Iago #2
Es el sonido de alguien que tiene una pesadilla y que no se despierta del todo.
El gemido se vuelve más agudo un segundo. Luego un "no". Luego un "no" más fuerte. Luego un respingo como de pecho.
Me levanto.
Me pongo los calzoncillos, que me había quitado. Una camiseta vieja. Salgo al pasillo descalzo. El pasillo está oscuro. La puerta de Jaume está entreabierta. Se ve una rendija de oscuridad dentro. Me acerco despacio.
Jaume está tumbado de lado, con la manta arrugada entre las piernas.
La camiseta se le ha subido y se le ve un trozo de espalda blanca.
Está sudando. La frente le brilla. Tiene el ceño fruncido.
La mano derecha agarrada en un puño al lado del cuerpo.
Murmura una palabra que no entiendo. Se le escapa una respiración corta, entrecortada. Luego un gemido pequeño.
Me quedo parado en el umbral. La puerta la tengo medio abierta por la mano izquierda. La manilla me queda fría bajo los dedos.
Tengo dos opciones. Entro y lo despierto, le digo "oye, Jaume, una pesadilla", le toco el hombro. O me voy.
Me quedo.
Me quedo quieto, mirándolo, sin cruzar el umbral. Es como mirar a una oveja que está pariendo: no se interrumpe si no hace falta. Se respeta. Se observa. Se aprende. Me quedo.
Se remueve. Murmura otra palabra. Esta la distingo: "para".
Lo dice bajito, como un niño. Luego una respiración más larga.
Se va calmando. El puño se afloja. Se gira boca arriba, con un brazo por encima de la cabeza.
Se queda quieto. Respira más despacio. La boca entreabierta.
Las pestañas más largas de lo que yo recordaba.
Así, dormido, no tiene la cara de anuncio que me saca de quicio.
Tiene la cara de un tío de veintiocho años que se acuesta cansado.
Un tío que analiza, que anota, que aguanta, que ha pasado tres años con una psicóloga deportiva a la que no menciona, que vive solo en un piso con una habitación cerrada con una caja dentro.
—Qué coño me está pasando —pienso. En voz baja. En voz muy baja. Ni lo digo.
Me aparto. Cierro la puerta con cuidado, dejándola como estaba, ni más abierta ni más cerrada. Vuelvo a mi cuarto. Me meto en la cama. El corazón me va rápido. Más rápido de lo que debería. Me toco el pecho con la mano. Noto el pulso. Un. Dos. Un. Dos.
Cierro los ojos.
No me duermo.
A las cinco me levanto, voy a la cocina, me pongo un vaso de agua. A las cinco y cuarto vuelvo a la cama. A las cinco y media, me quedo frito.
———
A las siete me despierta la alarma. Me visto rápido, me lavo la cara, salgo a la cocina. Jaume está ya en pie. Tiene el pelo mojado, una camiseta técnica, un batido en el vaso, un plátano por pelar. Me da los buenos días sin mirarme del todo. Tiene las ojeras más marcadas de lo normal.
—Buenos días.
—Buenos días.
—¿Café?
—Pon.
Pone dos cafés en la cafetera italiana. Saca dos tazas. Me pone una.
—Gracias.
—Leche está en la nevera.
—No tomo.
—Vale.
Nos sentamos los dos en la mesa redonda. Él con el batido. Yo con el café. Comemos sin hablar. Él se come medio plátano, tira el resto a la basura con cara de contrariedad (a Jaume no le gusta tirar comida, lo he aprendido en tres comidas juntas). Yo me meto dos tostadas con aceite.
—¿Has dormido bien? —le suelto, sin pensar.
Él levanta la cabeza. Me mira. Parece que duda si lo pregunto por cortesía o por otra cosa. Decide que es cortesía.
—Regular.
—Vale.
—¿Tú?
—Regular también.
—Ya.
Volvemos al silencio. Pero no es un silencio incómodo, no del todo. Es el silencio de los que saben que hay una conversación pendiente y aún no toca.
Terminamos el desayuno. Recogemos los vasos.
Los lavamos. Cogemos las mochilas. Bajamos a la calle juntos.
Caminamos hasta el metro sin hablar. En el metro, nos sentamos en dos asientos enfrentados porque el vagón va lleno.
Él saca la libreta roja y se pone a anotar algo.
Yo miro por la ventana, el túnel oscuro, los cables, las luces intermitentes.
Me giro a mirarle. Lo observo unos segundos. Él levanta la cabeza. Me pilla. No aparto la mirada a tiempo. Él tampoco.
Sostenemos los ojos dos paradas enteras.
Luego yo miro la puerta. Él mira la libreta. Él escribe algo. Yo miro las luces intermitentes. Él cierra la libreta. Yo miro las luces intermitentes. Él se levanta. Yo me levanto.
Bajamos en Rambla del Raval. Nos cambiamos a otra línea. Llegamos a L'Hospitalet.
En el rocódromo, Sofía me pilla del brazo y me susurra.
—¿Qué tal la primera noche?
—Bien.
—¿Te ha intentado matar mientras dormías?
—No.
—Buenas noticias.
—Sofi.
—Dime.
—Cállate.
—Vale.
Se ríe. Nos vamos al vestuario. Yo me voy al mío (he descubierto que la 37 es la suya desde hace dos años, que la 38 era una sobra, y que a mí me la asignó la chica del mostrador mal; ya me he acostumbrado a la 38), y él al suyo. Me cambio. Salgo a la sala.
Antes de salir a entrenar, me miro un momento en el espejo pequeño del vestuario.
Me veo a mí. Con las cejas pobladas, las ojeras, la barba de cuatro días, los ojos avellana con la chispa verde del lado izquierdo de la que Jaume ha escrito y ha roto en cuatro sin saber yo que existe esa frase. Me miro. Me digo en voz baja:
—Qué coño me está pasando, maño.
No tengo respuesta.
Salgo a entrenar.