Jaume
Son las siete menos cuarto de la tarde del jueves. Llevamos tres días conviviendo. Setenta y dos horas. He contado. He contado también las veces que me he quedado plantado en el pasillo mirando la puerta de la habitación que antes era trastero. Siete. Siete veces en setenta y dos horas.
Volvemos del rocódromo. Hoy hemos tenido una sesión rara.
Mikel ha introducido a Marc Puigvert, que llegó ayer por la tarde, y Marc ha hecho lo que hace siempre Marc: reírse demasiado alto, dar palmadas en la espalda a todo el mundo, hablar con Iago en catalán hasta que Iago le ha dicho que no lo pillaba del todo, y entonces cambiar al castellano de un golpe.
Marc es ese tipo de tío que le aprieta a Sofía la nuca cuando entra en la sala y ella se quita, y a mí me la aprieta también, y yo no me quito porque es más fino aguantar.
Con Iago lo ha intentado una vez. Iago no se ha quitado.
Se ha puesto tieso como un palo. Marc ha retirado la mano y no lo ha vuelto a probar.
Caminamos del metro al piso. Iago a mi lado.
No hablamos mucho. Hablamos, sí, pero de cosas pequeñas: qué hay para cenar, si queda pan, si la panadería de la esquina cierra antes o después de las ocho.
Me sigue sorprendiendo cada noche que hable conmigo de cualquier cosa.
Tres días y ya hay un hueco en el día en el que caminamos juntos como si llevásemos toda la vida.
Abrimos el portal. Subimos los tres pisos. Meto la llave en el piso. Entramos.
—Voy a ducharme yo —dice Iago.
—Dale.
Se mete al baño. Se cierra la puerta. Oigo el agua.
Yo voy al salón. Dejo la mochila al lado del sofá. Abro la cremallera. Saco la botella de agua, la bolsa de pies de gato, el paquete de magnesia. Saco la camiseta sudada. Saco un par de calcetines. Meto la mano al fondo buscando la libreta roja.
No está.
Meto la mano en el lateral. Meto la mano en el bolsillo de dentro. No está. Vacío la mochila entera encima del sofá gris. Todo lo que llevo todos los días. No está.
Me quedo un segundo con las manos vacías.
Los he visto mezclar las mochilas hoy, en el vestuario.
Me acuerdo. Eran las mochilas negras, las dos, idénticas, porque la federación nos da la misma marca.
Sofía se ha reído, ha dicho "mira las dos negras como dos huevos", y Iago ha cogido una y yo la otra.
Nos las hemos repartido sin mirarlas, él ha cerrado la cremallera del suyo, yo del mío, hemos salido corriendo porque se nos iba la hora del metro.
Cada uno se ha llevado su mochila, me consta.
No las hemos cambiado. Pero cuando hemos salido del vestuario por la mañana temprano, al llegar al rocódromo, me acuerdo: he sacado la libreta por un momento para anotar una cosa al llegar, y la he dejado en el banco del vestuario a la vuelta porque Celia me ha llamado para un estiramiento.
A la vuelta, he puesto algo en la mochila. Pero, ¿en la mía o en la de él?
Joder.
—Iago —digo.
No me oye. Sigue el agua.
Espero. Camino por el salón. Miro al balcón. Miro la librería. Miro el sofá. Mis papeles, todos, en el sofá, menos la libreta.
Al rato sale del baño. Con una toalla a la cintura, descalzo, el pelo suelto, mojado.
El pelo suelto, por Dios. Lo tiene rizado cuando está mojado.
Rizado, oscuro, hasta los hombros. Le cae como el agua cae por las pizarras en la casa de mi abuela.
Se me olvida un segundo lo que iba a decir.
Se lleva una mano al pelo y se lo aprieta.
—¿Qué pasa?
—Mi libreta.
—¿Cuál.
—La roja. La de entrenamiento.
—No la he visto.
—¿Has abierto mi mochila?
—¿Por qué iba a…?
—Se habrán cambiado las mochilas un segundo en el vestuario.
—No se han cambiado. Yo he llevado la mía todo el rato.
—Vale.
—Oye.
—Qué.
—Que yo no te he cogido nada.
—No digo que me hayas cogido nada. Digo que se habrán cambiado de mochila un segundo, se ha metido en la tuya, no te has dado cuenta, y ahí está.
—Vale, vale, pues mira en la mía. Está en la entrada.
Paso por delante de él hacia la entrada. Me roza el hombro desnudo con la tela de mi camiseta. Por un segundo se me para el aire. Paso. Me agacho al lado de su mochila, que es gris y de marca distinta. La abro.
Dentro. Encima de la camiseta sudada. La libreta roja.
La saco. La levanto.
Él la mira por encima de mi hombro.
—Ah. Pues sí. Vale.
—¿Ves?
—Lo siento. No me di cuenta.
—Tranqui.
Él se aparta. Se va al pasillo.
—Voy a vestirme.
—Vale.
Me llevo la libreta al salón. La abro. Me paro a mirar la goma elástica cruzada. Respiro. La abro.
Las páginas están como las dejé. Todas, menos las tres últimas. Esas tres están con una marca en la esquina. Una doblez diminuta, como quien marca una página de un libro que no es suyo porque quiere saber dónde lo ha dejado.
Me trago saliva.
Entonces lo veo.
Un post-it amarillo entre las páginas. Lo saca él, no lo he puesto yo. Lo saca él, lo ha pegado él, y en la letra suya de pastor apretado dice:
"La próxima vez pide permiso para estudiarme así."
Leo la frase dos veces. Tres. La miro fijo. Siento un calor en los oídos que no sé si es vergüenza o qué. Las manos me empiezan a sudar.
Respiro por la nariz. Suelto aire por la boca.
Las tres páginas últimas son las que él ha leído. Las leo yo, como las habrá leído él. Las leo intentando ponerme en su sitio.
"El aragonés gira el hombro 8º demasiado en el dinámico lateral. Si lo sigo, pierdo el equilibrio. Contrarrestar con cadera baja."
"No abre la mano al tocar regleta fina: le falta un milímetro. Si practicamos en paralelo, él va a caer primero."
"Bajo tensión, aprieta la mandíbula. Luego escupe. Gasta. Mala gestión emocional."
Cierro los ojos.
Qué mal, Jaume. Qué mal, qué mal. Las tres frases son ciertas.
Las tres son mi trabajo, lo que hago, cómo pienso, cómo estudio a los rivales desde los diecisiete años.
Pero las tres leídas por él, que no entiende la lógica fría de las libretas rojas, suenan como lo que no son: como un desprecio.
Como un insulto silencioso a medida. Sobre todo la última.
Me levanto. Voy a la puerta del pasillo. Lo llamo.
—Iago.
—Estoy poniéndome una camiseta.
—Ven cuando acabes.
—Voy.
Me siento en el sofá. Pongo la libreta abierta encima de la mesita baja, con el post-it al lado. Me paso las manos por la cara. La tensión me sube al pectoral. Me masajeo el dorsal con el codo para aflojar. Respiro.
Él sale del pasillo con un pantalón corto limpio y una camiseta blanca grande. El pelo se lo ha recogido otra vez en el nudo bajo. Descalzo. Se para delante de mí. Cruza los brazos.
—¿Lo has leído?
—Sí.
—Y luego lo has metido en la mochila otra vez.
—Sí.
—¿Solo las tres últimas?
—Solo las tres últimas. El resto no lo he tocado.
—Ya.
—Lo siento.
—¿Lo sientes?
—Sí.
—¿Y cuándo pensabas decirlo si yo no me entero?
—Iago.
—No.
—Déjame hablar.
Me siento. Me echo hacia delante con los codos en las rodillas. Me miro las manos un segundo. Las manos las tengo frías. Las mías. Por Dios.
—Yo hago esto con todos. Con todos, en serio. No es un juego. Es una manera de aguantar la competencia. Si analizo los movimientos de los que tengo al lado, sé dónde puedo perder. Mikel lo sabe. Celia lo sabe. Sofía se ríe de mí cada vez que ve la libreta. Es lo que siempre he hecho.
—No te pregunto qué haces.
—Dime qué me preguntas.
—Te pregunto por qué has tenido que leerme como si fueras a arrollarme.
—No iba a arrollarte.
—"Él va a caer primero."
—No era un insulto. Era una previsión. No lo haría igual con un enemigo, lo haría igual con Sofía, con Marc, con Nacho. Lo hago con todo el mundo.
—Pero yo no soy todo el mundo.
Se me queda esa frase ahí, entre los dos. La suelta y él mismo se sorprende de haberla soltado. Retrocede medio paso. Se pone la mano en la nuca, se agarra el pelo.
—Perdona, Jaume.
—No tienes que pedir perdón.
—Sí. Sí tengo. Es tu libreta. Tu método. Yo no tenía que leerla.
—No tenías, pero se ha cambiado la mochila. Yo no la metí aposta.
—Lo sé.
—Ya.
Silencio. El reloj del salón hace tic. Fuera, un coche pasa por la calle del Canó. Un niño grita algo en catalán desde el balcón de enfrente. Un portazo.
—Iago.
—Qué.
—Siéntate.
Se sienta, pero en el sillón orejero, lejos del sofá. Cruza las piernas en cuclillas como si en vez de estar en un salón de Gràcia estuviera en un cortado de roca.
—¿Tú cómo lo haces? —le pregunto.
—¿El qué?
—El escalar. La competición. La cabeza.
—Yo no tengo cabeza.
—Tienes cabeza.
—No la uso.
—Úsala.
—Iago sube —me dice, con media sonrisa torcida—. Iago mira el muro. Iago siente lo que hay que hacer. Si lo pienso, lo cago. Si lo siento, sube. Con los años he aprendido a no pensar. Los mejores aprenden a no pensar. Los pastores de Huesca aprendemos lo mismo, pero en la montaña.
—Yo no sé hacer eso.
—Ya lo sé.
—Y por eso me pongo a analizar. Si no analizo, pierdo los nervios. En Boulder lo aprendí con una psicóloga deportiva. Se llamaba Rachel. Me decía "Jaume, you're a thinker, use it or it'll eat you". Y desde entonces escribo.
—Ya veo.
Asiente. Lo dice con una tranquilidad nueva. "Ya veo." No es reproche. Es reconocimiento.
Silencio otra vez. El silencio entre nosotros ya tiene textura. Es más espeso que el del metro. Más suave que el del primer vestuario. Es un silencio que admite palabras al rato.
—¿Te arrepientes de haberlo escrito? —me pregunta.
Me paro. Lo pienso. No quiero mentirle.
—No.
—Ya.
—Pero me arrepiento de haberlo dejado para que lo leyeras.
—Es justo.
—¿Te arrepientes tú de haberlo leído?
—No del todo.
—¿Por?
Se pasa la mano por la barba. Se la mira de reojo. Se la vuelve a pasar.
—Porque me he enterado de cómo piensas. Y porque si tengo que ganarte, ahora sé por dónde me ganas tú a mí.
Me río. Se me escapa. Él se ríe una nanofracción también.
—Pues ya estamos iguales —digo.
—Iguales no. Tú analizas. Yo siento. No se compensa.
—Cada uno a lo suyo.
—Cada uno a lo suyo.
Me levanto del sofá. Voy a la cocina. Saco dos cervezas de la nevera. Vuelvo al salón. Le tiendo una. Él me la coge. Bebemos. En silencio. Él se pone a mirar la librería del otro lado.
—¿La leíste entera? —le pregunto.
—No. Solo las tres últimas páginas.
—¿Nada más.
—Nada más.
—¿Seguro?
—Te lo he dicho.
—Vale.
—¿Por?
—Porque a veces escribo cosas que no son del entrenamiento.
Se gira a mirarme. Tiene la cerveza entre las manos. Los ojos avellana con la chispa verde de la izquierda. La luz del balcón le da en el pómulo.
—¿Qué cosas?
Me muerdo la cara interior del labio. Pienso si decirlo. No lo digo. Le doy un trago a la cerveza.
—Cosas mías.
—Vale.
No pregunta. No insiste. Es de los que no insisten. Ya lo he notado. Pregunta una vez y si no le contestas, pasa. No tiene la necesidad de rascar. Le agradezco eso.
—Iago.
—Qué.
—Te voy a pedir un favor.
—Dime.
—No vuelvas a abrir la libreta.
—No la voy a volver a abrir.
—Ni aunque se cambien las mochilas.
—Ni aunque se cambien las mochilas.
—Dame tu palabra.
—Te la doy.
Asiento. Él asiente. Bebemos.
———
Cenamos los dos en la cocina, en la mesa redonda.
Yo me hago una tortilla de calabacín. Él se corta un trozo de pan con jamón y pide si le pongo un huevo frito.
Le pongo dos. Nos sentamos frente a frente.
Las sillas son pequeñas. Las rodillas se nos rozan por debajo de la mesa.
Ninguno de los dos se aparta. Ninguno lo menciona.
—¿En Ansó qué cenáis? —le pregunto.
—Según.
—Dale.
—En invierno, pote. Mi padre hace un pote con patata, col, alubia blanca y costilla que te duerme. En verano, bocadillo. En primavera, lo que haya. Mi padre cocina bien pero cocina poco, porque me crió mi madre en la cocina.
—Tu madre murió hace dos años.
—Sí.
—Lo siento.
—Ya.
Se toca el pecho un segundo, por encima del foulard azul que tiene en la mochila y no veo pero sé que está. Luego vuelve al huevo. Lo rompe con el pan. Se come el huevo con la yema goteando.
—¿Tu madre toca bien? —me pregunta.
—Toca muy bien.
—¿Qué toca?
—Chopin, Schubert, Granados. A mí me enseñó un par de cosas de pequeño pero se me caían los dedos. Martí, mi hermana, toca mejor que yo. Hoy ya no toca casi.
—¿Martí es la de Chicago?
—La de Chicago.
—¿Cuántos años?
—Treinta y tres.
—¿Y la niña?
—Dos.
—Gemelas, dijiste.
—Me acuerdo de lo que te cuenta uno, ¿eh? —digo, sonriendo.
—Cosas de pastor. Oveja blanca es la blanca, oveja negra es la negra. Te fijas.
Me río. Él se ríe.
—¿Se llaman cómo? —pregunta.
—Olivia y Nora.
—Cuqui.
—Cuqui, sí.
—Yo con críos soy un desastre.
—Yo también.
—Bueno, al menos estamos de acuerdo en algo.
—Estamos de acuerdo en muchas cosas.
—¿En cuáles?
—En que el crux de la azul se ataca con cadera.
Él se ríe. Una carcajada de pastor, de valle, esa risa honda que ya le he oído una vez en la cafetería. Se le arrugan los ojos. Se le ve un diente de abajo ligeramente torcido, el incisivo, que no le había visto. Me lo apunto mentalmente.
———
Después de la cena, él recoge la mesa. Lava los platos. Yo seco. Las rodillas no se nos rozan porque estamos de pie. Pero los codos sí, una vez, cuando me pasa el plato y yo lo cojo. Se nos tocan los dos codos. Los dos sabemos. No decimos nada.
A las once, él se va a su cuarto.
—Buenas noches.
—Buenas noches.
A mí se me queda la libreta encima de la mesa del salón. Después de lavarme los dientes, vuelvo al salón un momento. La cojo. La llevo a mi cuarto. La dejo en la mesilla. Me tumbo.
Apago la luz.
Las tres últimas páginas del día, hoy, tal y como he apuntado antes, son sobre el dinámico de Marc Puigvert y el error que cometí en el giro del hombro al hacer el campus.
Abro la libreta en la oscuridad con la linterna del móvil. Pongo el bolígrafo encima.
Escribo, debajo de todo, en letra chiquita:
"Hoy él ha dicho 'yo no soy todo el mundo'. Me ha bailado el pectoral al oírlo."
Lo escribo. Lo miro. No lo rompo.
Cierro la libreta. Apago la linterna. Me duermo rápido, por primera vez en semanas, y no tengo pesadilla.