Sin cuerda (Equipo Nacional 1) Iago
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Iago

Me despierto con la luz gris de las siete y media y Jaume sentado al borde de mi cama, vestido, con el móvil en la mano y cara de haber llorado sin llorar.

—¿Qué pasa?

—¿Qué pasa, hostia?

—Marc.

Me incorporo de golpe. Nacho duerme boca abajo en la otra cama con la almohada encima de la cabeza. Jaume se levanta, coge mi sudadera de la silla, me la tira sobre el pecho. Yo me la pongo sin pensar.

—Vamos al pasillo —dice.

Salimos. Él cierra la puerta con cuidado. En el pasillo el suelo cruje a cada paso. La moqueta es verde, con cenefa roja, y huele a madera húmeda. Nos metemos en el rellano del ascensor.

—¿Qué ha pasado, Jaume?

Me pasa el móvil. Pulso. La pantalla se enciende. Veo la foto. Veo la leyenda. Veo los comentarios debajo, que ya no son veintidós, son ciento cuarenta y tres.

Me cago en la puta.

—¿Cuándo la ha subido?

—Ayer a las dos. La vi a las tres.

—¿Y no me has despertado?

—No sabía qué decirte, Iago. Tenemos semifinal en cinco horas. No te iba a hacer pasar esto toda la noche.

Le miro. Tiene ojeras. Las mismas ojeras que tenía hace tres semanas en Madrid. Peores. Tiene la mandíbula apretada y los ojos un poco rojos. No se ha afeitado, cosa que a él le pasa un día de cada diez.

—Vale —digo—. Vale. Piensa. Piensa conmigo. ¿Tienes llamadas?

—Siete. De Mikel. De The North Face. De mi padre. De mi madre. De Sofía. De mi hermana Martí.

—¿Y yo?

Saco el móvil del bolsillo. Lo enciendo. Quince llamadas perdidas. Mi padre. Un periodista de Marca que no sé quién es. Mikel. Mikel otra vez. Mikel otra vez. Un número que acaba en cinco que no reconozco. Mi padre. Mi padre.

—Joder.

Me quedo con el móvil en la mano mirándole sin saber qué decir.

—Iago —dice él—. Lo primero, Mikel.

—Lo primero, Mikel.

—A Mikel lo llamas tú. Yo llamo a la prensa. Dividimos.

—Vale.

—Vamos al comedor. Café. Cinco minutos.

—Vale.

———

Bajamos. En el comedor está Mikel sentado en una mesa del fondo, con una taza de café enorme y el portátil abierto.

Cuando nos ve, levanta la vista. Cierra el portátil.

Nos hace el gesto de la mano de sentarnos.

Pedimos café a la camarera. La camarera nos trae las tazas y desaparece rápido, porque huele a que aquí va a pasar algo y quiere no estar delante.

—Bueno —dice Mikel—. ¿Lo habéis visto?

—Sí.

—¿Alguno de vosotros quiere decir algo antes de que yo suelte mi versión?

Jaume abre la boca. La cierra. Me mira. Yo miro a Mikel. Luego miro la taza.

—Mikel —digo—. Fue en un bar. Sofía quiso ir. Nosotros fuimos. Bailamos. Nos besamos. Mal, ya lo sé. Pasó. No sabíamos que Marc estaba.

—Beso de borracho, Mikel —dice Jaume, y le sale la voz un poco más alta de lo que quería—. Una cerveza, de más, una música que sonaba, un ratito tontos. No estamos... no hay...

Me mira. Me pide con los ojos que le siga la mentira. Yo asiento despacio. Esta mentira la preparamos ayer casi sin querer, cuando subimos en ascensor al piso y Jaume soltó "si algún día nos pillan, decimos que fue una noche de mierda y ya está". Lo dijo de broma. Ahora ya no es broma.

—No estamos juntos —termino yo—. Fue una noche. Cerveza. Música. Mal.

Mikel nos mira a los dos. Suspira. Se pasa la mano por la frente.

—Chicos —dice—. Me la voy a comer. Esa es la versión. No me importa la verdad. Que os quede claro. No quiero saber la verdad. No me la digáis. A mí, a la federación y a los periodistas, esa versión, palabra por palabra. ¿Me oís?

—Sí.

—Sí.

—Vale. Ahora escuchadme. La federación me ha llamado a las ocho menos cuarto.

He hablado con el director deportivo. Ha hablado conmigo en tono educado pero claro.

Si mañana o pasado mañana se confirma que sois pareja, se hunde el año olímpico de la federación.

Hay doce patrocinadores esperando al Mundial.

Doce. Uno de ellos es The North Face, el de Jaume.

Otro es Red Bull, que va a anunciar en junio que patrocinan al equipo entero.

Si se cae uno, se caen los otros once. ¿Queda claro?

—Queda.

—Queda.

—El director me ha pedido una cosa. Un comunicado de vosotros. Hoy. Antes de la semifinal. Una frase suelta. Algo así como "pedimos respeto a nuestra vida privada y nos centramos en la competición". Sin confirmar, sin desmentir. ¿Lo podéis hacer?

Me froto la cara.

—Mikel. Si no desmentimos, tampoco es mucho mejor que si confirmamos. La gente va a asumir.

—Noguera, la gente ya asume. Lo que no pueden hacer es ponernos una declaración que luego les valga en un juicio. Si tú dices "fue un beso de borrachera en un bar gay", eso vale. Una frase suelta, ambigua, y a escalar. Es lo que hay.

—Vale.

Jaume asiente. Se queda mirando la taza.

—Una cosa más —dice Mikel—. Si alguno de vosotros, el de hoy o el de mañana, no es capaz de mirar a mi cara y decirme que es un beso de borrachera y nada más, yo le pongo a correr kilómetros hasta Munich. ¿Queda claro?

—Queda —decimos a la vez.

—Pues listo. Acabad el desayuno. A las diez, concentración. A las dos, semifinal. Saludos.

Se levanta. Coge el portátil. Sale del comedor. Huele a tabaco de liar como siempre. Hoy un poco más.

———

Jaume me mira cuando Mikel sale. Le miro. Él respira. Yo respiro.

—Iago.

—Dime.

—Mañana se lo contamos.

—¿A quién?

—A Mikel. Al equipo. No al público. A Mikel. Esto es una guarrada, no podemos mentirle a la cara.

—Jaume, dice que no se lo digas.

—Me da igual. Lo digo. Ya.

—Jaume.

—Iago. Esta noche, en el hotel, Mikel y yo, a solas. Tú no hace falta que vengas. Se lo digo.

Le miro. Tiene los ojos del ámbar clarísimos. Tiene la mandíbula apretada. Tiene una dignidad que a mí me está faltando.

—Vale. Vengo contigo.

—No hace falta.

—Vengo.

—Vale.

Le cojo la mano debajo de la mesa un segundo. Él me la aprieta. Se la suelto. La retiro.

———

Subo al cuarto. Llamo a mi padre. Me responde al segundo tono.

—Iago.

—Papá.

—Hijo.

Silencio. No sé cómo empezar. Él tampoco.

—Iago —dice al rato—. ¿Estás bien?

—Estoy bien, papá.

—¿Es verdad?

—¿Qué parte?

—La del bar.

—Sí.

—Vale. Otra pregunta.

—Dime.

—¿Es el chico de los audios del que me hablas?

Me quedo con el móvil apretado contra la oreja. Me trago el nudo.

—Sí.

—Ya. Me lo imaginaba.

—Papá.

—Iago, hijo. Yo ya soy mayor. Tú eres mi hijo.

Me mandas audios desde hace dos meses de un chico que se llama Jaume y te cambia la voz al decir su nombre.

No soy tonto. Ni sordo. Aquí en Ansó todo lo que pase en Madrid lo sabemos al día siguiente, porque a la panadería llega el diario a las diez.

Yo esta mañana ya sé lo del bar y lo de Instagram y lo que se dice en Marca. ¿Qué me quieres contar a mí, hijo?

—Papá, me voy a Innsbruck dentro de una semana y luego a Chamonix y...

—Iago.

—Dime.

—¿Estás bien?

—Sí, papá.

—¿Y él?

—Él también.

—Pues céntrate en escalar. Lo demás, cuando vuelvas.

—Papá.

—Dime.

—Gracias.

—De nada. Y dile a Jaume que le mando recuerdos. Aunque no le conozca.

Se le quiebra un poco la voz al final. Me cuesta contestar. Me aclaro la garganta.

—Se los doy.

Colgamos.

Me quedo dos minutos sentado en el borde de la cama, sin hacer nada. Nacho ha salido ya. Debe de estar desayunando. El cuarto está vacío. El sol entra a manchas por la ventana. La cresta del Nordkette blanca al fondo.

Me levanto. Voy al baño. Me mojo la cara con agua fría.

Después llamo a Marc Puigvert.

———

Me contesta al tercer tono. Le tengo agendado "Marc Puigvert" a secas. Se me ocurren diez formas de cambiarle el nombre. Ahora no es momento.

—Iago.

—Marc.

—Buenos días.

—Buenos días, Marc. Voy a preguntarte una cosa y te voy a pedir que me contestes sin chorradas. ¿Por qué subiste la foto?

Silencio. Tres segundos. Cuatro.

—No pensé que iba a tener tanto impacto.

—Marc.

—En serio.

—Marc, has puesto el dedo en mi vida privada y en la del tío con el que estoy. Has puesto el dedo en las becas de los dos y en los patrocinadores del equipo. Y dices que no pensaste.

—Iago, yo...

—Marc, escúchame. Hoy, en una hora, Jaume y yo vamos a dar un comunicado.

Un comunicado corto. Que fue un beso de borrachera en un bar gay.

Tú vas a desaparecer. Vas a quitar la foto de Instagram.

Vas a borrar los comentarios tuyos. Vas a decir a los periodistas que te han llamado, si te han llamado, que fue una noche de borrachos tonta. ¿Me oyes?

—Iago...

—Marc.

—Vale.

—Y mañana, pasada la semifinal, tú te metes en tu habitación, y no me miras la cara hasta que volvamos a Barcelona, y no te acercas a Jaume, y no te acercas a mí, y no abres la boca delante de Mikel. ¿Me oyes?

—Te oigo.

—Marc, una cosa más. No me estoy guardando esto. Me estoy guardando hacerte yo algo. Te lo devuelvo. Cuando pase el Mundial, tú y yo nos veremos en el rocódromo, y tú y yo hablaremos despacio, y yo voy a ser muy educado, pero hasta que yo decida tú te vas a callar. ¿Vale?

—Vale, Iago.

—Vale.

Cuelgo.

Me quedo con el móvil en la mano temblándome un poco. Respiro por la nariz.

Me cago en la puta.

———

A las once y media, Jaume me manda un audio.

"He hablado con el de The North Face. Nos ha pedido discreción hasta el Mundial. No va a retirar nada. Ha sido más comprensivo de lo que pensaba. Dice que confirman nada hasta que nosotros decidamos. Hasta entonces, patrocinan. Mi padre no. Le acabo de colgar. Luego te cuento."

Le contesto con otro.

"Con el mío bien. Marc, gestionado. Ha quitado la foto. Los comentarios los quitan las normas de Instagram de todos modos. Mikel me acaba de escribir con la frase del comunicado. La damos a las doce, antes de calentar. Te leo al entrar."

Me contesta.

"Gracias, maño."

———

Doce del mediodía. Sala de prensa del centro de escalada de Innsbruck.

Tres periodistas españoles. Una alemana.

Una italiana. Wanda Pérez, de Marca, en primera fila, con una libreta y el pelo rubio con mechas teñidas, cincuenta años mal llevados, gafas en la cabeza.

La que ha escrito el artículo. Está aquí.

Ha volado esta mañana. Lo dice todo de ella y del tema.

Mikel nos mete a Jaume y a mí en la sala. Nos sienta. Delante, dos micrófonos. Detrás, el logo de la federación en un panel.

Mikel abre.

—Buenos días. Los competidores del equipo nacional Jaume Muro e Iago Noguera van a hacer una declaración breve. No se aceptan preguntas.

Jaume habla primero. Con voz seca, sin mirar a nadie, leyendo de una tarjetita que le ha escrito Mikel en un post-it.

—Iago Noguera y yo pedimos respeto a nuestra vida privada. Lo ocurrido en un bar de Innsbruck en nuestro día de descanso fue un momento de ocio compartido con compañeros del equipo, sin más trascendencia que un encuentro entre amigos. Nos centramos en la competición. Gracias.

Mi turno.

Yo leo mi post-it.

—Confirmo lo que dice mi compañero. Pedimos respeto. Queremos escalar.

Wanda Pérez se lanza.

—¿Podéis confirmar si mantenéis una relación?

Mikel da un paso adelante.

—No se aceptan preguntas. Gracias a todos.

Nos levantamos. Salimos. Se oye el rumor detrás, alguna protesta. Wanda, la voz alta: "Muro, una pregunta, por favor". Jaume acelera. No se gira. Yo tampoco.

———

En el vestuario, después, Jaume está sentado en un banco con la cabeza baja. Le pongo la mano en la nuca. Él me la aparta, pero con cariño, no con enfado.

—No hagas eso aquí.

—Vale.

—Lo hacemos luego.

—Vale.

—Iago.

—Dime.

—Mi padre me ha llamado otra vez. Después de colgar. Me ha mandado un mensaje. Dice que viene a Barcelona el sábado. Viene a hablar conmigo.

—Joder.

—Joder.

—¿Vas?

—Tengo que.

—Voy yo contigo.

—Mejor no, Iago.

—Jaume.

—Iago, este es mío. Este lo gestiono yo.

Me quedo mirándole. Tiene los brazos cruzados, los nudillos blancos, la mandíbula apretada. Le conozco lo suficiente para saber cuándo darle espacio. Este es uno de esos momentos. Pero algo me dice que en ese café con su padre quizá yo sí tenga que estar. No se lo digo ahora. Se lo diré mañana.

—Vale.

———

Semifinal. A las dos de la tarde. El centro de escalada está lleno, todas las entradas vendidas, el público austríaco aplaudiendo.

Nos ponen los boulders. Cuatro. Jaume clava tres con flash y zona en el cuarto.

Se mete en la final. Yo clavo dos con flash, zona en el tercero, y nada en el cuarto.

Entro en la final por los pelos, en el puesto seis.

No importa. Estamos dentro los dos.

Sofía se ríe cuando nos ve bajar. "Equipo cabrón", nos dice, al pasar. "Nos vamos a meter los tres en la final".

Y los tres nos metemos.

A las seis de la tarde, Jaume y yo, en su cuarto (Marc ha salido por orden mía, no lo sabe Mikel), nos tumbamos en la cama un rato. No hacemos nada. Solo estamos tumbados, él boca arriba, yo boca arriba a su lado, mirando el techo de madera.

—Mañana final —digo.

—Mañana final.

—Todo se va a complicar más.

—Todo se va a complicar más.

—Jaume.

—Dime.

—Yo te quiero igual.

—Yo a ti también.

—Vale.

—Vale.

Cierro los ojos. Él me coge la mano. Nos quedamos así, bajo las mantas, vestidos, sin más. Cinco minutos. Diez.

A las siete baja el sol. Cenamos con el equipo.

A las once estoy en mi cama con Nacho roncando a tres metros, y el móvil en silencio, y el Mundial dentro de tres semanas.

Me quedo un rato mirando la línea de luz amarilla que entra por debajo de la puerta del cuarto.

Se oye una risa lejana en el pasillo. Alguien descorcha una botella en otra habitación, probablemente la italiana que gana el oro femenino y celebra.

Mañana final.

Lo demás, luego.