Sin cuerda (Equipo Nacional 1) Jaume
11%

Jaume

Estoy sentado en la camilla de la derecha, sin camiseta, con la espalda hacia ella. Celia me coloca los dedos índice y corazón en el borde inferior del dorsal y presiona. Yo respiro por la nariz.

—Aquí —dice.

—Aquí.

—Sí.

—Tres sesiones conmigo, crioterapia, nada de dinámicos al lateral hasta el jueves y, sobre todo, no seas gilipollas en las sesiones del Míster.

—No voy a ser gilipollas.

—Eso me dijiste la vez que te rompiste el mismo dorsal en Boulder.

—No me lo rompí. Me lo desgarré un poco.

—Un poco —repite ella, con la cantidad de ironía que le cabe a una valenciana de veintinueve años con la vida hecha.

Celia tiene el pelo castaño cortado a los hombros, un pendiente en la ceja, otro en la nariz, y unas manos pequeñas y durísimas que han arreglado la espalda a media federación.

Se mueve por la sala descalza. Tiene una novia en Valencia, Sara, se llama.

Por eso se va todos los viernes por la tarde y vuelve los lunes a las siete de la mañana con cara de no haber dormido.

La última vez que la vi llorar fue porque perdió un avión.

Me tumbo boca abajo. Me pone las manos calientes sobre la zona. Huele a manzanilla. Saca el codo y empieza a liberar la fascia con movimientos largos y lentos. Me duele lo justo para saber que es útil. Cierro los ojos. La luz amarilla del flexo me pasa por los párpados.

Habla bajito, como habla siempre.

—¿Cómo lo llevas con el aragonés?

Abro los ojos. Los vuelvo a cerrar. Celia no aparta el codo.

—Bien.

—Bien qué.

—Entrenamos. Mejoramos. A ratos se enfada.

—Sofía me dijo que ayer subisteis la misma vía a la vez.

—La misma vía azul. El crux con la regleta fina.

—¿Y?

—Y la clavamos los dos.

—Y tú le diste las gracias en la cafetería.

—Alto ahí. No le di las gracias. Él me dijo una cosa útil sobre meter la cadera, y yo se lo agradecí. Protocolo.

—Protocolo —repite Celia, con la exacta misma cantidad de ironía que antes.

Se mueve al hombro derecho y me aprieta un punto que me hace contraer los dedos de los pies. Me muerdo el labio. Respiro.

—Te tensas, Jaume.

—Tú me aprietas.

—Te tensas cuando hablamos de él.

—No.

—Sí. Acabo de notar el trapecio, que se te ha subido dos milímetros.

—Mide dos milímetros con el codo.

—Sí.

Subo la cabeza medio dedo y veo de reojo la sonrisilla de Celia en el espejo. Le paso el reflejo por encima sin contestarle. Vuelve a trabajar el dorsal. Me suelto del hombro un poco.

—A ver, Jaume —me dice a los tres minutos, en voz baja—.

Yo no te voy a chivar. Lo sabes. Pero llevas ocho sesiones conmigo desde febrero.

Te conozco lo que se conoce a un paciente al que tocas cada semana.

Cuando hablas del aragonés se te mueve el pecho de una forma que no se mueve cuando hablas de tu padre, por decir algo.

—No me compares.

—Solo digo.

—No digas.

—Vale.

Se calla. Pero se calla con intención, con ese silencio de Celia que pesa más que una frase.

Sigue trabajándome el dorsal con el codo cinco minutos más.

Al rato me dice que me gire y me trabaja el pectoral.

Me dice que me voltee y me trabaja la zona alta de la espalda.

Lo hace despacio, sin hablar. Yo miro al techo.

Hay una mancha de humedad con forma de Islandia.

Siempre la miro cuando estoy boca arriba.

Cada vez, Islandia es un poquito más grande.

Me he propuesto preguntarle algún día a Pau si tiene pensado repintar el techo o va a esperar a que el país crezca hasta Groenlandia.

Celia termina. Pone el rulo de foam junto a la camilla.

—Cinco minutos rodando tú solo. Despacio. Yo voy a hacer un par de tareas.

—Vale.

Se gira a la puerta. Antes de salir, se para.

—Jaume.

—Qué.

—Ten cuidado con el chaval.

—No hay chaval.

—Por si lo hay. Le cae bien a Mikel. Si la lía, la va a liar para los dos.

—No la vamos a liar.

—Vale.

Cierra la puerta. Me quedo boca arriba un segundo. Vuelvo a mirar Islandia. Me pongo a rodar el dorsal sobre el foam, y noto que el hombro me duele un poquito menos. La espalda me suelta. Por detrás del pecho me sube un agobio caliente que no sé ubicar.

Demasiadas palabras para Celia. Con Celia habitualmente no hablo.

Celia me quita el dolor y yo le pregunto por Sara.

Hoy he soltado tres frases seguidas sobre el aragonés y Celia no ha necesitado más.

Qué fino es el fisio. Qué fino es el ojo de la gente que te toca el cuerpo cada semana.

Se les nota cuando el cuerpo les miente.

Me salgo del foam. Me siento en el borde de la camilla. Miro el reloj grande de la pared. Las once y media. En media hora, fuerza.

———

A la una de la tarde, en la sala de fuerza, Mikel reparte las bandas de resistencia y se pone a dirigir la serie.

Iago está al otro lado de la sala con Sofía.

Nacho está con las barras de dominadas en esquina.

Yo hago rodillos de muñeca y press pallof.

El dorsal me avisa si me paso, y yo no me paso.

Después, toca la parte de antebrazo, con colgadas de segundos cronometrados en la barra hangboard. Para eso tienes que ir a los dos hangboards del rincón, y los hangboards son sólo dos. Mikel hace rotación.

Iago llega a la barra de al lado dos rondas después que yo.

Se cuelga sin mirarme. Tiene las manos cerradas en la regleta, los antebrazos marcadísimos, el pulso contado por el cronómetro digital de Mikel.

Diez segundos. Quince. Veinte. Cae. Se frota las manos en el pantalón corto, se echa magnesia. Vuelve a colgarse. Me mira de refilón.

—¿Me pasas la magnesera? —me dice.

—¿La mía?

—Es que se me ha acabado y no tengo aquí la otra bolsa. Está abajo.

—Coge la mía.

—Gracias.

Le paso la magnesera. La mía, no la del colchón, la que tengo en la cintura, la que me regaló Martí cuando se casó y que tiene un parche bordado por ella que dice "Little brother" en inglés.

Iago la mira un momento, lee el parche, vuelve la vista a los ojos míos.

No dice nada. Mete la mano. La saca. Se la frota. Vuelve a meter la mano. Me la devuelve.

—Toma.

Estiro el brazo. Él estira el suyo. Al cogerla, sus nudillos rozan los míos.

Un segundo. Menos. La mitad de un segundo.

La magnesia blanca queda entre nosotros, un polvo fino que nos flota un momento en el aire.

La piel de su nudillo es áspera, callosa, caliente.

La mía, menos. Me pasa un escalofrío por la nuca.

Él baja la vista a la magnesera. Me la suelta en la mano. No dice nada. Se cuelga de la barra de al lado. Yo me cuelgo de la mía. El cronómetro suena. Diez. Quince. Veinte. Veinticinco. Caigo. Él aguanta hasta los treinta y dos.

Mikel aplaude una vez. Luego se gira. Nacho silba.

—Va —dice Mikel—, otra serie.

Nadie dice nada del roce. Nadie se da cuenta. Ni Sofía, que tiene los ojos en su propio rodillo. Ni Nacho, que está contando dominadas. Ni Mikel. Ni Celia, que ha bajado a supervisar y está en la esquina anotando tiempos en su tableta.

Nadie. Solo él y yo.

Y en la tercera serie, cuando vuelvo a colgarme y aguanto los veinte, me descubro pensando en el polvo blanco entre los nudillos. En el roce. En cómo su piel se nota distinta de la mía. En cómo mi muñeca no ha terminado de reclamarme que le devuelva la temperatura.

Focus. Venga, Jaume. Focus.

Caigo antes de lo que caigo siempre. Mikel levanta una ceja. No dice nada.

———

Por la tarde, Pau Vergés nos invita a un vino después de la sesión.

Pau es así, un tipo bajo, fuerte, con la barba gris, cincuenta y cinco años, dueño de este rocódromo desde 2009 y antes, gerente de un gimnasio en Cornellà.

Los jueves por la tarde invita a una caña o a un tinto a todos los que quieran quedarse a charlar con él en la cafetería cerrada.

Sofía sube. Nacho sube. Yo subo. Iago sube también, con Mikel.

Nos sentamos alrededor de la barra. El Gordo no está.

Pau nos sirve él mismo, un vino de la Ribera del Duero que trae de su pueblo, y nos cuenta anécdotas de los setenta del circuito de escalada.

Me sé algunas. Pau es buen contador. Tiene el gesto de la mano abierta por encima del vaso cuando va a soltar una broma, y me entero a la segunda anécdota que Iago le está mirando las manos como yo miro las paredes: escalando lo que dicen, por encima de lo que dicen.

Sofía me patea flojito por debajo de la barra. La miro. Ella me hace un gesto con los ojos hacia la puerta. Tengo que salir a por agua. Salgo, ella también, Nacho se queda con Pau y Mikel. Iago se queda con ellos.

En el pasillo, Sofía me para.

—Vas a hundirte —me dice—. Con él.

—¿Por?

—Porque se te nota.

—No se me nota.

—Se te nota a mí.

—Tú eres muy observadora, Sofi.

—Soy veinticuatro años mujer gay en un deporte de tíos. Soy muy observadora, sí.

Me llega una punzada caliente al pecho. Asiento.

—No se va a enterar nadie.

—Se va a enterar todo el mundo si seguís así.

—No estamos haciendo nada.

—Lo sé. Por eso te aviso.

Suelto el aire por la nariz. Ella me pone la mano en el hombro.

—Jaume, ¿tú quieres algo con él?

—No sé.

—Bueno. Pues averígualo antes de que se averigüe solo.

—Vale.

Me da un beso en la mejilla y vuelve a entrar.

Yo me quedo un segundo en el pasillo, con el vaso de agua en la mano, mirando la puerta.

Desde dentro se oye a Pau contar una anécdota de Patxi Usobiaga, y a Iago reírse con una carcajada baja, ronca, una carcajada de pastor que le sale de algún sitio profundo.

No le había oído reírse así en los tres días que llevo con él.

Me quedo dos segundos más en el pasillo.

Entro. Me siento al otro lado de la barra, lejos de él, y bebo.

———

Vuelvo al piso de Gràcia a las ocho y media. El día ha sido largo. Me preparo una pasta simple, cebolla, tomate, atún, un poco de orégano. Me como dos platos. El dorsal me tira cuando me echo al sofá. Me levanto a estirar. Me vuelvo a echar.

Abro el móvil. Tengo un mensaje de Martí, de Chicago, con una foto de Kara y las niñas en pijama, con una taza de chocolate cada una.

Me escribe en inglés: "Little brother, I miss you.

Talk tomorrow?". Le contesto "Tomorrow yes.

I miss you too". Abro el chat de mi madre.

Núria me ha mandado un recorte de periódico sobre un pianista que toca en el Palau de la Música.

Le contesto con un corazón. Pongo el móvil boca abajo.

Cierro los ojos.

Y me vuelve, por supuesto, el nudillo. El roce de dos segundos.

La magnesia blanca. El "el que te va a quitar la plaza" del primer día que todavía me ronda, la risa de pastor de esta tarde, la frase de Sofía en el pasillo, la frase de Celia en la camilla.

Todo metido en el mismo saco, mezclado con el olor a aceite de cebolla de la pasta.

Pienso en abrir la libreta roja y anotar algo. No sobre él como escalador, no. Sobre mí como mí. Pero no quiero. No quiero anotar nada. Si no lo anoto, no lo hago oficial. Si no lo hago oficial, no existe.

Me levanto. Pongo una ducha. El agua me golpea el cogote. Cierro los ojos.

Cuando abro la mano y me la paso por el vientre, esta vez me paro a tiempo. Me digo "Jaume, no seas gilipollas". Y no lo soy, gracias. Me salgo de la ducha, me seco rápido, me pongo una camiseta limpia y un pantalón corto. Me tumbo.

Apago la luz de la mesilla. La luz del baño queda encendida porque no me apetece levantarme. Me quedo mirando la rendija de luz debajo de la puerta. Me dice a mí mismo, en voz baja, con mi acento catalán de Terrassa:

—Això no pot ser.

No puede ser. Claro que no. En seis semanas el clasificatorio nacional.

En siete, Iago o yo estaremos dentro del equipo para Chamonix.

El otro fuera. Tres años llevo peleándome con mi cabeza para ponerla en el sitio.

Tres años llevo levantando un castillo interno con crema de manos y libretas rojas y conversaciones los domingos con mi madre en catalán.

Y ahora va y se me cuela por una puerta que no estaba cerrada y me saca dos milímetros el trapecio cuando Celia me lo menciona.

No puede ser.

Pero cuando cierro los ojos, vuelve el nudillo.

Me giro en la cama. Me pongo boca arriba. Miro al techo oscuro. Hay una mancha en el techo del cuarto que también parece Islandia, qué casualidad. Mi vida está llena de Islandias. Respiro. Respiro. Respiro.

A las dos de la mañana sigo despierto. A las tres, también. Me levanto, me hago una infusión, la dejo enfriar, no me la bebo. Me tumbo otra vez. A las cuatro, me duermo.

En el sueño, no hay nada. Un sueño negro, plano, sin imágenes.

Me despierta el despertador a las siete, y lo primero que pienso, antes de abrir los ojos, antes de saber qué día es, antes incluso de saber quién soy, es que se me ha acabado la magnesia en la magnesera pequeña y que le voy a tener que pedir otra vez a Iago.

No lo voy a hacer. Me levanto y abro el cajón de la cómoda y saco tres paquetes de magnesia de repuesto que tengo guardados. Me los meto en la mochila. Le voy a evitar esa ocasión.

Y al salir del piso, con la mochila colgada, me giro a mirar la puerta del cuarto de invitados. Cerrada. Dentro, la caja con la ropa de Daniel. Dentro, la frase de Mikel que me escribió ayer: "Habla con Jaume de que Iago se mude ahí a partir del lunes".

Cierro el portal. Bajo las escaleras.

Me cago en la puta, pienso, y me sorprende pensarlo con el acento de él.