Sin cuerda (Equipo Nacional 1) Jaume
43%

Jaume

Me despierto antes de que suene la alarma.

Seis y cuarto. Todavía no ha salido el sol del todo pero por la ventana del hotel de Vallecas ya entra esa luz gris azulada de Madrid que tanto odio y tanto me gusta a la vez.

Me quedo quieto diez minutos. Respirando.

Pensando poco. Cuando lo hago demasiado antes de una competición, me acabo sabiendo mal.

Me levanto. Estiro. Me bebo un vaso de agua de la botella que dejé en la mesilla anoche, cuando volví de la cafetería y me crucé a Iago con Marc rondando como una hiena.

Hoy no pienso en Marc.

Hoy pienso en tres boulders. Uno tras otro. No en la plaza. No en Iago. En tres boulders. Focus.

———

Desayuno con el equipo en el bufet del hotel.

Una tortilla francesa, un plátano, café solo, dos vasos de agua.

Iago llega cinco minutos después que yo.

Se sienta a dos sillas de distancia. No me mira.

Está tenso, pero es un tenso suyo bueno.

El tenso de antes de subir. Sofía está con los ojos cerrados comiendo un yogur como si estuviera rezando.

Mikel revisa el teléfono con cara de mala hostia y se levanta a los cinco minutos sin decir nada a nadie.

Normal. Antes de una final Mikel no habla.

Marc Puigvert llega el último. Con el pelo recién mojado y una sonrisa. Se sienta al otro lado de la mesa y se pone a untar una tostada como si fuera un anuncio de mantequilla.

Iago levanta la vista hacia él, tres segundos. Luego la baja otra vez al café.

Yo cuento hasta diez en catalán. Un, dos, tres, quatre, cinc.

———

La segunda jornada son otros tres boulders. Una placa lisa, un dinámico largo y un techo final. Como dijo Iago anoche, el slab malo, el dinámico en el que él es mejor, el techo. Por puntos, le llevo punto y medio por detrás. Solo tengo que clavar mejor que él dos de los tres.

En la sala de espera me siento en el suelo con la espalda contra la pared. Saco la libreta roja. Tengo apuntado el desglose de cada boulder por movimientos. Los reviso. Anoto, a lápiz, en el margen del techo final: "el crux es movimiento 5, no 6. Ojo con los dedos en el pinch lateral".

Cierro la libreta. La guardo en la mochila.

Iago pasa por mi lado camino del lavabo. Me roza la rodilla con la puntera del pie de gato sin mirar. Sin darse cuenta, quizá. Yo miro al techo.

Venga, que sí.

———

Sale él primero al primer boulder, el slab.

La placa lisa, presas de fricción, la que yo más domino de las tres.

Él no. Le veo por la pantalla del backstage.

Lo intenta con fuerza, se le escapan los pies en el tercer movimiento, se baja, vuelve a intentarlo.

Clava zona con cuatro intentos. No llega a top. Aplausos educados.

Mi turno.

Salgo al escenario. Hay más gente de la que había ayer. El pabellón se ha llenado. Hay una grada entera de chavales del club de Villaverde con una pancarta pintada a rotulador. Escucho a alguien gritar "vamos Jaume" y no sé quién es.

Miro la placa. Respiro por la nariz. Me restriego las manos con magnesia. Me enlazo los dos pendientes del aro izquierdo para que no me molesten. Arranco.

Primer movimiento: pie izquierdo en la bola amarilla, mano derecha al regleto plano. Sí.

Segundo movimiento: bicho al volumen superior. Cadera dentro. Sí.

Tercer movimiento: aquí es donde cayó Iago. Lo vi. Sé lo que hizo mal. Él metió pie derecho cuando debía ser izquierdo. Lo veo tan claro que me asusta. Meto pie izquierdo, saco la cadera, mano derecha a la presa del canto.

Sí.

Cuarto, quinto, top.

Flash. El primer flash del torneo. Aplausos.

Los ojos se me nublan un segundo al bajar, de alivio, y al colocar el pie en la colchoneta siento el latigazo de adrenalina recorriéndome desde los tobillos hasta los ojos.

Me siento en la grada del backstage con los codos en las rodillas y respiro dos minutos seguidos, mirándome los pies de gato.

Iago pasa por delante de mí. No me mira. Se sienta dos filas más allá.

Sé que le he comido medio punto de la ventaja. Sé que él lo sabe. Sé que no va a mirarme en lo que queda de jornada.

Lo aguanto.

———

Segundo boulder. El dinámico. El de él. Todos lo sabemos.

Iago sube como si la placa fuera un río, con esa fluidez que tiene a veces, cuando se le olvida pensar. Primer movimiento, bien. Segundo, bien. Tercero, el salto lateral al volumen rojo. Pega el vuelo. Atrapa la presa. Sigue.

Clava top al primer intento.

Flash, también.

El público aplaude. Mikel desde el palco aprieta los labios. Iago se baja, no levanta el puño, no mira a las gradas. Coge la sudadera y se sienta dos filas detrás de mí.

Mi turno.

El dinámico. No es lo mío pero no es imposible. Practico el movimiento dos veces en el aire, con los brazos. Me sitúo.

Subo.

Primer movimiento, bien. Segundo, bien. Tercero, el salto. Me elevo, extiendo el brazo, toco la presa, y el pie izquierdo se me queda enganchado en el volumen de abajo. Caigo. Entero. Golpe en la colchoneta. Me toco la cadera. No me he hecho nada.

Vuelvo a subir. Segundo intento.

Cuarto movimiento sí, quinto. Top.

Con bonus e intento. No flash. Dos puntos menos que Iago en este boulder.

Vamos empatados en puntuación. Un punto y medio de diferencia, todavía a su favor. Un boulder, el techo, para decidirlo.

Bajo la grada con el corazón en la garganta. Me siento. Saco la libreta roja. Ya no me sirve para nada porque ya la he estudiado, pero la saco. La tengo en la mano. Iago me mira. Se levanta. Se acerca. Se sienta a mi lado, a dos palmos.

No me habla.

Coge una cinta de cinta americana de mi magnesera, sin pedírmela. Se arregla la tira del pie de gato derecho. Me devuelve la cinta. No me mira.

Yo tampoco le miro.

———

El techo final es el boulder diseñado para separar al campeón. Seis movimientos en pared invertida. Dos pies de cadera abierta. Una pinza en un volumen. Crux en el movimiento cinco. Un top-out.

Iago sube primero.

Lo veo desde el backstage, en la pantalla. Empieza perfecto. El primer movimiento sale como si lo llevara ensayando un mes. El segundo, también. El tercero, la pinza. Ahí se le pone la cara de concentración total, la que tiene cuando el muro lo está mirando a él y no al revés.

Clava la pinza. Sigue.

Cuarto movimiento: bien. Quinto, el crux: lo clava. Joder. Lo clava. Yo aprieto los dientes y me digo, vale, Muro, tú haz el tuyo y ya veremos.

Y entonces ocurre.

En el sexto, el último, Iago tiene que hacer un simple lanzar de mano izquierda a la presa del top-out. Un movimiento que ha hecho mil veces. La presa es un cantazo. Nada raro.

Pero lleva toda la ronda apretando. Y lleva noche sin dormir. Y lleva tres semanas cargando con un nudo en los dedos por mi culpa.

Le falla la mano. La uña del pulgar se le abre en la pinza, la sangre le baja por la muñeca, y la mano izquierda no le responde al movimiento. Trata de aferrarse al top, la yema del dedo corazón toca la presa, no la cierra, y cae.

Cae al suelo desde la altura del techo. Aterriza mal sobre la cadera. Se queda un segundo tumbado en la colchoneta.

El pabellón entero suelta un "oh".

Iago se levanta. Sangre en la mano. La mira. Aprieta los dientes. Va a volver a intentarlo pero la jueza le enseña el tiempo. Quedan doce segundos. Diez. Subir no puede. Ocho. Se pone la sudadera con una sola mano. Siete. Sale de la zona. Cero.

Se queda con cinco movimientos. Sin top.

Mi turno.

Con top al primer intento gano el clasificatorio.

Con top al segundo intento, también. Si no llego al top, empatamos a puntos y decide el criterio de desempate, que en este caso es el top a menos intentos en la jornada, y ahí ganaría él.

O sea, tengo que subir.

Respiro. Me saco la cinta americana del pie de gato izquierdo que se me había descosido. Me pongo magnesia. Miro la pantalla del backstage. Iago está abajo, sentado en la silla de la doctora, que le está limpiando la mano con una gasa. Le tiemblan los hombros. No por llanto: por cansancio.

Cierra los ojos.

Me mira.

Asiente.

Es un gesto pequeño. Casi nada. Solo yo lo veo. Un "venga, maño".

Voy.

———

Primer movimiento, bien. Segundo, bien. Tercer movimiento, la pinza. Aprieto con los pulgares. Mantengo. Cuarto. Quinto, el crux. Saco la cadera. Cierro el pie. Lanzo.

Top.

Flash.

Me quedo arriba del volumen del top-out un segundo, mirando al techo del pabellón, y la gente grita tan fuerte que se oye mal. Me dejo caer con la clásica tripa, las manos al suelo, rodillas flexionadas.

Mikel baja corriendo desde el palco. Se me acerca. Me da un abrazo corto, áspero, de entrenador, de los suyos. "Muy bien, Muro". Y luego, ya al oído: "Ve al vestuario, a tu compañero, lo necesita".

Yo me giro buscando a Iago. No está. Se ha ido ya.

El pabellón entero vibra. En la pantalla grande aparece mi nombre arriba. Plaza para el Mundial.

Sofía me abraza por detrás. Nacho me da un cachete en la espalda. Celia me pone el cronómetro en la mano para que me seque el sudor con la toalla de la fisio. Mikel me mete en la sala de prensa.

Allí, entre focos, alguien me pone un micrófono delante. Periodistas. Cuatro preguntas.

Una: cómo me he sentido. "Bien. Preparado.

" Dos: qué espero del Mundial. "Llegar al podio.

" Tres: qué le diría a mi compañero Noguera, que ha quedado segundo.

"Que es un escalador enorme. Que habría podido ganar hoy.

Que me alegro de ir con él a Innsbruck como segundo, porque supongo que por la dimisión de otro equipo se abre una plaza. "

Esa frase la suelto sin saberlo. Lo había oído en los pasillos esa mañana. No sé si es cierta. Lo digo como deseo.

Cuatro preguntas más, las respondo en piloto automático, y me dejan salir.

Cuando voy al vestuario, Iago ya no está.

———

Vuelvo al hotel solo. Me ducho. Ceno con el equipo en el comedor. Me sonríen todos. Sofía me pellizca la mejilla. Nacho me paga una cerveza. Mikel me pide que brinde con él. Marc Puigvert no aparece en toda la cena. Iago tampoco.

Le mando un mensaje a las once.

"¿Vienes?"