Jaume
El día de descanso en Innsbruck empieza tarde. Mikel nos suelta hasta las ocho de la tarde. Las semifinales son mañana y nos pide que no hagamos nada que implique dedos, piernas ni cabeza. Su literal. "Ni dedos, ni piernas, ni cabeza".
Sofía se ríe al oírle. "Mikel, ¿y si quedamos para cenar vosotros y nosotros?". Él la mira con cara de "haced lo que queráis pero a la cama a las dos máximo". Lo considera concesión.
Me despierto en mi cama del Kranebitten con Marc en la otra, roncando suave.
Me levanto sin despertarle. Me ducho. Bajo al comedor.
Desayuno con Iago, Nacho y Sofía. Celia ha salido a correr por la orilla del río Inn, cosa incomprensible.
Mikel está en el hall hablando por teléfono con alguien de la federación.
—Chicos —dice Sofía—. Esta noche, bar gay.
—¿Perdón? —digo yo.
—Bar gay. Internet dice que en el casco antiguo hay uno que se llama Gift. Lo he mirado. Abren a las nueve. Se baila hasta las dos. Vamos.
—Sofía, yo no soy gay —dice Nacho.
—Vale. Pero vienes.
—Vale.
—Iago, Jaume, vamos.
Iago me mira por encima del croissant. Yo le miro. Él levanta los hombros.
—Por mí vale —dice.
—Por mí también —digo yo.
—Pues a las nueve en el vestíbulo —dice Sofía—. Bajad arreglados. Nada de sudaderas del equipo. Quiero veros guapos.
—Sofía —dice Nacho—, tenemos semifinal mañana.
—Una cerveza. Una. Y a bailar lo que queráis. Nadie va a beber más.
—Una cerveza —repite él, resignado.
—Cómo mola —dice ella.
Se levanta y se va tarareando.
———
Pasamos la tarde en el casco antiguo. Iago y yo damos una vuelta solos. Vamos a una callejuela empedrada, paramos en una cafetería a tomar chocolate caliente con nata, subimos a la Hofburg, miramos los techos pintados del techo dorado con el alemán que nadie entiende.
Iago se compra un imán de una oveja austríaca.
—¿Para tu padre? —le pregunto.
—Para mi padre.
—¿Y ya tiene imanes tu padre?
—Tiene una pared llena. Soy yo el que los manda desde hace cinco años.
—Qué bonito.
—Calla.
—No, en serio. Qué bonito.
Me sonríe sin mirarme. Se guarda el imán en el bolsillo. Seguimos andando.
Nos cruzamos con una familia con dos niños rubios que van con una peluche en forma de cabra. Los niños se dan la mano. Los padres llevan chaquetas de montaña iguales en rojo. Iago los mira demasiado rato.
—¿Qué piensas? —le pregunto.
—Nada.
—Iago.
—Pienso en mi padre.
—Ah.
—Pienso en que mi padre me tuvo solo. Porque mi madre no podía tener más hijos. Y pienso en que, si nunca tengo hijos, me da igual, pero me joderá no poder darle una foto como esta a mi padre.
—Ya.
—No me hagas caso. Son tonterías que piensa uno a veces.
—No son tonterías.
—Sí lo son.
Le cojo del meñique. No se puede mucho más en la calle. Él me aprieta el meñique con el suyo. Seguimos caminando así dos minutos. Luego nos soltamos al llegar al Maria-Theresien-Strasse, donde hay gente.
———
A las nueve y diez entramos en el Gift. Está en la calle Seilergasse, una calle estrecha del casco antiguo. Una puerta negra, una campana de hierro encima, un cartel pequeño con letras góticas. Gift. Veneno.
Dentro, una barra larga a la izquierda, un espacio de baile al fondo, luces rojas y moradas bajas.
Una mezcla rara de gente: dos mesas de chicos muy jóvenes bebiendo cócteles con paraguas de papel, una mesa de señoras de cincuenta con copas de vino, un par de chicos con arnés negro apoyados en la barra, un grupo de turistas británicos ruidosos al fondo.
Suena música electrónica con un beat marcado.
No es el bar más bonito que he visto pero no es el peor.
Sofía tira de Nacho hacia la barra. Iago y yo la seguimos. Pedimos. Dos cervezas, una copa de vino blanco para Sofía, una Coca-Cola para Nacho. Pagamos en euros porque aquí cogen euros y Schilling. Nos movemos hacia una mesa alta cerca de la pista.
Iago se bebe media cerveza de un trago.
—Estás nervioso —le digo.
—No estoy nervioso.
—Iago, te has bebido media Paulaner en diez segundos.
—Pues tenía sed.
—Tenías sed.
—Sí.
Se ríe sin mirarme. Sofía empieza a menear los hombros al ritmo de la música. Nacho la mira embobado, como él suele mirarla. Yo le doy un sorbo corto a mi cerveza.
Y entonces pasa una cosa que hace tiempo que no me pasa. Pasa que suena una canción que me gusta. Una de los dos mil quince, una de Sigala que hace años que no escucho. Y pasa que me giro a Iago, que tiene la cerveza en la mano y el pelo suelto cayéndole sobre la frente, y le digo:
—Baila conmigo.
—¿Yo?
—Tú. No hay otro.
—Jaume, yo no sé bailar.
—Tampoco hace falta.
—Jaume.
—Venga, maño.
Sofía me oye desde dos metros. Me guiña un ojo. Nacho se ríe sin disimular.
Iago suelta el aire por la nariz, como un toro, y deja la cerveza sobre la mesa. Se acerca a la pista. Se para en el borde. Me espera.
Me acerco. Le cojo las dos manos. Le tiro hacia mí. Nos movemos despacio. Él es malísimo bailando. Tiene los pies demasiado plantados. Mueve el cuerpo como si estuviera resolviendo un boulder. Yo me río contra su oído. Él se ríe contra el mío.
—Me estás haciendo el ridículo —dice.
—Nos lo estamos haciendo los dos.
—Eso no consuela.
—A mí sí.
Le paso el brazo por la cintura. Él pone la mano detrás de mi nuca. Me mira. Me mira con esos ojos avellanas oscuros que tiene cuando está a gusto, que son los más bonitos que ha puesto nunca.
Me besa.
En la pista. Delante de todos. En un bar gay de Innsbruck que no conocemos, con tres españoles y treinta austríacos mirando. Ni fuerte ni poco. Un beso de los suyos. De los que me dan ganas de no volver a salir del piso de Gràcia. De los que saben a cerveza y a concentración.
Sofía grita desde la mesa. "¡Sí, sí, sí!". Nacho la agarra del codo para que baje el volumen. Iago se ríe contra mi boca.
—Se ha puesto contenta Sofía —dice.
—Se ha puesto.
Seguimos bailando. Mal. Nos besamos otra vez. Me aparta, me pone la frente contra la mía, me mira. No me dice nada. No hace falta.
La canción cambia. Suena una de Lady Gaga antigua. Sofía se sube al borde de la pista, tira de Nacho. Los cuatro bailamos en círculo. Nacho se ríe con la boca muy abierta. Sofía da vueltas con las manos en alto como si estuviera en una discoteca de Chueca. Iago me sigue agarrando por la cintura.
Una hora. Bailamos una hora seguida.
No miro alrededor. No miro las mesas. No miro a quién hay al fondo. No sé quién está detrás. Si lo supiera, quizá me cortaría. Pero no lo sé. No lo sé y por eso me lo paso bien.
Gran error.
———
A la una menos cuarto, Sofía se planta en la barra con el dedo levantado pidiendo agua. Nacho está sudado como si hubiera escalado una ruta. Iago se bebe la segunda cerveza, que es la única más que se ha pedido, despacio. Yo pido un té rojo que me hace gracia que sirvan a esta hora.
Volvemos a la mesa. Nos sentamos. Respiramos.
—¿Vosotros os vais ya? —dice Sofía.
—Yo mañana escalo —dice Iago—. Así que sí.
—Yo también —digo yo.
—Vale, chicos —dice Sofía—. Yo me quedo media hora más. Nacho, ¿tú?
—Tú decides —dice él.
—Otra. Y luego a dormir.
Me levanto. Iago me sigue. Les damos un beso a los dos. Salimos del Gift al frío de la calle. Son la una y veinte. La Seilergasse está empedrada, fría, estrecha. Iago me echa el brazo por los hombros. Yo le paso el brazo por la cintura. Caminamos despacio hacia el Kranebitten.
No me giro al salir. No veo quién nos ve salir. No veo la mesa del fondo donde está Marc Puigvert con un chaval rubio austríaco, que me conoció en Innsbruck el año pasado y que es tutor del equipo local. Marc me ve. Marc nos ve.
Marc saca el móvil.
Yo no lo sé.
———
Llegamos al hotel. Nos colamos en el cuarto de Iago por una vez, no al revés.
Nacho no vuelve hasta las dos y media, así que tenemos una hora.
Nos quitamos los zapatos. Nos tumbamos en su cama.
Me quedo yo con la espalda contra su pecho, él abrazándome desde atrás, como un oso.
Se me duerme así, abrazándome, con la barba de tres días raspándome detrás de la oreja.
Yo tardo más en dormirme. Estoy cansado pero contento. Me quedo quieto, con sus brazos cerrados sobre mi tripa, mirando la puerta blanca del cuarto y la línea amarilla de luz que entra desde el pasillo.
Pienso: qué suerte, qué suerte, qué suerte.
Me quedo dormido con esa frase en la cabeza.
———
Me despierta una vibración. Mi móvil, en la mesilla. Abro un ojo. Son las dos y cuarenta. Iago duerme pegado a mi espalda. Nacho no ha vuelto, por lo que veo.
Extiendo el brazo. Cojo el móvil.
Una notificación. Instagram. Marc Puigvert te ha mencionado en una historia.
Respiro. Cierro los ojos. Los abro.
Me incorporo despacio. Iago suelta un ruidito y me aprieta más fuerte. Yo me zafo con cuidado, me siento al borde, enciendo la pantalla del móvil.
Historia de Marc. Una foto. Una foto de nosotros en la pista del Gift, de lejos. Iago de perfil. Yo de frente. Nos estamos besando. Es una foto con flash. La luz nos pega en la cara. Se ve perfecto quiénes somos. Se ve perfecto qué estamos haciendo.
La leyenda, abajo, dice:
"Team bonding en Innsbruck. @muroj @iago.noguera25 a full con el espíritu de equipo. Mañana semifinal. Suerte, chicos."
Dos emoticonos con guiño.
Me quedo mirando la pantalla. Dos minutos, quizá tres. La foto ha sido subida hace treinta y siete minutos. En las respuestas hay dieciocho comentarios y se está yendo a más. No, veintidós. Me llega uno nuevo mientras miro.
Me cago. Per Déu. Me cago.
Miro a Iago. Está dormido boca abajo con la cara metida en la almohada. La luz del móvil le da en la mejilla. Tiene el pelo sobre los ojos. Tiene los hombros relajados. Respira profundo.
Yo no voy a despertarle. No esta noche. Mañana es semifinal.
Silencio el móvil. Lo pongo boca abajo en la mesilla. Me meto otra vez bajo la sábana. Iago me abraza otra vez por detrás, sin despertarse, como si tuviera una memoria muscular del abrazo. Yo me quedo con la vista fija en el techo.
No me duermo.
Oigo la puerta que se abre suave, pasos. Nacho entra. Intenta no hacer ruido. Me saluda con la mano en la oscuridad. Yo le saludo con la mano. Se mete en su cama. Se duerme en cinco minutos.
Yo no.
Me quedo contando los agujeros del artex del techo hasta que son las cinco. Contemplo durante dos horas cómo se me cae todo.
Y me juro, mientras Iago respira pegado a mi espalda, que mañana, antes de que lo sepa por ninguna otra parte, se lo voy a contar yo.
Pero el móvil de Iago, en su mesilla al otro lado, se queda en silencio toda la noche. Lo oigo vibrar una vez, dos veces, tres veces. No se despierta. Duerme como un tronco.
Mierda, mañana va a ser un día largo.
Cierro los ojos. Le aprieto la mano contra mi pecho.
Si al menos durmiera. Si al menos, esta noche, durmiera tranquilo, y mañana le contara yo.
Pero el dormir es para los inocentes. Yo no soy ya inocente de nada.
Respiro.
Amanece despacio sobre el Kranebitten.
———
Me levanto a las seis y media. Iago sigue dormido pegado a mi espalda.
Nacho ronca en la otra cama con la almohada encima de la cara.
Me zafo del abrazo con cuidado. Iago protesta en sueños, frunce el ceño, me busca con la mano.
Le dejo la almohada mía para que me sustituya. La abraza. Sigue durmiendo.
Me pongo los vaqueros, la camiseta blanca de ayer, la sudadera. Cojo las llaves. Salgo al pasillo. Camino hasta el cuarto de Mikel. Son las seis y cuarenta.
Llamo.
Mikel abre con una taza de café en la mano, ya vestido con chándal azul, los ojos abiertos.
—Muro.
—Mikel. Perdón.
—Pasa. ¿Café?
—No.
Entro. Me siento en la silla de su escritorio. Él cierra la puerta. Se sienta en el borde de la cama, con la taza entre las dos manos.
—Muro. ¿A qué has venido?
—Marc.
—Cuéntame.
Le paso el móvil con la historia de Instagram abierta. Mikel deja la taza en la mesilla. Coge el móvil. Mira. Amplía. Se queda mirando la foto tres segundos. La mandíbula se le aprieta. Suelta el aire despacio.
—Me cago en mi vida —dice, bajito.
—Ya.
—¿Cuándo?
—Hace cuatro horas.
—¿Por qué no me has despertado hace cuatro horas?
—No quería despertar a Iago. No quería que viera esto sin dormir. Mañana semifinal.
Me devuelve el móvil. Se frota los ojos con las dos manos. Luego se levanta. Se acerca a la ventana. Se queda mirando el jardín del hotel. Hay una cabra pintada en el cristal de enfrente, en un cartel. Se queda mirando la cabra.
—Muro —dice.
—Dime.
—Mañana por la mañana, a las ocho, tú y Noguera en el comedor. Yo también. Y hablamos. Hasta entonces, no le digas nada al resto del equipo. ¿Me oyes?
—Te oigo.
—¿Entiendes que esto es una crisis?
—Entiendo.
—Vale.
Se vuelve hacia mí. Me mira con los ojos grises encapotados. No es lástima. Es otra cosa. Cansancio, quizá.
—Muro.
—Dime.
—¿Es serio?
Parpadeo.
—Es serio.
Asiente. No dice nada. Vuelve a mirar por la ventana.
—Vete a la cama, Muro. Si duermes, mejor.
—Vale.
—Y gracias por avisarme antes.
—Faltaría más.
Salgo del cuarto. Vuelvo al de Iago. Me deshago de las llaves. Me meto otra vez en la cama. Iago, en sueños, me abraza otra vez por la cintura. Se pega a mi espalda. Respira profundo.
Cierro los ojos.
Amanece despacio sobre el Kranebitten. El cielo se pone primero de un gris azulado, después rosa pálido, después naranja.
La cresta del Nordkette, al fondo, empieza a brillar como si alguien la estuviera encendiendo por dentro.
Yo, con los ojos medio cerrados, veo cómo se enciende a través de la rendija de la persiana.
Iago no se despierta en toda la mañana.