Sin cuerda (Equipo Nacional 1) Iago #2
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Iago #2

Mikel silba desde la mesa.

—Chavales, que os quedáis fríos.

—Voy —grito yo.

—Voy —grita Jaume.

Me levanto. Él se levanta. Nos sacudimos la arenilla del pantalón. Recogemos las mochilas. Volvemos por la senda al pinar donde los otros comen.

———

A las cinco empezamos la bajada. Es la senda del acceso, corta, con piedra suelta en algunos tramos. Marc y Álex bajan delante, Sofía con Mikel, Jaume y yo detrás. Volvemos a ser los últimos. Parece que se nos está formando un patrón.

A mitad del descenso hay un tramo con piedras sueltas entre dos peñas. Yo voy delante, él detrás. Paso bien las primeras. A las tres últimas, me acomodo una zapatilla al pisar en una plancha y pongo mal el pie. La piedra se mueve.

Me caigo hacia delante.

Pero no me caigo.

Jaume me agarra del brazo. Rápido. Como quien caza una pelota al aire. Me tiene del bíceps con los cinco dedos. Apretando. Me estabiliza. Me sujeta. Me pone derecho.

No me suelta enseguida.

Nos quedamos los dos parados en la senda. Él detrás, con la mano en mi brazo. Yo delante, con la mochila colgando, el corazón saliéndoseme por la boca. La piedra suelta ha rodado dos metros abajo y se ha quedado parada contra un tronco.

—Gracias —digo.

—Nada.

Me tiene todavía agarrado.

—Puedes soltarme.

—Ah. Sí.

Me suelta. Despacio. Me sigue.

Bajamos el resto de la pendiente los dos con más cuidado. No nos decimos nada. Mi brazo me quema donde me ha apretado. Siento los cinco dedos todavía en la piel. Me los toco con la otra mano al llegar al final del sendero. Cinco puntos de calor.

Al llegar al valle, Sofía nos espera apoyada en un almendro.

—¿Qué os pasa? —dice.

—Nada —decimos los dos.

—Bueno.

Nos mira. Sonríe. No insiste.

———

Volvemos a la pensión. Cenamos todos juntos en el comedor común, los últimos que quedan.

Rosa nos saca una paella del domingo, con pollo y con conejo.

Comemos con vino aguado. Sofía cuenta una anécdota del Real Madrid de escalada.

Marc cuenta que en Francia le robaron las zapatillas una vez.

Mikel escucha, come poco, nos da las gracias.

Después, Mikel sube a su cuarto con Sofía. Marc y Álex se van a la calle a tomarse una cerveza con unos franceses. Jaume y yo nos quedamos solos en el comedor. Rosa recoge la mesa. Le ayudamos los dos a llevarle los platos a la cocina.

Volvemos al comedor. Queda una botella de vino medio vacía en la mesa.

—Un vaso —digo yo.

—Un vaso —dice él.

Nos sentamos. Yo me sirvo. Le sirvo a él. Bebemos.

No hablamos mucho. Hablamos de tonterías. Del nombre de la pensión, Els Estel, que quiere decir "la estrella" en catalán. Del carácter de Rosa. De los franceses. Del gallo que canta a deshora. De Margalef. De los almendros.

A las once, Rosa entra y nos dice que se va a dormir, que apaguemos las luces al subir. Asentimos. Ella nos da las buenas noches.

Cuando ella sale, nos quedamos solos los dos en el comedor, con la lamparita encendida encima de la mesa. Jaume pasa un dedo por el borde del vaso. Yo miro su mano.

—Iago —dice.

—Qué.

—¿Mañana volvemos a Barcelona?

—Mañana volvemos.

—Vale.

—¿Te da pereza?

—Un poco.

—A mí también.

—Ya.

Silencio.

—Subimos —dice él.

—Subimos.

Subimos las escaleras sin hacer ruido. Abrimos la habitación. Nos desnudamos. Nos metemos en la cama. Apagamos las lámparas. Un palmo. Como siempre.

Pero esta noche no estamos espalda contra espalda. Estamos los dos boca arriba, mirando al techo.

Me giro de lado hacia él. Él también se gira de lado hacia mí. Nos miramos. La luz de la luna entra por la rendija del postigo. Le veo media cara.

—Jaume.

—Qué.

—¿Duermes ya?

—No.

—¿Qué haces?

—Miro al techo.

—Yo también.

Nos quedamos en silencio dos minutos.

Él alarga la mano. La pone encima del colchón, a medio camino, con la palma hacia arriba. No me la ofrece. No me la pide. La deja ahí, en medio del palmo, como un aviso.

Yo la miro.

Y no la cojo.

No la cojo porque si la cojo, no vuelvo a dormir.

No la cojo porque mañana bajamos a Barcelona y pasado mañana me tengo que ver con Mikel para hablar del clasificatorio.

No la cojo porque me he caído esta tarde y me ha sujetado y los cinco puntos me siguen quemando.

No la cojo porque no me fío de lo que voy a hacer si la cojo.

Él la mira un rato. Luego sonríe con media boca. Una media sonrisa triste. Retira la mano. La mete bajo la sábana.

—Buenas noches —dice.

—Buenas noches —digo.

Se gira hacia la pared. Yo me giro hacia la ventana.

Cierro los ojos. Respiro.

Antes de dormirme, me digo a mí mismo, con la voz más baja que tengo, que mañana le cojo la mano si me la vuelve a ofrecer. Que me lo prometo. Que no voy a pasar otra noche pensando en un palmo.

Me duermo. Sueño con el pico Anie, con mi padre, con una cabra que se cae y alguien la coge del brazo.

Me despierto a las cinco, miro al lado, Jaume duerme con la boca entreabierta.

Vuelvo a dormirme. El gallo canta otra vez con quince minutos de retraso.

El sol entra. Nos despertamos. No hablamos del palmo.

Pero la mano que él dejó en medio, se me quedó ahí grabada.