Sin cuerda (Equipo Nacional 1) Jaume #2
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Jaume #2

—Si subimos al Anie hay que salir a las siete y a las dos estaremos de vuelta. Mi padre ha hecho tortilla.

—Tu padre está despierto.

—Mi padre se levanta a las cinco.

—Por Déu.

—No blasfemes a esta hora, maño.

Me río. Me levanto. Desayunamos tortilla de patatas y pan con aceite. Ramón no viene con nosotros. Nos dice que la cojera no le aguanta ya el Anie, y que subirá hasta el collado de Linza pero no más. Nos llevamos bocadillos. Dos botellas de agua. Chocolate 85%.

Subimos. Es un camino que Iago conoce entero.

Conoce cada piedra, cada árbol, cada vuelta.

Me cuenta cosas que no le había oído contar nunca.

Me enseña la hoya donde vieron un oso cuando él tenía doce.

Me enseña la roca grande donde se cayó y se rompió la nariz la primera vez, a los nueve.

Me enseña un árbol con tres marcas de hacha que hizo su abuelo, su padre y él mismo a los veinte.

Dos mil cuatrocientos metros más tarde, estamos en un cortado de piedra caliza justo debajo de la cima.

Al otro lado del cortado, Francia. Al fondo, el valle de Belagua.

Una neblina matutina que baja. Un buitre leonado cruzando por debajo de nosotros, no por encima.

Nos sentamos en un saliente, con las piernas colgando en el vacío. Hace fresco. El sol nos da en el lateral de la cara. Yo miro abajo y aprieto los dedos contra la piedra porque tengo vértigo aunque llevo once años escalando. Iago me pone la mano en el muslo, tranquilo.

—Jaume.

—Dime.

—Cásate conmigo.

Me giro a mirarlo. Tiene los ojos avellana muy oscuros, muy serios, un mechón del pelo suelto del nudo que le da contra la sien por el viento. La barba cuatro milímetros más. La cicatriz del anular en la mano que tiene apoyada en mi muslo.

Le miro un rato. Luego me echo a reír. No es una risa de burla. Es una risa pequeña, sorprendida, feliz.

—Iago.

—Qué.

—¿Aquí?

—Aquí.

—¿A dos mil trescientos metros?

—Dos mil trescientos setenta.

—¿Sin anillo?

—Sin anillo.

—¿Sin preguntar antes a tu padre?

—Mi padre ya me dijo ayer que te me casara.

Se me escapa una carcajada grande. Él me mira esperando. Tranquilo. Nervioso por dentro, se ve. Pero tranquilo por fuera.

—Escucha —le digo, cuando paro de reírme.

—Escucho.

—Te doy una respuesta.

—Vale.

—En el Mundial.

—Jaume.

—Déjame acabar, maño.

Sonríe. Se calla.

—En el Mundial —digo—. Si los dos subimos al podio, te contesto.

—¿Los dos?

—Los dos.

—Yo puedo subir, pero tú no tienes nada asegurado, Jaume. Y yo tampoco, dicho sea. Los podios no se prometen.

—Los podios no. Las respuestas, sí. Te prometo que en Chamonix te contesto. Te prometo que te contesto en cualquier caso. Si los dos podio, un sí entero. Si solo tú, un sí entero pero con matices. Si ninguno, un sí entero y más grande todavía.

—O sea que me dices que sí.

—Te digo que te contesto en el Mundial.

—Me dices que sí.

Me mira. Le miro. Nos miramos diez segundos de reloj. La neblina de abajo sube. El buitre pasa otra vez por debajo, más lejos. El valle francés al fondo, sin una sola carretera visible.

—Sí —le digo.

—Vale. Pues en Chamonix.

—En Chamonix.

Me besa. En el cortado, con las piernas colgando. Un beso largo, lento, con sabor a chocolate negro y a aire a dos mil trescientos metros. Le pongo la mano en la nuca, por debajo del nudo bajo. Él me aprieta el muslo con la otra. Nos separamos. Pega la frente con la mía.

—No me voy a caer —le digo—, pero agárrame igual.

—Siempre —dice él.

Nos quedamos un rato mirando al valle, cada uno con un brazo por encima del hombro del otro.

No hay nadie. No hay nadie en cuarenta kilómetros a la redonda, salvo Ramón esperándonos abajo con la cocina encendida.

Y de repente entiendo, con toda la cara al sol y el vértigo todavía en los pies, una cosa sencillísima que en el piso de Gràcia no se ve: que la vida importa más que los sponsors.

—Tu padre —le digo, al rato.

—Qué.

—Me cae bien.

—A él también le caes.

—Me lo ha dicho.

—Ya lo sé.

—¿Ya lo sabías?

—Jaume, mi padre abraza a una persona al año. Si a ti te ha abrazado al entrar, es que te has metido en el club.

—Hostia.

—Ya. Hostia.

Bajamos media hora después. Cuando llegamos al collado de Linza, Ramón está sentado en una roca con un termo de café.

Le hemos dicho que nos encontraremos allí si subimos hasta la cima.

No hemos subido hasta la cima. Nos hemos quedado en el cortado de piedra caliza y me he casado medio sin querer.

Ramón lo ve en la cara de Iago antes de que lleguemos a tres metros de él.

Me mira a mí. Asiente una vez. Me ofrece el termo.

—Café —me dice.

—Gracias, Ramón.

—Y te aviso —añade, muy serio, mientras bebo—. Si le haces daño a mi hijo te bajo yo del Anie a hostias, por mucha cojera que tenga.

—Papá —dice Iago, riéndose.

—A ti no te hablo —dice Ramón, sin sonreír—. A él.

Trago el café. Miro a Ramón.

—No le voy a hacer daño —digo.

—Ya veremos.

—Es una promesa.

—Las promesas se cumplen o se rompen, Jaume. Tú elige.

—Elijo cumplirla.

Ramón asiente. Me quita el termo. Me da una palmada en el hombro, una más suave que las que le da a su hijo.

Bajamos los tres al pueblo. A Ansó. A una casa de piedra donde la madre muerta todavía tiene su foulard azul y rojo en una silla y donde el nórdico de plumón de arriba no pica.

Y pienso, mientras el pueblo aparece al fondo del valle, que no he dicho nada a Iago todavía de una cosa que se me está ocurriendo desde anoche.

Y es que si yo, que he cumplido toda la vida, quiero cumplir una última cosa como se cumplen las cosas de verdad, voy a tener que contar lo nuestro al mundo en Chamonix yo mismo, delante de un micrófono, sin pedirle permiso a nadie que no sea él.