Sin cuerda (Equipo Nacional 1) Jaume
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Jaume

La casa de Sofía y Nacho está en Poblenou, en una planta baja con patio interior y un limonero tristón que da cinco limones al año. Llegamos a las diez menos cinco. Yo, porque odio llegar tarde. Iago, porque ha calculado que llegar tarde sería una declaración y no quiere declarar nada esta noche.

Nos encontramos en la esquina, a media manzana del portal. Él lleva una sudadera gris que no es suya, es mía, una que cogió hace tres semanas y no devolvió. Tiene el pelo recién mojado. Le veo ajustarse el nudo bajo de la nuca con los dos dedos que se usan para eso.

—Hola —me dice.

—Hola.

No nos besamos. No nos tocamos. Caminamos hasta el portal uno al lado del otro como dos compañeros de equipo que van a firmar autógrafos. El olor de la calle es a pan del día siguiente. Sofía abre la puerta con Leire colgada de la pierna.

—Hombre, los Peleados —dice Sofía, con un delantal azul mal anudado—. Pasad. Nacho está pidiendo pizza porque se le ha quemado la sopa.

—Has dicho lentejas —digo yo.

—He mentido —dice ella—. Leire, suelta a papi, que no son tíos suyos.

Leire me mira desde abajo. Tiene tres años, el pelo oscurísimo de Nacho y los ojos pequeños de Sofía. Lleva un pijama de unicornios.

—Son tíos míos —dice Leire, muy segura.

—Son tíos tuyos —concede Sofía, rindiéndose—. Pasad.

Iago entra delante. Leire le coge del meñique con la mano abierta y tira.

A Iago se le pone una cara que no le había visto en los dos meses y medio que llevamos escalando juntos: se le ablanda la boca y se le abren los ojos.

Se agacha a la altura de la niña. Sin decir nada le deja que lo arrastre hasta el salón, donde Nacho está abriendo cajas de pizza en la mesa de madera de Ikea.

—Muro —dice Nacho, mirándome—. Menuda semana.

—Menuda —digo.

Nos damos dos golpes con la espalda, esos abrazos medio bilbaínos que no se comprometen con nada. Nacho huele a cerveza recién abierta y a detergente de niño. Lleva una camiseta del Athletic. Nunca he entendido su relación con Sofía y por eso me gustan.

Cenamos. Cuatro pizzas. Dos de margarita para Leire y para Iago.

Una de roquefort para Sofía. Una de atún y aceituna para Nacho y para mí, que somos los feos del grupo, como le dice Sofía a Nacho cada vez que pide con él.

Hay dos cervezas, una botella de vino blanco, agua con gas, una ensalada de bolsa que nadie toca.

Leire se sube a la silla de Iago y desde ahí le pinta una flor en el antebrazo con un rotulador azul que huele a fresa. Iago se deja.

—Ese tatuaje te va a matar el patrocinio —le digo.

—Se borra —dice Iago, sin levantar la vista.

—Es permanente —dice Sofía—. Leire no lava ni los dibujos propios.

Leire asiente, muy de acuerdo con su madre.

Comemos. Nacho habla de un estribo nuevo que quiere probar en lead. Sofía cuenta que Celia le ha dicho que tienen que ir al fisio las dos juntas antes del Mundial y que a Celia se le ha puesto cara de querer contarle algo importante.

—Yo creo que Sara le ha dicho que sí —dice Sofía.

—¿A qué? —pregunta Iago.

—A casarse.

—Celia quiere casarse —dice Nacho, como si fuera la primera noticia que tiene desde noviembre.

—Celia lleva cinco años queriendo casarse —dice Sofía—. Sara lleva cinco años siendo de Valencia. Al final, alguien cede.

Leire nos mira por encima del trozo de margarita. Mastica despacio.

—Papá —dice de repente.

—Dime, chiqui.

—El tío Iago está triste.

Se me cae el trocito de pizza al plato. Miro a Iago. Iago mira a Leire. Leire le señala la cara con el dedo manchado de tomate. Iago se ríe bajito, una risa corta, sin dientes.

—Estoy un poco —dice él, muy serio, a la altura de ella—. Pero se me pasa.

—Dame un beso y se te pasa —dice Leire, con la autoridad de los que saben que eso funciona.

Iago se inclina. Leire le besa en la mejilla con un chasquido sonoro. Sofía y Nacho se miran. Sofía está llorando muy discretamente, con una aceituna en la mano. Nacho abre otra cerveza.

—Me cago en la puta, Sofi —le digo yo, con la voz rara.

—Ya —dice Sofía—. Yo también.

———

Después de la cena, cuando Nacho se lleva a Leire a dormir al cuarto de atrás, Sofía nos sienta a los dos en el sofá de la entrada. Ella se sienta en la alfombra enfrente, con la espalda apoyada en el mueble de los libros, una copa de vino blanco en la mano.

—No voy a deciros cómo tenéis que resolver esto —empieza, y es mentira, porque nos va a decir cómo tenemos que resolver esto—, pero os voy a contar lo nuestro.

Iago asiente. Yo también.

—Nacho me dejó embarazada en Sevilla, en el Copa del Rey de 2022. Él tenía veintisiete, yo veintiuno. Los dos del equipo. Los dos con beca. Se enteró Mikel. Se enteró la prensa en dos semanas, porque mi madre no sabe callar. ¿Sabéis qué hicimos?

—¿Qué? —pregunta Iago.

—Meternos en un hostal cuatro días. Sin salir.

Sin contestar el móvil. Ni a Mikel. Ni a mi madre.

Ni a la federación. Cuatro días en Sevilla gastándonos la beca en huevos fritos del bar de la esquina.

Y cuando salimos, decidimos: la tenemos.

Y le contamos a la federación, y le contamos a la prensa, y le contamos a mi madre, que casi se muere.

Y cuando Nacho subió a Bilbao a contárselo a los suyos, se montó un pifostio de dos semanas porque el padre pensaba que él no quería tener hijos y la madre pensaba que yo le había cazado, y al final resulta que lo decidimos los dos en un hostal de Sevilla con la tele encendida en un canal cualquiera. ¿Sabéis qué es lo que más recuerdo?

—Qué —digo.

—Que teníamos miedo. Los dos. De todo. De Mikel, de la federación, de nuestras madres, de nuestros padres, del dinero, de nosotros mismos.

Tenía miedo hasta Nacho, y es un pedrusco.

Y lo hicimos igual. Y ahora tengo a Leire, y a Nacho, y sigo siendo escaladora, y tengo miedo todos los días.

El miedo es una mierda, pero es soportable, tíos.

Es soportable. Lo que no es soportable es pasarse la vida conteniendo la respiración.

Se bebe el vino de un trago. Se levanta.

—Me voy a fumar un cigarro al patio. No fumo, pero hoy sí. Volved juntos. Si os vais cada uno por su lado esta noche, os juro que mañana me salto el entrenamiento y os parto la cara a los dos.

Sale. La puerta de cristal del patio hace un chasquido flojito al cerrarse.

Nos quedamos Iago y yo, solos en el sofá. Iago mira al suelo. Yo miro la lamparita de pie que tienen encima del mueble de los libros, una lamparita fea de pantalla de tela marrón que a Sofía le regaló su suegra.

Le cojo la mano. Sin mirarle. Se la cojo y se la aprieto. Él me la aprieta también, dos veces, eso que hacemos desde Margalef cuando no sabemos qué decir.

—Vamos —dice.

—Vale.

Nos despedimos de Sofía, que está en el patio con un cigarro que no se enciende porque no sabe encender cigarros.

Le damos un beso cada uno. A Nacho le tocamos el hombro desde el marco de la puerta del cuarto de Leire, él levanta un pulgar.

Bajamos a la calle. Hace la fresca de junio.

El aire huele a mar, aunque el mar está a dos kilómetros y no huele nunca bien en Poblenou.

—¿A Gràcia? —pregunta Iago.

—A Gràcia.

Paramos un taxi.

———

En el ascensor del piso se me arrima. No dice nada. Me pone las dos manos en la cintura, por encima de la camiseta, y me apoya la frente en el pecho. Yo le rodeo con los brazos. Huele a jabón de hotel de tres estrellas y a él.

Abro la puerta. Entramos. Cierro con el pestillo. Tiramos la mochila al suelo del recibidor.

No vamos a la cama. Vamos al pasillo, a medio camino.

Me coge de la nuca y me besa. Me besa con la boca abierta, lento, como si quisiera respirarme.

Le beso igual. Le quito la sudadera por encima de la cabeza.

Él me desabrocha los botones del polo. Caminamos hacia atrás hasta el cuarto mío sin separarnos del todo.

Nos damos con la puerta entreabierta. Nos reímos, pero es una risa breve, porque detrás de la risa hay una cosa grande que no queremos que se nos pierda.

Nos desnudamos en el cuarto, despacio, quitándonos la ropa el uno al otro.

Él me quita el polo entero, yo le quito la camiseta interior blanca que se ha puesto debajo de la sudadera.

Le paso la mano por el tatuaje del costado izquierdo, la línea del pico Anie hecha a tinta negra.

Se me eriza todo al tocarlo. Él me pasa los dedos por el tatuaje pequeño de la muñeca, el IV.

Le beso la muñeca. Le beso la clavícula. Le beso la cicatriz del anular derecho.

—Te echaba de menos —le digo, contra su piel, aunque no nos hemos visto en cinco horas.

—Yo a ti —dice él. Se le nota la voz rota—. Hostia, yo a ti.

Nos tumbamos. Él encima, apoyado en los codos, mirándome.

La luz viene solo de la lámpara baja de la mesilla, esa bombilla cálida que compré hace un año en El Corte Inglés.

Iago está dorado por la luz. Los antebrazos marcados, el pecho fibroso, la línea del pelo bajando por el vientre.

Las clavículas marcadas. La barba de tres días raspándome la barbilla cuando se inclina a besarme.

Le paso las manos por la espalda. Me sé los omóplatos de memoria. Me sé la cicatriz del nudillo del anular derecho, la de Rodellar, que ya me ha contado dos veces. Le conozco más de lo que le he conocido a nadie en menos de tres meses y eso me asusta y me alivia al mismo tiempo.

—Iago —susurro.

—Qué.

—Despacio esta noche.

Él asiente con la cabeza contra mi cuello.

Me besa la oreja. El lóbulo. Baja por el cuello.

Por el esternón. Por el ombligo. Para a la altura del hueso de la cadera y me besa ahí, un beso lento, con labios abiertos.

Yo pongo la mano en el suyo, su pelo, lo aprieto despacio.

Me sube por las piernas con la boca. Sin prisa ninguna.

Tiene las manos callosas, ásperas, y me recorre con ellas como si estuviera leyendo en braille.

Me come con la boca, despacio, sin teatro. Cierro los ojos. Me suelto el aire a trompicones. Le paso la mano por la cara, por la mandíbula, por la nuca. Le digo "para" antes de que se me escape, y él para. Sube. Se coloca encima. Me mira. Me mira mucho rato.

—¿Preservativo? —dice.

—Sí.

Lo saca del cajón. Se lo pongo yo, porque me gusta ponérselo yo.

Me vuelvo a tumbar boca arriba. Levanto una pierna, que él me sujeta.

Se untan los dos de lubricante. Entra lento, parando a mitad, apoyándose en el antebrazo junto a mi cara para no machacarme.

Me besa la frente mientras entra del todo.

No respiro durante tres segundos. Luego respiro.

—¿Bien? —me susurra.

—Sí.

—¿Seguro?

—Iago, sí.

Se mueve. Lento. Sin prisa ninguna. Apoyado en un codo, con la otra mano sujetándome la cintura, la cadera, el muslo.

Me mueve con él. Yo le paso las dos manos por los brazos, por los antebrazos que se le marcan con cada apoyo.

Le aprieto el hombro cuando quiero que vaya más hondo.

Él entiende. Entiende todo lo que no le digo.

Cierro los ojos y los vuelvo a abrir porque no quiero perderme mirarle.

Tiene las cejas pobladas juntas, la boca abierta, un mechón que se le ha salido del nudo bajo y le cae sobre la sien. Suda poco. Respira despacio. Me mira todo el rato. No aparta los ojos ni una vez.

—Jaume —dice, de repente, con la voz baja y pastosa.

—Dime.

—Te quiero.

Se me para el aire en medio del pecho. Él no se ha parado de moverse, pero es como si el cuarto sí se hubiera parado. Le miro. Tiene los ojos avellana muy oscuros, muy abiertos, una expresión rarísima, como si le acabaran de decir a él mismo que lo ha dicho.

Le cojo la cara con las dos manos.

—Yo a ti —le digo—. Yo a ti. Yo a ti.

Él cierra los ojos. Hunde la frente contra mi cuello.

Sigue moviéndose, más hondo ahora, más despacio todavía.

Siento el aliento suyo contra la piel del cuello, el raspón de la barba, el peso del cuerpo encima del mío.

Cierro los ojos. Me corro así, con él dentro y su frente contra mi cuello, sin hacer ruido apenas, un temblor largo que me deja casi llorando.

Él se corre dos empujones después, con un gemido ronco contra mi clavícula.

Se queda unos segundos apoyado encima sin moverse.

Luego se aparta despacio, se levanta, va al baño, vuelve con una toalla pequeña. Me limpia. Se tumba a mi lado. Me atrae hacia él hasta pegarme la espalda al pecho suyo. Me pasa el brazo por la cintura. Me besa la nuca, justo en el nacimiento del pelo.

Nos quedamos así, respirando. La bombilla cálida sigue encendida. No la apaga nadie.

—¿Un mes? —le pregunto bajito, sin girarme.

—Un mes —dice él, contra mi nuca—. Vale. Pero el día después de Chamonix lo contamos todo. El día después. No una semana. No un mes. El día después.

—Hecho.

—Hecho.

Nos quedamos en silencio. Oigo el piso de al lado, alguien cerrando un grifo. Oigo un coche en la calle. Oigo el tictac del reloj que tengo sobre la cómoda, ese que me regaló mi hermana Martí hace dos Navidades y que atrasa diez minutos al mes.

—¿Iago?

—Qué.

—No te vayas al hotel otra vez.

—No pensaba. He dejado el cepillo allí. Luego lo pago y ya.

—Pago yo.

—No pagas tú.

—Que sí.

—Que no.

Me río. Se me escapa una lágrima lateral, la que se acumula ahí cuando uno está muy cansado y muy contento a la vez. Me la seca él con el pulgar sin decir nada, con los ojos ya cerrados.

Me duermo pensando que hay frases que uno tarda veintiocho años en decir y cuando las dice no se oyen fuera del cuarto pero se oyen dentro de todo.

Me duermo pensando que, con un poco de suerte, Leire se acordará de esta noche dentro de veinte años, la noche en que sus dos tíos llegaron a casa peleados y se fueron a casa, a dormir juntos, y ella le pintó una flor permanente en el antebrazo al más grande.

Me duermo pensando que hoy, por primera vez desde Innsbruck, he olvidado mirar el móvil antes de cerrar los ojos.