Sin cuerda (Equipo Nacional 1) Iago
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Iago

A Enric Muro le abre la puerta Jaume el jueves a las dos menos cuarto.

Yo estoy todavía en la cocina sacando los tomates del bote, porque de vermut no voy a entender en mi vida aunque llevo ya dos meses viviendo en Barcelona.

Les oigo saludarse en el recibidor. Un beso seco en la mejilla.

Un "hola, papa" en catalán y un "hola, fill" en catalán también. Nada más.

Enric Muro entra en el salón con las manos detrás de la espalda, muy tieso, como si entrara en la sala de juntas de un despacho.

Lleva una camisa azul claro planchada con raya en la manga, un pantalón beige, unos mocasines marrón oscuro.

Es bajo, más bajo que yo. Cincuenta y nueve años.

El pelo blanco repeinado con raya al lado.

Las gafas de ver, pequeñas, doradas. Se parece poco a Jaume, excepto en los ojos grises con el anillo ámbar. Los ojos son un calco.

—Señor Muro —digo yo.

—Enric —corrige él, secamente—. Señor Muro era mi padre.

Me da la mano. Apretón corto, seco, pulcro. La suelta. Mira el salón. Mira el balcón. Mira el sofá gris y asiente una vez, como si estuviera aprobando el alquiler de una oficina.

—Has limpiado —le dice a Jaume.

—He limpiado —dice Jaume, seco.

—Ya veo.

Hemos cocinado yo. Macarrones con tomate casero, una cosa que sé hacer porque mi madre me la enseñó a los doce.

Los hemos puesto en una fuente azul. Hay una ensalada de verdad, no una de bolsa, hecha con lechuga de la tienda de debajo.

Hay vino blanco del Penedés, un Albet i Noya que eligió Jaume porque su padre no bebe tintos a mediodía.

Hay pan del día. Yo he puesto las servilletas de tela que Jaume nunca saca y me ha mirado raro cuando las he puesto, como si pensara que estoy queriendo impresionar al padre.

Estoy queriendo impresionar al padre. No lo voy a negar.

Nos sentamos. Enric en la cabecera. Jaume a su derecha. Yo a su izquierda. Enric extiende la servilleta sobre las rodillas con un gesto automático. Yo le sirvo vino. Tres dedos. Él asiente.

—Gracias.

—De nada.

Jaume se sirve agua. Yo me sirvo vino, un dedo menos que al padre.

Empezamos a comer en silencio. Enric corta los macarrones en trozos más pequeños antes de llevárselos a la boca, algo que le he visto hacer a Jaume en Innsbruck en un restaurante italiano y que me pareció una manía suya, y ahora veo que es manía heredada.

Comemos así durante tres minutos. Es un silencio espeso.

—Están muy buenos —dice Enric, sorprendido, a los macarrones.

—Gracias —digo yo—. Receta de mi madre.

—¿Navarra?

—De Ansó. Del valle. Aragonés.

—Aragonés —repite él, como si no lo hubiera sabido del todo, aunque lo sabe. Lo sabe porque lleva toda la semana leyéndolo en artículos.

Sigue el silencio. Jaume mira el plato. Yo miro por el balcón, a la fachada de enfrente, donde hay una paloma posada en una antena vieja. Enric bebe un sorbo de vino.

—Bueno —dice—. ¿Vais a dar rueda de prensa?

Lo suelta sin preámbulo. La pregunta cae en la mesa como un cubierto que se tira.

Jaume levanta la vista. Yo también. Enric nos mira a los dos, alternando, con la serenidad de un ingeniero jubilado al que no se le altera la tensión arterial ni haciéndole perder un avión.

—No —dice Jaume—. No vamos a dar rueda de prensa.

—¿No?

—No. Al menos no ahora.

—Entonces, ¿qué vais a hacer?

—Papa, no lo hemos decidido del todo.

—Pues hay que decidirlo, Jaume. Hay que decidirlo, porque si no lo decidís vosotros lo va a decidir la prensa. Y si lo decide la prensa, te va a costar caro.

—Ya lo sé —dice Jaume.

—No parece.

—Papa.

—Digo lo que veo.

Sigo comiendo. Tengo los macarrones atravesados pero sigo comiendo porque si paro se va a notar que estoy respirando raro. Enric me mira a mí.

—Iago.

—Dígame.

—¿Tú qué opinas?

—¿De qué?

—De la rueda de prensa.

Mastico. Trago. Dejo el tenedor en el borde del plato con el filo apoyado, como me enseñó mi madre que se hace.

—Yo creo —digo, midiendo cada palabra— que antes del Mundial no se puede hacer nada. Después, sí. Después, sí, sí o sí.

Enric asiente, lento.

—Eso es coherente —dice—. Aunque sea coherente en un momento incoherente.

—Es posible.

—Ya.

Bebe otro sorbo de vino. Se limpia la boca con la servilleta con dos toques verticales. Jaume está muy quieto. La posición de las manos es la de cuando va a subir a un boulder nuevo: las palmas apoyadas en los muslos, los hombros caídos, mirando solo al problema, no a la galería.

—Bueno, hijo —dice Enric, y aquí es donde deja la servilleta doblada despacio sobre la mesa—, pase lo que pase, tú aguanta.

Lo dice sin maldad. Lo dice con la voz educada de quien le dice a su hijo "ten cuidado con el coche nuevo" o "no olvides el paraguas". No es una puñalada. Es una frase paterna.

A mí se me queda el tenedor a medio camino.

Lo dejo en el plato. Cojo la copa de vino. Bebo un trago. La dejo otra vez.

Jaume me está mirando. No me está pidiendo nada. Está esperando a ver qué hago yo. Yo no sé qué hago yo.

—Aguantar —digo, despacio—, señor Muro.

—Enric.

—Enric —repito, como si lo probara—. Aguantar es lo que los obreros hemos hecho toda la vida.

Él levanta las cejas un poco, solo un poco. No dice nada.

—Es lo bueno —sigo yo, y ahora estoy mirándole a los ojos porque si miro a Jaume me va a temblar la voz—.

Y es lo malo. Es lo bueno porque mi padre aguantó veintidós años con la espalda rota yendo a las ovejas y la casa sigue de pie.

Y es lo malo porque lo que yo aprendí de niño es que aguantar a veces es lo único que puedes hacer.

Es lo bueno y lo malo de habernos criado en casas donde todavía se pasa frío en invierno, Enric.

No grito. Lo digo despacio, mirándole a la cara. Él me sostiene la mirada. Los ojos grises con el anillo ámbar no se mueven.

Hay un silencio de esos que duran más de lo que la gente cree que puede durar un silencio en una mesa. El reloj de la cocina hace tic, tac, tic, tac. La paloma de la antena se va. Se oye la cisterna del piso de arriba.

Enric coge la servilleta otra vez. La dobla una vez más. La deja al lado del plato. Se acaba el vino de un trago, sin prisa. Mira a Jaume.

—Fill —le dice—, el café lo tomaré en Terrassa. Tengo que pasar por el notario a las cinco. Perdonad.

—Papa, queda postre. Hay flan.

—El flan me lo guardas para la semana que viene.

Se levanta. No hay enfado en la cara. Tampoco hay nada. Es una máscara de educación profesional. Se pone la chaqueta que había dejado en el respaldo del sofá. Se ajusta las gafas.

—Iago —me dice, al pasar a mi lado.

—Dígame.

—Gracias por los macarrones. Estaban muy buenos.

—De nada, Enric.

—La próxima vez trae vino aragonés, a ver qué es eso.

—Vale.

—Cuídate. Cuida a mi hijo.

Lo dice en voz normal, sin bajarla. Me mira a los ojos.

Asiento una sola vez. Él asiente también.

Va hasta Jaume, que se ha levantado, le da dos besos.

No un abrazo. Dos besos secos, uno en cada mejilla.

Y se va. La puerta del piso se cierra con un ruido pequeño, casi cordial.

Los zapatos bajan las escaleras. Uno. Dos.

Tres. Cuatro. Los cuento por no hacer nada.

Nos quedamos Jaume y yo de pie en el salón. La mesa con los platos a medias. El vino abierto. La paloma que ya se ha ido. Oigo mi propia respiración.

—Iago.

—Dime.

—No tenías por qué.

Le miro. Tiene los ojos húmedos. Le tiemblan los dedos apenas, ese temblor raro que le sale cuando va a darle un ataque de risa nerviosa o a llorar, que con Jaume nunca sé cuál de las dos.

—Tenía —digo.

—No tenías. No era para ti.

—Jaume.

—Iago.

—Era para ti. Y por eso tenía.

Se pasa las dos manos por la cara. Respira. Se sienta en el sofá gris. Se apoya los codos en las rodillas. Se queda así. Me acerco. Me siento a su lado.

—¿Estás enfadado? —le pregunto.

—No contigo.

—¿Con él?

—No contigo.

Asiento. No pregunto más.

Nos quedamos un rato así, escuchando los ruidos pequeños de la calle del Canó. Alguien descargando cajas en el bar de enfrente. Un coche parando. Una mujer regañando a un perro en castellano con acento catalán, un fenómeno acústico que solo existe aquí y que todavía no me he acabado de acostumbrar.

—Mi padre es buena persona —dice Jaume, al rato—. Quiero que lo sepas.

—Lo sé.

—No es un facha. No es homófobo. Martí se casó con Kara en Chicago y él fue. Lloró en la boda. De verdad. Incluso bailó.

—Lo sé.

—Es solo que piensa que la vida es un proyecto de ingeniería. Y que tú, en su proyecto, eres una variable nueva.

—Eso es una forma muy Jaume de decir "mi padre es un señor de cincuenta y nueve años de Terrassa".

Se ríe. Una carcajada corta, dolorida.

—Sí —dice—. Una forma muy Jaume.

Le pongo la mano en la nuca. Le acaricio con el pulgar justo en el nacimiento del pelo. Jaume apoya la cabeza en mi hombro.

—¿Sabes qué es lo peor? —dice.

—¿Qué?

—Que yo también he aguantado toda la vida, Iago.

Yo también. Lo que pasa es que lo mío se ha llamado siempre "cumplir", no "aguantar".

Pero es lo mismo. Cumplir con el colegio bueno.

Cumplir con el máster en Colorado. Cumplir con los patrocinadores.

Cumplir con la foto de navidad. Cumplir con no dar problemas.

Cumplir es la palabra elegante para aguantar.

—Ya.

—Y me tengo que ir al Mundial aguantando otra semana. Y luego le pido a todo el mundo que me espere hasta el día después. Y no me lo merezco, Iago.

—Jaume.

—No te lo mereces tú.

—Eso lo decido yo.

—No lo decides tú solo. Lo decidimos los dos.

Le miro. Levanta la cabeza del hombro. Tiene los ojos secos ya, pero la cara seria, la concentrada, la del crux.

—Oye —dice—. Una cosa.

—Dime.

—Después del Mundial. Después. Quiero que vayamos a Ansó.

—¿Tú y yo?

—Tú y yo. Antes del día después. Antes del Mundial, incluso. Este fin de semana. Si nos da la agenda. Quiero conocer a tu padre.

Me salen las lágrimas sin avisar. No lloro a la aragonesa, lloro discretamente, por la mejilla, un par de gotas. Jaume me las ve. No las seca. Me mira, muy serio.

—¿Me lo dices en serio? —le pregunto.

—Muy en serio.

—¿Después de lo de tu padre?

—Precisamente después de lo de mi padre —dice—. Lo que hoy me ha dicho mi padre en esa mesa me ha recordado que yo no le he dado nunca la mano al tuyo. Y eso está mal. Está mal, Iago.

—Hostia.

—Lo sé.

—Es que no te lo iba a pedir.

—Lo sé. Por eso lo pido yo.

Me vuelvo a pasar la mano por los ojos con el dorso. Me río. Una risa medio lagrimosa.

—¿Sabes conducir? —le pregunto.

—Sé conducir.

—¿Sabes conducir siete horas?

—Sé.

—¿Con curvas cerradas cerca de Jaca?

—Sé.

—¿Con cabras en la carretera?

—Oye, tampoco te pases.

Me río más fuerte. Él se ríe. Nos reímos los dos un minuto seguido, como si necesitáramos que salieran las carcajadas esas que no han podido salir en toda la comida. Cuando paramos, tengo los ojos mojados y las costillas doloridas.

—Vamos mañana —digo.

—Mañana.

—Llevamos vino aragonés, a ver qué es eso.

—Llevamos dos botellas.

—Tres.

—Cuatro.

—Cinco y no salimos vivos de la noche.

Se ríe otra vez. Se levanta. Va a la cocina. Vuelve con el flan. Dos flanes individuales del Mercadona, porque no nos ha dado la vida a hacer flan casero. Los pone en la mesa. Nos sentamos otra vez a comer.

Mientras comemos el flan, me manda el mensaje al móvil. Sin levantar la vista del plato. Me vibra en el bolsillo. Lo miro.

"Mañana a las siete. Yo conduzco las primeras tres horas. Tú las cuatro segundas. Pon gasolina esta noche."

Le miro. Está comiendo flan muy tranquilo, como si no hubiera mandado nada.

—Vale —digo en voz alta.

—Vale.

Seguimos comiendo. La mesa huele a salsa de tomate, a vino blanco calentito y a Enric Muro un poco, aunque Enric Muro ya no esté. Pero también huele, por primera vez, a una cosa que me cuesta nombrar y que podría ser algo parecido a estar en mi casa.

———

A las cinco y cuarto me levanto a fregar los platos yo, para darle a Jaume dos minutos de silencio.

Estoy con el estropajo de acero cuando le oigo moverse en el salón.

Se asoma al quicio de la cocina con una taza de café en la mano.

Lleva puesto un jersey fino gris que le queda grande de hombros porque se lo heredó de su padre hace cinco años, según me ha contado alguna vez.

—Jaume —le digo, sin girarme, sin soltar el estropajo.

—Dime.

—Tu padre. Antes de irse. ¿Has notado que me dijo "cuídate"?

—Sí.

—Y luego "cuida a mi hijo".

—Sí.

—Eso no es poco.

—No es poco.

—Enric no es tan seco como parece.

—Enric es como es.

Cierro el grifo. Me seco las manos con el paño.

Me giro. Le miro. Está apoyado en el marco de la puerta de la cocina con la taza de café, el jersey gris grande, los pies descalzos y los dos pendientes negros del lóbulo izquierdo brillando.

Parece, por un momento, el Jaume de la primera cocina de Margalef. El Jaume de antes de todo.

—Oye —le digo—, una cosa.

—Dime.

—Cuando vayamos a Ansó, mi padre va a hacer lo mismo que el tuyo.

—¿El qué?

—Decirte cosas que parecen una cosa y son otra.

—¿Como qué?

—Como "flaco". Te va a decir "flaco". Y va a querer decir "bienvenido". Y vas a tener que saber leerle.

—Sé leerle. Tu padre no es tan distinto del mío.

—No es tan distinto.

—Son dos señores de sesenta años con los ojos avellana que creen que los hombres se cuidan a base de frases cortas y palmadas en la espalda.

—Uno con cojera izquierda.

—Y el otro con lumbalgia de ingeniero jubilado.

Me río. Se me escapa una risa medio bronca. Jaume sonríe. Deja la taza en el fregadero.

—Me voy a la ducha —dice.

—¿Te espero?

—Espérame.

Se va. Oigo el agua a los treinta segundos. Cuando pasa por delante del salón, de camino al baño, me pasa la mano por la nuca un segundo. No se gira. Solo el roce. Yo cierro los ojos y lo guardo ahí.

Cuando mañana arranquemos el coche a las siete, llevaré el foulard de mi madre al cuello y el chocolate negro del 85% de Jaume en la guantera.

Y subiremos el puerto de Somport con él al volante y con mi padre esperándonos en la puerta de una casa de madera y piedra en un valle donde todavía se pasa frío en invierno.

Y yo voy a estar ahí para ver cómo Jaume Muro, el de Gràcia, le da la mano a Ramón Noguera, el de Ansó.

Y pienso que, a veces, aguantar también sirve para esto. Para no reventar antes.