Jaume #2
Responde a los tres minutos.
"Voy."
No viene. A las doce todavía no.
Me meto en la cama con el móvil en la mano. Miro el techo del hotel con los ojos muy abiertos.
A la una menos cuarto llaman a la puerta.
Me levanto descalzo. Abro. Es él. Lleva una chaqueta de plumas abierta, camiseta blanca debajo, los vaqueros. Mano vendada. Ojos rojos. Olor a frío de calle. Ha estado andando por Madrid, lo veo.
—Pasa —digo.
Pasa. Cierra la puerta.
No dice nada. Se queda en medio del cuarto. Me mira. Yo le miro.
Y, sin decir nada, se me acerca, me coge la cara con las dos manos, la sana y la vendada, y me besa.
———
No es un beso de celebración. Es un beso de rendición. Es un beso de tres semanas contenidas, de una noche entera callándome en el pasillo del hotel, de una competición ganada y otra perdida, de querer meterse dentro del otro y no saber por dónde empezar.
Le quito la chaqueta. La tiro al suelo. Le subo la camiseta hasta quitársela. Él me arranca la mía sin mirar lo que hace. La luz del hotel está encendida pero ninguno de los dos va a apagarla. No ahora. Ahora queremos vernos.
Nos besamos de pie, con las manos por todas partes. Le paso la lengua por el tatuaje del Anie, por el costado, por esa línea fina de piedra que él lleva en la piel. Él me muerde el cuello, despacio, justo debajo del aro izquierdo, en el sitio que ha descubierto que me descompone.
—Espera —digo.
—¿Qué?
—La mano. Te va a...
—No seas madre, Jaume.
—Iago.
—No.
Me tira sobre la cama. Se me pone encima, a horcajadas. Me mira un segundo desde arriba, con los ojos avellanas muy oscuros y el pelo rizado suelto cayéndole por las sienes, y yo pienso: este tío es mío y yo soy suyo y hoy es la noche.
Me besa el pecho. Me besa el esternón. Me besa las costillas. Me baja la mano derecha por la tripa, por el elástico del pantalón, me desata el cordón, me baja la ropa. Me toca. Cierro los ojos.
—Mírame —dice.
Abro los ojos.
Baja la cabeza. Me la mete en la boca. No me quita los ojos de encima mientras lo hace, lo cual debería darme la risa y en cambio me arranca un gemido que no sabía que podía soltar.
Le cojo el pelo con la mano. Le aprieto.
No le obligo a nada, solo me agarro. Él sonríe con los labios alrededor de mí y yo me desarmo.
—Iago —digo—. Iago, para. Para.
Sale. Me mira.
—¿Qué?
—Para. No quiero así. Quiero contigo.
Se ríe. Una risa baja, ronca.
—Eso era conmigo.
—Sabes lo que digo.
—Lo sé.
Se sube otra vez. Me besa la boca. Le cambio la postura.
Le tumbo a él. Le desnudo yo. Le miro el cuerpo de arriba abajo.
Le paso la mano por el costado, por el tatuaje, por la cadera, por la parte interior del muslo.
Él aprieta la mandíbula. Le beso ahí, donde le late el pulso.
Le hago lo mismo que él me ha hecho a mí.
Le hago más. Le hago hasta que me aparta con la mano sana y me dice "ven, Jaume, ven ya, te quiero a ti".
Y yo voy.
Cojo del neceser lo que tengo que coger. Él está mirando al techo con la mano sana tapándose los ojos y respirando como si hubiera subido cinco pisos. Me pongo. Me acerco.
—¿Seguro? —digo—. ¿Así o al revés?
—Así. Tú arriba. Quiero verte.
—Vale.
Entro despacio. Él suelta el aire en un sonido que no pensaba que me iba a sonar tan caro. Me quedo quieto. Le miro.
—¿Bien?
—Bien.
—Dime.
—Bien, Jaume. Sigue.
Sigo. Me muevo despacio al principio. Le miro la cara, los ojos avellanas entornados, la boca abierta, el pelo pegado a la frente por el sudor.
Él me sube las manos por los costados, por los hombros, me mete los dedos en la nuca.
Me tira hacia abajo hasta que mi frente se encuentra con la suya.
Nos quedamos así, la frente contra la frente, respirando el mismo aire, moviéndome yo dentro de él despacio al principio, más fuerte después.
—Iago.
—Dime.
—No sé si sé hacer esto.
—Lo estás haciendo.
—No. Lo otro. Esto de... tenerte.
Abre los ojos. Se los ve muy oscuros. Me muerde el labio inferior.
—Pues aprende, maño.
Me río con la frente pegada a la suya. Le beso. Me muevo un poco más rápido. Él me clava los dedos en la espalda, despacio, sin hacer daño, marcando el ritmo. Suelta ruidos por la garganta, cortitos, cada vez que embisto, que me van a quedar guardados en alguna parte del oído para siempre.
Cuando va a acabar, me mira con esos ojos de avellana húmeda y me dice, con la voz rota, sin pensarlo:
—Me da igual no ir al Mundial, Jaume. Pero no me dejes.
Y ahí ya no puedo. Lo beso con fuerza, muevo las caderas dos veces más, y acabamos los dos casi a la vez, yo dentro y él entre los dos, con los brazos enredados y la cabeza metida en el hueco de su cuello.
Me quedo encima. Él me acaricia la espalda. Respira. Respiramos.
Cinco minutos así, sin hablar.
Luego salgo. Me tumbo a su lado. Él se gira, se me acurruca con la mano vendada apoyada sobre mi pecho.
—¿Te has oído? —le digo.
—¿Qué me he oído?
—Lo que has dicho.
—¿Qué he dicho?
Se ríe. Ya sabe qué ha dicho.
—Que te da igual no ir al Mundial.
—Ya. Me da igual.
—No te da igual.
—Bueno, no. Pero te iba a dar asco decir cualquier otra cosa.
—Iago.
—Dime.
—No te voy a dejar.
—Vale.
—No te voy a dejar.
—Lo oí. Dos veces.
—Las que haga falta.
Se calla. Cierro los ojos.
———
Me despierto con una luz fina entrando por la rendija de la persiana. Son las seis y diez. Iago duerme con la boca abierta sobre mi pecho, la mano vendada apoyada en mi clavícula. Tiene el pelo revuelto, una marca roja en la mejilla de la almohada y la respiración lenta.
Me aparto despacio. Voy a la ventana. La persiana da a la M-30. Al fondo, muy lejos, se ve la silueta azul del Ikea de San Blas. Detrás, una hilera de grúas naranjas.
Sale el sol. Madrid se vuelve de un rosa polvoriento que no es bonito pero hoy a mí me parece lo más bonito que he visto nunca.
Me quedo ahí un rato largo, en calzoncillos, con el cristal frío en la frente.
—Jaume —dice él desde la cama, con la voz ronca.
—Dime.
—Vuelve.
Vuelvo. Me meto en la cama. Me abraza. Se duerme otra vez. Yo no me duermo.
Me quedo mirando el techo, con su mano vendada sobre mi pecho, pensando que ayer gané la plaza y lo he ganado a él, y que hoy, si pudiera elegir, me cambiaría la plaza por las dos cosas.