Iago
Mikel llega a la pensión a las once del domingo.
Aparca un Volvo azul viejo al lado del Transporter y baja con la misma cara de siempre, los ojos de donostiarra grises con dos bolsas debajo.
Nos saluda uno a uno. Rosa le abraza como si le conociera de hace diez años, porque le conoce de hace diez años. Le pasa un café y una magdalena.
—Hoy subimos a la cima de la Cinglera Negra —nos dice, desempolvando un mapa.
—¿Paredes de cuánto? —pregunta Marc.
—De veinte. Pero no vamos a coronar hoy. Vamos a boulder del acceso en el pie de la Cinglera, y luego subimos por la senda andando a la cima a comer un bocadillo y a ver el puto valle. A las cinco bajamos.
Pau Vergés se excusa, vuelve a Barcelona por un tema del rocódromo. Los de Marc se apuntan al plan. Sofía y yo, también. Jaume asiente.
Salimos hacia la Cinglera Negra a las doce.
Es media hora andando por un sendero que bordea un arroyo.
Los almendros en flor, las piedras rojas, los grillos más despiertos hoy que ayer.
Sofía va delante con Marc discutiendo cómo se llama un pájaro que se ha cruzado.
Yo voy detrás, con Jaume a mi lado, y Mikel cierra.
—¿Qué tal el dorsal? —le pregunto a Jaume.
—Mejor.
—¿Seguro?
—Tranqui.
—¿Y la mano, tú? —me dice él.
—Ya ni me acuerdo.
—Mentiroso.
—Un poco.
Nos reímos. La risa se nos corta al llegar al pie de la pared. La Cinglera Negra no es negra. Es roja, como toda la roca de Margalef. Se llama negra porque, dice Mikel, al amanecer queda en sombra y los del pueblo la ven oscura. Ahora, con el sol de mediodía, parece un muro de sangre seca.
Hacemos tres bloques de siete y siete más en el pie de la Cinglera. Calentamiento puro. Marc clava uno que a mí me cuesta. Me cabreo dos minutos, se me pasa. Jaume clava los tres a la primera. Me miro en mi propio espejo y me digo: no seas imbécil, aprende.
A las dos, Mikel nos manda a subir al sendero para comer arriba.
La subida es corta pero empinada. Cuarenta minutos.
Vamos los seis: Mikel, Sofía, Marc, el de Marc que se llama Álex, Jaume, yo.
A la mitad del sendero se nos adelanta Marc con Álex.
Sofía se queda con Mikel, hablan de los tiempos de Tokio. Jaume y yo, detrás, al ritmo nuestro.
El sendero llega a una crestilla fina donde hay que caminar en equilibrio por encima de una pared de tres metros de altura. La pared la podríamos saltar. Pero hay un paso de senda más cómodo, dos metros más allá. Vamos por la senda.
Llegamos a la cima a las tres menos cuarto. Es un cerrillo plano, con tres pinos torcidos y una mesa de piedra que ha puesto alguien del pueblo. Marc y Álex están ya comiendo. Sofía y Mikel llegan con nosotros, soltando las mochilas.
—Parad ahí —dice Mikel—, que el bocadillo no va a salir corriendo.
Pero sí vamos a correr un rato nosotros.
Mikel nos pone una tarea rápida: por el borde sur del cerrillo hay unos bloques de boulder que nadie ha escalado en organizado, porque caen a un sendero y la caída molesta a los paseantes.
Hoy, domingo soleado, los paseantes no suben a esta hora.
Mikel nos propone tres boulders de seis, siete, siete más para no enfriarnos entre la comida y la bajada. Se sube en veinte minutos.
Marc y Álex se apuntan. Sofía también. Mikel se queda con la mochila en la mesa porque dice que él se ha ganado el bocadillo y que lo va a comer ya.
Jaume se quita la mochila. Me mira.
—¿Vienes?
—Voy.
Vamos los cinco. Tres boulders cortos, las paredes no más altas de cinco.
Caigo dos veces en un paso de siete más.
Jaume me da una indicación (cadera más baja, pie izquierdo al bolo pequeño).
Lo clavo a la tercera. Jaume clava los tres a la primera.
Marc y Álex clavan dos de tres. Sofía clava los tres a la primera también.
A las cuatro menos cuarto, Mikel nos llama con un silbido desde la mesa.
Marc, Álex y Sofía bajan por el sendero.
Jaume y yo nos quedamos atrás, los últimos del grupo, porque Jaume quiere ver una presa del tercer boulder desde arriba y yo me quedo esperándole.
El resto ya está comiendo en la mesa. Nosotros dos, en una cresta rocosa a ochenta metros por encima del pueblo, sentados en un cortado con las piernas colgando al vacío, solos.
El sol de las cuatro nos entra por la izquierda.
—Cinco minutos —dice—. Descanso.
—Dale.
Se sienta a mi lado con la mochila pequeña. Sacamos los dos la botella de agua. Bebemos. Él me pasa una barrita de regaliz. La cojo. La chupo. Me acuerdo de Nacho, que me dio una el primer día. Le digo la frase a Jaume.
—Esto me lo pasó Nacho el primer día.
—Él las regala por todas partes.
—Es maja gente.
—Es la mejor.
Silencio. Un silencio bueno. El valle se nos abre a los pies, con el pueblo al fondo, las paredes rojas, los almendros en flor. Al sur se ve Tarragona lejísimos, en el horizonte, un borrón azul. El viento está parado. Oímos una cabra.
Jaume abre la cremallera de la mochila. Saca una tableta. Chocolate negro 85%.
—¿Compartimos?
—Dale.
Parte dos cuadraditos. Me da uno. Se come el otro. Cogemos los dos el mismo tiempo para dejarlo derretir. Él mira al valle. Yo miro a él de reojo.
—Esto es lo que comes a media mañana siempre —digo.
—Siempre.
—¿Por qué 85?
—Porque es el punto en el que el amargor quita el cansancio sin darte subida de azúcar.
—Qué rico, analítico hasta para la chocolatina.
—Soy yo.
—Venga.
—Tú comes magdalenas en el vestuario.
—Me relaja.
—Cada uno a lo suyo.
—Cada uno a lo suyo.
Nos callamos. El amargor del chocolate me sube por la lengua. Me gusta. Me pregunto si lo aprendió en Colorado o lo trajo de Terrassa. Se lo pregunto.
—De Colorado —dice—. A Rachel le daba ansiedad comer chocolate con leche. Me enseñó el 85. Desde entonces, sí.
—Rachel era la psicóloga deportiva.
—La psicóloga deportiva.
Le miro. Él mira al valle.
—¿Me vas a contar algún día por qué te volviste de Colorado? —le pregunto.
Se pasa la mano por el tupé. Se pasa la lengua por el labio. Me mira de reojo.
—Un poco sí.
—Dale.
Se para. Respira. Mira al valle. Un segundo. Dos.
—Me dio un ataque de ansiedad en una pared.
—¿Grande?
—Doce metros de caída en boulder al aire libre.
Me había pasado el crux. Estaba a un metro del top.
Me quedé quieto. No pude mover la mano derecha.
No por el cuerpo, por la cabeza. No la movía.
Me colgaba ahí, como si estuviera soldada a la presa.
Y empecé a respirar fuerte, y a notar que la vista se me emborronaba, y a sudar frío.
Me quedé pegado como una lagartija hasta que Daniel subió con cuerda y me aseguró.
Lloré en brazos de Daniel en mitad del top-out. Un cristo.
—Joder.
—Bajamos. Me dieron un ansiolítico. Al día siguiente fui a Rachel. Estuve tres años yendo a ella, con Daniel al lado. Luego, cuando cortamos con Daniel, me volví a España.
—Joder, Jaume.
—Ya.
—¿Y ahora?
—Ahora estoy bien. Pero cada seis semanas tengo visita con Clara, la psicóloga de aquí, por videoconferencia. Y escribo. Y analizo. Y todo el rollo.
—¿Mikel lo sabe?
—Mikel lo sabe.
—¿Sofía?
—Sofía lo intuye. Nunca se lo he contado.
—Tú no lo cuentas por ahí.
—No.
—Gracias.
—¿Por?
—Por contármelo.
Se calla. No me dice nada. Me mira. Tiene los ojos grises. El aro ámbar. Las pestañas más largas de lo que debería. Le miro.
Y por primera vez desde que le conozco, me doy cuenta de que lo encuentro guapo.
Pero guapo de verdad. No guapo como se encuentra guapa a una cara de anuncio.
Guapo como te das cuenta de algo que está pasando dentro de ti y que no pensabas que pasara, la conciencia se te cuela en el cuerpo sin pedir permiso.
Lo encuentro guapo con las ojeras de ayer, con la cicatriz en la ceja derecha, con el cuello caliente por el sol, con el tupé despeinado, con los labios partidos por el viento.
Me lo reconozco para mí como quien reconoce una derrota en el cronómetro. Derrota limpia. Sin ambigüedad. Me apunto una marca en el cuaderno mental. Me ha ganado el tiempo. Me ha ganado el problema.
Trago saliva.
—Tu turno —dice él, sin presión, con una voz blanda.
—¿Mi turno de qué?
—Me has preguntado y te he contestado. Te pregunto yo ahora.
—Dale.
—¿Por qué te pones el foulard azul en la mochila todos los días?
Me paro. No me esperaba la pregunta. Me pasa por dentro un escalofrío. Él me mira. Sabe que viene a por una conversación dura. No la pide con ruido. La pide con curiosidad honesta.
—Es de mi madre —digo.
—Lo imaginé.
—Se murió hace dos años. Cáncer de páncreas. Rapidísimo. Cuatro meses. Desde que le dijeron hasta que se fue.
—Joder.
—Yo estaba en una concentración en Canet.
Me vinieron a buscar mis tíos al rocódromo.
Llegué a Pamplona a las ocho. Bajé con ellos a Ansó.
Llegué a las diez y media. Mi madre estaba despierta todavía, con morfina.
Estaba consciente. Me dio la mano. Me dijo "cuida a tu padre".
Y a las doce y media se fue. No me dio tiempo a contarle casi nada.
—Iago.
—Sí.
—Lo siento.
—Ya.
Me mira. Yo miro al valle. El viento se levanta un momento. Suelto el aire.
—El foulard lo llevaba ella en los inviernos. Azul oscuro con rojo. Huele todavía a ella. A veces lo cojo. A veces no. Lo llevo en la mochila siempre. No sé ni por qué.
—Porque está ella.
—Sí.
—¿Tu padre?
—Está bien. Triste. Siempre triste. Pero bien. Se levanta a las seis, va al corral, baja al bar, come con los tíos los domingos, cena sólo. Me manda audios. Yo le mando vídeos.
—Él te hizo la magnesera.
—Me la hizo, sí. ¿Cómo lo sabes?
—Tiene un parche cosido a mano.
Miro al lado de la cadera. Se ha fijado. Siempre se fija. Asiento.
—Es muy bonita —dice.
—Es fea.
—Ya. Pero es bonita.
Me río. Él me sonríe.
Estamos a treinta centímetros uno del otro en el cortado. Le miro el cuello. Una vena le late despacio al lado de la nuez. Baja. Sube. Baja.