Sin cuerda (Equipo Nacional 1) Iago
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Iago

El avión de Innsbruck a Barcelona sale con quince minutos de retraso y los cuarenta y tres minutos siguientes se me hacen eternos.

Estoy sentado en la fila veinte, ventanilla.

Jaume va en la veintidós, pasillo. Nos separaron al hacer el check-in, o nos separamos nosotros, ya no lo sé.

Desde que salió el artículo de Wanda Pérez nos miramos menos, nos tocamos menos, hablamos menos.

La única norma que habíamos firmado con los ojos era no mirar demasiado en público, y ahora ni siquiera en privado sabemos hacerlo bien.

A mi izquierda va una señora austríaca con un perro pequeño dentro de un transportín.

El perro no para de mirarme y yo no paro de mirar al respaldo del asiento de delante.

Sobre la mesita he puesto el foulard de mi madre, plegado en cuatro, azul oscuro con remates rojos. Lo toco con el pulgar sin darme cuenta.

Sofía y Nacho van dos filas por detrás. Marc Puigvert va en primera clase, porque su padre le paga los plus.

Sé que va ahí porque al embarcar hemos pasado delante y le he visto sentado con los cascos puestos, mirando el móvil.

No ha levantado la vista. Mejor. Si me cruza la mirada una vez más le parto el labio y me gasto los tres últimos años de carrera en un juicio.

Miro la ventanilla. Por debajo hay una alfombra gris de nubes y por encima un cielo demasiado azul para lo mal que estoy. El avión da un bache. La señora austríaca tranquiliza al perro con una palabra cariñosa. Yo cierro los ojos.

En Innsbruck, en el vestuario, Jaume estaba sentado en el suelo con los pies de gato en las manos.

No lloraba fuerte. Lloraba como lloran los que se han tragado muchas veces las ganas: en silencio, con los hombros quietos, como si no quisiera molestar ni al aire.

Me senté a su lado sin decir nada. Le puse la mano en la nuca.

Él apoyó la frente en mi hombro un minuto y luego se levantó, se lavó la cara y salió a la zona mixta a responder a la prensa con una media sonrisa de plástico.

Yo le miré trabajar de profesional y me acordé de aquella frase que dijo Sofía una vez en la cafetería del Vertical, que la gente educada muere por dentro sin hacer ruido.

Eso no puede seguir así.

———

Aterrizamos a las siete y cuarto. Se nota Barcelona antes de pisarla: la humedad pegajosa del Prat, la megafonía bilingüe, el olor a bocadillo envasado.

Bajamos la escalerilla en fila. Jaume va tres personas por delante de mí.

Desde el bus que nos lleva a la terminal le miro la nuca.

El tupé aplastado del viaje, las dos arguellas negras pequeñas brillando en el lóbulo izquierdo, un cuello rojo de dormir mal.

Siento el impulso de pasarle la mano por ahí.

Me cago en la puta, qué ganas de tocarlo.

En la recogida de equipaje hay ya dos tíos con cámara que nos están esperando. No son prensa seria, son de algún portal con peinado de gel y chaquetas baratas. El primero, en cuanto nos ve, levanta el móvil.

—Iago, ¿es tu novio? —suelta, sin saludar.

Jaume gira la cabeza un milímetro hacia mí, solo un milímetro, y sé exactamente lo que quiere decirme ese gesto: ni una palabra.

Ni una. Le hago caso. Cojo mi petate y el saco de cuerdas, me echo el foulard al cuello como si fuera una bufanda y paso por delante del tío con cámara sin mirarlo. Jaume detrás.

—Jaume, ¿tus padres están al tanto? —prueba el otro.

Jaume no contesta. Camina. Camina como camina él cuando no quiere que se le note que está partido por dentro: con las puntas de los pies un poco hacia fuera, los hombros relajados a la fuerza, el gesto casi aburrido.

Mikel pasa por detrás con Celia y le da una palmada al tío de la cámara con el codo, sin parar.

—Disculpe —dice Mikel, sin disculparse.

Sofía, que viene detrás, me agarra del codo al cruzar la puerta automática.

—Taxi. Furgo. Lo que sea. Fuera —me dice al oído.

Salimos. Hay otro tío con cámara. Hay una chica con una libreta que dice que es de EFE. No me lo creo. Subimos a un taxi los dos, Jaume y yo, con las mochilas encajadas entre las piernas. El taxista nos mira por el retrovisor, nos reconoce, no dice nada. Mejor así.

El trayecto al piso lo hacemos en silencio. Jaume mira por la ventana. Yo le miro de reojo el perfil, la cicatriz blanca de la ceja, la mandíbula apretada. Le pongo la mano en el muslo. Él pone la suya encima. Me la aprieta. No me mira.

En el portal de la calle del Canó hay tres cámaras. Tres. Con trípode y todo. Al vernos bajar se montan. Jaume saca las llaves con la mano que le tiembla ligeramente y abre el portal. Yo me quedo tapándole la espalda, como si estuviéramos en el crux de una vía. Entramos. Cerramos. Subimos.

El piso huele a cerrado. A humedad de calle interior.

A bolsa de basura olvidada en el recibidor que yo saqué hace tres semanas y que sigue en mi cabeza aunque ya no esté.

Jaume tira el petate al suelo del salón y se sienta en el sofá gris.

Se quita los pendientes y los deja en el cenicero donde nunca ha caído ceniza.

Se frota los ojos con las palmas abiertas hasta ponerse los párpados rojos.

—Necesito ducharme —dice.

—Vale.

Se ducha veinticinco minutos. Yo, mientras, bajo la persiana del balcón hasta la mitad para que no se nos meta nadie desde la acera de enfrente.

Tampoco hay nada que ver, pero por si acaso.

Pongo agua en el cazo. Dos infusiones de manzanilla.

Me tomo la mía sentado en la mesa de la cocina, mirando la pared blanca.

La bolsa de tela con el logo del Vertical Barcelona está colgada del respaldo de la silla. En otra vida, esa bolsa era mi orgullo.

Cuando Jaume sale del baño viene en pantalón corto y camiseta, descalzo, con el pelo mojado aplastado. Se apoya en el marco de la cocina.

—La manzanilla me la dejas —dice.

—Ya está hecha.

Se sienta enfrente. Bebe. Mira el fondo de la taza.

—Iago.

—Dime.

—No salgo de casa hasta el Mundial.

Subo la vista. Él me mira con los ojos grises ya secos, pero con ese anillo ámbar alrededor del iris apagado, sin brillo, como si llevara días sin dormir.

—¿Qué?

—Lo que he dicho. No salgo de casa. Entrenamos en el Vertical en horas bajas, Mikel me lo ha prometido. Venimos y vamos en taxi. Ni bar, ni cena, ni nada. Un mes. Hasta Chamonix.

—Jaume.

—Iago.

—Tú te estás oyendo, ¿no?

—Me estoy oyendo perfectamente.

Dejo la taza. Cuando apoyo los antebrazos en la mesa noto los nudillos abiertos, la cicatriz del anular más roja de lo normal. Me miro las manos en vez de mirarle a él, porque si le miro le pego. No es verdad, pero me lo digo para poder respirar.

—Es que no es un mes. Es un mes y luego un Mundial y luego una gira y luego unos Juegos. Y luego otra temporada. Y luego otra. ¿Hasta cuándo?

—Hasta que se pueda.

—¿Hasta que se pueda qué?

—Hasta que el patrocinador no me amenace por WhatsApp cada tres días. Hasta que mi padre no se pase dos noches sin dormir. Hasta que no saquen fotos del portal.

—Eso no va a pasar nunca del todo.

—Entonces me jodo —dice, y es la primera vez en todo el día que se le quiebra la voz. Lo traga. Cierra los ojos un segundo—. Me jodo y ya está.

—Venga ya, Jaume. Venga.

Me levanto. Me voy a la ventana. Aparto dos dedos la persiana. En la acera de enfrente no hay nadie. Abajo en el portal sí, una cámara. Cierro de nuevo.

—Yo quiero decirlo —digo, de espaldas a él.

—¿El qué?

—Lo nuestro.

Se hace un silencio. Oigo cómo deja la taza.

—No.

Me giro. Está sentado muy recto en la silla, con las manos apoyadas en las rodillas. Es la postura de cuando va a hacer un problema nuevo: eficiente, centrado, sin gestos que sobren.

—No —repite—. Ahora no. Antes del Mundial no. No puedo perder la beca ahora, Iago. The North Face. La federación. Los sponsors. No puedo.

—Y yo tampoco —digo—, pero también soy un tío con vida, maño. Yo no quiero vivir tres meses más escondido. Ni uno. No puedo despertarme más mañanas contigo y bajar a desayunar como si no te conociera. Eso no lo aguanto, Jaume. No lo aguanto. Me está comiendo.

—A mí también —dice, y me parte un poco, porque lo dice bajito, sin querer convencerme.

—¿Entonces?

—Entonces un mes más. Un mes. Te lo pido. Un mes y después lo contamos. En la rueda de prensa de Chamonix si tengo medalla, o en la del aeropuerto si no la tengo. Pero ahora no.

—Un mes es mucho.

—Un mes es nada.

—Para ti.

Me mira. Ahí, por primera vez, se le nota la rabia. No la que tiene por mí, la que tiene por todo.

—No me digas a mí que un mes es mucho, Iago. No me lo digas. Porque yo llevo diez años jugando a que nadie me mire demasiado y tú llevas tres. Así que no.

—Ah, o sea, que como tú llevas más tiempo escondido, yo tengo que esconderme también.

—No es eso.

—Es eso.

—No es eso.

—Pues a mí me suena a eso.

Se levanta. Lleva los pies descalzos por las baldosas. Se pone la mano en la nuca, un gesto suyo cuando no sabe qué hacer con los brazos.

—Iago, per Déu. Es un mes. Un mes.

—Un mes —repito yo, y me sale una risa que no es risa—. Un mes. Un mes. ¿Y si falla algo en ese mes? ¿Y si me hartás? ¿Y si te hartas tú? ¿Y si Marc Puigvert, que se ve que no tiene otra cosa que hacer, saca otra foto? ¿Y si tu padre llama otra vez? ¿Un mes, Jaume? Un mes es un Mundial entero.

—Un mes es un Mundial entero —dice él, tranquilo, y lo dice exactamente porque sabe que es eso lo que le estoy diciendo—. Exacto.

Nos miramos. Ahí, los dos, uno a cada lado de la mesa redonda de la cocina, como si fuéramos a firmar algo en un papel que no existe. Y veo que no vamos a firmarlo. Veo que uno de los dos va a ceder o los dos vamos a romper. Y hoy no voy a ceder yo.

Voy al cuarto. Cojo la mochila. Meto el cepillo de dientes, tres mudas, el cargador, el foulard de mi madre. No meto los pies de gato porque si los meto estoy reconociendo que no voy a venir a entrenar mañana, y sí voy. Vengo a entrenar. No vengo a dormir. Eso es distinto.

Cuando salgo al salón, Jaume está de pie al lado del sofá. No se ha movido más que eso.

—¿Dónde vas?

—A un hotel.

—Iago.

—Jaume.

—No.

—Sí.

—Por favor.

Dice "por favor" en castellano, no en catalán, y me mira fijo. Le tiemblan los labios. Es la cosa más cara de mirar que he visto esta semana.

—Un mes, Jaume —digo yo, casi suave—. Un mes no lo aguanto. Así no. Necesito pensar. Necesito no despertarme mañana contigo y odiarte por la tarde.

—Yo no te odio.

—Todavía no.

Paso por su lado. Me pongo las zapatillas. Cojo la llave del piso y la dejo con ruido sobre la mesa del recibidor. No es un gesto definitivo. Es un gesto de "no voy a llegar a mear por la noche a este baño". Él lo entiende. No se mueve.

—Iago.

—Mañana te veo en el Vertical.

—Iago.

Cierro la puerta.

———

El hotel es uno cualquiera de la plaza Lesseps.

Veintiocho euros la noche, tres estrellas, moqueta azul oscuro, ascensor que huele a desodorante barato.

Pido la habitación en recepción con el DNI, la chica no me reconoce, o si me reconoce no lo dice.

Mejor. Subo a la 214. Cierro. Tiro la mochila al suelo. Me siento en el borde de la cama.

Tiene la colcha naranja. Hay un cuadro de una playa de Cadaqués. Hay un minibar que voy a abrir y a cerrar tres veces sin coger nada porque no quiero empezar a beber a las ocho y media de la tarde como un crío.

Me tumbo. Miro el techo. Pienso en el cuello rojo de Jaume en el bus, en la mano que me apretó en el taxi, en la cara que tenía cuando le dije "no lo aguanto".

Pienso en el foulard de mi madre, en el olor a lana vieja, en lo que me dijo una vez ella, que lo difícil del amor no es quererse, que eso lo hace cualquiera, que lo difícil es elegir todos los días lo mismo cuando todos los días cambia el suelo bajo los pies.

Cojo el móvil.

Tengo dos llamadas perdidas de mi padre desde las cinco. Tengo un mensaje de Sofía a las siete y media que dice: venid a cenar los dos esta noche a mi casa, las diez, no es negociable, y os habéis pensado que era una pregunta pero no lo es.

Tengo un mensaje de Jaume. Me lo ha mandado hace dos minutos. Son tres palabras:

"todavía no me odies".

Lo miro. Lo miro tres veces. No contesto. Dejo el móvil boca abajo en la mesilla.

Cierro los ojos. Respiro.

Oigo el ascensor del hotel subir con alguien dentro, pararse en la tercera planta, bajar. Oigo un coche tocar el claxon en la calle, una voz que grita en catalán, un perro. Oigo todo y no oigo nada porque dentro de la cabeza solo me suena la frase de Sofía.

Venid a cenar los dos.

Abro un ojo. Miro el móvil otra vez. Sigue boca abajo.

Lo levanto. Tecleo a Sofía:

"¿De verdad no es negociable?"

Me contesta en seis segundos:

"No lo es. Y le acabo de decir lo mismo a Jaume. Os quiero a las diez. Hay lentejas. Y Leire quiere enseñaros un dibujo. No me hagáis sacar al maño a hostias del hotel, Iago, que te conozco."

Me río. Me río de verdad, por primera vez en todo el día. Una carcajada seca, corta, la que me sale cuando Sofía dice justo lo que tiene que decir.

Tecleo:

"A las diez."

Dejo el móvil otra vez boca abajo. Cierro los ojos. Pienso que hay gente que, si te quiere, no te deja caer aunque tú ya te hayas tirado.

Y pienso, porque no lo puedo evitar, en Jaume sentado ahora mismo al borde del sofá gris de Gràcia, con el móvil en la mano, leyendo el mismo mensaje, y en la cara que habrá puesto al leer "no es negociable".

Espero que esté llorando, porque yo también quiero llorar y me jode hacerlo solo.