Sin cuerda (Equipo Nacional 1) Jaume
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Jaume

El lunes a media mañana, Mikel nos reúne en el comedor común de Rosa y nos hace una evaluación del fin de semana con café de cafetera italiana y galletas maría.

Nos dice que esta tarde hacemos descanso activo (caminatas por la zona, nada de roca), que esta noche cenamos todos juntos en el comedor (invita él), y que mañana a las siete salimos del Transporter de vuelta a Barcelona.

Tenemos aún el martes y el miércoles en el Vertical antes del clasificatorio.

—Y me ha gustado lo que he visto este fin de semana —dice Mikel, apoyando el codo en la mesa y mirando a Iago y a mí—. Los dos habéis subido más de lo que esperaba.

—Gracias —decimos los dos a la vez.

Marc nos mira de reojo. No dice nada. Sofía me guiña un ojo.

Mikel se va con Pau a ver unos campos nuevos en Vilanova. Marc y Álex cogen el coche y se acercan al monasterio de Escaladei. Sofía se queda en la pensión leyendo. Iago y yo decidimos ir juntos a andar hasta la cascada de Salt de la Fontcalda, que está a media hora andando.

Andamos. Hablamos poco. De todo y de nada. De un perro que se nos cruza. De una señora que nos pregunta si vamos a recolectar espárragos trigueros (no vamos). De la temperatura. Del cielo que se está nublando al sur.

Él camina al mismo ritmo que yo. Ni delante, ni detrás. Es la primera vez que me doy cuenta de esto. En el sendero de ayer íbamos en fila. Hoy vamos en paralelo porque la senda es ancha. Y él no acelera cuando yo acelero, ni frena cuando yo freno. Me respeta el paso sin decirlo.

Llegamos a la cascada. Es una caída pequeña de dos metros, con un poza al pie, agua clarísima. Nos sentamos en una piedra plana. Bebemos agua. Le pasa los pantalones por los tobillos y mete los pies en la poza.

—Joder, qué fría —dice.

—Margalef en abril.

—Pero rica.

—¿Te metes?

—No estoy loco.

Me río. Él se ríe. Se saca los pies del agua, los apoya al sol en la piedra, se queda medio tumbado con los codos atrás y la cara al cielo.

La camiseta se le sube un dedo por encima del pantalón.

Le veo un trozo de tatuaje del costado izquierdo.

Ahora sí lo distingo. No es una curva ni un pico.

Es una línea irregular, larga, con un triángulo alto al centro.

—¿Qué es?

Él se incorpora. Baja la camiseta. Se mira el costado.

—El relieve del Anie. El pico del valle.

—Bonito.

—Me lo hice a los veintidós. En Jaca.

—¿Duele?

—En el costado como un hijo de puta. Pero poquito.

—Que haga daño no quita que sea bonito.

—Eso igual vale para muchas cosas.

Me mira. Le miro. Nos sostenemos los ojos dos segundos, tres, cuatro. Él aparta la vista primero. Yo después.

Volvemos a la pensión a media tarde, con los pies llenos de polvo. Nos duchamos por turnos. Dormimos una siesta media hora cada uno en la habitación doble (él primero, luego yo, no a la vez, un acuerdo silencioso). A las ocho bajamos a cenar.

———

La cena en el comedor es distinta a las anteriores.

Rosa ha sacado una mesa larga, con mantel blanco, dos velas, y Mikel nos ha pedido un cordero al horno con patata.

Marc trae una botella de vino de Priorat.

Álex, una bolsa de pan tostado. Sofía, humor.

Yo no traigo nada porque no hemos pasado por una tienda. Iago trae él mismo.

Nos sentamos todos. Mikel preside la mesa. A su derecha, Sofía. A su izquierda, Marc. Luego Álex. En el otro extremo, Iago y yo enfrentados uno al otro. Rosa no come con nosotros pero nos entra al principio para saludar. Brindamos con el Priorat.

—Por el fin de semana —dice Mikel.

—Por el fin de semana.

Comemos. Cordero, patata, ensalada. Hablamos del clasificatorio. De las apuestas (no oficiales) que según Marc los del valle de Tena ya están tirando a favor de Iago o de mí. De que Iago no tiene redes sociales. De que yo las tengo pero casi no las uso. Sofía cuenta cómo conoció a Nacho.

Iago se sirve el segundo vaso de vino. Yo me detengo en el primero. Él me mira. No me dice nada. Se bebe el tercero lento. Tiene las mejillas rojas por dentro.

A los postres, Mikel se pone serio.

—Chicos —dice—, una cosa. La plaza es una. Pero de aquí al clasificatorio, aquí no hay enemistad. Los dos tenéis la misma posibilidad. Los dos tenéis que ayudaros si yo os lo pido. ¿Me lo juráis?

—Te lo juro —decimos los dos.

—Vale.

Marc se ríe con una risita rara que me molesta. No digo nada. Sofía le pisa un pie por debajo de la mesa (lo sé porque Marc levanta la cabeza con un mohín). Se calla.

Después del café, Marc y Álex se levantan, se despiden, se bajan al bar del pueblo a tomar un chupito. Sofía dice que ella se queda con Rosa charlando, que tiene ganas de catalán lento. Mikel se sube a su cuarto a llamar a su mujer.

Iago y yo nos miramos. Él levanta las cejas.

—¿Paseo? —dice.

—Paseo.

———

Salimos del comedor, cogemos los chaquetones finos, y nos vamos andando por la calle principal. Margalef de noche tiene cuatro farolas, y la luna llena. Casas cerradas, una tele encendida en una, un gato rondando un contenedor. Oímos, a lo lejos, un burro que rebuzna como si tuviera quejas.

Salimos del pueblo. Caminamos por un sendero de tierra que sube hacia la ermita de Santa Magdalena, la que hemos visto esta tarde desde abajo.

La senda es cómoda. Llegamos a la ermita en veinte minutos.

Es una capilla pequeña, cuadrada, de piedra, con la puerta cerrada, con una cruz en lo alto.

Delante, un banco de piedra. A lo lejos, el pueblo iluminado por tres farolas.

Nos sentamos en el banco. Él a un lado, yo al otro.

El silencio es de los buenos. Se oye un grillo. La luna, llena, nos ilumina como un foco.

—Jaume —dice Iago.

—Qué.

—Una pregunta.

—Dale.

Se gira hacia mí. Apoya un codo en el respaldo del banco. Me mira. Tiene los ojos brillantes por los tres vasos de vino.

—¿Qué harías si te retiraras mañana?

Me paro. Pienso la respuesta. Las diez opciones automáticas las descarto. La que me sale de verdad es la que le digo.

—Cogería un coche. Un Golf viejo. Lo llenaría de gasolina. Cogería una mochila. Un saco. Un libro. Una libreta. Apagaría el móvil. Me iría un año entero sin decirle a nadie a dónde voy.

—¿Nadie?

—Nadie.

—¿Ni a tu madre?

—A mi madre le mandaría una postal desde donde llegue, cada dos meses.

—¿A Martí?

—Un email desde un cibercafé cada tres.

—¿A mí?

Me quedo quieto. Él me mira. No se mueve.

Me trago la pregunta. Me pongo a tantear. No sé cuál es la respuesta segura. Le contesto la verdadera.

—A ti te mandaría una foto de un pico cada semana, sin texto.

—¿Un pico cada semana?

—Uno cada semana.

—¿Hasta cuándo?

—Hasta que uno de los dos dijera "vuelve" o "no vuelvas".

—Jaume.

—Qué.

—Eres un romántico de cojones.

—Soy un ingeniero.

—Eres un romántico.

—Vale, soy las dos cosas.

Se ríe. Una risa honda. Se le arruga la nariz rota. Se le ve el diente de abajo ligeramente torcido.

Me sostiene la mirada otra vez. Pero esta vez no aparta los ojos. Me mira los ojos, luego la boca, luego los ojos otra vez, luego la boca.

—Iago —digo, muy bajito.

—Qué.

No sé qué decir. No me sale. Me callo. Trago.

Él se me acerca un centímetro. Dos.

Me mira la boca.

—Si no me besas ahora, te pego —dice.

Me sale una risa rota. Me acerco yo también. Le miro la boca. La tiene partida del viento. Tiene una arruguita al lado del labio inferior. La veo ahora. La veo bien.

Le pongo la mano derecha en la nuca. Tengo los dedos fríos. Él se estremece. Me pega la frente a la frente. Cierra los ojos. Yo cierro los ojos.

Le beso.

Y es igual que caer en un boulder bien aterrizado y igual que caer en un boulder mal aterrizado y igual que no caer, las tres a la vez.

Le beso con la lengua fría, él me besa con la lengua caliente, tiene sabor a vino y a chocolate.

El corazón me hace un ruido raro. No me importa.

Me meto en el beso. Él se mete en el beso.

Abro más los labios. Él abre más los labios.

Le pongo la otra mano en el costado, encima del tatuaje del Anie, a través de la camiseta.

Él me pone la mano en la mandíbula, me la abre, me besa más hondo.

No hace ni dos segundos y ya estoy mareado.

Nos besamos un minuto. Dos. No tengo reloj. No me importa.

Nos separamos despacio. Los dos. Los labios me tiemblan. Los suyos también. Nos quedamos con las frentes pegadas. Respiramos el aire del otro.

—Esto es una gilipollez —dice.

—Sí —digo.

—Sí.

Le beso otra vez. Más corto. Le muerdo el labio inferior un segundo. Él gime bajito contra mi boca. Se me va la sangre al otro extremo del cuerpo. Me separo.

—Para, para —digo.

—¿Para?

—Para, porque si no paro, no paro.

—Jaume.

—Que sí.

—Para un segundo.

—Sí.

Me separo. Apoyo la espalda en el respaldo del banco. Miro al cielo. La luna enorme. Respiro.

Él me mira. Tiene los ojos brillantes. La mano se la pasa por la nuca.

—Me cago en la puta —dice.

—Ya.

—Tres años llevo sin besar a nadie.

—Y yo.

—¿Tres años tú también?

—Más.

—Joder.

—Joder.

Silencio. La luna. El grillo. El burro del pueblo que vuelve a quejarse.

—¿Volvemos? —le digo.

—Volvemos.

—Caminando en silencio.

—Caminando en silencio.

Me levanto del banco. Él se levanta del banco. Empezamos a andar.

Nos damos la mano. Sin acuerdo. Sin aviso. Mi mano derecha con su mano izquierda. Los dedos entrelazados. Los míos cuidados, los suyos callosos.

El camino es corto. Veinte minutos. No decimos nada en los veinte minutos. Nos apretamos la mano un par de veces, así, sin venir a cuento, como quien comprueba que el otro sigue ahí.

Al llegar al pueblo, cincuenta metros antes de la pensión, nos soltamos la mano sin decirnos nada.

Las sacamos a los bolsillos. Entramos separados al recibidor de Els Estel.

Rosa está en la cocina recogiendo con la tele encendida.

Nos saluda. Le decimos buenas noches. Subimos las escaleras.

Entro yo primero al cuarto. Él después. Cierro.

Nos miramos. Él se apoya en la puerta. Yo me siento al borde de la cama.

—Jaume.

—Qué.

—¿Qué hacemos?

Me paso la mano por el tupé. Respiro. Le miro. Los ojos avellana con la chispa verde que ya sé que tienen. La nariz rota. La barba de cuatro días. Los labios todavía un poco rojos de mi boca.

—Mañana lo decidimos —digo.

—Vale.

—¿Vale?

—Vale.

Se acerca. Se sienta a mi lado en la cama. Un dedo me separa del calor de su brazo. Me mira.

—Jaume.

—Qué.

—Un beso más. Y paramos. Y dormimos.

—Un beso más.

Me da un beso más. Corto, suave, con los labios casi cerrados. Como se besa a alguien a quien vas a ver mañana.

Se aparta. Se levanta. Se quita la camiseta. Se mete en la cama por su lado. Yo me quito la camiseta. Me meto por mi lado. Apagamos las lámparas. Oscuridad.

Un palmo.

Pero el palmo ya no se llama palmo. Se llama otra cosa. Se llama tarde o temprano.

—Buenas noches —digo.

—Buenas noches.

———

No duermo.

Claro que no duermo.

Le miro al techo de reojo. Respira. No sé si duerme o no. Mi mano derecha la tengo en el vientre. Su mano izquierda, la tiene en el suyo. Las dos paralelas. Las dos a un palmo.

A los veinte minutos, su mano se mueve. La veo. Se levanta del vientre, se tumba en el medio del colchón, se queda con la palma hacia arriba.

Me repite la oferta de ayer.

Esta vez se la cojo.

Entrelazo los dedos con los suyos. Nos apretamos la mano a la vez, los dos al mismo tiempo, como si hubiéramos contado hasta tres sin decirlo.

Me mira. Le miro. No decimos nada. No nos giramos uno hacia el otro.

Nos quedamos los dos boca arriba, mirando al techo, con las manos entrelazadas entre nosotros.

Así nos dormimos.

Así nos dormimos y no sé a qué hora. Tarde. Tardísimo.

Lo último que oigo es la respiración de él, lenta, con el silbido suave al inspirar. Lo último que siento es su pulgar frotando despacito el lado de mi índice. Me voy de la realidad. Me voy bien.

———

Por la mañana me despierto antes que él.

Nos hemos soltado la mano en algún momento de la noche, pero los dos hemos quedado girados hacia el otro, con los brazos buscándose todavía.

Me retiro despacio. Salgo de la cama sin despertarlo.

Le miro un segundo. Duerme. La boca entreabierta. Las pestañas largas.

Bajo a desayunar. Rosa está en la cocina amasando. Me sirve café y una magdalena. Me mira. Me mira otra vez. Me da una palmadita en el hombro al pasar. No dice nada, pero yo sé que Rosa sabe. Rosa sabe desde ayer, seguramente desde que nos vio llegar. Se lo agradezco con media sonrisa.

Iago baja a los diez minutos. Con el pelo recogido, la cara lavada, los ojos que aún le pesan. Me ve. Se sienta enfrente. Rosa le pone café.

Nos miramos. Él sonríe medio milímetro. Yo sonrío medio milímetro.

—¿Qué hacemos? —le pregunto, por decirlo en serio.

—Hoy volvemos a Barcelona.

—Sí. ¿Y lo otro?

Se queda callado. Se pasa la lengua por el labio. Mira el café. Me mira a mí.

—Hoy no lo decidimos —dice—. Hoy conducimos el furgón y dejamos las cosas en el piso y pensamos.

—Vale.

—Mañana, a lo mejor, tampoco.

—Vale.

—¿Vale?

—Vale.

No lo decidimos. Ninguno de los dos. Nos terminamos el café, subimos a la habitación, hacemos las mochilas, cargamos el Transporter con Sofía y Mikel, y cogemos la nacional hacia Barcelona antes de las ocho.

Yo voy de copiloto otra vez. Él conduce. Sofía va atrás con Mikel. En un cruce de la A-2, sin que nadie lo vea, Iago levanta la mano derecha del volante un segundo. Me la pone en la rodilla. La deja ahí dos kilómetros. La retira al siguiente cambio de marchas.

No lo decidimos. Pero algo estamos decidiendo, sin darnos cuenta, todo el rato.