Iago
Por la mañana llueve en Innsbruck. Una lluvia fina, de esas que no mojan pero enfrían.
Bajo al desayuno con una sudadera gris y el pelo sin peinar, y me cruzo con Jaume en el comedor.
Me saluda con la cabeza. Yo le saludo con la cabeza.
Comemos por separado. En el entrenamiento, apenas cruzamos diez palabras.
Él se va con Mikel a ver la pantalla del análisis.
Yo me quedo con Nacho en los bloques de calentamiento.
Celia me para a la salida.
—Noguera.
—¿Mmm?
—¿Te ayudo con la venda?
—Dale.
Me lleva a la camilla de fisio. Me deshace la venda con cuidado, me limpia la uña con antiséptico, me la cubre otra vez.
—Oye —me dice mientras trabaja—. No te metas en líos hoy.
—¿Qué líos?
—Los que sean.
—Celia.
—Noguera, no soy tu madre. Pero no.
—Vale.
Me sonríe. Me suelta la mano. Se va a la cafetería.
———
A mediodía entrenamos bloques. Jaume y yo nos ponemos en lados opuestos de la sala sin hablarlo. Mikel no dice nada. Marc Puigvert sí: pasa por detrás de mí y me canta al oído "hoy estáis tibios, chicos". Yo hago como que no le oigo.
Me cago en Marc.
A las tres termina el entrenamiento. Nacho se va con Sofía al centro a comprar pastelería. Celia se va a fumar al jardín. Mikel se encierra con su carpeta en la sala de vídeo. Jaume se acerca por fin.
—Iago.
—Dime.
—Subimos.
—Vale.
Subimos al Kranebitten caminando los dos. No hablamos por el camino. La lluvia no ha cesado pero no nos ponemos capucha. Llegamos al hotel. Subo a la habitación, cojo una bolsita de cinta americana, bajo. Él me espera en el vestíbulo con la llave del cuarto de Marc en la mano.
—Marc ha salido al centro con Sofía. Vuelve tarde.
—Vale.
Subimos. Entramos en su cuarto. Cierra.
Se queda apoyado contra la puerta. Cruza los brazos. Yo me quedo en mitad del cuarto, mirando la cama suya, mirando la de Marc, mirando el reloj de pared.
—Iago.
—Dime.
—Lo que pasa.
—Vale.
Me siento en su cama, en el borde. Él se queda apoyado en la puerta. No se acerca. Me conoce. Sabe que si se me acerca me pongo peor.
—Daniel —digo.
Suelta el aire. Cierra los ojos. Los abre.
—Ya lo sabía.
—¿Quién era?
—Te lo he contado.
—Me has contado que fue tu ex, que estuvisteis cinco años, que lo dejasteis por distancia. Eso me lo dijiste hace una semana y no le di importancia. Pero ayer esa tía te dice "Daniel ha preguntado por ti" y yo qué hago, ¿sonrío?
—Iago.
—Vale.
—Ni me ha preguntado. Ni yo he preguntado por él. Y no me interesa lo que haga. Yo con él no he vuelto a hablar desde hace ocho meses. Y ese mensaje es de cumpleaños. Se murió su padre en junio y le escribí el pésame. Nada más.
—Vale.
—Iago. De verdad. No te pongas celoso.
—No estoy celoso.
—Estás celoso.
—No estoy celoso.
Me mira con una ceja levantada. Le mira ligeramente la boca torcida, esa sonrisa suya de ladrón al que le pillas con la lengua fuera. Me da la risa sin querer. Bufo. Bajo la vista. Me froto la cara con la mano sana.
—Vale. Estoy celoso.
—Ahí está.
—Me cago en la puta.
—Iago.
—Ya, ya. Estoy celoso. Estoy celoso porque llevo tres meses con un tío que ha tenido una relación de cinco años y un piso y una vida con otro, y yo nunca he tenido nada parecido con nadie, y me acaba de decir una americana que te conoce desde hace ocho años que ese otro sigue preguntando por ti.
Y a mí me jode. Me jode porque yo ayer era campeón en Vallecas y hoy soy un pastor aragonés del Pirineo que no sabe cómo se dice "leche" en alemán.
Me jode porque tú tienes historia y yo no.
Me jode porque lo sé y sé que es una gilipollez y no sé cómo dejar de sentir esto.
Jaume se queda quieto mirándome. Luego se aparta de la puerta. Se acerca. Se sienta a mi lado en la cama. No me toca. Todavía.
—Iago.
—Dime.
—Daniel es pasado. No es nada. Era un tío bueno.
Lo quise mucho. Se acabó. Lo que es ahora mismo es que lleva ocho meses sin escribirme un mensaje que no sea "feliz cumple", y yo a él tampoco.
Que hace tres años él estaba aquí en Innsbruck conmigo también, asegurándome en lead, y no hemos querido los dos ni coincidir en los mismos meses de la Copa del Mundo desde entonces. Daniel es pasado.
—Vale.
—Y Tina es Tina. Tiene la sensibilidad de un bloque de hormigón. Te dice las cosas sin filtro. Ayer me dijo esa tontería de que Daniel todavía me quería y yo, en cuanto ella soltó esa frase, me levanté y me fui. Lo juro. Tú estabas de espaldas en la cafetería. Lo juro.
—Vale.
—Iago, mírame.
Le miro. Tiene los ojos grises con el anillo ámbar muy marcado porque la luz de la lamparita le pega en el perfil. Tiene una venita en la sien que le palpita. Tiene la mandíbula apretada.
—No tengo más historia que tú ahora —me dice, muy bajo—. No tengo cabeza para más. Para una historia hay que tener cabeza y yo ya no tengo. Tengo tu cabeza y la mía y ya se me acaban las estanterías. ¿Me oyes?
—Te oigo.
—Vale.
Se queda callado. Me mira.
—Soy idiota —digo yo—. Lo sé.
—Un poco. Pero es manejable.
Le doy un puñetazo blando en el hombro. Él se ríe. Me pasa la mano por la nuca. Me tira hacia él. Apoyo la frente en su hombro. Respiro. Huele a su jabón de pastilla, el verde ese que trae de Gràcia, y a algo más limpio, como a champú de hotel.
—Perdón —le digo con la cara metida en el jersey verde oliva.
—Nada.
—Perdón.
—He dicho nada.
Nos quedamos así un rato. Oigo su respiración. Oigo el radiador del cuarto. Oigo una puerta al fondo del pasillo que se cierra. No es la nuestra. No es Marc. Aún.
Jaume me separa un poco. Me coge la cara con las dos manos. Me besa.
Es un beso lento. Distinto al de Madrid. Más manso. De hacer las paces. No hay prisa. Me muerde el labio inferior despacio, sin fuerza. Me pasa la lengua por los dientes. Me besa la barba de tres días.
—Marc va a volver —digo.
—Tarde.
—¿Cuánto de tarde?
—Seis, siete. Ha ido al mercado.
—Son las cuatro y media.
—Suficiente.
Me ríe. Me tira hacia atrás. Caigo sobre la cama. Él se sube encima. Me besa el cuello, la mandíbula, la oreja.
—Shhh —me susurra—. Nada de ruido, Iago.
—Pues deja de...
—Cállate.
Me muerde el cuello, fuerte, dejando marca.
Yo suelto un ruido contra su hombro para no gritar.
Le meto la mano por debajo del jersey, le toco la espalda, los omoplatos, la curva de la cintura.
Le saco el jersey por la cabeza, con cuidado, que no se enganche en los pendientes del aro.
Le beso el hombro, el pecho, la clavícula.
Él se inclina. Me desabrocha el pantalón.
Me lo baja un poco. Se pone a mi lado. Me besa la oreja, el cuello, el esternón.
Me toca. Yo le toco. Nada nuevo. Nada que no hubiéramos hecho la otra noche en Madrid.
Pero esta vez es distinto. No es una competición ganada ni una noche ganada.
Es una discusión resuelta. Es una paz. Nos tocamos como si quisiéramos borrarnos la noche anterior con las manos, como si acariciarnos pudiera deshacer lo mal que he dormido yo pensando en él con un americano en otra cama.
—Iago —me dice al oído.
—Mmm.
—Lo hacemos al revés hoy.
—¿Al revés?
—Tú arriba.
—Hostia.
—¿Te atreves?
—¿Atreverme? Soy de Ansó, maño. Yo me atrevo a todo.
Se ríe con la cara pegada al mío. Me besa. Se gira. Se pone boca arriba. Me mira. Se queda mirándome con esos ojos grises con el anillo ámbar, la boca hinchada, el pecho sin camiseta, el pendiente del aro rojo de mordisco.
—Ven —dice.
Voy.
———
Nos movemos despacio. Nada de ruido por la pared, Marc podría volver antes.
Nada de hotel de lujo. Nada de comodidad.
Solo una cama individual en un hotel de tres estrellas con geranios rojos, la lluvia de Innsbruck golpeando la ventana, el jersey verde oliva tirado en el suelo, y Jaume debajo de mí con la mano cerrada en mi nuca.
Me mira todo el rato.
No aparta los ojos ni cuando suelto el aire con un ruido corto.
Ni cuando él cierra los suyos un segundo y los abre otra vez.
Ni cuando se muerde el labio inferior para no soltar ruido.
Mira. Me mira. Como si estuviera memorizándome.
Como si la noche de ayer no hubiera existido.
Como si yo fuera la única cosa importante en este cuarto.
Me agarra los muslos. Me agarra las caderas. Me guía despacio.
—Así —dice—. Así, maño. Así.
Me río bajito, con la cara pegada a su cuello, porque es la primera vez que me llama maño sin que sea de cachondeo.
—Así —le digo yo también.
Le beso. Movemos juntos el ritmo. Él me muerde el hombro para no gritar. Yo le muerdo el lóbulo del aro izquierdo. Él suelta un "Iago" con una voz rota que me va a durar en la cabeza una buena temporada.
Acabamos casi a la vez. Él primero, yo justo después. Me dejo caer sobre su pecho con la respiración entrecortada. Él me abraza por detrás, con las piernas todavía a cada lado.
Nos quedamos así. Dos minutos. Tres. Cuatro.
La lluvia sigue golpeando la ventana.
———
Me separo despacio. Voy al baño a por una toalla pequeña. Vuelvo. Le limpio. Se deja. Me mira desde abajo con los ojos brillantes.
—Eres un blando —le digo.
—Tú también.
—Yo soy aragonés.
—Pues aragonés blando.
Le tiro la toalla a la cara. Él se ríe. Me tira de la muñeca y me acerca otra vez. Me besa. Un beso corto, de descanso.
Me tumbo a su lado, panza arriba, con la cabeza apoyada en la almohada de Marc, que a estas alturas me da igual. Él se acurruca sobre mi pecho. Apoya la oreja encima del esternón. Cierra los ojos.
—Iago.
—Dime.
—Te oigo el corazón.
—¿Cómo suena?
—Como una presa mal cerrada.
—Tócate los huevos, chaval.
—Iago.
—Dime.
—Te quiero.
Me paro de respirar un segundo. Dos. Tres.
No lo había dicho. No lo habíamos dicho.
Estábamos bailando alrededor de esa palabra desde hacía diez días.
Se nos había metido entre los dientes varias veces y nos la habíamos tragado.
Ahora él la suelta aquí, con la mejilla pegada a mi esternón y mi corazón latiendo al lado de su oreja, como si no fuera nada.
Como si se me hubiera pegado al sudor y estuviera cayendo de su boca sin querer.
—Jaume.
—Sí.
—No digas eso así.
—¿Así cómo?
—Así. Como si me lo estuvieras soltando de cualquier manera.
—Así es como me sale, Iago. Si te lo pienso, me atraganto.
—Hostia.
Le aprieto contra mi pecho con el brazo. Le cierro la mano al lado del riñón. Respiro.
—Yo también —digo.
—Vale.
—Yo también.
—Vale.
No dice nada más. Se duerme. Literal. Lo noto porque se le relaja todo el cuerpo encima del mío, primero los brazos, luego las piernas, luego la mandíbula que se le abre un poco contra mi hombro. Respira lento. Respira profundo. Se ha dormido.
Yo no me duermo. Me quedo mirando el techo de madera del Kranebitten. Me quedo mirando la lamparita de latón apagada. Me quedo con el peso de este tío sobre el pecho, con el pelo corto haciéndome cosquillas en la mandíbula y los dos pendientes de aro pegados a mi cuello.
Pienso: me he puesto celoso en un país que no conozco de un tío al que no he visto nunca, y hemos discutido, y hemos hecho las paces, y ahora se me ha dormido encima como un gato. Esto es una relación.
Esto es lo que la gente llama una relación.
Hostia.
Cierro los ojos. Me trago el nudo de la garganta. Le huelo el pelo. Huele a champú de hotel y a lluvia. Respiro. Respiro. Respiro.
Son las seis menos cuarto. Marc llegará en una hora. Tenemos que levantarnos, vestirnos, airear el cuarto, cambiar la colcha, bajar al comedor a cenar. Tenemos que fingir que hemos estado viendo vídeos de análisis. Tenemos que fingir.
Pero ahora no.
Ahora me quedo cinco minutos así. Con este tío dormido encima.
———
A las seis y diez le despierto con cuidado. Le paso el dedo por la mejilla. Él abre los ojos despacio.
—Jaume.
—Dime.
—Marc.
Tarda dos segundos en ubicarse. Cuando se ubica, se levanta de un salto, se pone la camiseta al revés, se la vuelve a quitar, se la pone bien, se ríe, se pone los vaqueros, me besa la coronilla y sale corriendo del cuarto.
Le oigo los pasos por el pasillo hasta el suyo.
Me río yo también, con la cara metida en la almohada.
Me levanto. Abro la ventana de par en par. Entra aire frío de Innsbruck. Cambio la colcha por la de Marc, porque la mía la hemos destrozado, y se la paso luego a la camarera diciendo que he volcado una botella de agua. Me ducho rápido. Me pongo ropa limpia.
Cuando bajo al comedor, Marc ya está en la mesa con Nacho y Sofía, comiendo un cuenco de sopa y contando cómo se ha gastado cuarenta y cinco euros en la tienda de una marca austríaca que solo vende calcetines técnicos.
Nadie se da cuenta de nada. Mikel aparece a los cinco minutos. No me mira distinto.
Iago baja a los diez minutos. Tiene el pelo mojado. Me sonríe por encima del vaso de agua. Yo le sonrío.
Cenamos. Hablamos de la semifinal de mañana. Mikel nos cuenta qué boulders nos esperan, aproximadamente. Nadie sospecha. Nadie, salvo Nacho, que me guiña un ojo al pasarme el pan.
Subo al cuarto a las once. Marc ya está dormido.
Me meto en la cama con una sonrisa pequeña que no se me quiere ir. Me quedo mirando el techo de madera. Escucho a Marc respirar. Oigo el radiador. Oigo, lejos, el ruido de la calle de Innsbruck, un tranvía, una campana, una sirena de policía que suena distinta a las de España.
Antes de dormirme, pienso en Jaume diciendo "te quiero" con la oreja pegada a mi esternón. Lo repito para mí mismo, en silencio, como si lo masticara. Te quiero. No me sale todavía decirlo en voz alta. Lo digo contra la almohada, en voz bajísima, y me siento idiota. Me siento idiota y me sonrío.
Mañana semifinal.
Ya pensaré.