Sin cuerda (Equipo Nacional 1) Iago
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Iago

Volvemos a Barcelona el lunes a las cuatro de la tarde.

Conduzco yo las cuatro primeras horas. Jaume duerme la última hora del trayecto, apoyado en el cristal del copiloto con la boca un poco abierta, el foulard azul de mi madre enroscado al cuello sin haberlo pedido.

Se lo ha puesto él solo al salir de Ansó y yo no he dicho nada, porque hay gestos que si se nombran se rompen.

Cuando entramos en el piso de Gràcia, son las seis y cuarto. Todavía tenemos siete días para el Mundial. Siete. Los cuento desde el coche. Siete. Luego Chamonix. Luego el podio o no. Luego el día después y una respuesta. Y ya.

Lo que no contaba es que Mikel nos llame al piso a las seis y veinte.

—A las ocho en el Vertical. Los dos. Sala pequeña.

Dice eso y cuelga. A Mikel, donostiarra, se le conoce por teléfono antes de que diga hola. Tiene esa voz grave que suena como si acabara de liarse un cigarro con una mano.

—¿A las ocho? —pregunta Jaume desde el sofá gris, descalzo, con los pies cruzados encima del reposabrazos. El foulard ya está sobre la mesa, doblado en tres.

—A las ocho.

—Nos ha llamado hace cinco minutos.

—Hace cinco minutos.

Nos miramos. No hace falta decir nada más. En dos meses y medio hemos aprendido a leernos las caras como se leen las betas de una vía.

—¿Vamos? —digo.

—Vamos.

———

Llegamos al Vertical a las ocho menos cinco.

L'Hospitalet huele a estación cercana de cercanías y a pollo asado del Bonpreu.

Abrimos con la tarjeta personal de Jaume, subimos al primer piso, la nave vacía salvo por dos técnicos que están cambiando presas de rojo por presas de amarillo en el muro principal.

Mikel nos espera en la salita pequeña de al lado de la cafetería, la de las reuniones largas, con las paredes forradas de corcho y un mapa de Chamonix pinchado con cuatro chinchetas.

Mikel está sentado al final de la mesa. A la derecha, Celia. A la izquierda, una mujer que no había visto nunca. Traje gris, unos cincuenta años, pelo cortado muy corto, gafas de pasta. La federativa. Me lo dice una mirada de Celia.

—Sentaos —dice Mikel.

Nos sentamos. Jaume y yo en los dos sitios vacíos, uno al lado del otro, con un bolígrafo BIC entre los dos que no vamos a usar.

—Ana Betrián —dice la mujer, tendiéndonos la mano por encima de la mesa—. Federación Española de Deportes de Montaña y Escalada. Departamento de comunicación.

—Iago Noguera.

—Jaume Muro.

—Sé quién sois —dice ella, sonriendo sin sonreír.

Mikel carraspea. Abre una carpeta. No saca nada de ella, solo la abre, y la pasa con la yema del dedo. Huele a tabaco de liar, como siempre, aunque no fuma cerca de nosotros.

—Chicos. Ayer por la tarde, a las seis, nos llegó un correo. De The North Face Europa.

Jaume se pone rígido a mi lado. Lo noto sin mirarle.

—El responsable de patrocinios deportivos dice que, si antes del Mundial vuestra relación se confirma públicamente —lee Mikel, muy despacio, como si estuviera leyendo la sentencia a un reo—, se reservan el derecho a reconsiderar el contrato de Jaume.

—Reconsiderar —dice Jaume, con la voz plana.

—Reconsiderar —repite Mikel.

—¿Significa retirar?

—Significa que no dicen retirar. Pero sí, significa eso.

—Por favor —dice Ana Betrián—, también quiero matizarlo. Ellos no están diciendo que os despidan. Están diciendo que necesitan tiempo para gestionar comunicación con sus otros atletas y con su mercado antes de asumir una relación de equipo, sobre todo porque habéis negado previamente.

—Eso es retirar hasta nuevo aviso —dice Jaume.

—Es poner la relación en pausa.

—Es lo mismo.

Ana Betrián no dice nada. Se ajusta las gafas. Yo miro la mesa. El bolígrafo BIC tiene mordida la tapa, dos dientes de alguien.

—La federación —continúa Mikel— es una entidad pública.

No tiene un patrocinador que os pague a vosotros directamente.

Paga becas. Paga viajes. Paga alojamiento.

Lo que os pide la federación es lo mismo que os hemos pedido desde Innsbruck: discreción absoluta hasta el Mundial.

Una semana. Solo una semana, chicos. Hasta el final de Chamonix.

—Ya —digo yo.

—Si después del Mundial, gane quien gane, queréis dar rueda de prensa y hacerlo público, os lo respaldaremos desde aquí —dice Ana—. Y os recomendaremos un gabinete. Tenemos uno bueno.

—Muy amables —digo yo.

Ana me mira. Se da cuenta del tono. No contesta. Se nota que lleva hablando con deportistas cabreados veinte años y que sabe cuándo no contestar.

Jaume no habla. Yo le miro de reojo. Tiene las dos manos abiertas sobre la mesa, palmas hacia abajo, los dedos muy quietos.

Los nudillos blancos. Le he visto esa postura dos veces.

En Innsbruck, en la sala de prensa, cuando Wanda Pérez le preguntó si tenía un compañero sentimental en el equipo. Y ahora.

—Jaume —dice Celia, suave—. ¿Estás bien?

—Sí.

—¿Seguro?

—Sí, Celia. Sí.

Ana Betrián saca del maletín un folio. Lo desliza por la mesa. Lo deja entre nosotros dos.

—Esto es una nota interna —dice—. No para firmar, solo para leer.

Resume lo que acabo de deciros. Os pido que lo leáis, os lo penséis esta noche y mañana me digáis si estáis de acuerdo o no con la versión final.

Si estáis, lo firmamos el miércoles y viajamos todos a Chamonix el jueves por la mañana.

Nadie toca el folio.

Mikel suspira. Pasa la mano por la carpeta cerrada. Me mira a mí. Me mira a Jaume. Nos mira a los dos.

—Chicos —dice, y aquí le sale la voz de Mikel entrenador, no de Mikel federativo—. No os estoy pidiendo que os escondáis toda la vida. Os estoy pidiendo que aguantéis siete días. Siete. Yo también me jugué cosas una vez, ¿eh? Y aguanté. Y hoy estoy aquí sentado en esta silla.

Jaume levanta la mirada del folio.

—No tengo nada que decir ahora mismo, Mikel —le dice.

—Vale.

—Lo hablo con él —dice, y me señala a mí con la barbilla—. Mañana te digo.

—Vale.

Nos levantamos. Ana Betrián me da la mano otra vez. A mí me tiembla. Ojalá no se le haya notado. Nos vamos. Los dos callados. Bajamos la escalera del Vertical. Salimos a la calle.

Afuera ha caído ya la noche de junio. Corre un aire fresco raro para esta fecha, un viento de norte seco.

Cogemos el coche. Conduzco yo. No ponemos música.

Jaume mira por la ventana. Yo miro la carretera y, a ratos, las manos suyas, que siguen apoyadas en los muslos como en la mesa de la federación.

En el peaje de la Ronda de Dalt, Jaume abre la boca por primera vez.

—Si firmo eso —dice, muy bajito—, yo no llego al Mundial.

—¿Qué?

—Digo que si firmo eso, si callo otra semana, no llego.

—¿Cómo que no llegas?

—Que mi cuerpo no va a llegar. Estoy ya temblando, Iago. Ahora. Mira.

Levanta las manos de los muslos. Le tiemblan de verdad. No mucho. Lo suficiente.

—¿Es ansiedad? —le pregunto.

—Es ansiedad.

—¿Como en Colorado?

—No. Colorado era más fuerte. Pero es de la misma familia.

Me pongo tenso. Miro por el retrovisor. Cambio de carril. Respiro.

—Jaume.

—Qué.

—Tranquilo.

—Tranqui, dice tu catalán de los cojones —murmura, y se le escapa una risa sin ganas, antes de apoyarse en el cristal.

Siete días. Siete. En la carretera, la luz de los faros contra el asfalto, los coches que pasan al lado. El parabrisas con el bicho estrellado del viaje a Ansó que todavía no he limpiado.

Llegamos a casa. Subimos. No hablamos. Jaume se va al cuarto a ducharse. Yo preparo cena. Dos tostadas con tomate, jamón, fuet, queso. No tengo hambre. La pongo igual. Él sale del baño en pantalón corto y camiseta, se sienta a la mesa, come tres bocados y deja el plato.

—Perdona —dice—. No me cabe.

—No pasa nada.

—Iago.

—Dime.

—Propón.

—¿Propongo qué?

—Tú. Hoy. Lo que sea. Porque yo no puedo decidir. Tengo la cabeza como un casco mal puesto. No puedo.

Le miro. Está pálido. Tiene las ojeras grises. Se me cae un poco el alma y me la levanto a pulso.

—Vale —digo, y respiro—. Propongo esto. Firmamos. Callamos siete días más.

—Iago.

—Déjame acabar.

Se calla.

—Firmamos. Callamos. Vamos a Chamonix juntos.

Competimos los dos. Tú clavas tu Mundial.

Yo lo clavo lo que pueda. Y, sea cual sea el resultado, el día de la rueda de prensa post-Mundial, lo cuentas tú.

Lo cuentas tú, Jaume. No lo cuento yo. Lo cuentas tú.

Porque es tu patrocinio. Es tu carrera. Es tu vida profesional la que va a moverse.

Yo solo estoy al lado. Entro si me llamas.

—¿Por qué yo? —me pregunta.

—Porque si lo hago yo, te joden a ti. Si lo haces tú, te conviertes tú en el dueño del cuento.

—No digas "joden a ti" como si no fuera también lo tuyo.

—No digas "no es también lo tuyo" como si no supiéramos los dos que la parte grande es tuya.

Se queda callado. Apoya la frente en las manos. Se frota las sienes.

—Iago.

—Dime.

—No sé si puedo dar una rueda de prensa saliendo del armario yo solo delante de treinta periodistas con la bandera española de fondo.

Se me parte algo pequeño dentro. Lo que se parte es rabia, no tristeza.

—Vale —digo, despacio—. Vale. Entonces quizá no es en rueda de prensa. Quizá es un comunicado por escrito. Por Instagram. En tu propia cuenta. Con una foto tuya, sin la mía. Explicas, a tu manera, tú. Y yo, al día siguiente, confirmo con tres frases en la mía y ya está. ¿Te vale eso?

Levanta la cabeza. Me mira. Le tiemblan los labios.

—Eso me vale más.

—Pues hacemos eso.

—Iago.

—Dime.

—No me lo merezco.

—Jaume. Por Dios. Llevamos todo el día callados desde Ansó. ¿Sabes qué he estado pensando en la carretera?

—Qué.

—Que tú me has dicho que sí arriba del Anie. Que tú me has venido con mi padre. Que tú me has puesto el foulard de mi madre al cuello sin pedirle permiso a nadie. Que tú me tocaste el hombro cuando yo lloraba en el vestuario de Innsbruck. Mereces todo, maño. Todo. Deja de decir que no.

—Iago.

—Qué.

—Abrázame.

Me levanto. Doy la vuelta a la mesa. Le abrazo desde atrás, con los brazos por encima de sus hombros y la barbilla apoyada en su cabeza. Él me agarra los antebrazos con las dos manos. Me aprieta. Dos veces. Le aprieto yo también. Dos.

Nos quedamos así un rato. La tostada suya sigue sobre el plato, enfriándose. El reloj atrasado de la cómoda, del cuarto, haciendo tic tac a contramano.

—¿Y esta noche? —me pregunta, muy bajito.

—Esta noche, qué.

—¿Dormimos juntos?

Aprieto los dientes. Cierro los ojos un segundo. Pienso mucho mi respuesta.

—Creo que no —digo, al fin—. Creo que no, Jaume.

Se queda muy quieto. Luego asiente un par de veces.

—¿Por qué?

—Porque si te abrazo esta noche, me olvido de que tú estás temblando por dentro y yo quiero que te cures. Y si estoy pegado a ti, no te curas. Te anestesias. Y mañana amaneces peor.

—Vale.

—¿Vale?

—Vale. Es raro, pero vale.

—Yo duermo en mi cuarto. Tú en el tuyo. Mañana a las siete nos levantamos, desayunamos y vamos al Vertical. Firmamos el folio ese. Y terminamos la semana. Y en Chamonix, lo que sea.

Asiente. Me suelta los antebrazos. Me giro, le beso en la coronilla, me voy al mío.

———

A las once y media todavía no me he dormido.

Me levanto. Voy al baño. Meo. Me lavo la cara.

Me quedo mirándome al espejo. Me veo las cejas pobladas, la barba de cuatro días, los ojos con la ojera gris, el mismo tío de Ansó de hace dos tardes.

Parece mentira que haga dos tardes. Parece mentira que haga veintiséis años que nací.

Salgo al pasillo. Paso por delante de la puerta cerrada de Jaume. Se oye su respiración. No se oye llorar. No se oye nada. Respira, y ya. Eso está bien. Eso está mejor que en Innsbruck.

Vuelvo a mi cuarto. Me meto en la cama. El foulard de mi madre lo he dejado sobre la mesilla, doblado en cuatro. Lo cojo. Lo desdoblo. Lo extiendo encima del pecho, por encima de la sábana, como una manta pequeña. Huele a casa, a armario viejo, a ella.

Cierro los ojos.

Me cago en la puta. Siete días.

Oigo algo. Paso de mi cuarto. Alguien descalzo.

Abro los ojos. La puerta se abre sin golpe. Jaume está en el marco. Tiene el pelo aplastado. La camiseta arrugada. Los ojos grises muy abiertos.

—Iago —susurra.

—Aquí.

—No puedo dormir.

—Vale.

—¿Puedo venir solo un minuto?

Lo pienso dos segundos. Solo dos. Podría decirle que no. Podría ser coherente con lo que he dicho hace dos horas.

—Ven —le digo, y me aparto un poco.

Se mete en la cama. No me abraza. Se tumba de lado, mirándome, a medio palmo. No me toca. Yo no le toco tampoco. Pongo el foulard de mi madre entre los dos, sobre la sábana, como una línea.

—Así no cuenta —le digo.

—¿El qué?

—Esto. Así no cuenta como dormir juntos. Hay un foulard en medio. Es la frontera.

Se ríe un poco. Se le escapa una lágrima por un ojo y se le queda parada a medio camino.

—Vale. No cuenta.

—Vale.

Nos quedamos así, en silencio, a media luz de la farola de la calle que entra por la persiana. Respiro acompasándome a su respiración. Él cierra los ojos. Se le va cayendo la cabeza contra la almohada. Se duerme.

Yo no me duermo. Me quedo mirando la línea azul y roja del foulard entre los dos, la línea que dice que hasta Chamonix hay una frontera entre nosotros y que, si la cruzamos, me voy a olvidar de que él tiembla.

Cierro los ojos yo también. Pienso en el pico Anie.

Pienso en que le dije "cásate conmigo" y él me contestó "en el Mundial".

Pienso en la mano de mi padre que tiembla cuando bebe, aunque todavía diga que no tiembla.

Pienso en la federación. Pienso en Ana Betrián con sus gafas.

Pienso en Wanda Pérez, en Marca. Pienso en Marc Puigvert, que va a estar en Chamonix también.

Pienso en The North Face. Pienso en el foulard. Pienso en mi madre.

Y al final me duermo agarrado a la lana azul, con Jaume respirando al otro lado.

Siete días.

Mañana firmo.