Sin cuerda (Equipo Nacional 1) Jaume
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Jaume

Salimos a las siete y diez porque Iago no encuentra el cargador del móvil.

Las tres primeras horas las conduzco yo.

Él duerme ciento veinte kilómetros, con la cabeza apoyada en el cristal y el foulard de la madre enroscado al cuello como si fuera un niño pequeño.

Tiene la boca un poco abierta. Ronca bajito. Conduzco con una sonrisa tonta.

Paramos en un área de servicio al norte de Lleida a desayunar tostadas con aceite.

A él le ha crecido la barba cuatro milímetros en una noche y le hace cara de montañero de calendario.

Me recrimina el café americano aguado. Yo le recrimino los tomates rallados que no están del todo rallados. Pagamos. Echamos gasolina. Seguimos.

A partir de Huesca, la carretera empieza a cambiar. Ya no es Cataluña, ya no es valle del Ebro. Empiezan las montañas de verdad. Los pinos negros. Las cumbres con nieve todavía, aunque estemos en junio. Me cedo el volante a Iago en Jaca, junto al castillo.

—A partir de aquí mando yo —dice, estirando los brazos antes de subirse—. De Jaca a Ansó son puertas cortas pero traicioneras. No hagas ruido con el móvil en las curvas cerradas porque te mato.

—Vale.

—Y si ves una cabra, la señalas. No grites, la señalas.

—Las cabras son para señalar, no para gritar, apuntado.

—Y no toques la radio. La radio la toco yo.

—Iago.

—Qué.

—¿Tienes pulsera de matón de campeonato nacional o es que estás nervioso?

Me mira por encima del volante. Tiene los ojos avellana al sol, muy claros.

—Estoy nervioso —confiesa.

—Ah, vale. Tranqui.

—Tranqui —repite él, como si probara mi muletilla—. Siempre dices eso y siempre me da risa.

—Es porque funciona.

—No funciona. Me da risa y sigo nervioso.

—La risa es un primer paso.

Arranca. Conduce. A partir de Jaca no hablamos apenas.

Pone una lista suya, muy aragonesa: Joaquín Carbonell, un poco de Labordeta, Violadores del Verso, y luego una canción que me canta él, entre dientes, que habla del valle del Roncal y que no reconozco.

Le pregunto. Me dice que es una jota antigua. Me río.

—Tú cantando jotas.

—Yo cantando jotas.

—En Gràcia no te había oído cantar jotas nunca.

—En Gràcia no canto jotas, Jaume. En Gràcia me hago el moderno.

La carretera empieza a estrecharse. Ansó está al final de un valle largo, el del Veral. El río baja con fuerza aún de los deshielos tardíos. Veo hayas en las laderas, pinos al fondo, buitres sobrevolando arriba. Me siento muy turista, pero muy contento.

—Mira a la izquierda —me dice Iago, a los diez minutos de pasar Hecho—. Ahí está.

Miro.

Y ahí está. El pico Anie. Dos mil quinientos y pico metros, la forma exacta del tatuaje del costado izquierdo de Iago.

Macizo, rocoso, todavía con placas de nieve en la cara norte.

Al fondo, con el sol de la tarde dándole de lado.

Se ve que es Francia al otro lado y se nota.

Las montañas de Pirineo de aquí tienen un algo vasco-francés en la forma, más redondeado que los Alpes que acabamos de dejar en Innsbruck.

—Hostia —digo.

—Qué.

—Es bonito.

—Pues espera a verlo de cerca.

Seguimos bajando hasta el pueblo. Ansó es pequeño, mil doscientos habitantes o menos.

Casas de piedra, tejados a dos aguas muy empinados, chimeneas de piedra.

Hay geranios en los balcones. Hay vacas en una finca a las afueras.

Hay un perro en la puerta del ayuntamiento que no se mueve ni cuando pasamos.

Aparcamos delante de una casa de dos plantas, piedra y madera oscura, con el número 14.

La puerta es de roble y tiene un aldabón con forma de cabeza de carnero.

—Mi casa —dice Iago, apagando el motor.

—Hostia —digo yo otra vez.

—Ya.

Bajamos. Saco el petate y las botellas de vino aragonés que compramos ayer en Barcelona, cuatro botellas de Somontano al final porque Iago insistió en llevar un Enate tinto para su padre y un Viñas del Vero blanco para él.

Iago lleva la bolsa de sus pies de gato, por si acaso, y el foulard de la madre al cuello, y la mochila del equipo.

Se queda delante de la puerta tres segundos con la llave en la mano. Mira la madera. Respira hondo. Mete la llave. Abre.

La puerta da a un zaguán de piedra con olor a leña antigua y a cocido.

En el fondo, cocina. En la cocina, sentado a una mesa grande de madera con un hule de cuadros rojos, hay un hombre alto, con una camisa de cuadros verde, pelo blanco ralo, barba de dos días.

Es el padre de Iago. Me mira desde la silla, con una taza de caldo humeando en la mano. Se apoya, se levanta despacio.

Cojea del izquierdo. Se le nota al dar los tres pasos desde la mesa hasta nosotros.

—Maño —le dice a su hijo, sin sonreír del todo, solo con los ojos.

—Papá.

Se abrazan. Un abrazo de pastor. De los que se dan con un brazo entero y la cabeza contra la oreja del otro. Durante cuatro o cinco segundos. El padre le da un par de palmadas en la espalda, tan fuertes que a Iago se le mueve el nudo del pelo. Luego se separa y me mira.

Yo estoy de pie al lado, con mi bolsa de viaje y las botellas, sin saber si dar un paso o quedarme.

Ramón Noguera me mira tres segundos enteros.

Tiene los ojos avellana oscuros, los mismos que su hijo.

Luego suelta a Iago y se acerca a mí. No me da la mano.

Me da un abrazo. De los mismos, de un brazo entero.

—Un chico de Iago —me dice, con la barba rozándome la oreja— es un chico de esta casa.

No sé qué contestar a eso. Noto que se me humedecen los ojos como un idiota.

—Gracias —digo.

—Pasa, pasa.

Pasamos. Dejo las botellas sobre la mesa. Ramón las mira.

—Somontano.

—Somontano, sí.

—Oye, pues bien.

Iago sonríe por detrás. Me guiña un ojo.

—Ve sacando el queso —le dice Ramón a su hijo—. Está en la nevera de abajo. Y el chorizo de Íñigo.

—¿El de Íñigo del cinco?

—El de Íñigo del cinco.

Iago baja por una escalera estrecha a la nevera. Ramón me mira.

—Siéntate, chaval. ¿Cómo te llamas otra vez?

—Jaume.

—Jaume. En aragonés eso es Jaime.

—En catalán es Jaume.

—Ya, ya —dice él, sentándose y tomándose el caldo despacio—. En catalán. En ansotano sería Chaime, con che. Pero te vamos a llamar Jaume porque así te llama Iago.

—Vale.

Se me escapa una risa pequeña. Ramón me mira de arriba abajo. Sin disimulo, pero sin hostilidad. Como cuando un pastor mira una oveja nueva.

—Flaco —concluye.

—Todos los escaladores somos flacos, señor Noguera.

—Ramón. Señor Noguera era mi padre.

Esto ya me ha pasado hoy. Sonrío.

—Ramón.

—Flaco —repite—, pero sano. ¿Y dices que eres de Terrassa?

—Sí. Vivo en Barcelona ahora, en Gràcia.

—Hum. Barcelona. Mi Elvira siempre quiso ir a Barcelona y no la llevé nunca. Me tendré que morir con esa.

—Tiene usted tiempo de ir —digo.

—Tengo tiempo de muchas cosas, Jaume. Pero Elvira no está para venir. Es otra historia.

No sé qué decir. Me callo. Iago sube en ese momento con un tabla de madera llena de queso grande y un chorizo entero. Pone la tabla. Coge un cuchillo de la cocina. Empieza a cortar.

———

La cena es larga. Comemos queso de oveja curado y blando, chorizo, pan de Ansó con la corteza dura, una sopa de ajo al final que Ramón hace levantándose él mismo a la cocina.

Me da la sensación de que es una sopa especial, no una del día a día, porque Iago le sonríe al padre cuando la deja en la mesa y Ramón le dice "calla, maño".

Bebemos el Enate tinto. Ramón lo elogia.

Bebe despacio. No bebemos ni media botella entre los tres porque, me dice Iago en voz baja cuando su padre sale al corral a ver a las ovejas un momento, su padre desde la muerte de la madre bebe menos.

Lo hace por salud, pero también por una especie de respeto raro a no emborracharse sin ella al lado.

Hablamos de todo. De la federación. Del Mundial. De lo que es el boulder. Ramón no lo entiende del todo.

—O sea, pero si caéis sin cuerda, ¿no os rompéis?

—Son cuatro metros —le explico—, y abajo hay colchonetas.

—Cuatro metros es una caída.

—Sí. Pero las colchonetas son gordas.

—Ya. ¿Y eso os parece seguro?

—Seguro seguro, no.

—Hum —dice Ramón, y se bebe un sorbo de vino.

Le pregunto yo cosas. De las ovejas, cuántas tiene, cuándo las baja al valle, cuándo las sube a los pastos altos, quién le ayuda desde que Iago no vive aquí, qué variedad son.

Él se ilumina al contestarme. Son chasco-tensinas.

Tiene ciento cuarenta y siete. Le ayuda un chaval de veinte años del pueblo que se llama Mikel también, como el entrenador, pero no es el mismo.

Sube al puerto en julio. Baja en octubre.

Pierde cada año alguna a los buitres, pero menos que antes porque ha reforzado el cercado.

Cuando termino las preguntas, Ramón se queda mirándome un momento.

—Te interesa de verdad —me dice.

—Me interesa de verdad —digo yo.

—No estás siendo educado.

—No, Ramón. No lo estoy siendo. O sí, pero además es que me interesa.

Asiente. Da un golpe suavísimo con los nudillos en la mesa.

—Pues a mí me caes.

Iago, a mi lado, mira su plato. Tiene las mejillas rojas.

Ramón se limpia la boca con la servilleta, se echa hacia atrás, mira a su hijo.

—Iago.

—Dime, papá.

—Este chaval duerme en tu cuarto. La cama de matrimonio está sin hacer del otoño pasado. Las sábanas de arriba están en el arcón. Coge el nórdico nuevo, no el que pica.

Iago se ríe.

—Ya —dice.

—Y no hagáis mucho ruido, que tengo sueño ligero.

Me atraganto con la sopa de ajo. Iago se ríe más. Ramón nos mira a los dos con los ojos tranquilos.

—Que sois mayores, hombre —añade.

———

Duermo como no he dormido en seis meses. En el cuarto de Iago, bajo un nórdico de plumón pesado, con las contraventanas de madera cerradas y un silencio afuera que da miedo al principio y lo arregla todo al rato. A las seis y media, Iago ya está despierto. Me despierta con un beso en la nuca.

—Arriba, catalán —dice—. Te voy a enseñar el valle.

—Son las seis y media, Iago.