Sin cuerda (Equipo Nacional 1)
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Iago
—Vale.
—¿Has estado antes aquí?
—No.
—Bienvenido al Vertical, maño.
Suelto una mueca que no es sonrisa. Maño.
Lo dice como si supiera. Las cuatro letras del carnet y ya te colocan el acento.
Me ajusto la magnesera al cinturón y camino por el pasillo con los petates rozando las paredes.
Por la cristalera de la derecha veo el muro principal: quince metros de resina amarilla, naranja y azul eléctrico, presas que parecen caramelos pegados a la piedra.
Un par de tíos están calentando en los colchones de la izquierda.
Uno lleva una camiseta roja con el escudo de la federación.
Del otro solo veo una espalda larga y fibrosa, pantalón corto, un par de pendientes pequeños en el lóbulo izquierdo que le cazan la luz del fluorescente.
Entro en el vestuario. Es pequeño, dos filas de taquillas metálicas, un banco de madera por el medio, y al fondo una puerta entreabierta por la que sale vapor.
Tiro los petates al suelo, me agacho al número 37 y empiezo a meter cosas.
La bolsa de pies de gato, la magnesera con el parche del Club Alpino de Ansó, la botella de agua, una camiseta limpia, el foulard azul oscuro de mi madre, que no va a salir conmigo al muro pero tampoco sale nunca de la mochila.
Lo toco un segundo con dos dedos y lo meto al fondo de la taquilla.
—Perdona.
La voz viene por detrás. Calma, grave, con una educación que me pone en guardia antes de girarme.
Me levanto con la bolsa de pies de gato en la mano y me encuentro enfrente al de los pendientes.
Más alto que yo, siete u ocho centímetros.
El pelo castaño claro, muy corto por los lados, tupé un poco aplastado por la gorra que acaba de quitarse.
Ojos grises. Hay un aro ámbar alrededor del iris que se ve porque se me queda mirando más de lo educado.
—¿Qué.
—Esa es mi taquilla.
Miro el número. Miro la suya, que me enseña con la toalla colgada del hombro.
—Pone 37.
—Lo sé. La 37 es la mía.
—A mí me ha dicho la del mostrador que la 37 era la mía.
Se pasa la lengua por la cara interna del labio. Es un gesto pequeño, breve, de esos que haría cualquiera. A mí me tocan las tripas sin pedirme permiso. Chasquea la lengua despacio.
—La 37 lleva siendo mía dos años —dice, y pone la toalla dentro. Mis cosas todavía están dentro—. Te ha puesto la 38. Se equivoca siempre.
—Pues a mí me ha dicho la 37.
—Y a mí me la ha dado la federación, tío. ¿Quieres comprobarlo o te quieres quedar ahí plantado?
Me recojo un segundo de aire. Noto el pulso en las sienes.
Es la primera puta hora del primer puto día y ya tengo a un catalán con cara de anuncio queriendo quitarme la taquilla.
Podría mover mis cosas. Podría reírme y decirle vale, me la quedo la 38 y problema resuelto.
Todo lo sensato del mundo está a un gesto.
Pero llevo ocho horas conduciendo desde Huesca con un café gasolinera de por medio y con el acento del mostrador todavía escociéndome, y no voy a ceder un banco metálico al primer tío que me mire por encima del hombro.
—¿Sabes qué te digo? —suelto—. Que me la quedo yo.
Alza una ceja. La de la cicatriz, veo de refilón, una raya blanca pequeña cortándole el arco.
—¿En serio?
—En serio, sí.
—Vale.
Empieza a sacar mis cosas de la taquilla y a ponerlas en el banco. Lo hace con una tranquilidad que me cabrea más que si las tirase. Mete la mano hasta el fondo, saca el foulard azul, lo mira un segundo, lo deja encima de la camiseta. Le aparto el brazo.
—Que no lo toques.
—Perdón.
Lo dice sin perdón. Vuelvo a meter el foulard yo, deprisa, y me giro con los puños medio cerrados. Él se ha apartado un paso y me observa como si le faltase café para entender qué está pasando.
—Mira —digo—. No sé quién cojones eres, pero…
—Soy el que lleva en esta taquilla desde 2024 —contesta—. Y tú el que acaba de llegar. Así que, o mueves tus cosas, o te las muevo yo.
—Me cago en la puta —murmuro bajito, y cojo mis cosas y las echo en la 38.
Cuando cierro de un portazo que retumba, él se sienta en el banco, abre tranquilamente la 37 y empieza a poner su toalla, su chándal, una bolsa de aseo con una crema de manos que huele a sandía desde aquí.
Se toma su tiempo. Lo hace a propósito. Yo termino con la 38 en tres segundos y le paso por delante dándole un golpecito con el hombro al cruzar.
Pequeño. Calculado. Él no reacciona. Ni siquiera levanta la cabeza.
—Hostia —digo por lo bajo, para mí.
Salgo al pasillo y suelto el aire por la nariz como un toro.
Las cejas las tengo pobladas y el ceño fruncido desde que he salido del furgón, pero ahora las siento como dos contrapesos.
El pasillo es largo. Me giro una vez, miro hacia el vestuario, vuelvo a mirar hacia delante.
Mikel me espera en la sala de boulder grande. Joder. No puedo entrar con esta cara.
———
La sala de boulder grande es una catedral.
Techo de diez metros, muros de cuatro a cinco con desplomes, colchones gigantes que huelen a plástico nuevo.
En el fondo hay un muro de entrenamiento con campus board, argollas, una barra de peso muerto.
Sobre los colchones, dos escaladoras están haciendo movilidad.
Una de ellas me pilla con la mirada y me sonríe con una sonrisa ancha, franca, sin dobleces.
Tiene un ocho de cuerda tatuado en la muñeca y el pelo recogido en dos trenzas francesas.
—¿Iago? —dice, y se acerca con la mano estirada—. Sofía Ríos. Me habló de ti el Mikel. ¿Vienes de Ansó?
—Sí.
—¿Directo esta mañana?
—Directo desde ayer. Dormí en Zaragoza.
—Mira que eres loco. Podías haber pillado avión.
—Prefiero el furgón.
Se ríe, dice algo de los pastores y los aviones, me da un golpecito con el hombro que esta vez no me cabrea. Huele a aloe vera y a magnesia vieja. A su lado hay un chico más alto, moreno, barba de dos semanas, que me tiende la mano sin levantarse del colchón.
—Nacho Vidal. Bilbao.
—Iago Noguera. Ansó.
—Del equipo de lead, yo. El boulder lo toca ella.
Sofía le da un codazo cariñoso y se sienta en el colchón.
Me pide que les cuente el viaje. Les cuento cuatro cosas.
Sofía escucha como si de verdad le importase el valle de Ansó, y Nacho asiente sin pretender entender.
Mikel aparece por una puerta lateral con un café en la mano izquierda y una tableta en la derecha, y detrás de él, con la misma sosegada cara de anuncio, aparece el tío de la taquilla.
Con otra camiseta. Con la toalla todavía al hombro. Sin mirarme.
—Señores —dice Mikel—. Y Sofía. Aquí estamos todos. Buenos días.
Mikel Aranceta. Donostiarra. Cincuenta y pocos.
Pelo gris cortado a cepillo. Cara de haber pasado veinte años abriendo vías en el Mont Blanc y otros veinte mirando a los críos escalar con paciencia de abuelo.
Huele a tabaco de liar aunque lleve el paquete en el chándal.
Ha competido en Tokio 2020 y ha sido bronce en copas del mundo tres veces.
En el equipo lo llaman Míster y él nunca se ha quejado.
—Sofía, Nacho, ya os conocéis. Nacho sube a lead, pero nos acompaña en el stage porque compartimos sala de fuerza. Jaume, te presento a Iago Noguera, que se incorpora hoy.
Jaume.
Mikel me mira con media sonrisa. Jaume levanta la barbilla medio centímetro. Ni se molesta en estirar la mano.
—Nos hemos visto —digo yo.
—Un poco —contesta él.
—Bueno, pues ya os vais presentando con calma —dice Mikel, sin preguntar—. Venid al banco, que os cuento por qué estáis aquí.
Nos sentamos en el banco de madera. Sofía entre Nacho y yo, Jaume en el otro extremo. Mikel apoya la tableta en el muslo y nos mira uno a uno. Tarda en empezar. Cuando arranca, habla despacio, casi sin entonación, como si lo que va a decir ya lo supiéramos todos.
—Sabéis que tenemos Mundial en Chamonix dentro de tres meses y medio.
Sabéis que llevamos dos años de beca con sus altos y sus bajos.
Y sabéis que este año la federación nos ha recortado dos plazas.
Nos deja una para boulder masculino. Una.
Esa plaza se va a decidir en el clasificatorio nacional de Madrid en seis semanas.
Seis semanas. Aquí conmigo, en este stage, estáis los tres de la lista larga: Iago, Jaume y Marc Puigvert, que llega mañana por la tarde de una concentración en Francia.
Tres para una. La plaza se juega al mejor de dos jornadas de boulder. El resto ya lo sabéis.
Silencio.
Sofía silba flojito. Nacho se pasa la mano por la nuca y se mira las zapatillas. Yo miro a Mikel y Mikel me devuelve la mirada sin suavizarla. Jaume no mueve un músculo, pero noto su respiración detrás de mí. Despacio. Como si no le hubieran dicho nada.
—Esto no es un secreto —sigue Mikel—. Quería decíroslo en la primera reunión para que no haya sorpresas. Se entrena con la cabeza alta, se compite con respeto y se come de menú en la cafetería a las dos. El que se salga de eso me lo come yo. ¿Preguntas?
Nadie pregunta.
—Pues entramos en calor.
Sofía se levanta y me mira con un gesto de maño-ánimo-que-esto-va-a-ser-divertido.
Nacho le sigue, palmeándole la espalda. Jaume se levanta el último.
Al pasar por delante de mí, ni siquiera aminora.
Pero nuestras piernas se rozan un instante porque el banco es estrecho y el gesto de levantarse requiere cruzarse.
Noto la piel de su muslo tibia por el calentamiento.
Él tampoco para. Va a su colchón, saca una bolsita pequeña de magnesia, se la pasa por los antebrazos como quien se echa colonia, y se pone a trabajar en un bloque amarillo del fondo sin mirar a nadie.
Yo me quedo un segundo sentado con las manos en las rodillas. Mikel me da una palmada seca en el hombro.
—¿Todo bien, Iago?
—Todo bien.
—Pues venga.
———
Lo peor del primer día siempre es el cuerpo.
La cabeza puedo disciplinarla. La cabeza sabe estar en un sitio nuevo, con gente nueva, con normas nuevas, y aguantar.
El cuerpo no. El cuerpo necesita reconocer el tacto de la resina, la distancia entre presas, la altura del techo, la textura de los colchones.
El cuerpo necesita tiempo. Y hoy no tiene tiempo.
Hago una hora de calentamiento en vías de tránsito fáciles, de seis a siete de grado.
Los dedos me tiran de la última caída en Rodellar, pero aguantan.
La cicatriz del nudillo derecho tiene su color morado habitual de final del invierno y la ignoro como siempre.
Sofía me va picando desde el colchón de al lado, se ríe de mi forma de coger pegas de canto, me llama aragonés bruto.
Me gusta. A los cinco minutos ya me parece que llevo toda la vida con ella.
Jaume, en el otro extremo de la sala, hace su calentamiento como si estuviera rodando un anuncio.
No hay un movimiento fuera de sitio. Escala como si hubiera ensayado dos veces ese bloque antes de subirlo.
Cuando cae, cae limpio, al centro del colchón, con las dos manos adelantadas.
Se levanta sin bufar. Se sacude la magnesia de los muslos. Vuelve a subir.
No es perfecto por guapo. Es perfecto por eficiente.
Cada gesto le ahorra dos al siguiente. En la montaña, los guías buenos son así: no gastan aire, no gastan palabras, no gastan pasos.
Entiendo por qué le llaman el niño bonito de la beca americana, y por qué los colegas del valle que siguen el circuito se cagan en su madre cada vez que gana.
Seis años en Colorado se le notan en la manera de colocar los pies.
Es bueno. Tiene todo lo que a mí me falta. Y lleva dos años ganándome medallas.
Mikel pasa por detrás de mí, se para, mira.
—Tienes la mano buena, Iago —dice—. Y los pies, demasiado listos. Como los de tu padre.
—Mi padre no escala.
—Pero sube por sendas que otros no ven. Igual. —Se va.
Mikel es así. Suelta una frase de cura y desaparece.
Me quedo en el colchón, con la magnesia entre los dedos, y me giro a mirar al muro del fondo.
Jaume está arriba, con los dos pies en un volumen y la mano izquierda tanteando una presa pequeña.
La cara se le ha puesto de un rojo champán que, no sé por qué, me hace sonreír un segundo antes de darme cuenta.
Le estoy mirando la cara a un tío al que hace media hora he dejado de hablar. Aparto la vista.
—Venga —digo en voz alta—. A lo mío.
Paso la mañana con la cabeza baja, subiendo boulders de siete, siete más, uno de ocho que me niego a bajar hasta que lo clavo.
Sofía me anima desde abajo, Nacho me pasa una barrita de regaliz que sabe a infancia.
Al mediodía, Mikel silba corto y todos paramos.
Comemos en la cafetería de arriba un menú del Gordo que, como me ha contado Sofía riéndose, no es gordo, es flaco, y nadie sabe por qué se llama así desde los tiempos de Pau Vergés.
Me siento al lado de Sofía. Jaume, al otro extremo de la mesa, con un libro al lado del plato.
No habla con nadie. Come ensalada con pollo, agua sin gas, y dos cuadrados de chocolate negro de una tableta que saca del bolsillo del chándal y guarda en cuanto acaba.
No me mira ni una vez durante la comida. Yo, dos.
Dos y medio.
———
Por la tarde hacemos fuerza. Por la noche, vestuario.
El vestuario está otra vez vacío cuando entro.
Voy directo a la 38, abro la puerta, saco las cosas.
Escucho la ducha. Miro de refilón hacia la puerta del fondo, que está entreabierta, y veo un trozo de hombro mojado y una toalla colgada del gancho, azul marino.
Se me seca la garganta por un segundo. Me giro.
Al rato sale. Envuelto en la toalla por la cintura, descalzo, con una mano frotándose el pelo.
Le veo el tatuaje del costado… espera, no es del costado.
Es una muñeca. Un número romano pequeño.
IV. Del tamaño de una cerilla. Se agacha a sacar algo de la 37 y me pasa por delante sin mirarme, con ese aire de dueño del sitio.
—Oye —me dice, de espaldas.
—Qué.
—¿Cómo te llamas? No me ha dado tiempo a enterarme antes.
Como no ha escuchado a Mikel. Como si ese nombre no le interesara.
Como si solo lo preguntara por educación de pasillo y así pudiera olvidarlo mañana.
Yo cierro la 38 de un empujón, me cuelgo los petates en los hombros, y antes de salir por la puerta me giro una última vez.
Está abriendo su crema de manos. Huele a sandía.
Le miro a los ojos grises con su aro ámbar y le contesto lo único que me apetece contestar.
—El que te va a quitar la plaza.
Salgo.