Sin cuerda (Equipo Nacional 1) Iago
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Iago

Madrid amanece con un cielo blanco y el radiador del hotel todavía metiendo ruido. Jaume duerme a mi lado. Tiene el brazo atravesado sobre mi tripa y me aprieta un poco con el antebrazo, como si tuviera miedo de que yo me escurriera. Cosa que, a estas alturas, ya no voy a hacer.

Le miro de perfil. Le empieza a crecer una línea de barba en la mandíbula que a él le molesta y a mí, por lo visto, me gusta. Le beso la sien y él suelta un ruidito de bebé que me da la risa.

—Shhh —dice, con los ojos cerrados—. Cinco minutos más.

—Yo no te he dicho nada.

—Me has besado.

—¿Y eso es despertarte?

—Para mí sí.

—Pues aprende a dormir, maño.

Se gira. Me mira. Abre los ojos grises con el anillo ámbar y me mira con una sonrisa que no le había visto nunca.

Es una sonrisa corta, blanda, de despertar.

No es la sonrisa que pone en las fotos de los patrocinadores.

No es la que me puso ayer al llegar al vestuario con el casco de ganador. Es otra. Esta es solo para mí.

—Buenos días —dice.

—Buenos.

Tengo la mano vendada apoyada en su hombro. Me mira la venda.

—¿Cómo va?

—Bien. Me tengo que quitar esto antes de que venga Celia.

—Luego te lo miramos.

—Luego.

Se queda callado. Se pasa la lengua por el labio inferior. Me mira la boca. Yo me empiezo a poner nervioso.

—Jaume.

—¿Qué?

—No me mires así a estas horas.

—¿Cómo te estoy mirando?

—Como si quisieras empezar el día como acabamos el anterior.

Se ríe por la nariz. Me pasa el dorso de la mano por la mejilla.

—Y si quiero, ¿qué?

—Que tienes desayuno con el equipo en media hora.

—Vale.

—Y que a las once hay prensa.

—Vale.

—Y que me duele la mano.

—Ya.

Me suelta y se sienta en la cama. Se pasa las manos por el pelo corto y bosteza.

Yo me quedo tumbado mirándole la espalda.

Tiene un lunar a la altura del riñón izquierdo que me descubrí anoche.

Pequeño, redondo, muy marrón. Me da por pensar que en esa espalda hay cosas que todavía no he visto.

Me da por pensar que me quedan semanas, meses quizá, para descubrirlas.

Me da un vértigo suave. No me desagrada.

—Iago.

—Dime.

—Gracias.

—¿Por?

—Por venir anoche.

—No tienes que agradecerme eso.

—Te lo agradezco.

—Joder, pues de nada.

Se vuelve, me besa la coronilla y se va al baño del cuarto. Oigo el agua de la ducha. Yo me quedo en la cama cinco minutos más, mirando el techo con las manos detrás de la cabeza, y me permito sonreír como un idiota.

———

El desayuno en el bufet es raro. Todo el mundo quiere felicitar a Jaume.

Sofía le abraza por detrás mientras él intenta servirse café.

Nacho le da un cachete en la espalda cada vez que pasa.

Mikel, desde la mesa del fondo, levanta su tostada como un brindis y le dice "venga, Muro, a comer, que hoy conduces tú el autobús al aeropuerto".

A mí nadie me felicita y es lo correcto.

He perdido. Me dan una palmada suave en el hombro o una sonrisa como se la das a alguien que sale de un entierro.

Sofía se sienta a mi lado con un plátano y me susurra, sin mirarme, "lo habéis hecho bien los dos, maño, muy bien".

No sé a qué exactamente se refiere pero le digo gracias.

Marc Puigvert está en la mesa del lado. Me mira. Me sonríe. Me saluda con la mano. Yo no le contesto.

Jaume se sienta enfrente. Come con ganas.

Huevos revueltos, dos tostadas, café. Tiene hambre de ganador.

Me mira a veces por encima del borde de la taza y yo aparto la vista.

No puedo mirarle sin que se me suba la sangre a la cara pensando en lo de anoche, y aquí, con Mikel a veinte metros, no es el momento.

Mikel se levanta y viene hacia mi mesa. Se sienta en el borde.

—Noguera.

—Mikel.

—Te quiero en mi cuarto en diez minutos.

—Vale.

—Sin Muro.

—Vale.

Se levanta y se va. Jaume levanta la ceja y me mira.

—¿Qué querrá?

—Yo qué sé.

—No me mires así, Iago. Yo qué voy a saber.

—Te digo yo lo mismo.

Le doy un sorbo al café y me levanto. Él me mira las manos, la vendada y la otra. Yo le doy un golpecito en la rodilla con la mía al pasar y me voy al cuarto de Mikel.

———

Mikel tiene el cuarto en el quinto, con vistas al mismo patio interior que el mío. Tiene la cama sin hacer, tres botellas de agua vacías en la mesilla y una carpeta abierta encima de la mesa. Huele a tabaco de liar, aunque la ventana está abierta. Cómo se las apaña, no lo sé.

—Pasa, Noguera. Siéntate.

Me siento en la silla de escritorio. Él se queda de pie, apoyado en la ventana, con los brazos cruzados.

—Te voy a contar una cosa —dice.

—Vale.

—Esta mañana me ha llamado el director deportivo de la federación.

El equipo húngaro ha notificado que no presenta a su escalador de boulder en Innsbruck por lesión.

La IFSC ha repartido la plaza vacante a las federaciones con dos escaladores cerca del corte.

Nos ha tocado a nosotros. Y la norma interna de la federación dice que la plaza extra se la queda el siguiente del clasificatorio. O sea, tú.

Me quedo callado. Me miro la mano vendada.

—¿Yo?

—Tú.

—¿Al Mundial?

—A la Copa del Mundo de Innsbruck como segundo del equipo, no al Mundial todavía. El Mundial es Chamonix, dentro de tres meses. Pero a Innsbruck sí. Si quieres.

—¿Si quiero?

Mikel se ríe. Una risa ronca, seca. Se saca la bolsita de tabaco del bolsillo y empieza a liarse un cigarro sin encenderlo, por las manos, por tenerlas ocupadas.

—Noguera, no seas chorra. ¿Qué me vas a decir, que no?

—No. Joder. Claro que voy.

—Vale.

—Mikel.

—Dime.

—¿Esto es casualidad?

Él levanta los ojos del cigarro sin terminar. Me mira. Y en esa mirada hay algo que no me acaba de gustar, no porque sea hostil, sino porque es la mirada de alguien que sabe. Que sabe mucho. Que sabe, quizá, más de lo que yo querría.

—Noguera, yo soy entrenador. No soy dios. Ha pasado. Ya está. Tú has quedado segundo por derecho. Habrías ido igual de haber hecho falta o no. Lo único que te digo es que el hueco ha salido. Nada más.

—Vale.

—Una cosa más.

—Dime.

—Cuando lleguemos a Innsbruck, las habitaciones son dobles. La federación paga dos por equipo. Voy a emparejar: tú con Nacho, Muro con Puigvert.

Se me descompone la cara. Se me descompone, y se me nota, porque Mikel suspira largo y cierra los ojos. No habla durante diez segundos. Luego los abre.

—Noguera. Entiendo. Lo entiendo. Pero esa es la foto que tiene que ver la federación, ¿me comprendes?

La foto. Luego por la noche, lo que hagáis con las llaves, no me lo contéis.

No me lo pregunto. No quiero saber. Lo único que os pido, y te lo voy a pedir solo una vez porque no tengo ganas de volver a sacar el tema: dos semanas.

Innsbruck. Copa del Mundo. Discreción. Si queréis darle un beso, os lo dais en el ascensor.

No en el comedor del hotel. Ni en el centro de escalada.

Ni delante de Marc Puigvert. ¿Me captas?

—Te capto.

—Bien.

—Mikel.

—¿Qué?

—¿Desde cuándo sabes?

Se encoge de hombros. Encaja el tabaco en la cámara sin papel. Se lo guarda.

—Desde Margalef.

—¿Tan pronto?

—Noguera, tengo cincuenta y dos años. Llevo veinte entrenando gente que duerme junta.

Se ve. Se huele. No por nada malo, se ve porque cambia cómo se miran.

Muro te miraba en el stage como si quisiera matarte.

En Margalef te miraba como si quisiera que te muriera alguien para poder consolarte. Es otra cosa. Se ve.

—Hostia.

—Pues eso. Discreción. Y a ganar.

—Vale.

Se separa de la ventana. Se acerca. Me pone la mano en el hombro, una mano grande y seca, y me lo aprieta como aprieta él, sin ñoñería.

—Me alegro de que vayas, Noguera. Me hacía ilusión.

—Gracias, Mikel.

—Venga. A la ducha. El autobús al aeropuerto sale a las doce.

———

Salgo del cuarto de Mikel con una bola en el estómago y otra bola, distinta, en la garganta. Subo por las escaleras, no cojo el ascensor. Llego a mi planta. Paso por delante del cuarto de Jaume, que tiene la puerta entreabierta. Asomo la cabeza.

Él está con la maleta abierta sobre la cama, doblando camisetas con una concentración ridícula. Levanta la vista. Me mira. Cambia la cara al verme.

—¿Qué?

—Nada.

—Iago.

—Tenemos que hablar.

Cierra la puerta del cuarto al entrar yo. Me coge por la muñeca, la buena, y me sienta en la cama.

—¿Qué ha pasado? ¿Qué te ha dicho Mikel?

—Me ha dicho que me voy a Innsbruck.

—¿Qué?

—Me ha dicho que hay una plaza abierta porque el húngaro no va, y que me la dan a mí. Como segundo del equipo. Voy a Innsbruck.

Se queda un segundo en blanco. Luego suelta la camiseta que estaba doblando, la mía, por cierto, una de paño de las mías, que no sé cómo ha llegado a su maleta, y se ríe. Se ríe muy fuerte. Con los dientes. Con ganas.

—Vas.

—Voy.

—Vas a venir.

—Voy a ir.

Se tira sobre mí. Me abraza. Me aprieta por los hombros, me besa en la cara, en la sien, en la boca. Se ríe con la cara pegada a la mía.

—Joder, Iago, joder.

—Eh.

—Qué cabrón.

—Pero hay una condición.

Se aparta. Me mira con las cejas levantadas.

—¿Cuál?

—Que Mikel nos pone de habitaciones: yo con Nacho, tú con Marc.

Le cambia la cara. Se queda un segundo mirándome, parpadea, procesa.

—Me cago en Marc.

—Ya.

—Me cago mucho en Marc.

—Lo sé.

—¿Eso es negociable?

—No.

—Vale.

Se lo piensa un segundo. Luego sonríe de medio lado.

—Bueno. Por las noches nos colamos.

—Eso ha dicho Mikel.

—¿Ha dicho eso?

—Lo ha dicho.

—Pues Mikel es mejor entrenador de lo que pensaba.

Se ríe. Se tira otra vez sobre mí. Me vuelve a besar, y esta vez la camiseta doblada se cae al suelo y no la recoge. Se queda ahí.

———

A las once y media estamos todos en el vestíbulo del hotel con las maletas al lado. Mikel nos cuenta la cabeza. Sofía, Nacho, Jaume, yo, Marc Puigvert, Celia, Mikel. Siete. El autobús nos espera fuera.

Celia me agarra del brazo cuando subo al autobús.

—Noguera, ¿cómo va la mano?

—Bien. Me duele un poco.

—Te la miro en Barcelona al aterrizar.

—Vale.

—Y felicidades.

—¿Por?

—Por Innsbruck.

—¿Cómo...?

—Mikel lo ha contado al equipo hace diez minutos, mientras estabas con Muro cuadrando la maleta.

Se ríe ella sola, me da un apretón en el brazo y sube al autobús delante de mí. Yo subo detrás.

Me siento al lado de la ventana. Jaume se sienta a tres filas, al lado de Nacho. Me mira por encima del hombro. Le sonrío un segundo. Él me guiña un ojo. Se gira.

El autobús arranca. Madrid se va quedando atrás. La M-30. El Ikea que vi ayer al amanecer desde la ventana de Jaume. Unas grúas. Un cartel de "próxima salida aeropuerto".

Saco el móvil. Le mando un audio a mi padre.

"Papá. Desde el autobús. Voy a Innsbruck. A la Copa del Mundo. Como segundo. Luego te cuento."

Diez segundos. Lo cuento. Lo corto. Lo mando.

Respondo a los cinco minutos con un audio suyo de un minuto y diez segundos.

"Iago, maño. Pues me alegro. Aquí todo bien.

La Margarita tiene ya a los dos corderos moviéndose por el corral, uno negro y uno blanco.

Al negro le he puesto tu nombre, por gracioso, no te enfades.

Tu madre estaría contenta, hijo. Mañana te mando foto.

Cuida de ti. Y de Jaume, que al segundo audio me lo mencionas y supongo que va contigo.

No le digas nada que he dicho esto. Adiós. "

Me quedo con el auricular en la oreja un rato más aunque ya no hay más.

Papá.

Joder.

———

Por la tarde, ya en el piso de Gràcia, Jaume está en el sofá con el portátil en el regazo mirando vuelos a Innsbruck aunque ya los hemos mirado dos veces. Yo estoy en la cocina preparando la cena. Pasta con tomate casero que ha sobrado de antes de Madrid.

Me acerco al sofá con dos platos. Le doy uno. Me siento a su lado.

—Jaume.

—Dime.

—Tengo que decirte una cosa.

—Dime.

—A ratos te odio todavía.

Se ríe con el tenedor a medio camino.

—Vale.

—A ratos.

—¿Ahora?

—Ahora no.

—Vale.

—A ratos. Cuando te pones tiquismiquis con la maleta. Cuando me dices que doble las camisetas de otra manera. Cuando pones ese disco de Stanich a las siete de la mañana.

—Son cosas muy razonables para odiar.

—Por eso.

Comemos. Ve la tele conmigo. Un documental de la Dos sobre una tribu en Kazajistán. Jaume me apoya la cabeza en el hombro a mitad del documental. Yo le paso la mano por el pelo corto, despacio, sin pensar. Me duele la mano pero me da igual.

—Vas a venir —me dice él, casi en susurro.

—Voy a ir.

Se duerme en el sofá a los diez minutos, con el plato vacío en la mesita y mi mano en su pelo.

Yo no me muevo. Dejo el documental encendido por si se despierta. Me quedo mirando la pared del salón. El cuadro que tiene ahí Jaume, una foto en blanco y negro del Montserrat, me mira como si dijera algo. No sé qué. No me importa.

Voy a Innsbruck. Con él.

Hostia.

Saco el móvil. Le escribo a Sofía, a ella sola, sin grupo.

"Sofía, voy a Innsbruck".

Contesta a los veinte segundos con un audio de ocho.

"Ya lo sabía, maño. Mikel me lo dijo ayer. Y además he sido yo la que le ha dicho a Mikel que la plaza extra la tiene que coger Noguera y no Puigvert. Por si te servía saberlo."

Me río sin querer. Respondo con un "gracias" y un emoji de cabra montesa que le mando porque le hace gracia a todo el mundo menos a ella. Me contesta con uno de dedo corazón.

Vuelvo a dejar el móvil. Miro a Jaume, dormido en mi hombro, con la boca un poco abierta y las pestañas largas rozándole la mejilla.

Me quedo así hasta que se me entumece el brazo.