Sin cuerda (Equipo Nacional 1) Jaume
24%

Jaume

A las cinco de la mañana estoy despierto.

No mentira, llevo despierto desde las tres y media.

Me he dormido a las doce, me he desvelado a las tres, he contado las vigas del techo dos veces, he oído ladrar al perro del pueblo, he oído un gallo a los tres cuartos, he oído a alguien bajar al baño del pasillo arrastrando los pies.

He intentado no moverme para no despertarle a él.

He respirado por la nariz contando hasta cinco.

He hecho una cuenta mental de los días que quedan para el clasificatorio. Veintitrés.

La cama de matrimonio se ha vuelto, a las tres y media, mucho más pequeña de lo que era a las diez y media.

Iago duerme. Lo oigo. Respira despacio, con un ritmo lento, con un silbido suave al inspirar.

Lleva cinco horas dándome la espalda. La misma espalda en la que se le asoma, debajo de la camiseta blanca vieja, un trozo de tatuaje del costado izquierdo, una línea oscura que no termino de distinguir en la penumbra.

Una línea de relieve, creo, más que un dibujo.

Una curva, un pico. No he mirado de frente. He mirado de refilón, con culpa.

Durante las primeras dos horas no ha pasado nada. Él boca arriba, yo boca arriba, el palmo. A las tres, él se ha girado a su lado, hacia la ventana, dándome media espalda. Yo me he girado también, a la pared. Hemos quedado espalda contra espalda. El palmo ha resistido. Respirábamos los dos.

Luego, a las cinco y algo, sin avisar, él se ha girado en sueños. Y sin despertarse, sin cruzar la frontera del palmo como quien la cruza de día, me ha pasado el brazo derecho por encima de la cintura, se ha pegado contra mi espalda y ha respirado caliente en mi nuca.

Me quedo muy quieto.

Él sigue dormido. Su respiración no cambia.

El ritmo es lento, con el silbido suave.

El brazo le pesa. Tiene la mano derecha pegada a mi vientre, por encima de la camiseta, sin apretar.

La palma caliente. Las yemas de los dedos se le han parado cerca del ombligo.

Las callosidades las noto a través de la tela fina.

El dedo corazón está justo encima del borde del elástico del calzoncillo.

Atento, Jaume. Focus.

Mi cuerpo, por su cuenta, no me hace ningún caso. A los treinta segundos estoy empalmado. A los sesenta segundos, más. A los noventa, querría desaparecer.

No se ha despertado. No se va a despertar. Si no me muevo, no se entera. Si no me entero yo, no ha pasado nada. Lógica simple. Pragmatismo pur de pastor. Focus.

No me muevo. No puedo moverme porque, si me muevo, despierto a Iago y Iago se encuentra abrazado a mí por detrás y se levanta y se va al baño con cara de "¿qué coño estoy haciendo?

", y luego me pasa todo el día sin hablar, y mañana subimos al conglomerado rojo con ese silencio entre los dos que no nos va a dejar escalar bien.

Si despierto a Iago, me cargo la concentración.

Si no lo despierto, me cargo mi cabeza. Las dos opciones son malas.

Elijo no despertarlo.

Respiro despacio. Cuento vigas. Recuerdo la secuencia del primer boulder del calentamiento que quiero hacer mañana en la roca: mano izquierda al bolo grande, pie derecho al canto, cambio de caderas, mano derecha al pequeño abismo entre dos relieves, empuje, suelto, top.

Repito. Mano izquierda, pie derecho, cambio, mano derecha, empuje, top. Una vez. Otra. Otra.

Vuelvo a notar el dedo corazón.

Me cago en la puta yo también, me digo en acento de Iago.

Cuento hasta veinte. Cuento hasta treinta.

Cuento en inglés y en catalán y en castellano.

Rezo una Ave María como me enseñó mi abuela, no porque crea pero porque, cuando no sé qué hacer, me ayuda recitar.

A los cincuenta, los ojos se me vuelven a llenar de luz gris.

Amanece despacio. Por la rendija de los postigos se cuela un filete fino, amarillento.

Siento a Iago respirar detrás. Un silbido. Otro. Un tercero más largo. Luego, de golpe, una inspiración distinta, fuerte. Se despierta.

Se queda un segundo quieto. Dos. Piensa. Nota el brazo. Nota dónde está la mano.

Se levanta de un salto.

Se levanta como si se hubiera caído de una pared, con un tirón del tronco.

Casi me da un codazo en la espalda. Se sienta al borde de la cama, la mano en la nuca, el pelo suelto.

Tira la manta para atrás. Tose una tos forzada.

Se levanta. Coge los pantalones de la silla. Se los mete por las piernas como puede.

Yo me giro muy despacio para no parecer que he estado despierto dos horas. Me froto los ojos, con gesto de quien acaba de despertarse.

—Iago.

—Buenos días.

—Son las seis.

—Buenos días aun así.

—¿Te vas?

—A ver amanecer.

—¿Quieres…?

—No. Vuelvo en un rato.

—Vale.

Coge la camiseta. Se la pasa por la cabeza sin meter los brazos del todo. Coge la mochila pequeña. Sale. Cierra la puerta con cuidado, sin portazo pero sin retrasarlo. Lo oigo bajar las escaleras. Lo oigo saludar a Rosa en la cocina. Lo oigo abrir la puerta de la calle. Lo oigo alejarse.

Me quedo tumbado, boca arriba. Las sábanas están revueltas. La camiseta me ha quedado torcida. El pecho me sube y baja más rápido que a las cinco de la mañana.

Me tapo la cara con el antebrazo.

—Per Déu, Jaume —digo en voz alta, para nadie—. Per Déu.

———

Me levanto media hora después. Me ducho con el agua tirando a fría, por si funcionaba. Funciona solo a medias. Me seco. Me visto. Bajo.

Rosa está en la cocina con Sofía. Sofía tiene el pelo revuelto y una taza de café tan grande como la cabeza. Me mira entrar, me mira el gesto, me mira la cara.

—Hola —digo.

—Hola —contesta.

—¿Iago?

—Se ha ido a ver amanecer. Ha cogido dos tostadas para el camino.

—Vale.

Sofía no pregunta. Me sirve café. Me mira. Se calla. Aprovecha para preguntarle a Rosa cuánta gente ha pasado por el sofá a las seis de la mañana (tres, al parecer). Me da una tregua para que me reponga.

Se la agradezco en silencio.

Cuando vuelve Iago, media hora más tarde, entra por la puerta con el pelo suelto todavía, los ojos brillantes, las mejillas frías. Nos saluda con un gesto. Pide un café a Rosa. Se sienta en la otra esquina de la mesa. No me mira. Le da un trago al café. Se levanta.

—¿Subimos a prepararnos? —me dice a Sofía.

—Vamos.

Se va con Sofía al sofá. Me quedo con el café en la mano y Rosa amasando al lado. Me mira de reojo.

—Mal dormido?

—Regular.

—Tú también.

—Yo también.

—Ay, nois.

Se ríe bajito y me da una magdalena casera. Me la como entera porque necesito tener la boca ocupada.

———

Salimos al conglomerado rojo a las nueve. Margalef está a diez minutos andando del campo de boulder donde está el sector "La Visera". El sendero sube entre almendros en flor. A lo lejos, las paredes. A los lados, los grillos todavía trasnochados.

Caminamos: Sofía delante, Iago en medio, yo detrás.

Iago lleva el saco con los colchones plegables.

Lo arrastra como si no le pesara. Yo le miro la espalda.

Tiene la camiseta gris, la mochila al hombro, el pelo recogido otra vez en nudo bajo.

El tatuaje del costado lo tapa la camiseta. No lo he vuelto a ver.

—Iago —dice Sofía, girándose al andar—, ¿has dormido bien con el cuerpazo de este al lado?

—Sofi.

—Es coña.

—Como si hubieras dormido tú en el sofá también —digo yo.

—Ay, el catalán.

Iago se ríe. Un segundo. Una risa corta. Me mira un instante al girarse y yo aparto la vista como un gilipollas. Seguimos.

En el sector La Visera hay tres bloques principales de ocho a ocho más, pero nosotros vamos al sector de siete a ocho para calentar.

La roca es roja, rugosa, con bolos blancos incrustados como conchas.

Se nos acerca una escaladora francesa con un perro fino a pedirnos magnesia.

Sofía se la presta. Pau Vergés aparece a los diez minutos con Marc Puigvert y dos más.

Buenos días, hola, qué tal, los saludos habituales.

Marc le da una palmada a Iago en la espalda.

Iago no se aparta, pero tampoco se inclina. Marc la suelta enseguida.

Calentamos veinte minutos. Empezamos.

Iago y yo subimos en paralelo, como en el Vertical.

Boulders de seis y seis más para calentar.

Luego uno de siete. Luego uno de siete más que yo clavo a la segunda y a Iago se le resiste.

Sube cinco veces. A la sexta lo clava. Le aplaudo.

Él me mira. Le sonrío con media boca. Me devuelve la sonrisa con la otra media.

Subimos a un boulder de ocho que se llama "Diablo" en el libro de vías.

Lo ha puesto Pau Vergés como objetivo del fin de semana.

Lo abrió Patxi Usobiaga hace años. Tiene un crux a los tres movimientos, con un paso en lateral complicado: te plantas sobre un bolo, debes girar la cadera, tirar la mano izquierda a una regleta a un metro y medio, y mantener el equilibrio con los pies en dos sotos diminutos.

Sube Marc primero. Falla. Le cuesta. Baja.

Subo yo. Lo intento. Llego al crux. La regleta la cazo con dos dedos, pero el pie izquierdo se me va. Caigo. Me recibe el colchón. Me quedo tumbado un segundo, bufando.

—Uf —digo.

—Quiero verlo a ti —dice Marc, sonriendo.

—Lo vuelvo a ver.

Me levanto. Me echo magnesia. Iago está al lado. Me mira.

—Jaume —dice bajito—. Cuando llegues al bolo, no gires la cadera hacia fuera. Gírala hacia dentro, hacia la pared. Apoya más peso en el pie derecho. Da el cuerpo a la piedra.

—Vale.

—Pruébalo.

Subo. Llego al bolo. En lugar de abrir cadera, la cierro hacia la piedra. El cuerpo se me queda más estable. Tiro la mano a la regleta. La cazo con tres dedos en lugar de con dos. Mantengo. Dos movimientos más, top.

Sofía aplaude desde abajo. Marc silba.

—Anda, mira —dice Marc.

Bajo. Aterrizo con los pies firmes. Miro a Iago.

—Gracias.

—Nada.

—Ahora tú.

—Yo voy a ver si lo saco.

Sube. Hace el primer movimiento. El segundo. El tercero. Se planta en el bolo. Gira la cadera hacia dentro, como me ha dicho a mí. Tira la mano. Llega. Mantiene. Pero al sacar el pie para el siguiente paso, le resbala un soto y el cuerpo le gira al vacío. Cae.

Cae mal.

Aterriza sobre el colchón con la mano derecha abierta. El peso le va a la muñeca. Se queda sentado un segundo. Se mira la mano. Se ríe con una risa corta.

—Me cago en la puta —dice.

Me acerco. Le extiendo la mano para levantarlo. Él la mira. Duda medio segundo. Me la coge.

Mano callosa con mano cuidada otra vez, como en la magnesera. Pero ahora no hay polvo. Es piel con piel. El agarre es fuerte. Tiro. Él se levanta. Cuando está de pie, no suelta. Yo tampoco. Le aprieto.

Se me queda medio segundo de más con la mano en la mía. Un segundo y medio. Dos.

Él tira la mano hacia atrás y me la suelta. Se sacude la magnesia del pantalón.

—Gracias.

—Nada.

Nos miramos un segundo. Luego él mira al siguiente boulder. Yo miro el mío.

Marc, por detrás, silba flojito.

—Menudo equipo el catalán y el aragonés, ¿eh?

—Marc —dice Sofía.

—¿Qué?

—Calla.

Marc calla.

———

A las dos paramos a comer en la hierba, a la sombra de los almendros. Sofía saca bocadillos de tortilla y fruta. Me siento con la espalda contra el tronco de un árbol. Iago se sienta enfrente, con las piernas cruzadas, comiendo despacio. Marc y los suyos comen más lejos. Pau fuma.

—¿Qué tal la mano? —le pregunto a Iago en bajo.

—Bien.

—¿Seguro?

—Seguro.

—Tranqui.

—Tranqui.

———

Por la tarde, vuelvo a casa antes que los demás.

Le pido a Rosa si me puede hacer una infusión de romero para el dorsal.

Me la hace. Me siento en la cocina, con la taza caliente, y le pregunto si tiene algo para leer.

Me saca una novela vieja de Mercè Rodoreda en catalán.

Me pongo a leer en la mesa. Las ocho páginas de Rodoreda me reconcilian con el mundo.

Iago vuelve a las siete. Solo. Sofía se ha quedado a cenar con Pau y los suyos en un bar del pueblo.

—¿Y tú?

—Prefiero cenar aquí.

—Vale.

Cenamos en el comedor común. Los franceses se han ido. Los alemanes están en un rincón hablando bajo. El americano toca algo en el móvil. Rosa nos pone una escudella y nos tira un chorrete de aceite. Comemos en silencio. Ni fuerzas para la charla ligera. Los dos llevamos un día encima.

Al subir a la habitación, Iago pasa delante. Yo detrás. Subimos las escaleras en silencio. Abre él, entro yo. Cierra. Suelta la mochila. Se sienta en la cama. Se quita la camiseta. Se quita los pantalones. Se mete bajo las sábanas en calzoncillos.

Yo hago lo mismo. Sin mirarle. Él tampoco me mira.

Apaga su lámpara primero. Luego yo la mía.

Un palmo. Como ayer.

—Iago —digo.

—Qué.

—Por lo de esta mañana.

—¿Qué de esta mañana?

—No pasó nada.

—Ya lo sé.

—Vale.

—Vale.

Silencio.

—Jaume.

—Qué.

—No sé si vas a dormir esta noche mejor o peor que ayer.

Se ríe bajito. Yo me río también.

—Buenas noches —digo.

—Buenas noches —dice.

Me giro a la pared. Él se gira a la ventana. Espalda con espalda.

Respiro. Cuento vigas. Cuento hasta mil. Cuento mal y vuelvo a contar.

Me duermo a las doce y cuarto.

Esta vez no nos rozamos. Pero esta noche, cuando abro los ojos a las tres de la mañana sin saber por qué, me doy cuenta de que le estoy mirando el pelo a la luz de la ventana, con una mano bajo la mejilla, y que llevo así un buen rato.

La mano que no tengo bajo la mejilla, la otra, la mano derecha, la tengo apoyada en el medio del palmo. A medio camino de él.

La retiro con cuidado. La meto bajo la sábana. Vuelvo a cerrar los ojos.

Y justo antes de dormirme del todo, pienso lo mismo que él pensó ayer pero yo no sé que él lo pensó.

Pienso: qué pequeño es el palmo.

Me duermo. No recuerdo el sueño. Pero sé que no fue pesadilla. Lo sé porque, cuando nos despertamos los dos a la vez a las siete y media porque el gallo del pueblo canta con un cuarto de hora de retraso, lo primero que veo al abrir los ojos no es Islandia en el techo ni es la ventana ni es nada.

Lo primero que veo es la nuca de Iago a quince centímetros de mi cara.

Él todavía está dormido. Respira. El gallo sigue.

Me giro despacito, salgo de la cama sin que crujan las tablas, cojo la ropa, me voy al baño.

Cuando vuelvo, diez minutos después, él está de pie en la habitación, vestido, con el pelo ya recogido, cerrando la cremallera de la mochila. Le veo el foulard azul por fuera, asomando por el bolsillo lateral. Lo mete con cuidado antes de echarse la mochila al hombro.

—Buenos días —dice.

—Buenos días —digo.

—¿Vamos?

—Vamos.

Bajamos a desayunar como si fuéramos dos adultos normales que no han dormido nada.

Lo somos a medias. Pero nos vale.