Jaume
La final masculina de la Copa del Mundo de Innsbruck empieza a las cinco de la tarde.
El centro de escalada lleva lleno desde las tres.
Seis escaladores en final. Cuatro boulders.
Veinte minutos por boulder. El que clave más tops y, en caso de empate, el que menos intentos tenga. Reglamento de manual.
Salgo a la zona de calentamiento a las cuatro. Iago está en la esquina opuesta con Celia, que le coloca una cinta en la uña. Tina Dean está en la final femenina, que empieza a las siete. Me saluda desde el pasillo con un pulgar arriba. Yo se lo devuelvo.
Mikel pasa con su libreta. Se acerca a mi oreja.
—Muro. Que sea un día normal. Escala. Nada más. Nada de mirar al vestíbulo, nada de buscarle a Noguera la mirada. Hoy no.
—Hoy no.
—Bien.
Se aleja. Huele a tabaco, como siempre.
Respiro por la nariz. Focus. Focus. Focus.
———
Primer boulder: una pared de nitrógeno, noventa grados, cuatro movimientos, presas redondas. Salgo en tercer lugar, detrás de un francés y un japonés. El francés clava top. El japonés clava zona. Llegan mi turno.
Subo. Primer movimiento, bien. Segundo, bien. Tercero, cierro una mano bien. Cuarto, top.
Flash. Aplausos.
Iago sale. Clava zona a la primera, se le escapa el pie en el tercero. Segundo intento: clava top. Aplausos.
Dos escaladores más. Otro francés, sin zona. Un alemán, con top al segundo intento. Tina Dean se asoma a la puerta del vestuario y me sonríe.
Primer boulder, vamos a, uno y dos.
———
Segundo boulder: placa lisa, fricción, seis movimientos pequeños. Iago sube primero. Yo el tercero. Él clava zona, no top. Cae. Vuelve a probar. Zona pero no top. Agotado.
Yo subo. La placa no es lo mío. Subo con pies pequeños, peso bien en los dedos, empujo de piernas. Llego al movimiento cinco y me patina la suela. Caigo.
Segundo intento. Lo mismo. Caigo.
Tercer intento: zona. No top.
Dos con zona. Vamos igual.
Me siento en el backstage a beber agua. Iago aparece a mi lado. Se sienta. No se acerca más. Me pasa la botella sin mirarme.
—Bebe —dice.
—Ya tengo.
—Bebe.
Bebo.
El francés que va delantero clava top en la placa. Va en cabeza.
———
Tercer boulder: un techo. Cinco movimientos. Un volumen grande al final. El que más me gusta.
Iago sube. Lo clava con un intento. Zona y top. Top con un intento, se llama. Vuelve al backstage con una sonrisa corta.
Yo subo. Lo clavo a la primera. Top flash.
Iago me mira por encima del hombro. Yo le miro a él. Ninguno de los dos dice nada.
El francés clava zona. El japonés se cae en todo. El alemán clava top al segundo intento. Los dos españoles, delante.
Voy dos y dos, con flash y con intento el tercero. Iago va con dos tops y un zona. Pero yo tengo los dos tops a la primera, él uno con intento.
Queda un boulder. Si clavo, empato a tops con el francés, que lleva dos y un zona. Si clavo con flash, podría meterme en el podio. Si no clavo, me quedo fuera.
Iago necesita clavar el cuarto para pelear por el oro. Si clava, empata con el francés a tres tops. Si clava con flash, podría ganarle. Es una posibilidad.
Mikel viene al backstage.
—Muro, el cuarto es un techo con pinzas. No te lanza, tira de hombro. No saques el codo.
—Vale.
—Noguera, el cuarto es tuyo si metes pie izquierdo en el movimiento tres. Si metes el derecho, caes.
—Vale.
—A por ello.
———
Cuarto boulder. Iago sube primero. El pabellón está en silencio. Se oye el ruido del ventilador del aire acondicionado.
Primer movimiento, bien. Segundo, bien. Tercero, saca el pie izquierdo. Clava. Cuarto, pinza. Clava. Quinto, el crux. Se juega la plaza en este movimiento. Es un enganche de talón con giro de cadera.
Clava el talón. Gira la cadera. La mano izquierda viaja al volumen del top.
Y la yema del pulgar se le abre. Ayer había mandado al traste con la uña rota de Vallecas. Se le había salido la venda durante la semifinal. Celia le había puesto cinta. Pero la cinta se abre con el giro. La uña se mueve. Iago suelta un grito corto, sin querer, y cae.
Cae a la colchoneta. Se sujeta la mano izquierda.
El pabellón entero deja de respirar.
Iago se levanta. Va a intentarlo otra vez. Mira a Mikel. Mikel le dice que sí con la cabeza. Lo intenta. Sube tres movimientos, el cuarto le falla. Cae otra vez. Sale del área con zona pero sin top. Le he visto la cara al salir. Tiene los ojos rojos. No se me acerca. Se va al vestuario.
Mi turno.
Respiro. Salgo. Hago el boulder.
Clavo tres, el cuarto me cae. Segundo intento, caigo. Tercero, cae otra vez. Me quedo con zona. No top.
Sin top en el cuarto. Sale el francés. Clava top al segundo intento. Sube al podio. Gana el francés con tres tops flash y top al intento. El japonés, segundo. El alemán, tercero. Yo cuarto. Iago octavo.
Cuarto.
Un podio a un movimiento de distancia. Un movimiento que no me ha salido.
———
La ceremonia de premios es rápida. El francés levanta la copa. Sonríe. Posa. Los otros suben, posan. Yo me quedo en la fila de los que no suben al podio, con una toalla alrededor del cuello y las rodillas temblando.
Después, zona mixta de periodistas. Me paran tres veces.
Dos alemanes y un italiano. Les digo lo de siempre en inglés.
"Cuarto puesto, satisfecho con la progresión, Mundial en Chamonix, agradezco al equipo, próxima pregunta".
Wanda Pérez se acerca. Me mira con la libreta.
Me pregunta, en español, con una sonrisa de tiburón:
—Muro, ¿ha tenido algún peso emocional los acontecimientos de los últimos días en su rendimiento?
Mikel aparece por detrás.
—Señora Pérez, ayer le dijimos que no se aceptan preguntas sobre vida privada.
—Yo no he preguntado por vida privada. He preguntado por rendimiento.
—Ha preguntado por rendimiento haciendo referencia a vida privada. Siguiente.
Ella se ríe. Me mira. "Gracias, Muro". Se aparta.
Mikel me mira. Me lleva de la camiseta por el codo.
—Muro. A la ducha. Al vestuario. A recuperar fuerzas. Lo has hecho muy bien.
—Cuarto.
—Cuarto es cuarto, Muro. En Chamonix, mejor.
—Sí.
—A la ducha.
———
Voy al vestuario. Atravieso el pasillo del hotel. Lo atravieso despacio, pesado como si arrastrara un paracaídas. Me paro en la puerta del vestuario de hombres. Abro.
Está vacío. Las otras finales de la tarde son la femenina, que empieza en una hora. Los del equipo masculino ya se habrán ido a la sala de prensa o al autobús. Yo soy el único que se demora.
No. No soy el único.
En la esquina del fondo, entre dos bancos, con la espalda apoyada en la taquilla cerrada número seis, está Iago. Sentado en el suelo. Con las piernas cruzadas. Con sus pies de gato La Sportiva, los negros con la cinta, en la mano. Con los ojos rojos y sin lágrimas visibles. Sin ruido.
Llora en silencio.
Me quedo parado en la puerta. Cierro. Le miro.
Él no levanta la cabeza.
Camino despacio por el vestuario. El suelo tiene charcos de agua de las duchas. Me acerco. Me siento en el suelo, a su lado, con la espalda también contra las taquillas. Dejo veinte centímetros entre su cuerpo y el mío.
No digo nada.
Él tampoco.
Pasa un minuto. Dos. Tres.
El vestuario huele a desinfectante y a suela quemada. La luz blanca de los fluorescentes ilumina demasiado. Se oye un grifo goteando en las duchas del fondo.
Iago tiene los pies de gato en las manos. Los agarra por las suelas, los dos a la vez, con los dedos apretados. Es como si estuviera sujetándose a ellos para no desplomarse.
Le pongo la mano en la nuca.
Solo eso.
No le giro la cabeza. No le tiro hacia mí. Le pongo la mano en la parte de atrás del cuello, justo debajo del nacimiento del pelo. Le aprieto suave. Dejo la mano ahí.
Él se deja hacer. Inclina un poco la cabeza hacia mi mano, como si necesitara apoyarla. Cierra los ojos.
Pasan dos minutos más.
—Mikel te está esperando en la rueda de prensa —me dice, con la voz rota.
—He salido.
—¿Y?
—Wanda Pérez.
—Ya.
—Le dije que no.
—Bien.
—Iago.
—Dime.
—Volvemos a Barcelona pasado mañana. Tres semanas al Mundial. Luego Chamonix.
—Sí.
—Esto lo arreglamos.
—Sí.
—Te lo digo en serio.
—Sí.
Respira. Se le mueve el pecho despacio.
—No es eso —dice.
—¿Qué es?
—Es la mano.
Me giro a mirarle la mano izquierda. La uña del pulgar está negra, con un hilo de sangre seca. La del índice también. Tiene un hematoma en el dorso.
—¿Te duele?
—Me jode que se me haya abierto. Me jode que se me haya abierto en ese movimiento. Me jode que le haya visto la cara a Mikel al bajar, como si no pudiera con mi alma. Me jode. Eso es.
—Vale.
—Y me jode —añade en voz muy baja—, me jode que te hayas quedado cuarto por mi culpa. Porque estabas pensando en lo de Marc. Porque estabas pensando en mí. Porque a lo mejor, si yo no hubiera estado aquí, tú habrías ganado.
Me quedo mirándole. Le aprieto la nuca un poco más fuerte.
—Iago.
—Dime.
—Lo del cuarto no es tuyo.
—Jaume.
—No es tuyo. Te lo prometo. Yo no estaba pensando en ti. Estaba pensando en clavar el top. Me he caído. Se ha caído mucha gente. Se cae el quince por ciento del mundo en ese movimiento. No es tuyo.
—Ya.
—Mírame.
Levanta los ojos. Los tiene avellanas oscuros y rojos. Tiene una mancha de magnesia en la mandíbula. Tiene la barba de cuatro días. Tiene dos gotas de sudor en la clavícula que no se han secado.
No le había visto antes así.
—Tú ganas —le digo—. Aunque no ganes. Tú ganas.
Se ríe. Una risa que es medio sollozo.
—Eso se lo dice una madre a un niño que llega el último.
—Pues me da igual que sea una frase de madre. Es verdad.
Me mira. Parpadea. Se le cae una lágrima por fin. Una sola. Baja por la mejilla hasta la mandíbula. Se la limpia con el dorso de la mano, rápido.
—Me cago en la puta —dice.
—Ya.
—Me cago en la puta.
—Iago, en serio.
—Perdón por lo del autobús, lo de la cena, todo. Perdón.
—No hay nada que perdonar.
—Había.
—No.
Nos quedamos otro minuto callados. Le aprieto la nuca. Él se inclina. Apoya la cabeza en mi hombro. No en el pecho. En el hombro. Muy despacio. Como si no quisiera hacer ruido ni siquiera con el movimiento.
Le huele el pelo a champú de hotel y a sudor y a magnesia y a cinta americana. Huele a Iago.
———
Nos quedamos ahí diez minutos. Quizá quince. Perdemos la cuenta. No viene nadie al vestuario porque todavía están en la rueda de prensa. Sofía y Nacho estarán en las gradas esperando a la final femenina. Mikel, supongo, ocupado con los periodistas. Marc Puigvert, espero, en su cuarto, alejado.
En algún momento, Iago se mueve. Se pone de rodillas. Me mira desde abajo. Tiene los ojos secos ya.
—Jaume.
—Dime.
—Necesito una ducha.
—Te la hago yo.
—No quiero cuarto. Quiero una ducha. No juegues conmigo.
—Te la hago yo. No juego contigo.
Me río. Él se ríe. Me levanto. Le ayudo a levantarse. Le cojo los pies de gato. Los llevo al banco. Se desnuda. Se mete en una ducha. Yo le miro desde la puerta de la ducha, apoyado, con los brazos cruzados. Él me mira.
—¿Vas a vigilarme mientras me ducho?
—Sí.
—Eres raro.
—Lo sé.
Le miro mientras se enjabona, con el agua caliente cayéndole por la espalda. Le miro el tatuaje del Anie, la cicatriz del nudillo, la curva de las pantorrillas. No hay nada sexual en esta mirada. Hay algo más incómodo, más grande.
Hay una sensación de "este tío es mío y no sé qué hacer con eso".
Es una frase que le robo a él, seguro. Él la diría mejor.
Él la piensa así, aragonés seco, en dos líneas.
Yo la pienso y me entran sudores. Me entran sudores porque me doy cuenta, en el vestuario del centro de escalada de Innsbruck, viéndole enjabonarse en la ducha después de haber caído en el cuarto boulder de la Copa del Mundo, que llevo tres meses convirtiéndome en alguien que no sabía que era.
Alguien con novio.
Alguien con novio y con problemas.
Alguien con novio y con problemas y con un padre que viene a Barcelona el sábado. Con un patrocinador que ya no me mira igual. Con un hermano del equipo que me ha traicionado. Con un Mundial dentro de tres semanas.
Con una vida.
Per Déu.
—Jaume —dice Iago desde la ducha.
—Dime.
—Ya puedes dejar de mirarme.
—Vale.
—O no.
—Vale.
Se ríe. Cierra el grifo. Se pone la toalla. Sale. Me mira con los ojos más tranquilos que hace diez minutos, con el pelo pegado a la frente, con las gotas de agua bajándole por el cuello, con una venda mala que se ha vuelto a poner en el pulgar.
Me acerco. Le paso la toalla por el pelo, despacio. Él me deja hacer. Cierra los ojos. Se apoya contra mi hombro.
—Vale —digo yo.
—Vale.
—Vamos al hotel.
—Vamos al hotel.
Le seco. Se viste. Salimos. Cerramos el vestuario detrás de nosotros.
En el pasillo del centro de escalada, la luz blanca del techo se refleja en el suelo pulido. Oímos los aplausos de la final femenina detrás de las puertas del pabellón. Vamos hacia la salida con las mochilas a la espalda, en silencio, uno al lado del otro, sin tocarnos.
Yo pienso, sin poder pararlo, una frase corta que se va a quedar conmigo esta noche y probablemente todas las noches hasta el Mundial.
"Este tío es mío y no sé qué hacer con eso".
Le miro de reojo. Él mira al suelo. Camina con los hombros cansados pero erguidos. Tiene una mancha de magnesia en la mandíbula todavía. No voy a limpiársela. Que se quede. Que se la vea el primero que se cruce por la calle.
Empujo la puerta del centro de escalada. Sale el aire frío de Innsbruck a recibirnos. Son las ocho y media. Ya ha caído la noche sobre los Alpes. La cresta del Nordkette se ve negra contra un cielo azul oscuro.
Cruzamos la calle. Iago me busca la mano.
Se la doy.