Jaume
A las siete de la mañana el rocódromo huele a limpio y a café de máquina.
Pau Vergés, el dueño, ha abierto las puertas hace diez minutos.
Yo he abierto las mías hace una hora, en el piso de Gràcia, y he bajado las escaleras en ayunas porque nunca desayuno antes de entrenar en serio.
Atento al cuerpo. Focus en las manos. El resto ya vendrá.
Me cambio despacio. Dejo la toalla en el banco, me pongo el chándal, hago dos rotaciones de hombro.
La derecha me cruje. La izquierda, menos.
El dorsal me tira si giro el tronco más de cuarenta grados.
Tomo nota mental. Hoy no hay dinámicos al lateral.
Hoy es sesión de estudio de línea, bloques de seis a siete para soltar, luego dos de ocho si el cuerpo responde.
Entra Sofía con Nacho. Sofía me da un beso en la mejilla y un golpecito con los nudillos en la clavícula. Nacho me saluda con la cabeza. A los tres minutos, entra el otro.
Iago.
Lleva una camiseta gris de una marca que no conozco, el pelo castaño recogido en un nudo bajo del que se le escapan dos mechones por delante, las cejas todavía con cara de no haber perdonado.
Me mira un segundo y aparta la vista. La mandíbula la tiene apretada.
Los antebrazos, marcados. Le cuento dos venas que le suben hasta el codo interno y me obligo a dejar de contar.
Tiene una cicatriz rosada en el nudillo del anular derecho. La nariz, torcida.
Saluda a Sofía. Saluda a Nacho. A mí no. Pasa a la 38 y se cambia en silencio. Yo le doy la espalda y termino de atarme los cordones. No es orgullo. Es focus. Tengo una jornada que preparar.
———
La sala de boulder grande tiene hoy cuatro líneas nuevas puestas por Pau anoche.
Mikel llega a las ocho menos cinco con otra tableta en la mano y nos reparte un calentamiento largo, de cincuenta minutos, con ejercicios de movilidad de hombros, antebrazos, caderas y una serie en el campus board que a Iago le cuesta.
No porque no pueda con el peso. Porque el campus es control, es ritmo, y el ritmo no es lo suyo.
Lo miro dos veces por el espejo lateral. La segunda vez, me pilla.
—Qué —me dice desde su colchón.
—Nada.
—Si tienes algo que decir, dilo.
—Que bajas el pie en el segundo listón. Gastas energía.
—Escala tú lo tuyo.
—Vale.
Sofía suelta una risilla entre dientes mientras estira. Nacho silba la melodía de una canción que no reconozco. Mikel no lo reconoce tampoco pero les manda callar a todos con un chistido.
Terminado el calentamiento, Mikel nos pone en el muro del fondo.
Hay dos vías dispuestas en paralelo, la amarilla y la azul.
Son casi gemelas, hermanas técnicas: el crux está a mitad, un dinámico al lateral desde un presón a una regleta fina, el top con un mantle que no perdona. La amarilla es un pelín más larga.
—Iago, azul. Jaume, amarilla —dice Mikel—. Va, que tengo que ver fondo.
Ay, qué listo es el Mikel. Que tengo que ver fondo. Como si no supiera que lo que quiere es ponernos en paralelo y ver qué sale. Por eso ha salido a fumar al patio a los dos minutos, porque ya ha calculado que el nuestro es un cara a cara y que, cuanto menos lo observe, más se va a dar.
Subo primero, porque el Mikel me señala a mí. Me ato los cordones, me echo un poco más de magnesia en la mano izquierda que me suda siempre, miro la línea de abajo a arriba, y empiezo.
La secuencia es bonita. Tres movimientos básicos, un cambio de pies, una llave de cadera para alcanzar el presón, un dinámico corto al lateral, la regleta fina, mano derecha, mantle.
Bajo por el otro lado. Tres minutos. Quiero decir que lo hago bien porque me lo pide el cuerpo, pero miento: lo hago bien porque quiero que me vea.
No lo miro al caer. No hace falta. Noto cómo se recoloca la magnesia.
Sube él. Ataca la azul con fuerza bruta, como quien corta leña.
Los primeros tres movimientos los gana con el hombro y no con la cadera, gasta más de lo que necesita, llega al presón, se planta, respira y lanza el dinámico.
Llega. Lo clava con medio cuerpo todavía en el aire.
No controla. La regleta fina se le escurre un centímetro y él se come el desequilibrio con la otra mano. Topa. Baja.
Aterriza a tres metros de mí. Me mira. Me dice:
—¿Contento?
—No tenías que hacerlo así.
—Pues mira, lo he hecho así.
—Has gastado el doble.
—Pero he topado.
—Tranqui, maño.
Se le mueven las cejas pobladas como un resorte cuando le digo maño.
Lo digo sin querer. En mi casa no se dice maño.
En Colorado nunca lo escuché. Pero aquí, con Sofía riéndose de fondo y él a dos metros, me sale.
Él aprieta la mandíbula. No contesta. Va hacia el colchón, se seca el sudor con la camiseta y la vuelve a meter por la cabeza.
Por un instante le veo las costillas debajo del pectoral y una línea oscura en el costado izquierdo que podría ser tinta. No miro. Focus.
—Segunda pasada —dice Mikel, volviendo por la puerta lateral con olor a tabaco en el chándal—. Iago, ahora amarilla. Jaume, azul. Cambiamos.
Iago me mira con un brillo en los ojos avellana que traduzco sin esfuerzo. Te voy a ganar en la tuya.
Sube a la amarilla. Los primeros movimientos los hace mejor que antes.
Tiene ese tipo de inteligencia que aprende al minuto.
En el crux, decide atacar el dinámico como yo lo he hecho, con llave de cadera y control.
Lo hace bien. Pero le falta un dedo. Se queda a un dedo de la regleta fina, el cuerpo le gira al aire, y se come la caída al colchón con la cadera.
Se levanta sin bufar. Sacude la cabeza. No protesta. Vuelve a subir. Lo clava a la segunda.
Sofía aplaude desde el colchón con la palma abierta y un silbido de canción de taberna. Nacho le da un puñetazo cariñoso en el hombro. Iago baja, respira, se gira hacia mí y me sostiene la mirada un segundo de más. Luego se gira y mira a Mikel.
—Va.
Subo yo a la azul. La hago otra vez, igual que la primera, clavada. Pero, al lanzar el dinámico, noto el dorsal. Un tirón pequeño. Termino la vía, bajo, sacudo el brazo, y me voy a un rincón a estirar.
Iago se acerca. Trae la botella de agua en la mano.
—¿Tirón?
—Nada.
—Dale hielo.
—Tranqui.
—No te lo he preguntado.
Me deja la botella a los pies y se larga. No era agua. Era hielo triturado, de los que hacen en la cafetería del Gordo. No sé cuándo la ha cogido.
Miro la botella. La dejo donde está. Estiro.
———
En el descanso de las once, hacemos el boulder de fuerza.
El "de los dinámicos", que llamamos nosotros, porque es una secuencia de cinco dinámicos seguidos con presas a distancia grande.
No es técnica pura, es explosividad. Mikel nos pone a los tres.
Sofía se sienta a mirar con Nacho, entre el ruido de los frigoríficos de la cafetería de arriba y las carcajadas de unos críos de iniciación que han entrado con monitor.
Subo yo primero. Clavo los cinco dinámicos. Me pica el dorsal, pero aguanta. Bajo.
Sube Iago. Clava uno, dos, tres. El cuarto lo falla.
Cae, aterriza bien, sube otra vez. Clava hasta el cuatro.
El quinto lo falla. Otra vez. Otra vez. Seis intentos.
No lo clava. Le empiezan a temblar los antebrazos.
El último dinámico tiene un salto lateral y él intenta darlo con el hombro en lugar de con la cadera.
Es puro orgullo. Yo lo veo. Él lo sabe. Pero no me va a hacer caso.
Al séptimo, cae al colchón, resbala, se queda tumbado de espaldas respirando fuerte. Cierra los ojos.
—Para —dice Mikel—. Para, Iago, que te lo come el antebrazo.
—Uno más.
—Para.
—Una más.
—He dicho que pares.
Se levanta. Me mira a mí. No a Mikel. A mí. Como si yo fuese el responsable del boulder y no Pau Vergés con sus cuatro empleados. Me alinea la mirada con la mía y yo no aparto.
—Sube.
Mikel me mira a mí. Yo asiento.
Subo. Voy a clavar los cinco dinámicos con calma.
Empiezo. Uno. Dos. Tres. Llego al cuarto, el salto lateral con cadera, lo clavo.
Cinco. Lo clavo. Aterrizo con los dos pies en el colchón, en el centro, con las manos delante.
Me giro hacia él. Él tiene los ojos achinados y las cejas todavía pobladas. Las mejillas rojas por dentro.
—Cinco —digo, sin jactancia, solo constatando.
Él no dice nada. Se gira, escupe con fuerza al colchón.
—Oye —le digo, con el tono bajo—, eso cuenta.
—¿Qué cuenta?
—El escupitajo a la colchoneta. Cuenta como mala conducta. Está en el reglamento del stage. Mikel lo firma cada mes.
Se gira. Mira a Mikel. Mikel mira al suelo. No lo confirma, pero tampoco lo niega. Sofía se tapa la boca. Nacho silba flojo.
—Me cago en la puta —dice Iago.
—Tranqui.
—No me digas tranqui.
—Vale.
—Vete de mi cara.
Me río. No sé por qué. Se me escapa, como se me escapaban las risas a los catorce cuando no debían. Iago da un paso hacia mí y nota que no estoy asustado. Para. Cierra los puños. Mikel le pone una mano grande al hombro.
—A la ducha, Iago. Ya has comido bastante.
—¿Bastante?
—Bastante. Ducha.
Iago se zafa de la mano, recoge la toalla y la magnesera del colchón, y se va al vestuario sin mirar a nadie. Mikel me mira a mí. No me regaña. Solo me dice, bajito:
—Jaume.
—Qué.
—No le piques tú también.
—Yo no he dicho nada.
—Ni digas nada.
———
La ducha es el único sitio del rocódromo donde me permito no pensar.
Cierro los ojos, dejo que el agua me golpee el cogote, y hago listas: mañana a las siete, desayuno, vitamina D, stretch veinte, calentamiento, sesión de vías de siete a ocho, comida sin gluten, sieso corto, fuerza. Repito la lista.
No me funciona. Entre la palabra "comida" y la palabra "sieso", se me mete él. Se me mete con las cejas fruncidas, con el nudo del pelo que se le suelta, con la mancha de magnesia en la tripa. Con el tatuaje del costado que no he visto bien. Con la voz del "me cago en la puta" y el acento de valle.
Abro los ojos. El agua me cae. Me paso el gel por los hombros y el pectoral y bajo, y cuando llego al vientre me doy cuenta de que la mano se me ha ido más allá del vientre y que estoy al borde, al mismísimo borde, y que me he empalmado del todo en medio de una ducha pública con Nacho Vidal riéndose en la cabina de al lado de un vídeo en el móvil.
Me cago en la puta yo también, por dentro.
Cierro el grifo. Me seco con furia. Cuento hasta diez. Me pongo la ropa sin mirarme en el espejo.
Cuando salgo del vestuario, Iago ya se ha ido. La 38 está cerrada. Mi cafetería de arriba me espera con un plato de pasta que no me voy a comer entero y una conversación con Sofía que no me apetece tener.
Sofía me lo nota antes de sentarme.
—¿Qué?
—Qué de qué.
—Qué te pasa.
—Nada, Sofi.
—¿Has discutido con el aragonés?
—No.
—Un poquito sí.
—Un poquito sí.
—Dale tiempo.
—Venga, que sí.
Me lo dice con la sonrisa con la que me dice las cosas importantes, y me pone una mano encima de la mía.
—Ese chaval es buena gente —me dice—. Dale una semana.
—Lo que haga falta.
—Y tú relájate.
—Estoy relajado.
—Estás focus, que no es lo mismo.
———
Por la tarde, sesión de fuerza. Iago ni me mira.
Termino antes que él, recojo cosas, y salgo del rocódromo por la calle de atrás, la que da al parque de Can Buxeres.
Camino hasta el metro con la mochila al hombro y la libreta roja en la mano, sin meterla del todo. Voy abriendo páginas mientras ando.
"El aragonés baja el pie en el segundo listón de campus."
Escribo.
"Aguanta dinámicos con hombro en lugar de cadera. Se cansa antes."
Escribo.
"Sube en fuerza bruta. Si le sigo, pierdo."
Escribo.
Paro en mitad del puente peatonal. Abajo, las vías del tren. Arriba, un cielo de marzo con nubes desgarbadas. Me guardo la libreta.
En el metro, me siento, me pongo los cascos, abro Spotify.
Tengo una playlist de entrenamiento y una playlist de después.
Me pongo la de después. Pixies, Warren Zevon, alguna cosa de Zahara porque Sofía me la ha metido en algún playlist compartido.
No me concentro en la música. Me concentro en una cosa rara que empieza a pasarme en el pecho.
Se llama "este va a ser un mes largo" y se me posa como un pájaro pequeño en las costillas.
Me bajo en Diagonal y camino los últimos quinientos metros hasta Gràcia. Abro el portal. Subo las tres plantas. Meto la llave. Suelta el aire la cerradura. Entro. Pongo la mochila en el perchero. Saco la libreta. La abro por la página donde he escrito.
Debajo de "si le sigo, pierdo", añado una línea pequeña, con letra pequeñita que casi no leo yo:
"Tiene los ojos color avellana con una chispa verde del lado izquierdo."
La cierro.
La dejo encima de la mesa del salón. La miro un segundo. La abro otra vez. Rompo la hoja. La rompo en cuatro. La tiro a la basura.
Me quedo de pie en el salón, con las manos en las caderas, y digo en voz alta:
—Per Déu, Jaume.
Nadie me contesta, claro. En el piso solo estoy yo.
Pero en tres días estará él también aquí, si se confirma lo que me ha dicho Mikel por WhatsApp esta tarde: que la federación se ha quedado sin presupuesto para hotel y que el Vertical le ha ofrecido mi piso.
Que Mikel me lo pregunta, pero que me lo pide.
Me siento en el sofá. Miro el balcón. Miro la pared. Miro la puerta del cuarto de invitados, cerrada desde hace tres años, desde que Daniel se fue de Boulder. Dentro todavía hay una caja con ropa que guardé y que no volví a tocar.
Pienso en él. En Iago. En la mancha de magnesia en la tripa. En el "vete de mi cara".
—Venga, que sí —digo en voz alta, a nadie.
Venga, que sí, pero esta noche no voy a dormir.