Iago
El lunes por la mañana, Mikel me llama a su despacho antes del calentamiento.
Yo bajo, paso por la puerta entreabierta, me siento en la silla del otro lado.
Mikel tiene la ventana detrás, una ventana que da a una pared de bloques de hormigón y a un trozo de cielo pálido.
Huele a café recalentado y a tabaco. El paquete del tabaco asoma por el bolsillo de la camisa.
—Vale.
—Pau Vergés ha ofrecido algo.
—¿Qué.
—Jaume tiene un piso en Gràcia con dos habitaciones. Una la usa de trastero. Vaciarla no le cuesta nada. Se te aloja ahí hasta el clasificatorio. Luego ya veremos.
Me echo hacia atrás en la silla. Miro al techo. Luego miro a Mikel. Luego miro al techo otra vez.
—No.
—¿Qué no?
—Que no, Mikel. Yo en el piso de él, no.
—¿Por?
—Porque estamos compitiendo por la misma plaza.
—Y entrenando juntos.
—No es lo mismo.
—Es lo mismo. Entrenáis codo con codo todo el día aquí. Pau ha ofrecido la habitación gratis. Jaume ha dicho que sí. El horario, los traslados, la logística, todo se simplifica. No hay alternativa, Iago. No tengo dinero.
—Me busco un piso compartido.
—¿En seis días?
—En seis días.
—¿En L'Hospitalet, con lo que cobra la federación?
Mikel ha bajado la voz. No me mira con compasión.
Me mira con el pragmatismo de quien ha sido pobre joven y sabe de las matemáticas de los pobres jóvenes.
Yo me froto la barba de cuatro días. Me muerdo el carrillo por dentro.
Tengo seiscientos euros de la última beca en la cuenta y ninguna gana de explicarle a mi padre por teléfono que tengo que alargar el hostal.
—Mikel.
—Dime.
—Una semana. Me mudo una semana y me busco algo.
—Un mes. Mínimo. Pau ha hablado con Jaume por un mes, hasta la concentración de Margalef. Luego seguimos en Margalef, luego Madrid. A la vuelta ya veremos.
—Joder.
—Iago, no tienes razones profesionales. Tienes razones de ego. Guárdatelas.
Me levanto. Le doy la espalda. Abro la puerta. Antes de salir me giro un segundo.
—¿Jaume lo ha dicho con la boca pequeña o con la grande?
—Con la misma boca que dice todo Jaume. La mediana.
Salgo. La puerta se queda abierta. Mikel no me la cierra. Se gira hacia la ventana y enciende un cigarrillo que se va a fumar aunque no se pueda fumar dentro.
———
Esa tarde, después del entrenamiento, cojo los dos petates del hostal.
Pago la habitación con la tarjeta, que suelta un pitido agónico pero acepta.
Le pido al chico de recepción que me guarde la mochila grande en el almacén hasta mañana.
Me pongo la mochila de entrenamiento al hombro y cojo un taxi hasta Gràcia.
Jaume vive en la calle del Canó. Es una calle estrecha, empinada, con una fuente antigua al principio y balcones con geranios.
Hay un colmado marroquí en la esquina, una panadería en la otra, un bar con tres mesas en la acera.
El portal del 14 es de madera oscura, con un pomo de latón gastado. Llamo al 3º 1ª. Suena el telefonillo.
—Sube —dice Jaume, sin preguntar quién es.
Subo los tres pisos. La escalera es de baldosa hidráulica, las paredes pintadas de beige con un arrimadero de azulejo verde. En el rellano del tercero, la puerta está entreabierta. La empujo.
Jaume está en el recibidor con una camiseta blanca vieja y un pantalón corto gris. Los pendientes. El pelo húmedo. Se acaba de duchar. Huele a gel de sandía. No me mira del todo a los ojos.
—Pasa.
—Hola.
Entro. Suelto los petates en el suelo del recibidor.
Miro alrededor. El piso es pequeño, ordenado, con paredes blancas, suelo de parqué oscuro y una lámpara industrial colgada del techo del recibidor.
A la derecha, una cocina con una mesa redonda y dos sillas de madera.
A la izquierda, un pasillo con tres puertas.
Al fondo, un salón con un sofá gris, una librería alta y un balcón que da a la calle.
—Bienvenido al infierno —me dice Jaume, con media sonrisa cansada.
—El infierno tiene plantas.
—Tengo una orquídea por ahí.
—¿Y la riegas?
—La riega Núria cuando viene.
—¿Núria es tu madre?
—Mi madre.
Asiento. No sé qué hacer con las manos. Las meto en los bolsillos. Jaume se apoya en la puerta de la cocina. Hay un silencio de unos segundos que ninguno de los dos rompe. Luego Jaume se aparta del marco.
—Vamos a la habitación.
La habitación está al fondo del pasillo, justo antes del salón.
Es la puerta que él, por lo visto, tenía cerrada desde hacía tres años.
La abre. Dentro hay una cama individual con una colcha gris, una mesa de estudio pequeña, una estantería con dos pilas de libros, y un armario de pino.
Huele a limpio, a productos recién pasados.
En una esquina hay una caja de cartón cerrada con cinta americana. La caja no tiene etiqueta.
—He vaciado casi todo. Queda esa caja con ropa mía que no usaba. La puedo bajar al trastero mañana.
—Déjala.
—No tengas reparo.
—Que la dejes. No me estorba.
—Vale.
Dejo los petates al pie de la cama. Él se queda en el umbral.
—Te enseño el resto.
Cocina pequeña, con una nevera nueva, una placa de inducción, un microondas y la mesa redonda con dos sillas.
Baño con ducha de plato bajo, lavabo, retrete.
Dos toallas dobladas para mí encima del radiador.
Un mueble pequeño con su neceser de un lado y un hueco libre del otro para el mío.
Salón con el sofá gris, un sillón orejero beige, una tele pequeña puesta en un mueble bajo, la librería alta con novelas en catalán y castellano, libros de ingeniería, un par de libros de fotografía de montaña. El balcón. La calle del Canó.
—Normas —dice Jaume, cruzándose de brazos cuando volvemos a la cocina.
—Dale.
—La toalla, al balcón. Nunca en la barra del baño.
—Vale.
—Los platos, lavados según se usan. No acumulamos en el fregadero.
—Vale.
—La basura, el que llene la bolsa, la baja.
—Vale.
—El salón es común. La cocina es común. Las habitaciones son privadas, no entro si no me dices.
—Igual.
—Música, con cascos a partir de las diez. El del tercero segunda es un jubilado cascarrabias.
—Vale.
—Visitas, aviso de una hora.
—No voy a tener visitas.
—Por si acaso.
—Vale.
Me aguanto las ganas de decirle algo sarcástico.
Él, de decirme algo irónico. Los dos estamos tensos, pero no queremos que se note.
Me da la impresión, sin que me lo diga, de que él lo ha pensado durante el fin de semana.
Que se ha sentado en ese sofá gris y ha hecho un listado de normas y ha decidido soltármelas todas hoy, para que no quede nada sin decir. Agradezco la eficiencia. No se lo digo.
—Algo más —dice.
—Dale.
—Las llaves. Esas son las tuyas.
Me deja un juego de dos llaves en la mesa. Una para el portal. Otra para el piso. Un llavero de un pequeño mosquetón de escalada en miniatura, ni siquiera uno de calidad, uno de llavero de tienda. Me lo meto en el bolsillo.
—Gracias.
—Pau te pagará cincuenta al mes de compensación por luz y agua a través de la federación. Yo paso de cobrarte.
—Yo paso de que me lo regales.
—Jaume Muro, mediopensión, el día que me muera.
—Hostia, Jaume, tienes labia.
—A ratos.
Le sonrío medio milímetro. Él me sonríe medio milímetro también. La tensión no desaparece, pero baja un peldaño.
———
La primera noche, nos acostamos temprano.
No cenamos juntos. Yo me hago un bocadillo con lo que encuentro en la nevera (él tiene pan, jamón serrano, tomates, queso, una ensalada hecha), me lo como en la cocina con un vaso de agua.
Él se toma un plato de arroz con verduras que se prepara en silencio en la otra punta de la cocina.
Apenas hablamos. Un "pásame la sal" y un "luego te lavo yo el plato".
Nada más. A las diez y media, cada uno a su cuarto.
Me tumbo en la cama individual con los pies todavía calientes del entrenamiento.
La habitación tiene una ventana que da al patio interior.
Se oye un piano lejano, un vecino que practica escalas lentamente.
Se me ocurre pensar en la madre de Jaume, profesora de piano.
Me pregunto si ese piano es hijo de los de Núria Pons. Me digo que lo pensaré otro día.
Cierro los ojos. El colchón es bueno. La colcha huele a suavizante. Oigo a Jaume moverse al otro lado de la pared, que es finísima. Oigo el crujido de la cama cuando se tumba. Oigo el clic del interruptor. Se apaga la luz. Silencio.
Respiro. Intento dormir. Por el patio sube un aire fresco con olor a cocina. Se oye una tele lejana con un informativo de la noche.
No me duermo.
Me levanto un momento, cojo el móvil, abro la cámara.
Grabo la ventana oscura, con las luces del patio interior y el rumor del piano.
Le mando el vídeo a mi padre con el texto "todo bien, papá".
Él me contesta con un audio de cincuenta y seis segundos.
Habla de la oveja de las mellizas, que ahora tiene a las dos crías muy bien, que una es más negra que la otra.
Me dice que no cene poco que las ciudades te comen.
Me dice que los chicos bien se miran las horas antes de ir a la cama.
Sonrío.
—Los chicos bien —digo bajito, para mí—. Los chicos bien se ven.
Me vuelvo a tumbar. Escucho. El piano del patio se ha callado. Del otro lado de la pared oigo a Jaume respirar. Despacio. Irregular. Un ritmo extraño que no es dormir, es la antesala.
Cierro los ojos.
———
Me despierto en mitad de la noche. No sé qué hora es. Me giro. Busco el móvil. Las cuatro y doce.
Lo que me ha despertado lo oigo enseguida. Viene de la pared.
No es un ronquido. No es un suspiro. Es un gemido pequeño, contenido, seguido de una respiración rota, luego otro gemido.
Por un segundo, un segundo que se me hace largo como una hora, pienso que es sexo.
Que se ha metido a alguien en la habitación sin que yo me haya enterado.
Se me va la sangre de la cara y se me va también de otros sitios.
Pero escucho con más atención y no. No es sexo. Es otra cosa.