Sin cuerda (Equipo Nacional 1) Jaume
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Jaume

Innsbruck huele a pino mojado y a pan recién hecho, y son dos cosas que yo no había juntado nunca en mi cabeza.

Es increíble. El avión ha aterrizado con cielo azul y hemos salido a un aire frío y seco que me ha despertado el pecho.

Enero me habría gustado más, pero mayo está bien.

Todavía hay nieve en las crestas de los Alpes, lejos, cuando subes la mirada.

El Alpenpension Kranebitten está en la salida oeste de la ciudad, a veinte minutos andando del centro de escalada.

Es un hotel de tres estrellas con tres pisos de madera, ventanas pequeñas con geranios rojos, una terraza de grava y una dueña austríaca muy alta que nos recibe con una carpeta y una sonrisa que dura exactamente seis segundos.

Fru Reitmayer, dice. Nos reparte las llaves.

Mikel ha cuadrado las habitaciones como nos advirtió. Yo comparto con Marc Puigvert. Iago con Nacho Vidal. Sofía con Celia. Mikel tiene una individual.

Marc coge la llave como si tuviera premio. Me sonríe. Dice "nos veremos mucho, Muro". Yo le digo "ya", y subimos.

———

La habitación es pequeña. Dos camas individuales separadas por una mesilla con una lamparita de latón, un armario de madera con perchas de alambre, una ventana que da al jardín trasero.

Marc abre la maleta con ruido, saca su ropa, la cuelga.

Yo abro la mía en silencio, la dejo en el suelo, no saco nada.

—Tranqui, Muro, no muerdo —me dice Marc desde su esquina, con esa sonrisa suya.

—Ya.

—Es más, si quieres bajamos luego al bar del hotel a tomar una cerveza.

—Tengo entrenamiento en una hora.

—Una después del entrenamiento.

—No bebo en competición.

—Ah. Vale.

Sigue colgando ropa. Yo miro por la ventana la cresta del Nordkette. Blanca, filosa, no me la imagino sin aristas. A veces no hay mucho que decir y yo no tengo energía para fingir conversación con Marc.

Me cambio. Pantalón corto de entreno, camiseta técnica azul marino, zapatillas. Saco la mochila con los pies de gato. La magnesera. La libreta roja. Me ato los cordones.

—Nos vemos, Marc.

—Suerte, Muro.

—Gracias.

Salgo.

———

El centro de escalada de Innsbruck es lo más bonito que le han construido a este deporte.

Una nave enorme, con el muro exterior pintado en gris pizarra y un voladizo que sobresale hacia el jardín como una gárgola futurista.

Dentro, una sala de boulder inmensa con techos de diez metros y un techo de pared invertida donde han colocado ya las rutas de la competición, precintadas con cinta para que nadie las vea.

Está todo el equipo nacional de Austria entrenando en paralelo al nuestro.

Alemanes, franceses, polacos, japoneses.

Huele a magnesia y a goma nueva y a suelo recién fregado. Me pone contento.

Entramos. Mikel coordina con los entrenadores de otras federaciones. Nosotros calentamos.

Iago aparece por el pasillo con Nacho detrás. Me mira. Yo le miro. Nos damos los buenos días profesionales.

—Muro.

—Noguera.

—¿Cómo va la habitación?

—Bien.

—Marc, aguantable.

—Marc aguantable.

Nacho suelta una risa corta. Sabe. Todo el equipo sabe. Nadie lo dice.

Calentamos todos juntos en la zona de boulder de bajo nivel. Sofía se sube a un techo amarillo y se descuelga de pies con una risa. Nacho intenta el mismo techo y se cae al tercer movimiento. Sofía se ríe más.

—Ríos, a ver si vas a ganar el oro este fin de semana —le dice Mikel desde el suelo, apoyado en una columna.

—Míster, voy a ganar las seis medallas que haya.

—Pues cállate y escala.

Sofía sube la cabeza, orgullosa, y clava el techo al segundo intento. Nacho la aplaude. Iago me mira por encima del volumen donde estoy colgado de la derecha. Levanta la ceja. Yo le sonrío un poco. Él aparta la vista.

Discreción, Jaume. Focus.

———

Pasan dos horas de entrenamiento suave, tanteo, reconocimiento del terreno.

Estiramos al final con Celia dirigiendo el grupo.

Cuando acabamos bajamos a la cafetería del centro de escalada a beber agua.

Es una barra circular con un expositor de Snickers y de energéticas y con una terraza que da al jardín delantero.

Y ahí es cuando la veo.

Tina Dean está en la terraza, con una sudadera negra con capucha, bebiéndose un té verde con hielo, y cuando me ve me levanta la mano.

—Muro.

—Tina.

Me acerco. Ella se levanta, me da un abrazo corto, me palmea la espalda.

Hace casi tres años que no la veo. Tina Dean era mi compañera de piso en Boulder dos veranos.

Treinta y cuatro años, dos oros mundiales, una voz grave que no parece de su cuerpo.

Pelo rubio muy corto, casi rapado, los hombros el doble de anchos que los míos.

Es de Nebraska, creo, pero lleva quince años en Colorado.

Siempre me hacía desayunar huevos con aguacate. Siempre.

—Míralo, el chico bonito ha venido a la Copa del Mundo —dice, con su inglés americano rápido—. ¿Cuándo has llegado?

—Esta mañana.

—¿Y el hotel?

—Kranebitten. ¿Tú?

—Aquí al lado, al otro. El ibis. Somos nueve americanos.

—Jesús.

—Jesús, dice.

Se ríe. Señala la silla a su lado. Me siento.

Y desde la cafetería, detrás del cristal, Iago está sentado con Nacho y con Celia, y aunque no les miro, siento su mirada.

Me da igual. O me digo que me da igual. Tina es Tina. Hace tres años que no la veo. Es amiga.

—¿Qué tal todo por allá? —pregunto, sabiendo que me va a dar la lista.

—Bien. Mal. Lo normal. Rompí con Alison el año pasado, llevo medio año con Ella, que se dedica a escalada adaptada. Muy mona. Muy joven, veintidós años, me siento vieja.

—No eres vieja.

—Soy vieja, Jaume.

—Eres Tina.

—Exacto.

Se ríe. Se bebe el té verde.

—¿Y Daniel? —me pregunta.

Ahí cambio de postura.

—No sé nada de él. Lo normal. Nos mandamos mensajes cada seis meses.

—Daniel está fatal.

—¿Por?

—Se ha dejado con Sarah. La arquitecta. La que cogió cuando lo dejasteis tú y él.

—¿Seguían juntos?

—Cuatro años. Muchos.

—Bueno.

—El otro día me preguntó por ti.

—Ya.

—No le conté nada porque no sabía nada. ¿Hay algo que contar?

Me froto la nuca. Miro el jardín. La nieve lejana del Nordkette se pone rosa con el atardecer aunque son las cuatro y media. Austria.

—Hay algo —digo.

—Ah —dice ella, con una sonrisa—. ¿Y?

—Y nada. Estoy con alguien.

—¿Aquí?

—Es del equipo.

—Ah.

—No puedo hablarlo, Tina.

—No hace falta que hables. Mira, Muro, yo sé leer. Y estás tú mirando al tío tatuado del tupé rizado de dentro desde que nos hemos sentado.

—Tina, en serio.

—No se lo diré a Daniel.

—No se lo digas a nadie.

—Vale.

Me mira. Me aprieta el hombro con su mano enorme.

—Me alegro —dice—. Sabes que te quiero. Te mereces a alguien.

—Gracias.

Se queda un momento en silencio. Luego añade, sin maldad:

—Pero Daniel sí preguntó por ti. Y yo creo que él todavía...

—Tina.

—Vale. Ya.

Me levanto. Le doy un beso en la mejilla. Le prometo ir a tomar algo con ella y con los americanos antes de que se vayan. Entro al centro de escalada.

En la cafetería, a través del cristal, Iago está recogiendo la botella de su mesa. Me mira tres segundos. Aparta la vista. Sale por la puerta de atrás sin pasar por mi lado.

Joder.

———

Volvemos al hotel en grupo. Sofía me cuenta un cotilleo sobre una escaladora japonesa que se ha casado por internet con una influencer italiana.

Nacho va riéndose con Iago delante. Marc Puigvert va con los cascos puestos.

Celia fuma un cigarrillo escondido en la mano, mirando de vez en cuando a Mikel.

Al llegar al Kranebitten, Mikel nos cita a las ocho en el comedor para cenar. Yo subo al cuarto. Marc ya está duchado. Huele a colonia barata. Tiene la tele puesta en alemán.

—Muro.

—Marc.

—¿Mañana entrenamiento duro?

—Supongo.

—¿Cuándo nos enseñan los boulders de la final?

—Dos horas antes.

—Poco.

—Suficiente.

Me meto al baño. Me ducho largo. Salgo con la toalla a la cintura. Marc me mira dos décimas de segundo y vuelve la vista a la tele. Me pone nervioso. No tiene nada en los ojos malo, no exactamente, pero tiene algo de observador. Cotilla. Marc, el cotilla.

Me visto rápido. Pantalón vaquero, camiseta blanca, jersey verde oliva por encima. Salgo sin decir nada. Bajo al comedor.

Iago está sentado al lado de Nacho. Me hace un gesto con la mano, sin mirarme, para que me siente a su derecha. Me siento. Él ni me mira. Está muy serio.

Cenamos. Wiener Schnitzel, patata cocida, una ensalada de col con vinagre. Mikel nos cuenta la organización de mañana. A las nueve, entrenamiento. A mediodía, vídeo análisis con él. Por la tarde, libre. Pasado mañana, rueda de prensa por equipos. El día después, semifinal. Al siguiente, final.

Iago asiente a todo. No me mira.

Al acabar, él se levanta el primero. "Yo me voy a la cama, que estoy muerto". Se va. Sin tocarme el hombro, sin decirme buenas noches, sin guiño de ojos.

Nacho me mira.

—Muro.

—Dime.

—¿Qué le pasa a tu maño?

—No sé.

—¿De verdad no sabes?

—No lo sé, Nacho.

Nacho se ríe. Se pasa la servilleta por los labios. Luego me pone la mano en el hombro y me habla más bajo, para que nadie más lo oiga.

—Muro. Una mujer te ha dicho hoy en la cafetería que te echaba de menos tu ex. Lo sé porque Iago me lo ha contado. Lo sé porque aunque no se lo tuyo con Iago no sé, tampoco soy gilipollas. Arréglalo. Buenas noches.

Me deja con el tenedor a medio camino.

———

Subo al cuarto. Marc está en su cama con la tele puesta. Le digo que me voy al pasillo a hacer una llamada. Él me sonríe y me dice "tranqui, Muro, yo no me entero de nada".

Salgo al pasillo. Camino hasta el cuarto de Iago. Son las diez y media. Llamo despacio, con los nudillos. Nadie contesta. Vuelvo a llamar. Escucho pasos. Abre Nacho, en camiseta de tirantes y pantalón corto.

—Muro.

—¿Está Iago?

—Está.

—¿Puedo pasar?

Nacho se gira, le dice algo en bilbaíno a Iago. Oigo una voz desde dentro, un "sí, pasa". Nacho abre más la puerta. Me sonríe. "Yo me voy a dar una vuelta por el jardín a fumar con Celia, chavales. Volved cuando queráis".

Se pone una sudadera y se va.

Iago está sentado al borde de su cama, todavía vestido con el jersey que llevaba en la cena. Tiene los codos en las rodillas y me mira por debajo de las cejas. Cara de pocos amigos.

Cierro la puerta. Me apoyo en ella.

—Iago.

—Mmm.

—¿Qué pasa?

—No pasa nada.

—Nacho dice que no estás bien.

—Nacho habla mucho.

—Iago.

—Estoy bien.

Me paso la mano por la cara. Inspiro.

—No estás bien.

Se encoge de hombros. Se queda mirando el parquet del suelo.

—Estoy cansado, Jaume.

—¿Cansado de qué?

—De mí.

Me aparto de la puerta. Me siento a su lado, con un palmo. No me toca. No le toco.

—Cuéntame.

Levanta la vista. Me mira. Los ojos avellanas esta vez los tiene oscuros, apagados. Abre la boca. La cierra. Vuelve a abrirla.

—Déjalo, Jaume. Mañana.

—Iago.

—Mañana. Por favor. Es que si ahora empiezo voy a cabrearme por cosas que no tienen ni nombre. Mañana.

Me quedo mirándole un rato. Luego asiento. No voy a forzarle. Le conozco lo justo para saber que si insisto esta noche va a decirme algo de lo que mañana se va a arrepentir, y prefiero perder una noche que ganarla así.

—Vale. Mañana.

—Vale.

Me levanto. Voy hacia la puerta. Me paro. Me vuelvo.

—Iago.

—¿Qué?

—Yo contigo, no estoy en otra parte. ¿Me oyes?

Me mira. No me contesta. Asiente. Una vez. Seca. Con los ojos húmedos.

—Vale —digo.

Salgo.

———

En el pasillo respiro. Miro el reloj del móvil. Las once menos cuarto. Camino despacio hasta mi cuarto. Abro. Marc está dormido ya, con el antifaz negro y la tele apagada. Le huele el aliento a dentífrico nuevo. Me meto en la cama en silencio.

Me quedo boca arriba mirando el techo de madera. Escucho a Marc respirar al otro lado de la mesilla.

Pienso en Iago sentado en el borde de su cama, con los codos en las rodillas, los ojos oscuros. Pienso en Tina diciéndome "Daniel preguntó por ti". Pienso en que no he hecho nada malo y en que él lo sabe y aun así está así.

Tranqui, Jaume. Mañana lo hablamos.

Pero el pecho no se me quita. Se me queda ahí, comprimido, pegado a las costillas, como una presa mal cerrada que sé que se me va a escapar si no vuelvo a intentarlo.

Cierro los ojos.

No duermo en una hora y media. En el móvil, justo antes de la una, entra un mensaje de Iago. Una línea.

"Me da rabia que te quiera tanto."

No contesto. No sé qué contestar.

Al rato, entra otro.

"Buenas noches, Jaume."

Contesto.

"Buenas noches, maño."

Me quedo mirando el techo de madera un rato más.

Cuento las tablas. Dieciocho, luego diecinueve, luego dieciocho otra vez porque he perdido la cuenta.

Pienso que lo peor de discutir con alguien al que quieres es que no puedes colgarle el teléfono y dejar que la noche se ocupe.

Tienes que dormir sabiendo que él, en otra cama, en otro cuarto, también está mirando otro techo y contando otras tablas.

Y eso, a estas horas, con la cabeza cansada, me duele más de lo que debería.

Cierro los ojos otra vez. Me duermo al fin, hacia las dos, con el móvil en la mano.

En el sueño que me llega, Iago y yo estamos en la pensión Els Estel de Margalef, espalda contra espalda, y la ventana está abierta, y entra aire frío, y yo no me atrevo a girarme porque sé que si me giro él ya no está. Me despierto con la alarma del móvil.

En la cama del lado, Marc duerme con el antifaz negro puesto. Ronca suave. Qué raro es este tío, pienso. Qué raro es todo.

Me levanto. Salgo al baño compartido del pasillo, porque mi cuarto no tiene baño propio, cosa que Mikel no sabía al asignarlo.

Me mojo la cara. Me miro en el espejo. Tengo las ojeras más marcadas que ayer y una marca pequeña en el cuello que Iago me hizo anteanoche en el piso de Gràcia y que pensaba que ya se había ido.

No se ha ido. Se me ve justo encima del cuello de la camiseta.

Me pongo el jersey negro de cuello alto.

Bajo a desayunar.