Iago
No aparece. Lo que aparece son semáforos y gente cruzando con bolsas de la compra.
—Ya estamos —dice él cuando giramos por Gràcia.
—Ya.
No me mira.
Subimos en ascensor en silencio. Huele a mi sudor y al suyo y al champú barato de la pensión Els Estel. Nos paramos en el cuarto. Jaume abre la puerta del piso con una mano y entra cargado. Yo detrás. Deja los petates en la entrada. Cierra.
El pestillo hace un clac que no sé qué significa.
—Te voy a...
No termina la frase. Me empuja contra la pared del pasillo y me besa.
Es un beso distinto al de la ermita. Aquel era de vino y chocolate y miedo.
Este es de cinco horas de furgón y de ganas acumuladas y de saber que ya no hay que caminar tres kilómetros para llegar a ninguna cama.
Me coge de la nuca con una mano y me aprieta la cintura con la otra y me muerde el labio inferior como si no me hubiera besado en veinte años.
Le devuelvo el beso con la mochila todavía colgando del hombro. Se me cae al suelo. No me agacho.
—Cinco minutos —dice contra mi boca—. Cinco minutos hemos tardado.
—Has sido tú —contesto.
—He sido yo.
Me besa otra vez. Sabe a menta de chicle Orbit, la que mastica en el coche para no fumar. Le meto la mano por debajo de la camiseta y le toco la espalda húmeda, los omóplatos, la curva que hace al final. Se estremece. Suelto el aire contra su cuello.
—Joder —digo.
—Ya.
———
Nos separamos porque suena el timbre del portero. Es el mensajero del pedido de proteína que Jaume había hecho la semana pasada. Él baja a recogerlo con la camiseta mal puesta y la boca roja y yo me quedo en la cocina mirando mis manos como si fueran de otro.
Cuando vuelve me trae un bote grande de proteína de chocolate y una cara de adolescente pillado en falta.
—¿Café? —pregunta.
—Café.
Pone la cafetera italiana al fuego. Se apoya en la encimera. Me mira. Yo me apoyo en la otra encimera y le miro. La cocina es tan pequeña que si uno de los dos tuviera que abrir la nevera el otro tendría que apartarse.
—En tres semanas —dice él, y lo dice con el tono que pone cuando ya lleva un rato pensando algo—. En tres semanas es el clasificatorio.
—Lo sé.
—Iago.
—Lo sé, hostia.
Me paso la mano por el pelo. Me lo acabo de soltar del moño y lo llevo revuelto. Se me pegan mechones a la frente sudada. Jaume me mira el pelo y se muerde el interior del carrillo.
—Si esto es un rollo de concentración —dice—, un calentón, un no sé qué... dímelo ya. En serio. Prefiero saberlo.
—¿Qué?
—Que si esto es porque hemos estado una semana encerrados en una pensión juntos y se me ha metido tu olor en la camisa y a ti el mío, dímelo. Lo acepto. Pero dímelo antes del clasificatorio. Si vamos a competir por la misma plaza con esto en el cuerpo, necesito saber qué es esto.
La cafetera empieza a pitar. Él la coge del asa con un trapo, la levanta y sirve dos tazas. No me quita los ojos de encima.
Me cago en la puta.
Abro la boca y no me sale nada. Le miro el anillo ámbar alrededor de los iris grises y me doy cuenta de que no sé qué contestar.
Porque no lo sé. Porque yo nunca he tenido que ponerle nombre a esto con un tío a la luz del día en una cocina con olor a café.
Con Marcel fue dos veranos de refugio en refugio y un abrazo en una estación de tren.
Con las chicas, cuatro rolletes de campeonato y ya.
Esto es otra cosa. Esto es un tío sirviéndome café a las once de la mañana con cara de llevar sin dormir toda la noche por mí.
—No lo sé —digo al fin.
—Vale.
—No es que no lo sepa de... no es que sea un calentón. Eso no.
—Vale.
—Es que no sé qué nombre ponerle, Jaume. No me pidas nombre.
Él asiente muy despacio. Me pasa la taza.
—Pues entonces no me pidas que no te bese.
—No te estoy pidiendo eso.
—Vale.
Bebe. Bebo. El café me quema la lengua. Me sienta bien que me queme.
—¿Y si hacemos esto? —digo—. Hasta el clasificatorio. Lo que sea. Sin nombre. Sin planes. Solo lo que pase.
—Lo que pase —repite él.
—Y después hablamos.
—Después hablamos.
Levanta la taza como para brindar. La choco contra la suya. Hacen un ruido de cerámica barata que me da la risa.
—Qué gilipollez —digo.
—Muy gilipollez.
Pero nos reímos los dos.
———
Acabamos el café en la cocina. Él deja la taza en el fregadero. Yo me acerco y le paso los dedos por la cintura, por encima de la camiseta, despacio. Él me deja hacer. Se gira. Me pone las manos en la cara, con los pulgares contra las mejillas, y me mira.
—Venga —le digo.
No hace falta más. Se acerca. Me besa. Esta vez lento.
Me lleva de la mano al salón. No al dormitorio.
Al salón, al sofá gris que ya conozco, donde he dormido la siesta tres veces esta semana.
Me siento. Él se sienta a horcajadas sobre mis muslos, con las rodillas a los lados.
Pesa poco. Menos de lo que pensaba. Me besa el cuello despacio.
Sus dos pendientes de aro me rozan la mandíbula.
—Le he dado muchas vueltas a esto —dice contra mi piel.
—Pues hazlo de una vez, maño —le contesto, aunque él no es maño de nada.
Se ríe. Me coge la camiseta por el dobladillo y me la sube hasta dejármela hecha un gurruño a la altura del cuello.
No me la quita. Me pasa la palma abierta por todo el torso, por el tatuaje del Anie, por las costillas.
Siento el relieve de la piedra tatuada como si fuera él quien la hubiera dibujado.
—Esto de aquí —me pregunta, rozando la cicatriz del nudillo anular—. ¿Dónde te lo hiciste?
—Rodellar. Un 8a+. Llovía. Resbalé y me corté con un canto.
—Duele.
—Dolió.
Me mira los ojos y luego me vuelve a besar. Sus manos no paran. Me desabrocha el botón del pantalón pero no me lo baja. Me toca por encima, la mano plana, despacio, y yo suelto un ruido que ni yo me reconozco.
—Jaume.
—Dime.
—No puedo hacer esto con la camiseta a medio quitar, quedo ridículo.
Se ríe con la boca pegada a mi cuello. Me la quita de un tirón, me la lanza al otro sofá.
Él se quita la suya con un gesto rápido, cabeza abajo, como si estuviera en el vestuario.
Me quedo mirándole el pectoral, la pulgada de piel blanca que se le pone rosa donde el pecho se junta con el cuello.
Le toco. Me toca. Le paso la lengua por la clavícula y él me muerde el hombro sin hacer daño.
Nos pasamos así mucho rato. Quince minutos, veinte, no lo sé.
Besos largos, manos por encima del pantalón primero, después por dentro del pantalón.
Yo le toco. Él me toca. No pasamos de ahí.
No llegamos a la cama, no nos desnudamos del todo, no hay nada más.
Pero me corro con la frente contra su cuello, con su mano sobre mí y su voz en mi oreja diciendo "así, joder, así", y él se corre un minuto después, mordiéndome el hombro, con las caderas apretadas contra las mías.
Nos quedamos en el sofá. Yo panza arriba, él encima, con la mejilla apoyada en mi pecho. Sudor mezclado. Respiración que no termina de calmarse.
—Hostia —digo al techo.
—Ya.
—Ni siquiera hemos...
—Ya. Lo sé. Da igual.
Da igual, pienso. Y me doy cuenta de que es verdad.
No pasa nada si no hemos ido más lejos. Ha sido suficiente.
Es un pensamiento tan raro para mí que me quedo con él un rato antes de decirle nada.
Yo suelo medir todo. Suelo llegar al top o no llegar.
No hay medias tintas en la pared, no las hay en la cama.
Ahora mismo, con este tío respirando encima, me da lo mismo no haber llegado al top.
Jaume levanta la cabeza. Me mira.
—¿Qué piensas?
—Que tengo que lavar los pantalones.
—Muy romántico.
—Ya me conoces.
Se ríe y me da un beso en el mentón.
———
Cenamos lo que hay en la nevera: tortilla francesa, un trozo de queso manchego duro, tomate con aceite. Él pone música en el Bluetooth, un grupo catalán de los noventa que yo no conozco. Me canta el estribillo poniendo voz dramática y yo le tiro una miga de pan a la frente.
Nos cepillamos los dientes al mismo lavabo. Él a mi izquierda, yo a su derecha. Me mira por el espejo y escupe a la vez que yo. Nos reímos con la espuma en la boca como dos críos.
—¿Tu cama o la mía? —pregunta él con el cepillo en la mano.
—Tanto me da.
—La mía es mejor.
—¿Por?
—Porque tiene colchón viscoelástico y la tuya es un somier con muelles oxidados que hacen más ruido que el reloj de la catedral.
—Joder, Jaume, pareces un anuncio de tienda de camas.
—Pues la tuya.
No me da tiempo a pensar que es la primera vez que voy a dormir de verdad en una cama con un tío, con la cabeza puesta en su almohada, sin tener que levantarme de madrugada a por un vuelo.
No me da tiempo porque ya estoy dentro de la cama y él entra detrás de mí y me abraza por la espalda.
Me pone la frente entre los hombros. Respira profundo. Se duerme en tres minutos.
Yo tardo más. No por ansiedad. Por asombro.
Lo miro en la oscuridad. La luz de la farola de la calle del Canó entra por la rendija de la persiana y le dibuja una línea dorada en la mejilla. Tiene las pestañas muy largas. No lo había visto de tan cerca.
Me da la impresión de que esto es un error gigante. Y también la impresión de que, aunque lo sea, no voy a corregirlo.
Apago la luz mental con un suspiro.
———
Por la mañana me despierta él, no el despertador. Me pone una taza de café humeante en la mesilla de mi lado y se sienta al borde de la cama con el pelo mojado y los pendientes todavía sin poner.
—Buenos días.
—Buenos.
—Te he hecho tostadas.
—¿Tostadas?
—Con aceite y tomate. Como en casa.
—Yo soy aragonés, no catalán.
—Es lo mismo, a estos efectos.
—No es lo mismo.
—Iago, cállate y come.
Me paso la mañana desayunando en calzoncillos y camiseta en el sofá del salón, con él al lado leyendo en voz alta el Segre con el titular de boulder.
Me da un mordisco de su tostada. Me roba media de la mía.
Hablamos de tonterías. De que Nacho Vidal nos debe veinte euros de la pizza del viernes.
De que la niña de Sofía le dijo a su madre que yo le parecía el hermano del oso de Masha.
De que Mikel debería dejar de fumar tabaco de liar porque nos huele a los doce kilómetros.
Me río. Él se ríe. No hablamos del clasificatorio. No hablamos de lo que somos. Comemos tostada y nos reímos.
Pienso: podría acostumbrarme a esto.
El móvil vibra sobre la mesa. Es el grupo del equipo. Alguien ha escrito.
Jaume se inclina, lee, y la cara se le cae al suelo.
—¿Qué pasa? —pregunto.
Gira el móvil hacia mí.
Es un mensaje de Mikel. Muy corto, muy de él, en mayúsculas como siempre. Tres líneas.
"Tengo una queja anónima de que hay dos corredores saltándose las normas de concentración. Sabéis de qué hablo. Si es verdad, arregladlo antes del clasificatorio. No me voy a repetir."
Jaume deja el móvil boca abajo sobre la mesa del salón. Mira la tostada que le queda en la mano como si no la reconociera.
—Joder —digo yo.
—Sí.
—¿Quién ha sido?
—No lo sé. Pero lo sé.
Nos quedamos mirando la tostada. Afuera, la calle del Canó empieza a ponerse ruidosa con el reparto del colmado.
Un pájaro pía en el balcón. Dentro, yo oigo cómo se me acelera el pulso contra el cuello de la camiseta.
No me gusta. Llevo dos años aprendiendo a tener pulsaciones bajas en competición, a respirar antes de cada movimiento, a no dejar que el corazón suba a las sienes.
Y ahora, a los veinte minutos del desayuno, tengo el pecho como un bombo por un mensaje de cuatro líneas de un tío al que llamo "Míster" desde hace un mes.
—No te alteres —dice Jaume despacio, aunque es él quien tiene la tostada entre los dedos todavía sin comer.
—No me altero.
—Iago.
—No me altero, hostia.
Se levanta. Deja la tostada en el plato. Se pasa las dos manos por la cara. Respira largo por la nariz.
—Vamos a ir al rocódromo como siempre. Vamos a escalar. Vamos a comer en la cafetería con el resto del equipo. Vamos a fingir. Y vamos a hablar esta noche aquí, en casa, con calma.
—Vale.
—¿Vale de verdad?
—Vale de verdad.
—Pues come.
Me muerdo la tostada. Está fría. El tomate se me resbala un poco sobre el labio. Jaume me lo limpia con el pulgar y yo me lo dejo hacer, aunque cinco minutos antes hubiera tirado el plato por menos.
Me cago en la puta. Este tío me va a volver majara.