintiséis años, estoy en un prado a dos mil cien metros de altura, llorando al lado de mi padre porque se me ocurre de golpe que le he dicho "o tú mismo ya, o yo no estoy" a un tío al que yo, dos días antes, le pedí la mano en un cortado.
Y pienso que soy un crío. Y pienso, a la vez, que no.
Que no soy un crío. Que soy un tío que lleva tres meses queriendo a alguien que él también le quiere y que no estamos siendo buenos con eso.
Mi padre me pone la mano en la espalda. No me dice nada. Deja la mano ahí hasta que yo respiro.
———
Bajamos. En el coche, rumbo al pueblo, yo miro por la ventana y pienso lo que voy a escribir. Lo tengo claro antes de llegar al aparcamiento del ayuntamiento.
En casa, Ramón enciende la tele para ver las noticias del valle de la comarcal. Yo subo al cuarto. Cierro la puerta. Saco el móvil. Abro el chat con Jaume. Me lo pienso exactamente un minuto. Borro dos cosas que había empezado a escribir. Al final dejo una sola frase.
"Sigue en pie mi pregunta del pico Anie".
Lo envío. Oigo el "visto" a los cuatro segundos. No veo que esté escribiendo. A los tres minutos no hay respuesta. A los siete, tampoco. A los veintidós, tampoco.