Jaume
La tostada se me ha quedado fría entre los dedos y no he sido capaz de dar otro mordisco. Dejo el móvil boca abajo sobre la mesa del salón y me paso la mano por la cara. Iago me mira desde la otra esquina del sofá con la taza de café a medio camino de la boca.
—¿Quién ha sido? —me pregunta por segunda vez.
—Marc.
—¿Puigvert?
—¿Quién va a ser?
—Hostia.
Me levanto. Voy a la cocina. Tiro el resto de la tostada al cubo de la basura y apoyo las dos manos en el filo del fregadero. Respiro. Cuento hasta diez en catalán, que es lo que me dice mi madre que haga cuando me pongo como me pongo. Un, dos, tres, quatre. Cinc.
Tranqui, Jaume. Focus.
Iago aparece detrás de mí con la taza en la mano. No me toca. Me mira. Eso es lo que hace cuando no sabe qué hacer con un problema que no se arregla escalando: mirarlo muy fijo, como si la cosa fuera a confesar.
—A lo mejor no es Marc —dice.
—Es Marc.
—Podría ser cualquiera.
—Iago, piensa. ¿Quién nos vio la mirada esa en el vestíbulo de Margalef el último día?
¿Quién bajó de su habitación a por un vaso de agua a las tres de la mañana justo cuando volvíamos de la ermita?
¿Quién tiene más razones que nadie para quejarse, porque él va tercero y si uno de nosotros dos se cae él sube?
—Marc.
—Marc.
Me llevo la taza de él a los labios y me bebo lo que queda. Frío. Amargo. Me sabe bien.
—Venga —dice él—. Lo hablamos a la luz del día.
—Vale.
—A la luz del día, Jaume. Nada de drama.
—No estoy haciendo drama.
—Estás apoyado en el fregadero como si tuviera que sujetarte.
Le suelto una mirada. Él aguanta la mirada y sonríe de medio lado, con el labio inferior todavía un poco hinchado de anoche.
Per Déu.
———
Nos vestimos. Él se pone los vaqueros oscuros y una camiseta mía, negra, que le queda grande en los hombros.
Yo me pongo un pantalón de chándal y una sudadera.
Nos sentamos en la mesa redonda de la cocina, el uno frente al otro, con la cafetera recién puesta entre los dos como si fuera una especie de testigo neutral.
—Bueno —digo yo.
—Bueno.
—A ver.
—A ver.
—Clasificatorio en tres semanas. Plaza única. Marc ya ha abierto la boca.
—Sí.
—Si Mikel se entera...
—Si Mikel se entera, no pasa nada. Mikel no es un cabrón.
—Mikel no. Pero la federación sí. Si sabe la federación, se acaba mi beca. Y la tuya también.
—Bueno, pero yo no tengo beca.
—Tienes el alojamiento, la dieta y el plus de concentración.
—Esos son veinte euros al día y la habitación del hotel.
—Son dos mil euros al mes, Iago.
Se calla. Da un sorbo al café. Deja la taza. Me mira.
—¿Qué propones?
—Discreción. Hasta después del clasificatorio. Tres semanas. Ni un beso en el rocódromo, ni un roce en la fisio, ni una mirada demasiado larga en el comedor. En el piso, lo que sea. Fuera del piso, compañeros. Punto.
—Compañeros.
—Sí.
—Tres semanas.
—Tres semanas.
Se queda callado. Abre la mano derecha sobre la mesa. Se le ve bien la cicatriz de Rodellar, blanca, irregular. La mira como si pudiera leer algo en ella.
—Yo no sé hacer eso —dice—. No sé mirar a un tío en el rocódromo y fingir que no me he pasado la noche con su cabeza en mi clavícula.
—Pues aprende. Aprendemos los dos.
—Hostia, Jaume.
—Iago, no te estoy pidiendo que reniegues de mí. Te estoy pidiendo tres semanas.
—Me estás pidiendo que mienta.
—Te estoy pidiendo que no cuentes nada.
—Es lo mismo.
—No es lo mismo.
Y ahí ya me doy cuenta de que le estoy levantando la voz, y que él no me está levantando la voz a mí pero tiene los nudillos blancos apretados alrededor de la taza.
Bajo el tono.
—Iago. En Colorado, cuando empecé con Daniel, nos tuvieron dos meses fingiendo que no pasaba nada porque él trabajaba en el mismo laboratorio que mi tutora.
Sé hacer esto. Lo odio, pero sé hacerlo.
Y sé que se puede. Tres semanas. Clasificatorio.
Pasa lo que pase. Y luego, lo que quieras.
Lo hacemos público si quieres. Me da igual. Pero ahora no.
Él mira la ventana. La cocina da al patio interior del edificio. Se ve la tele de la vecina del segundo, que siempre está puesta aunque ella no esté delante.
—Tú tienes una vida montada aquí, Jaume. Yo no. Yo tengo un padre que necesita esta beca mía para comer, porque la pensión de mi madre desapareció con ella. Tampoco me sobra nada de mí para fingir.
Aprieto los dientes. Eso me lo ha dicho a posta. Me lo ha dicho para hacerme ver que estamos en planetas distintos, y lo ha conseguido.
—Lo sé —digo bajito.
—Vale —contesta él—. Pues tres semanas.
—¿Sí?
—Tres semanas, Jaume. Por mí también. Pero no me pidas nunca más que te lo diga tres veces.
—Vale.
Suelta el aire despacio. Se levanta. Se acerca. Me da un beso corto en la coronilla.
—Me cago en la puta —dice—. Nos vamos al rocódromo.
———
En el rocódromo, Mikel nos clava a los dos ejercicios de fuerza hasta que empezamos a temblar. Tracción con lastre, campus, abdomen colgado. Todo el mundo nos mira porque es evidente que nos está poniendo más peso que al resto. No lo dice. No hace falta.
Cuando me paso de dos minutos parado en la barra, Mikel se acerca con las manos en los bolsillos del chándal azul y me habla muy cerca de la oreja.
—¿Todo bien, Muro?
—Todo bien, Mikel.
—¿Seguro?
—Seguro.
—Tres semanas. Tres putas semanas.
—Lo sé.
Mira a Iago en el otro extremo de la sala, que está haciendo dominadas con un chaleco de doce kilos y ni siquiera le tiembla la mandíbula. Mikel gruñe. Luego me mira a mí, y es como si quisiera decirme algo más, pero no lo dice. Se aleja.
Huele a tabaco de liar incluso sin haberse acercado a ninguno. Es un misterio.
———
A mediodía me toca fisio. Celia me trabaja el dorsal, el mismo que me rompí la fibra hace dos meses y que todavía me da calambres cuando cierro pegada. Estoy boca abajo en la camilla, con la cara metida en el agujero del respiradero, oliendo a la toalla verde que lavan con detergente industrial.
Ella trabaja en silencio un rato. Se sabe mi dorsal de memoria. Sabe dónde apretar y dónde no. Es casi paternal cómo me trata, aunque tenga solo un año más que yo.
—Jaume —me dice en algún momento, sin dejar de trabajar.
—¿Mmm?
—¿Qué te pasa?
—Nada.
—Jaume.
—Celia, nada.
—Tienes el trapecio más duro que un ladrillo cocido. Y Mikel te ha puesto tres kilos más en el campus. Y llevas cuarenta minutos sin decir ni una tontería, lo cual es un récord mundial. Algo te pasa.
—No duermo bien.
—¿Por qué?
—No lo sé.
Miento con elegancia. Llevo años mintiendo con elegancia. Se me da bien. En Colorado aprendí que hay maneras de no decir la verdad sin decir una mentira, y ahora mismo estoy haciendo eso. No estoy durmiendo bien. Es cierto. No le estoy diciendo por qué. Es cierto.
Y aun así me repugna.
Celia me clava los pulgares en el trapecio y yo suelto un quejido.
—Tú sabrás —dice ella, con ese tono valenciano de "a mí no me cuelas pero allá tú".
—Celia, en serio, estoy bien.
—Vale, Jaume. Estás bien. Pero si no duermes, el clasificatorio lo subes medio lesionado. Así que ponte a dormir, aunque sea con pastilla. ¿Me oyes?
—Te oigo.
—Y si lo que te pasa es que tienes líos personales, resuelvelos rápido. No podemos permitirnos un Muro a medio gas.
—Vale.
Levanto la cara del agujero. La miro por encima del hombro. Ella está colocando la camilla para trabajarme el cuádriceps. Tiene la goma del pelo en la muñeca y el pelo corto alborotado. No me mira. Está pensando.
—Celia.
—¿Qué?
—Gracias.
—De nada, guapo.
———
A la salida del rocódromo, Iago y yo coincidimos en el vestuario.
No nos miramos. Él abre su taquilla. Yo abro la mía al lado.
Marc Puigvert está tres taquillas más allá, quitándose los pies de gato, hablando en voz demasiado alta con un chaval del equipo lead sobre una vía que ninguno de los dos ha subido.
Iago cierra su taquilla con un portazo.
Marc levanta la vista. Le mira. Le sonríe con esa sonrisa que tiene Marc de "yo sé algo que tú no sabes".
—Noguera —dice.
—Puigvert.
—¿Mal día?
—Buen día.
—Pues lo disimulas bien.
Iago se ríe, una risa corta, sin gracia. Pasa por delante de Marc sin decir nada más y sale del vestuario. Yo le sigo con la vista hasta la puerta y luego, para disimular, me pongo a colgar el arnés en el gancho. Marc me sonríe también a mí.
—Muro.
—Puigvert.
—¿Y tú qué tal?
—Bien.
—Os veo muy unidos —dice, con un tono que me revienta las tripas.
—Somos compañeros.
—Ya. Ya veo.
Se va tarareando. Yo cierro la taquilla con cuidado, porque si la cierro con fuerza todo el rocódromo se entera de que Jaume Muro tiene un problema.
———
Cuando salgo a la calle ya está oscureciendo. Iago no me ha esperado. Cojo el metro hasta Gràcia. Luego camino despacio por la calle del Canó. Me paro en el supermercado a por pan y una lata de anchoas. Subo.
Iago está en el sofá con la tele puesta en mudo y la mirada clavada en el balcón. Tiene el móvil en la mano. Se gira cuando me oye abrir.
—Hola.
—Hola.
—¿Qué tal la fisio?
—Bien. ¿Y Mikel?
—Un cabrón, pero bien.
Le dejo el pan y las anchoas en la encimera. Me quito las zapatillas. Me siento a su lado en el sofá, con un palmo de distancia. Está raro. Lo noto.
—Iago.
—Mmm.
—¿Qué pasa?
—Nada.
—Iago.
—Nada, Jaume, de verdad. Estoy cansado.
—Vale.
Me quedo. No le toco. Él tampoco me toca. Al rato se levanta, va al baño, vuelve. No me mira. Se va a la cocina a picar algo.
Yo me quedo en el sofá con la tele muda. En pantalla, un presentador habla sin sonido.
El móvil me vibra.
Lo saco. Es un audio de Iago.
¿De Iago? Si está en la cocina. ¿Por qué manda audios?
Pulso play con los cascos puestos. Me sube la voz al oído, más grave que de costumbre.
"Jaume. No te lo digo a la cara porque luego vienes y me lías.
A ratos te odio, maño. Por cómo me has pedido tres semanas hoy en la cocina.
Por cómo has mirado a Celia como si fuera una extraña.
Por cómo has sonreído a Marc Puigvert cuando te ha dicho gilipolleces.
A ratos te odio. Y aun así voy a cumplir tus tres putas semanas.
Buenas noches. Acabo la cena y me voy a la cama tuya. "
Me quito los cascos. Me quedo mirando la pantalla del teléfono. El audio dura treinta y cuatro segundos.
Oigo ruido en la cocina. La tapa de la olla. Una cuchara. Se puso a hacerse pasta.
Me froto la cara con las dos manos.
A ratos te odio.
Ya. Me lo creo. Yo, a ratos, también.
Vuelvo a pulsar play. Me pongo el audio una segunda vez, solo para oírle decir "maño" con esa vocal abierta que solo pone cuando se cabrea. Luego me levanto despacio del sofá y voy a la cocina. Me apoyo en el marco de la puerta.
Él está removiendo la olla. No se gira.
—Iago.
—Mmm.
—He escuchado el audio.
Para de remover. Se queda quieto. Me mira por encima del hombro.
—Vale —dice.
—Vale.
—¿Y?
—Y que yo también, a ratos.
Asiente. Se gira otra vez hacia la olla. Remueve.
—Pues al menos estamos empatados —dice.
—Al menos.
Me quedo en el marco. No me acerco. Él no se acerca. La pasta borbotea despacio. El vapor sube al extractor. Suena un anuncio de no sé qué en la tele del salón. Fuera, un coche frena en el cruce.
Y aun así, aquí, en la puerta de esta cocina de siete metros cuadrados, con un tío cabreado removiendo una olla, me siento más en casa que en ningún sitio en el que haya estado desde que me fui de Boulder.
Joder.
Per Déu.
Cierro los ojos un segundo. Los abro. Camino hacia él. Le paso la mano por la cintura, despacio, por encima de la camiseta. Él no se aparta.
—Tres semanas —le digo al oído.
—Tres semanas —contesta—. Y luego me contestas al audio como Dios manda.
—Como Dios manda.
—Vale.
Sigue removiendo la pasta. Yo dejo la mano un rato más en su cintura. Luego la retiro. Saco dos platos del armario. Pongo la mesa.
Él no dice nada. Yo tampoco.
Y así.
———
Nos sentamos a cenar. El olor a tomate frito con albahaca llena la cocina.
Yo me sirvo el agua. Él se sirve una Coca-Cola Zero, que es su concesión diaria al capricho.
Hablamos de tonterías. De una serie que ha empezado Sofía y nos ha recomendado.
De un vídeo de una cabra montesa que le ha mandado su padre a él esta mañana.
Del ruido del extractor, que necesita un repaso.
Nada del clasificatorio. Nada de Marc. Nada de Mikel.
Nada de lo que no se puede decir en una cocina.
Cuando recojo los platos, él me coge la muñeca al pasar. No me aprieta. Me la coge y me la aguanta tres segundos contra su tripa. Me mira desde abajo, desde su silla. Tiene las pestañas largas y oscuras y los ojos avellanas más claros de lo normal bajo la luz de la lámpara de cocina.
—Iago.
—Dime.
—Tres semanas.
—Tres semanas.
—Y luego nos encargamos de todo.
—Vale.
Me suelta la muñeca. Me voy al fregadero. Friego los dos platos y la olla con el estropajo verde. Él seca con un trapo. Me mira la nuca mientras frego, lo noto. Yo friego más despacio.
Al acabar, apagamos las luces de la cocina. Él se va al sofá. Se acurruca con una manta a cuadros y el móvil. Yo me siento a su lado sin tocarle. Ponemos un capítulo de una comedia americana que no entendemos del todo. Nos reímos a medias, en los momentos equivocados.
Se me duerme el brazo antes que él.