Iago
El pabellón de Vallecas huele a goma de colchoneta y a magnesia y a sudor reciente. Siempre huele igual. Da igual que sea Madrid, Entrerríos o Ulsan. El olor de los pabellones de competición es universal y entra por la nariz al mismo tiempo que el miedo.
Las gradas están medio llenas. Mucha gente con chándal de club.
Banderas regionales. Un par de carteles con el dibujo de un escalador pintado a rotulador fluorescente.
Mikel nos ha reunido en el vestuario a las ocho y cuarto de la mañana, con el café del desayuno todavía en el cuerpo, y nos ha dado el discurso corto de siempre.
—Clasificatorio. Tres boulders el primer día. Tres el segundo. Puntos por top, puntos por zona, puntos por intentos. La gana el primero. Al Mundial va solo uno. No me miréis con esa cara, que llevo diciéndolo desde marzo.
—Mikel —ha dicho Sofía—, ¿puedo pintarme las uñas durante los boulders?
—No.
—Mikel...
—Sofía, no.
—Vale.
Mikel ha suspirado con la dignidad de un entrenador que lleva veinte años sin poder con Sofía Ríos, y nos ha mandado a calentar.
Y aquí estoy. En la sala de espera, detrás de la cortina negra que da al muro.
Jaume está dos filas por delante, haciendo movilidad de hombros.
No me ha mirado desde que hemos entrado.
Marc Puigvert, a mi derecha, está estirando los isquios con una cara de concentración fingida que me dan ganas de partirle los dientes.
Tres semanas. Han pasado tres semanas desde el audio.
Tres semanas que no han ido ni bien ni mal, sino raras.
En el piso, igual que antes. En el rocódromo, compañeros.
En el comedor, "¿me pasas la sal?" y poco más.
He dormido todas las noches en su cama. Me he ido antes que él al rocódromo todos los días.
Ayer, en el avión de Barcelona a Madrid, fingimos muy bien. Tres semanas. Misión cumplida.
Ahora toca ganar.
Respiro. Me ato el pelo con la goma. Saco la magnesera. Veo el parche del Club Alpino de Ansó cosido por mi padre y toco el bordado con los dedos, sin querer. Venga, maño.
———
Primer boulder. Una plancha inclinada a 40 grados con presas negras.
Tres agarres malos, uno bueno, un final con dinámica corta a un volumen.
Miro la reseña. Respiro. Me pongo los pies de gato.
Los de siempre. Los La Sportiva Solution con las tiras de cinta americana.
Pau Vergés siempre me dice que los tire. Paso.
Subo.
El primer movimiento sale plano, sin pensar. El segundo me obliga a levantar la cadera por encima del pie derecho y sale también. El tercero es el jodido: hay que salir lateral, mano izquierda a una presa cantuda, los pies en biela. Lo clavo a la primera.
Salto.
Top. Flash.
Aplausos. Me bajo, respiro, me pongo la sudadera. Marc Puigvert me mira desde la sala de espera con cara de haber chupado limón. Yo ni le miro. Levanto la ceja a Mikel, que asiente desde el palco de los entrenadores con los brazos cruzados.
Segundo boulder. Es el de Jaume. Lo veo por la pantalla del backstage.
Es un techo con dos placas que obliga a un desencaje de cadera al final.
Jaume empieza bien. Clava los tres primeros movimientos como si los hubiera inventado él.
Llega al crux del techo. Baja las caderas.
Se afianza. Y entonces, no sé por qué, quizá por la humedad del pabellón, quizá porque el chaval ha dormido mal, quizá porque lleva tres semanas dejando de ser él mismo por no cabrearme a mí, se le escapa la mano derecha.
Cae.
Segundo intento: pasa. Tercer intento: cae otra vez. Cuarto intento: top con bonus. No es flash. Ya va por detrás. Me miro las uñas. Intento no sonreír. Intento no sentir nada.
Me sale mal.
Porque me sale una especie de pinchazo en el pecho, como de lástima, que no me cuadra con querer ganar. Me cago en la puta. Me froto los ojos con los dorsos de las manos y me concentro.
Tercer boulder. Un slab de fricción, placa lisa con presas microscópicas.
El que menos me gusta. Peso mucho para fricción, las piernas no me ayudan tanto como a Jaume.
Pruebo. Me caigo en el segundo movimiento.
Vuelvo a probar. Me caigo en el tercero.
Al tercer intento llego a la presa del bonus pero no consigo el top. Me quedo con bonus.
Jaume clava su tercero con zona y top al segundo intento. Marc Puigvert no clava ni uno completo.
Cuando acaba la jornada, en el marcador del backstage aparece:
1. Iago Noguera. 2. Jaume Muro. 3. Marc Puigvert.
Mikel asiente. Sofía me lanza un beso desde la zona femenina. Jaume me mira una décima de segundo y aparta la vista.
———
En el hotel, la habitación individual que me ha asignado la federación es un cubículo con vistas a un patio interior y un radiador que hace ruido.
Me ducho. Me froto con demasiada fuerza, como si pudiera quitarme el peso del día a escobazos.
Me pongo el pijama de algodón gris que Jaume me regaló hace dos semanas, "porque dormir en ropa interior es cosa de adolescentes", y me quedo sentado en la cama con la tele puesta sin sonido.
A los diez minutos llaman a la puerta. Miro por la mirilla. Es él. Abro.
Lleva el pelo mojado y unas gafas que casi nunca se pone. Me había olvidado de que las tenía. Trae en la mano un plato de plástico con dos trozos de tortilla de patata que le habrá pedido al chico del room service.
—Te traigo cena —dice.
—¿No teníamos que comer separados?
—Diez minutos. Vengo y me voy. No nos va a ver nadie.
Entra. Cierra. Deja el plato en la mesilla. Se sienta en la cama, en el borde, con los pies en el suelo. No me mira.
—Hoy te has pegado una hostia —digo.
—Ya.
—En el segundo.
—Ya lo sé, Iago.
—¿Qué te ha pasado?
—No lo sé. Me he descolocado. No he pegado ojo esta noche y lo he notado ahí.
—¿Por qué no has dormido?
Se ríe. Una risa sin ganas.
—¿En serio me lo preguntas?
—Sí.
—Porque te he tenido al lado tres semanas, Noguera. Y hoy, por primera vez en esas tres semanas, hemos dormido en cuartos distintos. Y no he sabido.
Se queda así, con la mano apoyada en el muslo, con la cabeza baja, mirando el plato de tortilla. No me mira. Respira.
Y, de pronto, veo que se está aguantando las lágrimas.
Me cago en la puta.
—Jaume.
—Dame cinco minutos, Iago. Cinco. No digas nada. No me toques. Cinco minutos.
Y hace una cosa rarísima. Deja el plato en la mesilla, se echa hacia atrás, apoya la cabeza contra la pared de la cama y llora.
Sin ruido. Lágrimas gordas, caras, silenciosas.
No esconde la cara. Ni siquiera cierra los ojos.
Se queda mirando el techo con las lágrimas bajándole por las mejillas hasta el cuello.
Yo me quedo a un palmo. Le miro. No me muevo porque me lo ha pedido.
Cinco minutos, reloj en mano. Cinco minutos exactos. Lo cuento en la tele muda que sigue encendida detrás. Él llora sin sonido. Yo le miro las manos apoyadas en los muslos. Los nudillos están más marcados que nunca. Lleva tres semanas con un nudo en los dedos que no soltaba hasta ahora.
Cuando se cumple el tiempo, se pasa el dorso de la mano por la cara, muy deprisa, y se endereza.
—Ya —dice.
—Ya —digo yo.
—Perdón.
—No tienes que pedir perdón.
—Ya.
Se queda callado. Coge el plato de la mesilla. Se lo pone en el regazo. Parte un trozo de tortilla con el tenedor de plástico, se lo lleva a la boca, mastica. Luego, con la boca llena, me mira, y me dice la cosa más rara que me ha dicho en estas tres semanas.
—Iago.
—Dime.
—Gana mañana.
Le miro como si no le entendiera.
—¿Qué?
—Que ganes mañana. Está más cerca tuyo la plaza. Tienes un punto y medio de ventaja. Mañana hay techo y hay un slab malo para mí y un dinámico en el que tú eres mejor. Si juegas tranquilo, mañana ganas.
Me lo dice con la voz suave. Con los ojos rojos. Sin apartar la mirada.
—Jaume.
—No, Iago. Quiero que ganes. Lo he pensado hoy mientras me duchaba. No porque no quiera ganar yo. Lo quiero. Mucho. Pero si tú no vas al Mundial, nos vamos a quedar a mirarnos con pena cada día de los que vengan, y eso me destroza más que perder. Así que gana.
—No me puedes decir eso.
—Te lo digo.
—No me puedes decir eso, hostia.
—Lo hago.
Parte otro trozo de tortilla. Mastica. Me mira con cariño. La palabra es esa. Cariño. No la dicho nunca antes ninguno de los dos pero ahora mismo es eso, cariño, cariño a la vista, cariño sin cortinas, cariño puesto encima de la mesa con un tenedor de plástico.
Y me desmonta.
—Te odio —le digo en un susurro.
—Ya lo sé.
—Te quiero decir otra cosa y no puedo.
—No me lo digas. Dímelo después.
—Vale.
Se levanta. Me acerca el plato.
—Come, que mañana escalas.
Come mitad cada uno, sin decir nada más, sentados los dos en la cama con el plato en medio. Me sabe a aceite rancio y a sal y a la mano de mi madre. Me sabe mejor que nada.
Él se levanta. Va a la puerta.
—Duerme bien —dice desde la puerta.
—Tú también.
—Lo voy a intentar.
Se va. Cierra la puerta con cuidado. Yo me quedo con el plato vacío en el regazo y la tele muda detrás.
Pienso: este tío me está arruinando la vida, y le estoy dejando.
———
El hotel tiene un pasillo largo con moqueta verde y espejos enfrentados cada cuatro metros. Salgo al baño compartido a cepillarme los dientes porque el mío del cuarto no tiene agua caliente. Son las once y veinte. Voy en pantalón de pijama y camiseta blanca.
En el vestíbulo del piso, Jaume está saliendo del ascensor. Lleva una botella de agua en la mano. Vuelve, supongo, de la cafetería.
Nos cruzamos a tres metros.
Nos miramos. Un segundo. Dos. Tres.
No nos decimos nada. Yo sigo mi camino. Él el suyo.
Y entonces, por la puerta del ascensor, sale Marc Puigvert.
Marc me ve primero a mí. Luego ve a Jaume pasando por mi lado con la botella. Luego nos mira a los dos. Se queda muy quieto. Su boca se tuerce despacio en una sonrisa de conejito contento.
—Buenas noches, chicos —dice.
—Buenas noches —decimos los dos a la vez.
Jaume se mete en su cuarto. Yo sigo hacia el baño. No miro atrás. Escucho detrás de mí la voz de Marc cantando bajito una canción que no reconozco. La puerta de su cuarto se cierra con un click.
En el baño, con el cepillo en la boca, me miro al espejo.
Tengo ojeras. Tengo una marca en el cuello, antigua, casi borrada, donde Jaume me chupó hace diez días en el pasillo del piso de Gràcia.
Está medio cubierta por la camiseta, pero no del todo.
La fijo. La estudio. Calculo si se me vería con la camiseta de competición de mañana. No, cuello alto. No se me ve.
Escupo. Me enjuago. Me seco.
Cuando salgo, Marc Puigvert está apoyado en su marco de puerta, con la camiseta del equipo y las gafas en la mano, como si hubiera salido justo para coincidir conmigo.
—Noguera.
—Puigvert.
—¿Mañana?
—Mañana.
—Te vas a comer la plaza —dice, con una sonrisa que no le llega a los ojos—. Después de hoy, te veo fuerte.
—Gracias.
—Muy fuerte.
—Vale.
—Y a Muro, le veo raro.
Respiro despacio por la nariz. Cuento hasta tres. Uno. Dos. Tres.
—Muro está bien.
—Ya. Le veo raro igual.
—Marc.
—Dime, Iago.
—A dormir.
Se ríe. Se mete en su cuarto. Cierra.
Yo me quedo en el pasillo un par de segundos, con el neceser en la mano y el pijama arrugado, y siento cómo esa sonrisa de Marc se me clava en la nuca.
Siento que mañana, a la segunda presa en la que falle, él va a estar sonriendo con la misma sonrisa desde el backstage.
Siento que lo que ha visto esta noche lo guarda como una baza.
Me cago en la puta.
Vuelvo al cuarto. Enciendo la luz. Miro el techo.
Pienso en Jaume comiendo tortilla con el plato en el regazo, diciéndome "gana mañana".
Pienso en Marc sonriendo en el pasillo con la botella de agua en la mano.
Pienso en Mikel, que no sabe nada, o quizá sí.
Pienso en mi padre, durmiéndose en la butaca de Ansó con el audio de cinco segundos que le mandaré dentro de un rato, "desde Madrid, desde el hotel, mañana te cuento".
Apago la luz.
El radiador hace ruido. Yo respiro.
Mañana escalo. Mañana gano. Mañana decido si le hago caso a este tío y le gano la plaza, o si me caigo en la última presa y me quedo en Gràcia esperándole a que vuelva del Mundial.
Hostia.
Me giro en la cama. La sábana está fría por el lado que no he usado.
Huele a detergente industrial. No huele a Jaume.
No huele a él aunque yo querría que oliera.
Me doy cuenta de que, en tres semanas, me he acostumbrado a dormir con el olor del jabón verde de pastilla que él se compra en el herbolario de Gràcia y que usa cada noche para lavarse la cara.
Aquí, en este cuarto de hotel de Vallecas, no hay nada de él.
Solo el plato vacío en la mesilla y la marca del asiento de la cama donde ha estado sentado cuarenta minutos.
Me incorporo un segundo. Cojo el móvil. Le escribo.
"Buenas noches, Muro."
No le llamo Jaume. Le llamo Muro porque estoy en cuarto de hotel y porque soy un cagado que no quiere poner por escrito más cariño que ese.
Me contesta a los treinta segundos.
"Buenas noches, Noguera. Cuidadito con la mano izquierda. El crux del tres es con la derecha."
Sonrío con la cara contra la almohada.
Vuelvo a apagar la luz.
Cierro los ojos. Cuento ovejas. Cuento ovejas aragonesas, churras, rasas, del rebaño de mi padre. Las cuento una por una, hasta la veintitrés, que se llama Margarita, según el último audio, y parió dos corderos.
Duermo.