Iago
El furgón del equipo es un Volkswagen Transporter viejo, blanco, con el rótulo de la federación descolorido en la puerta lateral y un parachoques delantero que tiene más aventuras que yo.
Lo dejo aparcado en doble fila en la calle del Canó a las siete y media de la mañana del sábado.
Cargamos bolsas, petates, colchones plegables de entreno, dos sacos de magnesia y la cesta de Sofía con fiambreras para el viaje.
Nacho se queda en Barcelona este fin de semana porque la niña tiene fiebre.
Marc Puigvert viene en coche propio con otros dos de su peña.
Mikel va a Lleida en tren porque tiene una reunión y se incorpora a Margalef el domingo.
Así que quedamos nosotros tres para el viaje de ida: Sofía atrás, Jaume de copiloto, yo al volante.
—Espero que no seas de los que no hablan al volante —me dice Sofía cuando se sube.
—Según los pasajeros.
—Según qué pasajeros.
—Según si me hacen preguntas o no.
—Te las voy a hacer yo todas.
—Me lo temía.
Jaume sube al asiento del copiloto con un termo en la mano y la libreta roja en la otra. Cierra la puerta con cuidado. Se coloca. Mira el salpicadero. Mira los mandos. Me mira de reojo.
—¿Tienes cinturón puesto? —me pregunta.
—Tengo cinturón puesto.
—¿Espejo derecho?
—Espejo derecho.
—Espejo izquierdo.
—Espejo izquierdo.
—Retrovisor.
—Jaume, lo llevo haciendo desde los dieciocho.
—Ya, pero tú eres de valle.
Me giro a mirarlo. Él me sostiene la mirada con media sonrisa. Lo dice en broma. Me pasa el termo.
—Café para el conductor —dice—. Sin azúcar.
—¿Sin azúcar?
—Te he visto beberlo así tres veces.
—¿Tres veces?
—Tres.
—Per Déu, tío —dice Sofía desde atrás—, ¿quién es este y qué ha hecho con el Jaume de febrero?
—Es observación, Sofía.
—Es persecución, Jaume.
Yo arranco. El Transporter vibra. Meto primera. Salgo de Gràcia despacio. Bajo por Córsega, cojo la ronda, la A-2 hacia Lleida. Margalef está a dos horas y cuarto de Barcelona si no hay obras. Jaume busca la emisora en la radio, no encuentra nada, pone el auxiliar de su móvil.
—Música.
—Música —digo.
—Por turnos —se mete Sofía—. Cada uno treinta minutos. Primero Jaume, luego Iago, luego yo.
—Yo no he traído mis cosas —digo.
—Pon desde el móvil.
—Vale.
Jaume le da al play. Empieza algo de Ángel Stanich. Primer tema, segundo, tercero. A mí Stanich me gusta. Lo conozco. Me lo puso Marcel una vez en el coche, subiendo a Cauterets. Asiento al ritmo. Jaume me mira de reojo.
—¿Te gusta?
—Me gusta.
—Anda.
—¿Qué te pensabas que escuchaba?
—Extremoduro, Rosendo, Soziedad Alkoholika.
—Pues acierta en dos de tres.
—La Sozi no.
—La Sozi sí. A mi padre se la puso un tío de Bilbao una vez en Casa Mur y desde entonces está en la lista.
Me río. Sofía se ríe. Jaume sonríe medio milímetro.
A los treinta minutos, paramos en un área de servicio antes de Lleida para mear.
Le toca a Sofía elegir música en el siguiente tramo.
Pone Zahara. Lo pone alto. Canta ella desde atrás con una voz que no sabía que tenía, media voz con mucha afinación, y a mí se me humedecen los ojos un segundo con "Merichane", porque se parece a algo que cantaba mi madre cuando yo era crío y no quiero acordarme con Jaume al lado, pero me acuerdo igual.
Sofía se da cuenta. Se calla dos segundos. Me mira por el retrovisor.
—Maño.
—Qué.
—Tienes la cara de Extremoduro.
—¿Qué.
—Sí. Te toca poner algo tú. A mí se me ha acabado.
Me paso el auxiliar al móvil. Pongo "Salir".
Extremoduro. El Robe desde el primer acorde.
Sofía silba de júbilo. Jaume bufa. Yo sonrío.
A los quince segundos, Jaume se ha enganchado también, mueve la cabeza, canturrea "salir a mirar las estrellas de noche".
Lo cantamos los tres a la vez al llegar al estribillo.
El Transporter va por la A-2 a ciento diez y me parece, por un segundo, que esto es una vida bastante buena.
———
Paramos a comer en Lleida. Un restaurante de carretera, uno de menú a trece euros, con mantel de papel y una jarra de vino aguada de cortesía. Nos sentamos los tres en una mesa pegada a la ventana. Pedimos el menú. Sopa, carne, flan.
Sofía habla por los dos codos. Nos cuenta de Leire, de Nacho, de su madre en Madrid, de la vez que intentó hacer una escalada nocturna en Pedriza sin frontal y casi se estampa. Yo como escuchando. Jaume escucha más que yo.
Al rato, Sofía se levanta a por un café al mostrador. Nos quedamos los dos solos en la mesa.
—Oye —digo, bajando la voz.
—Qué.
—¿Pensaste algo de lo de ayer?
—¿De qué.
—De la libreta.
—Sí.
—¿Y.
Se para. Me mira. Tiene los ojos más claros que de costumbre por la luz de la ventana. Se pasa la mano por el tupé.
—Pensé que a lo mejor tienes razón en que no eres todo el mundo.
Me quedo quieto con la cuchara a medio camino del plato. La dejo. Trago.
—Vale.
—¿Vale qué?
—Vale que a lo mejor tú tampoco.
Sofía vuelve con el café. Se sienta. Nos mira a los dos. Tiene una sonrisilla de ay-ay-ay.
—¿Os habéis peleado?
—No —decimos los dos a la vez.
—Mejor.
———
Llegamos a Margalef a las cuatro de la tarde.
El pueblo está en una vaguada de piedra roja, entre paredes de conglomerado que son la razón por la que escaladores de medio mundo peregrinan aquí.
La roca es irregular, con bolos incrustados, con textura rugosa, y cuando la ves por primera vez te dan ganas de tocarla aunque sepas que te vas a dejar dedos.
Hay dos pensiones de referencia: la de los Cervera y la de los Estruch.
La nuestra es la segunda. La pensión Els Estel.
Aparcamos el furgón en la plaza, al lado de una furgoneta Nissan de alguien del pueblo. Bajamos las mochilas. Sofía se estira el cuello. Jaume respira hondo. Yo miro las paredes de roca del fondo con una sensación de calma que no me sale del cuerpo desde hace tres días.
La pensión Els Estel es una casa de tres plantas, de piedra, con un cartel de madera descolorido y geranios en las ventanas. La dueña es una señora de setenta, con moño, llamada Rosa. Nos recibe en el recibidor. Tiene las manos cubiertas de harina. Huele todo a guisado y a pan recién hecho.
—Ai, els nois de la federació —dice, y luego en castellano—. Tres habitaciones, ¿no?
—Tres —digo yo.
Saca un librito de reservas escrito a mano. Pasa la página. Se pone las gafas. Mira. Frunce el ceño. Mira otra vez.
—No. Dos.
—¿Dos?
—Dos. Tengo apuntadas dos. La doble y la individual.
—A nosotros nos dijeron tres.
—A mí me llegó reserva de dos. Una doble con cama de matrimonio y una individual.
Sofía se pone la mano en la boca. Jaume se queda muy quieto con la mochila en el hombro. Rosa se rasca la oreja debajo del moño.
—¿Esperáis a Mikel mañana?
—Mañana —digo.
—Pues la individual se la guardo a Mikel. Él me llamó hace una semana y me la confirmó. La doble… —se pasa la lengua por los labios—, la doble debe ser para vosotros dos.
—¿Y la de Sofía?
—No tengo apuntada tercera.
—Rosa, cariño —se mete Sofía con su sonrisa—, ¿no tienes un hueco?
Rosa niega. Me explica, con calma, que es fin de semana largo y que en Margalef el fin de semana largo se llena todo.
No es cosa suya. Es la prueba mundial de escalada que ha venido, y medio pueblo está alquilado a escaladores americanos y alemanes.
Dice que, como mucho, le queda un sofá cama en el comedor comunitario. Uno solo.
—Me pido el sofá —dice Sofía, con voz de mando.
—Yo me pido el sofá —digo yo.
—El sofá lo cojo yo —dice Jaume.
Nos miramos los tres. Rosa se ríe. Se seca las manos en el mandil.
—Decidid entre vosotros. Yo preparo la doble. En veinte minutos la tenéis lista.
Se va a la cocina. Nos quedamos los tres de pie en el recibidor, con las mochilas a los pies. Sofía se pone las manos en las caderas.
—A ver. Yo no duermo en el sofá porque mañana me subo a ese conglomerado y no quiero despertarme con un lumbago. El sofá es de los dos chicos. Echad a suertes.
—Yo duermo en el sofá —dice Jaume.
—Yo duermo en el sofá —digo yo.
—Dos contra dos —dice Sofía—. Moneda.
Saca una moneda del bolsillo. Un euro.
—Cara, Iago al sofá. Cruz, Jaume al sofá.
—Dale —decimos los dos.
La lanza. Cruza. La coge al vuelo. La abre en la palma.
Cruz.
—Jaume al sofá.
Jaume levanta la mochila. Asiente.
—Vale. Pues al sofá.
Lo dice sin drama. Pero a mí se me atraviesa la moneda en la garganta. No sé por qué. Miro a Sofía. Sofía me mira con cara de esfinge, esperando. Miro a Jaume. Jaume me está mirando también. Con la mochila al hombro. Con cara de querer cumplir.
—No seas idiota —suelto, sin pensar—. Cabemos los dos.
Se hace un silencio de dos segundos y medio. La frase me sale antes de repasarla en la cabeza. Suena más cruda de lo que pensaba. Jaume se tensa. Lo noto por los hombros, por el paso atrás mínimo que da, por la forma en que aprieta la correa de la mochila.
—No hace falta —dice—. Duermo en el sofá, tranqui.
—Jaume.
—Te digo que no hace falta.
Sofía se mete por medio.
—A ver, señores. Dejadme un segundo.
Sofía me coge del brazo y me aparta dos pasos hacia la puerta.
—¿Tú en qué cabeza tienes que ese chaval duerma en un sofá del comedor comunitario con escaladores franceses entrando a por té a las seis de la mañana y él mañana tiene que subir roca? —me pregunta en voz baja—. Tiene una fibrilar y hay que mimar la espalda.
—Ya.
—¿Y tú crees que yo no sé exactamente lo que me estoy metiendo entre manos?
—Sofi.
—Te estoy dando una bandeja, maño. No la rompas.
Me mira. Tiene los ojos marrones fijos. La mano todavía en mi brazo.
—Vale —digo.
Volvemos. Sofía le suelta una sonrisa a Jaume.
—Jaume, el sofá es mío. Me he picado de orgullo. Tú duermes en la doble con el de Ansó y te aguantas.
—Sofi, no.
—Sofi, sí.
—Iago.
—Jaume, lo que ha dicho. Cabemos. Si duermes en el sofá del comedor, mañana subes con el dorsal hecho polvo. Ya está.
Jaume me mira. Se toca los pendientes. Se pasa la lengua por el labio.
—Vale.
—Vale.
———
La habitación doble es pequeña, con suelo de baldosa, paredes encaladas, una cama de matrimonio con colcha de ganchillo vieja, una mesilla de madera a cada lado, una ventana con postigos de madera azul.
La cama es alta. Huele a lavanda y a sábanas secadas al sol.
Hay un armario ropero a la derecha, una silla de anea a la izquierda. Dos toallas dobladas en la silla.
Entramos los dos. Soltamos las mochilas.
—Yo me pido el lado de la ventana —digo.
—Dale.
—¿Te da igual?
—Me da igual. Duermo mejor pegado a la pared.
—Vale.
No decimos nada más de la cama. Lo resolvemos como si fuera un reparto de asientos en el metro.
Saco la bolsa de aseo. La pongo en la silla.
Saco el foulard azul de mi madre, lo meto en la mesilla de mi lado.
Jaume saca su libreta roja, la deja en la mesilla del suyo.
Saca los pendientes, los mete en un platito que ha encontrado encima del armario. Saca un vaso, lo pone en su mesilla.
Por la ventana entra un sol de las cinco de la tarde que ilumina la cama en diagonal.
Salimos a recorrer el pueblo los tres. Sofía se ha instalado en el sofá del comedor con una eficacia de explorador. Rosa nos ofrece un café antes de salir. Lo tomamos de pie en la cocina, viendo cómo amasa el pan de mañana.
Caminamos por las calles estrechas de Margalef.
Casas bajas de piedra, puertas de madera pintada, gatos cansados al sol.
Subimos hasta la ermita de Santa Magdalena por un sendero empedrado.
Desde arriba se ve el valle con las paredes de conglomerado.
Sofía silba. Jaume respira. Yo saco el móvil, grabo cinco segundos de valle, mando el vídeo a mi padre. Él me contesta con un pulgar arriba.
—¿Tu padre te contesta todos los días? —me pregunta Jaume.
—Todos.
—Bonito.
—Sí.
Bajamos. Cenamos temprano en el comedor común con los otros huéspedes: cuatro franceses, dos alemanes, un americano con gorra.
Jaume habla en inglés con el americano un rato.
Le pregunta por Tina Dean. El americano la conoce.
Le da saludos. Me sorprende enterarme de que Jaume y Tina son amigos desde Boulder. Me lo apunto mentalmente.
A las diez y media, Sofía se va al sofá. Jaume y yo subimos a la habitación doble. Él cierra la puerta.
———
El baño es compartido con otras dos habitaciones. Está al fondo del pasillo. Jaume va primero. Vuelve con una camiseta y unos calzoncillos grises. Se mete bajo las sábanas sin hacer ruido. Yo voy al baño, me cepillo los dientes, me lavo la cara. Vuelvo.
La habitación está a oscuras menos por la lámpara de su mesilla. Él está tumbado boca arriba, con las sábanas hasta el pecho, mirando al techo.
Me quito la camiseta, me pongo una de dormir. Me quito el pantalón, me meto en calzoncillos. No me pone mirando. Miro yo a la pared mientras me cambio. Me meto en la cama por el lado de la ventana.
Apago mi lámpara. Él apaga la suya. La oscuridad cae.
—Buenas noches —dice.
—Buenas noches —digo.
Los dos boca arriba. Los dos sin moverse. La cama es grande, hay un buen palmo de separación entre nosotros. Un palmo es un palmo y no es una frontera, pero vale para empezar.
Respiro por la nariz. Cuento mentalmente el ritmo. Fuera se oye un perro ladrar. Uno. Dos. Un. Dos.
—Iago —dice Jaume, bajito.
—Qué.
—Gracias.
—¿Por?
—Por lo del sofá.
—Lo del sofá lo ha decidido Sofía.
—No ha sido Sofía.
—Ha sido Sofía.
—Vale.
Silencio.
—Jaume —digo.
—Qué.
—Buenas noches.
—Buenas noches.
Me giro hacia la ventana. Él se gira hacia la pared.
Espalda contra espalda. Entre las dos espaldas, un palmo.
Entre los dos, un silencio largo. Entre el silencio y yo, un latido que me retumba en el oído contra la almohada.
No me voy a dormir. Lo sé. Pero al menos voy a disimular bien durante las próximas horas, por él, por mí, por la cama, por el pueblo, por la puta moneda de Sofía.
Voy a disimular, me cago en la puta, como un señor.
Cierro los ojos.
Y, por un segundo, antes de dormirme, pienso una cosa que no voy a repetir mañana en voz alta ni a Mikel, ni a Sofía, ni a mi padre, ni a nadie.
La pienso bajito, con los ojos cerrados, con la cara contra la almohada.
Pienso: qué pequeño es el palmo.
No la digo en voz alta. Pero la pienso con los labios moviéndose, como si la estuviera diciendo. Luego me duermo a la media hora, con un sueño que no recuerdo.