Sin cuerda (Equipo Nacional 1) Jaume
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Jaume

El martes por la mañana firmamos el folio. El miércoles llueve todo el día en Barcelona. El miércoles por la noche, rompo.

No es culpa de la lluvia. Es culpa mía. O no es culpa de nadie.

Es que llevo tres días durmiendo con una frontera de lana entre él y yo, durmiendo mal, y que, cuando llegamos del entrenamiento del miércoles, me siento en el sofá gris con las piernas dobladas sobre el reposabrazos y entiendo una cosa que me llevo negando desde el martes por la tarde.

No voy a llegar así.

Iago entra del baño secándose la cabeza con la toalla.

Los rizos mojados se le escapan del nudo.

Lleva el pantalón del pijama y nada más.

Tiene la piel del pecho con cuatro pelos oscuros al centro, los abdominales suaves, no exagerados, la línea del tatuaje del Anie bajando por el costado izquierdo como si fuera una cordillera marcada a plumín.

Le miro sin querer, porque es bonito, porque es mío y porque me voy a pegar un tiro.

—Iago.

—Dime.

—No puedo.

Deja la toalla encima del respaldo de la silla. Se queda parado en medio del salón con los brazos caídos. Me mira.

—¿No puedes qué?

—No puedo ir así a Chamonix. No puedo. Lo voy a reventar.

—Jaume.

—Lo voy a reventar, Iago. No me duerme nadie. No me come nadie. No me entra ni una mandarina. Hoy en el Vertical he fallado dos problemas de V5. De V5. Me los he fallado. Yo no fallo V5, yo los hago con los ojos cerrados.

—Estás cansado.

—Estoy cascado por dentro. Estoy jodido. No es cansancio.

Se acerca. Se sienta en la mesita baja, frente a mí, con las rodillas separadas y las manos en los muslos. Tiene el pelo goteando sobre el pecho todavía.

—Vale —dice—. ¿Qué necesitas?

—Tiempo.

—¿Cuánto?

—Setenta y dos horas.

Se le queda la mandíbula muy quieta. Parpadea despacio. No me pregunta setenta y dos horas de qué. Lo sabe perfectamente. Setenta y dos horas sin él. Setenta y dos horas sin la frontera azul, sin las ducha compartida, sin el entrenamiento hombro a hombro, sin el café en silencio del desayuno.

—Setenta y dos horas —repite, sin voz.

—Tres días. Antes de Chamonix. Volver solo al piso. Dormir solo. Sin ti.

—No tengo a dónde ir.

—Iago, si quieres te vas tú a un hotel y me quedo yo aquí. Lo pago yo. No es eso. Es que necesito tres días solo. Los necesito.

—¿Por qué, Jaume?

—Porque quiero llegar al Mundial entero, y ahora mismo llego partido.

Mueve la cabeza despacio de lado a lado. No es un gesto de decir que no. Es un gesto de estar procesando.

—Y me pides esto un miércoles —dice.

—Me lo pido a mí. Te lo pido a ti. Ya lo sé, Iago. Ya lo sé que es una mierda. Ya sé que hace cuatro días te dije en un cortado que me querías casar conmigo en el Mundial. Ya lo sé. Pero si entro en el avión a Chamonix como estoy ahora, no tengo Mundial. No tengo nada.

Se queda callado. Los ojos avellana oscuros fijos en el suelo. Las cejas pobladas juntas. Las manos sobre los muslos. Respira lento.

—Jaume.

—Dime.

—Yo no puedo hacer eso.

—Iago.

—Déjame acabar.

Me callo.

—Yo te dije en Ansó "cásate conmigo". Tú me dijiste "en el Mundial te contesto".

Y yo acepté. Y firmé el martes el folio para callar una semana.

Acepté. Y te pedí la semana pasada que me dejaras decirlo en público, y te negaste, y acepté.

Yo acepto todo, Jaume. Acepto todo. Pero esto no lo acepto.

Setenta y dos horas no. Setenta y dos horas es irme del piso tres días antes del Mundial y no volver a él.

Porque si me voy tres días, Jaume, y vuelvo el domingo por la noche, yo no voy a dormir contigo esa noche tampoco.

No voy a poder. No voy a poder mirarte igual.

—Iago, yo no te estoy dejando.

—Estás pidiendo algo que no es posible pedir, maño.

Se levanta. Se pasa las manos por la cara. Le tiembla un músculo de la mandíbula.

—Es que es al revés, Jaume —dice, con la voz ronca—.

Al revés. Si tú estás partido, lo que necesitas no es irte tres días.

Es que alguien te dé de comer, que te ponga la tele, que te sujete la cabeza por la noche y te diga que se duerma.

Lo que tú me estás pidiendo no es curarte, es desaparecer.

Y yo no voy a dejar que desaparezcas tres días antes del Mundial.

—No voy a desaparecer.

—Sí vas a desaparecer. Tú sabes lo que es desaparecer. Lo hiciste en Colorado.

Se me encoge algo en el estómago. Le miro. Está temblando él también, un poco.

—No me saques Colorado.

—Te lo saco.

—No me lo saques, Iago.

—Te lo saco porque te conozco ya, Jaume. Porque yo he visto cómo desapareces. Dos meses y medio y ya lo he visto. Desapareces despacito, con educación, con excusas buenas, sin levantar la voz. Y cuando te quieres dar cuenta estás tan lejos que no te alcanza ni la mano.

—Iago.

—Jaume.

Nos miramos. Llevamos cinco minutos y ya hemos subido.

Hace tres meses, el tío delante mío en el salón era un desconocido del vestuario del Vertical que me había quitado la taquilla y me había dicho "el que te va a quitar la plaza".

Y ahora mismo me está diciendo lo que solo me han dicho dos personas en mi vida, mi madre y Daniel, y me lo está diciendo mejor.

—Iago.

—Qué.

—Te lo pido una sola vez más. Dame tres días.

—No.

—Iago.

—No, Jaume. No tres días. No.

—¿Entonces qué?

—Entonces o tú mismo ya, o yo no estoy.

Se me abre el suelo bajo los pies. No sé de dónde ha salido la frase. Creo que la ha traído sin permiso. Pero una vez dicha, suena verdad.

—¿Qué? —pregunto, en un hilo.

—Lo que he dicho. O tú estás entero ya, Jaume. Ahora. Esta noche. Te duermes conmigo esta noche, entero. Mañana nos levantamos y volvemos al Vertical, entero. El viernes entramos en el avión a Chamonix, entero. El sábado competimos, entero. O yo no estoy.

—Iago.

—Y no lo digo para chantajearte. Lo digo porque te quiero y porque no voy a estar aquí a tres días del Mundial mirando cómo desapareces.

—No me lo merezco.

—No te lo mereces.

Respira dos veces, hondo. Se va a la cocina. Oigo el grifo. Oigo el vaso. Oigo el vaso vacío dejado en el fregadero con cuidado. Vuelve al salón.

—Iago —le digo—, por favor. Dame los tres días.

—No.

—Por favor.

—Jaume, no.

Me apoyo en el respaldo del sofá. Miro al techo.

Tengo los ojos secos, cosa rara. No estoy llorando.

Estoy enfadado. Estoy cansado. Estoy aliviado, y es eso lo que más me jode.

Porque lo que estoy pensando a la vez que le pido los tres días, es que si se va tres días no tengo que dormir con él esta noche, no tengo que competir mirándole al lado el sábado, no tengo que decidir nada.

Y eso es una forma cobarde de ganar tiempo y lo sé.

—Iago.

—Qué.

—Si te quedas, no te voy a mirar igual.

—Entonces no me quedo.

Me levanto de un salto. Le cojo del brazo. Él me deja.

—Iago. Por favor. Por favor. No por esto.

—Jaume, déjame.

—No.

—Déjame, Jaume.

—No.

Me quita el brazo despacio, sin brusquedad.

Va al cuarto. Al suyo. El de al lado del mío.

La habitación pequeña, la del principio, la que compartíamos como compañeros de piso antes de nada.

Desde el marco de la puerta le miro. Saca una mochila.

Mete tres mudas. Las mismas tres mudas de la vez de hace dos semanas cuando se fue a la plaza Lesseps.

Mete los pies de gato, esta vez sí. Eso significa que no va a volver al Vertical mañana.

—Iago.

—Me voy a Ansó.

—Iago, no.

—Jaume, ya. Ya.

Mete el cargador. Mete el foulard de la madre. Se queda con los ojos un segundo mirando al colchón del cuarto donde no hemos dormido nunca y sale al salón. Se planta delante de mí. Me mira.

—Iago.

—Dime.

—No rompas esto, por favor.

—Yo no estoy rompiendo nada, Jaume. Estoy quitándome antes de que tú me rompas. Que es distinto.

—No te voy a romper.

—Ya me estás rompiendo, maño.

Me besa en la frente. Un beso seco, corto, sin segundas intenciones. Cierra los ojos un segundo con los labios pegados a mi piel.

—Me voy a la estación —me dice—. Voy a Jaca. Allí me recoge mi padre. Voy a pasar un día con él. Y luego ya veré.

—¿Me escribes cuando llegues?

—Cuando llegue.

—Iago.

—Qué.

—Lo siento.

No contesta. Se pone las zapatillas. Se echa la mochila al hombro. Pasa por delante de mí. Abre la puerta. Antes de cerrarla, se gira un momento.

—Jaume.

—Dime.

—Por si te sirve. Yo no me estoy yendo para no volver. Me estoy yendo para no romperme delante tuyo. Te quiero.

—Yo a ti.

Cierra la puerta. Le oigo bajar las escaleras. Uno, dos, tres, cuatro pisos. Le oigo cerrar el portal de la calle del Canó, el portazo que se da siempre porque esa puerta es pesada. Le oigo alejarse en la acera. No le oigo, lo imagino. Es peor.

———

Son las diez y media de la noche. Me quedo de pie en medio del salón durante ocho minutos exactos, porque los cuenta el reloj de la cocina. Cuando se me cansan las piernas me siento en el sofá gris. Me pongo la mano en el pecho porque se me ha acelerado algo.

Pienso en llamar a mi madre, Núria. Pero son las diez y media y mi madre se acuesta a las once. No voy a cargarle esto antes de dormir.

Pienso en llamar a Celia. A Sofía. A Mikel.

Se me vibra el móvil en la mesa. Es Sofía.

—Maño —dice, en cuanto descuelgo.

—Soy el otro.

—Jaume.

—Soy Jaume.

—Lo sé. Te llamo a ti a propósito. Iago me ha escrito al grupo en el tren. Estáis en el tren. Él en un tren. Tú no. Explícame qué coño ha pasado.

Se lo cuento. Se lo cuento todo. Le cuento lo de los tres días.

Le cuento lo de "o tú mismo ya, o yo no estoy".

Le cuento que tengo temblores en las manos.

Le cuento que he fallado dos V5 esta mañana.

Le cuento que mi patrocinador me tiene el contrato en pausa.

Le cuento lo del folio de Ana Betrián. Le cuento que soy consciente de que acabo de echar al tío al que le dije sí hace cuatro días en un cortado de piedra caliza.

Le cuento, porque me sale, que no sé si voy a ir al Mundial.

Se me oye respirar raro al teléfono.

—Jaume —dice Sofía, cuando termino.

—Dime.

—Respira.

—Respiro.

—Respira con la boca, tonto. Por la nariz, cuatro. Aguanta, cuatro. Por la boca, ocho. Ayer lo aprendí. Hazlo conmigo.

Lo hacemos. Una vez. Otra. Otra. A la cuarta le pregunto si este ejercicio se lo ha enseñado Celia.

—Me lo ha enseñado Celia, sí.

—Ya.

—Sigue respirando.

Sigo. A la séptima respiración, me entra el llanto de pronto. No es llanto de película. Es llanto de nariz. Moqueo. Empieza a caerme por la cara sin control. Me pongo la mano en los ojos.

—Sofi.

—Aquí estoy.

—Me cago en la puta.

—Me cago en la puta también.

—¿Qué hago?

—Ahora mismo, cuelgas conmigo, te lavas la cara, te pones un pijama, te metes en la cama y pones una serie que ya hayas visto para no tener que seguir nada.

Sueco, subtítulos, algo. Mañana a las ocho vienes a desayunar a mi casa.

Te va a hacer Nacho tortilla francesa. Te va a pintar Leire otra flor, aunque tú no la quieras. Y vamos a hablar.

—Vale.

—Y esto se soluciona, Jaume. Esto se soluciona. Aunque no lo parezca. Yo ya estuve en un hostal de Sevilla con Nacho y pensaba que no había manera y aquí estoy.

—Pero él se va.

—Él se va a Ansó a ver a su padre, Jaume.

No se va a Alaska a pescar salmones. Estamos hablando de Ansó.

Está a siete horas en coche, y a tres en tren con dos transbordos, y a mí me ha escrito hace dieciocho minutos un mensaje de doscientos cuarenta caracteres que, si lo leyeras tú, no estarías llorando. Luego te lo leo.

—Vale.

—Te quiero, catalán.

—Yo a ti.

Cuelgo. Me voy al baño. Me lavo la cara.

Me pongo un pijama. Me meto en la cama. Pongo una serie sueca subtitulada.

No la sigo. A los diez minutos me suena el móvil otra vez.

Es Sofía. Un mensaje reenviado. Es lo que le escribió Iago al grupo del equipo hace veinte minutos, pero editado porque Sofía me ha quitado los nombres.

"Estoy en el tren. No he roto nada. Jaume me ha pedido tres días que yo no le puedo dar, y me he ido antes de romperle a él. Mañana hablo con mi padre. Voy a volver. Esto se soluciona, maño, que se lo decimos a Jaume por mí, que yo ahora no quiero llamarle".

El "maño" lo ha dejado. Lo ha dejado porque sabe que eso me da paz. Lo ha dejado porque es Iago Noguera y a Iago Noguera, cuando se hace el duro, se le ve la costura.

Me quedo dormido con la serie sueca encendida y con el móvil en la mano. No sueño con nada.

A las dos de la mañana me despierto un segundo, miro el techo, me vuelvo a dormir. A las dos y siete me despierto otra vez, miro el techo y pienso una sola frase:

Voy a ir al Mundial. Y si gano, lo digo yo. Y si pierdo, también.

Me vuelvo a dormir. Esta vez, hasta las siete.

A las siete y media, Nacho me abre la puerta de su casa con un delantal rojo y una taza de café.

—Jaume —me dice—. Bienvenido al club.

—¿Qué club?

—El club "Sofía os va a hacer decir cosas que no queréis decir".

Me río por primera vez en veintidós horas. Paso. Cierro la puerta.

A Iago todavía no le he escrito. Eso viene después de la tortilla francesa.