Iago
La cafetería del Vertical está arriba, en una entreplanta de hormigón gris que mira al muro principal por una cristalera larga.
La barra es de madera clara, las sillas son altas, incómodas, y detrás de la barra hay un hombre flaco, calvo, con mandil blanco y una toalla siempre al hombro.
Sofía me ha dicho que le llaman el Gordo.
Ella no sabe por qué. Pau Vergés sí. El Gordo no.
Son las once y cuarto de la mañana del tercer día.
Hace un rato que hemos terminado la primera sesión y el Míster nos ha dado hasta las doce.
Sofía me ha agarrado del brazo en el vestuario y me ha dicho "arriba, te invito yo hoy".
Estoy sentado en un taburete con un café cortado en la mano izquierda y un plátano en la derecha.
Sofía está a mi lado con una infusión de jengibre y una tostada.
Lleva las dos trenzas francesas otra vez, y hoy un chándal negro con una tira blanca que le da aspecto de luchadora.
—Bueno, maño —me dice.
—Bueno, madrileña.
—¿Qué, cómo llevas la tregua con el niño bonito?
—¿Qué tregua?
—Lo que no es, mejor.
Me río entre dientes. Sofía muerde la tostada y me observa por encima del pan como si esperase una respuesta larga. Le doy un trago al café. El Gordo pasa un trapo a la barra cerca de nosotros, inclina la cabeza, se aleja.
—Ni tregua ni guerra —contesto—. Entrenamos. Punto.
—Ya. Ya veo.
—Tú qué has visto, listilla.
—Yo he visto que te cambia la cara cuando él entra en la sala. De entrada se te apaga un segundo y luego se te enciende otro. Como un semáforo mal ajustado.
—¿Qué dices, chavala?
—Que si me lo pregunta el entrenador, yo no miento.
—A ti el entrenador no te pregunta esas cosas.
—Por si acaso.
Me levanto a por un vaso de agua del dispensador. Vuelvo. El café se me está enfriando. Sofía cambia de pierna cruzada y apoya los dos codos en la barra. Tiene el tatuaje del ocho de cuerda bajando por la cara interior de la muñeca, y el sol de la cristalera le choca justo ahí. Me mira.
—Iago.
—Qué.
—Una cosa. Sin marear.
—Dale.
—Él no está para jueguecitos.
Me trago el bocado de plátano. Me paso la lengua por dentro del labio.
—¿Qué quieres decir.
—Lo que he dicho. Que Jaume no está para juegos.
Lleva tres años con una depre atlética silenciosa que no reconoce ni a Mikel.
Vino de Colorado roto, lo cuidaron en casa los primeros seis meses, a la psicóloga deportiva la tiene fichada desde 2022.
Nadie habla de eso, ni él, pero yo te lo cuento porque tú eres nuevo y no sabes.
—Me estás contando lo que no te toca, Sofía.
—Me estoy poniendo del lado de los dos. Si vais a haceros la guerra, que sea una guerra bonita, no una carnicería. Si algún día os hacéis amigos, que no te coja de sorpresa. Si os hacéis otra cosa… —se calla—, pues que no la cagues.
—No vamos a hacernos otra cosa.
—Ya.
—Que no.
Sofía muerde tostada, se encoge de hombros, mira por la cristalera hacia el muro.
En la sala de abajo, Jaume está solo. Se ha quedado cuando los demás hemos subido a la cafetería.
Desde aquí lo veo pequeñito, frente a la vía azul de ayer, con la mano izquierda tanteando una presa en mitad de la vía.
Es la presa fina del crux. La que ayer le salió a la primera. Hoy, por lo visto, no.
—Está estudiando —digo.
—Él siempre estudia.
—Ese crux lo clavó ayer.
—Hoy no le sale. Mira la mano. Le tiembla.
Desde arriba es difícil ver si le tiembla. Pero cuando me fijo un poco más, sí. Tiene el cuerpo tensísimo, y entre intento e intento se mira la mano, como si fuera un bicho que se le ha metido en la palma. Baja del muro. Se sienta en el colchón. Se pasa la mano por la nuca. Vuelve a subir.
Me quedo callado. Sofía me mira.
—¿Bajas a terminarte el plátano?
—Bajo, sí.
—Vale.
———
Bajo por las escaleras de hormigón sin hacer ruido.
La sala grande está vacía menos por él. Las luces fluorescentes hacen un bajo constante, como un zumbido de mosca industrial.
Me apoyo en una columna que hay en la entrada y me quedo mirando.
Desde aquí él no me ve porque tiene la cara contra el muro y los cascos puestos. Escucha algo. Lo que sea. No distingo.
Intenta la presa. Sube. Cae. Se levanta. Sube. Cae.
Tiene un gesto pequeño, automático, entre intento e intento, que no le había visto antes.
Se pellizca el lóbulo izquierdo, el de los dos aros negros.
No se los toca para recolocarlos. Se los pellizca como pellizca uno la piel de la mano cuando quiere recordarse algo.
Un tic. No lo hace en el entrenamiento normal. Lo hace solo, cuando no le ve nadie.
Sube. Cae. Se sienta en el colchón. Se quita los cascos. Se queda con los codos apoyados en las rodillas y la cara mirando al suelo.
Me cago en la puta.
Yo no tengo que estar aquí. Lo sé. Lo sé perfectamente.
Este tío no es mi rival en el sentido en el que lo fueron otros en el circuito joven.
Los otros los ganaba con rabia de pastor, con hambre, con esa cosa que te crece en los valles cuando miras a los chavales de ciudad y sabes que tienen lo que tú no.
Con Jaume no me sirve esa rabia. Él tiene lo que yo no, pero también tiene lo que yo no querría: un paisaje interno que le pesa, un nudo en algún sitio que ni él reconoce.
A mí me crecieron entre cuatro paredes de piedra y un pico de dos mil metros, y aún así duermo mejor que él.
Ayer se rio de mí diciéndome maño. Ayer me ganó los dinámicos. Ayer lo odié durante diez minutos. Esta mañana, cuando ha entrado en el vestuario y me ha dicho buenos días sin mirarme, yo he contestado buenos días sin mirarle también.
Ahora está sentado en el colchón con los codos en las rodillas, y yo estoy apoyado en una columna como un espía, y no sé si lo que quiero es bajarle un café o escupirle a la colchoneta de nuevo.
Me giro para irme. Me sale, del otro lado de la columna, Mikel Aranceta. Me mira a los ojos. Luego mira al muro. Luego a mí otra vez.
—¿Todo bien, Iago?
—Todo bien.
—Sube tú ahora esa vía.
—¿Yo?
—Sube.
No tengo plan para esto. Mikel me pasa por delante, se acerca a Jaume, le da un golpecito con el pie en la rodilla. Jaume levanta la cabeza. Mikel le dice algo. Jaume asiente. Se levanta. Me mira. Yo aparto la vista dos segundos tarde. Él se da cuenta.
—Vamos —dice Mikel, para los dos—. Iago, sube tú. Jaume, mira cómo lo hace él.
No me lo discute. Jaume va a la columna donde estoy yo, se apoya, me pasa de refilón.
Huele a gel de sandía. Me quito el chándal por la cabeza, me echo magnesia, me acerco al muro.
Miro la vía. La azul. La del crux con la regleta fina.
Ayer Jaume la clavó, yo la clavé a la segunda. Hoy él ha caído diez veces. Joder.
Empiezo.
Los primeros movimientos los hago sin pensar.
Cadera, pies, mano, cambio. Llego al crux.
El dinámico. Yo con mi hombro ayer. Hoy con mi cadera, que para eso me sirvió de algo la clase gratuita.
Lo lanzo. Llego. La regleta fina. La agarro con dos dedos y medio.
Me aguanto. Mano derecha al presón del top. Mantle. Termino.
Bajo por la parte fácil. Aterrizo en el colchón. Me giro. Mikel asiente. Jaume está apoyado en la columna con los brazos cruzados. Me mira. Me mira muy quieto.
—Otra vez —dice Mikel—. Ahora vosotros dos juntos.
Jaume se despega de la columna. Se quita la camiseta.
Tiene el pectoral marcado y una rojez que le sube por el cuello al cambiar el cuerpo de temperatura.
Se echa magnesia. Se acerca al muro paralelo al mío.
Ahora hay dos vías azules, Pau ha cambiado la otra en media hora.
Mikel debe haberlo mandado. Mikel piensa en todo.
Subimos a la vez. No es una carrera. Es un ejercicio. Subes a la misma velocidad que él, paras cuando él para, ataca el crux a la vez. Yo intento no mirar hacia la izquierda. Él tampoco mira hacia la derecha. Cadera. Pies. Mano. Cambio.
Pero cuando llegamos al crux, al mismo tiempo, un segundo antes de lanzar el dinámico, miro de reojo. Y él mira de reojo también. Y nuestros ojos se cruzan a medio camino entre la presa fina y el presón. Y en ese cruce de ojos hay algo que ni me había planteado.
Lanzo el dinámico. Me sale. Él lanza también. Le sale. Llegamos los dos a la regleta. Mano derecha al top. Mantle. Acabamos.
Mikel aplaude una vez. Una. No dos.
—Ya estáis aprendiendo.
Bajamos por el lado fácil. Los dos a la vez, sin hablar.
Aterrizo en el colchón. Él aterriza a dos metros, al colchón de al lado.
Nos miramos. No dice nada. No digo nada.
Le estiro la mano para chocársela. Él duda un segundo, pero me la choca.
Mano callosa con mano cuidada. La mía tiene una pega abierta en el canto del meñique. Me la ha visto. No me dice nada.
———
A las dos de la tarde el Míster nos manda a todos a comer.
Jaume se queda atrás. Yo subo con Sofía y Nacho.
Me pido pollo con arroz, verduras, agua.
Sofía me pone la mano en el hombro al sentarse y me pregunta si estoy más contento.
Le digo que no estoy contento ni descontento.
Ella se ríe, me llama bruto, y me dice que por eso le gusto.
Nacho habla de su hija Leire, que tiene tres años y pregunta por todo.
Nos cuenta que anoche le preguntó qué era morirse, y él le contestó que morirse era dormirse con la luz apagada para siempre, y ella le dijo que entonces no quería dormirse con la luz apagada nunca más.
Nos reímos los tres a la vez, la Sofía con la carcajada esa que le sale, y yo noto que hace meses que no me río así con nadie.
Les miro. Me gustan. Les invitaría a subir al valle alguna vez, les enseñaría el pico Anie.
Me lo apunto mentalmente, para más adelante.
Jaume sube a la cafetería diez minutos después que nosotros, con el pelo todavía húmedo.
Se pide una ensalada, se sienta con un libro al lado del plato, no se une a la conversación.
Sofía le pregunta si viene con nosotros, él dice que hoy no, que tiene que contestar un correo.
Nacho se encoge de hombros. Yo no digo nada.
A los diez minutos, me levanto a por un cortado. Cuando vuelvo, paso al lado de Jaume. El libro es de ingeniería estructural. En la página que tiene abierta hay un esquema de fuerzas sobre un muro, vectores rojos, líneas punteadas. Ecuaciones. Jaume me ve pasar. Me dice, sin levantar la cabeza:
—Gracias.
—¿Por qué.
—Por la vía. Me ha venido bien verlo.
—No lo he hecho por ti.
—Ya.
Lo dice sin acritud. Como quien constata. Yo me quedo un segundo parado al lado de su mesa. Huele a magnesia y a sandía y a papel de libro viejo. Me recoloco el cortado.
—Si ese crux te ha bailado, es porque metes el pie derecho dos segundos antes que la cadera —digo, sin mirarlo a la cara—. La cadera primero, luego el pie. Una vez le cojas el ritmo, no se te vuelve a bailar.
Él levanta la cabeza. Tiene los ojos grises muy quietos. El aro ámbar más visible de lo habitual.
—La cadera primero.
—La cadera primero.
—Gracias.
—Nada.
Me voy a mi mesa. Sofía me mira con las cejas altas. Le hago un gesto de "calla". Ella sonríe y calla.
———
Por la tarde, sesión de suelo: core, flexibilidad, equilibrio.
Jaume y yo apenas nos cruzamos. Terminamos a las siete.
Yo me ducho rápido, me cambio, recojo los petates y salgo a la calle.
El hotel donde la federación me tiene alojado estas semanas está a veinte minutos andando.
Es un hostal normalito de L'Hospitalet, habitaciones de quince metros cuadrados, desayuno incluido.
A partir de la próxima semana, según lo que me dijo ayer Mikel, se acaba el presupuesto.
Y tendré que mudarme a dormir a otro sitio.
Mikel no me ha dicho dónde, aún. Yo tampoco le he preguntado. Prefiero no saberlo hasta el momento.
Camino por la calle Mare de Déu de Bellvitge con las manos en los bolsillos.
Hace frío de un marzo de ciudad: humo de chimeneas, olor a aceite de motor, bocinas lejanas.
Pienso en el pico Anie. En la casa de mi padre.
En mi padre. En lo que le diría esta noche en el vídeo de cinco segundos que le mando todos los días.
Le grabaré la puerta del hostal. Le escribiré "todo bien, papá".
Y pienso, mientras ando, una frase que me viene entera y que no puedo devolverla. Viene como vienen las frases cuando caminas solo.
Si este tío cae, yo no voy a ser quien lo levante.
Me la repito. Si este tío cae, yo no voy a ser quien lo levante.
La digo en voz baja, para que se me quede dentro.
No es crueldad. Es supervivencia. Yo tengo que ganarle la plaza.
Yo tengo que volver a Ansó con el Mundial en el bolsillo, o con la medalla, o con un puto buen resultado al menos que justifique una temporada más de beca.
No me puedo permitir preocuparme por el paisaje interno de un catalán. No.
Pero entonces recuerdo el pellizco en el lóbulo izquierdo. El tic. El gesto de quien intenta recordarse a sí mismo algo que se le olvida. Y me paro en medio de la calle un segundo, delante de una panadería que huele a bollo, y respiro.
—Si este tío cae… —murmuro.
No termino la frase.
Entro en el hostal. Subo las escaleras. Abro la puerta. Tiro la bolsa a los pies de la cama, me echo sobre el colchón vestido, saco el móvil, abro la cámara. Grabo la ventana. Se ve un trozo de patio interior y una cuerda de tender con ropa. "Todo bien, papá." Envío.
Mi padre me contesta en dos segundos con un audio de cuarenta y dos.
Habla de una oveja que ha parido mellizas y de la nieve que se ha retirado del Anie por las últimas subidas de temperatura.
No se puede ni escalar ya si quisieras. Dice "tú atiende a lo tuyo, maño, que los cuerdos salen de los valles y los valles siguen aquí". Me quedo con el móvil en la mano.
Cierro los ojos.
Abajo suena un camión de basura. Arriba, en el piso que tengo encima, una niña se ríe. Me duermo vestido con los pies en los pies de gato todavía calientes del trabajo.
En el sueño, Jaume está subiendo una vía.
Yo estoy asegurándolo. La cuerda me pasa por el Grigri, por la cadera, y le baja a él hasta el arnés.
Él escala bien. Clava los movimientos. Llega a la cima.
Mira para abajo. Me mira. Y el sueño me corta justo ahí, en esa mirada.
Me despierto un segundo, oigo a la niña arriba, me duermo otra vez sin quitarme la ropa.
Por la mañana, cuando me despierto, lo primero que pienso es que en el boulder no se asegura. En el boulder no hay cuerda.
Lo segundo que pienso es que ya veremos.