CAPÍTULO 30
LENA
El rumbo norte se volvió más exigente en cuanto entraron de lleno en las Montañas Serales. Los picos se habían cerrado sobre el horizonte hasta ocupar todo el campo de visión, con sus cumbres de roca desnuda proyectando sombras que enfriaban el aire incluso a mediodía.
Lena notó desde el primer minuto que Evan iba distinto. Solo en cosas pequeñas que a cualquiera se le pasarían por alto si no llevara semanas mirándole la espalda, las manos y la forma de cargar el peso cuando la moto se deslizaba un poco sobre la grava suelta.
Evan reducía la velocidad de forma casi imperceptible, ajustando la marcha con una frecuencia constante que delataba una vigilancia mucho más cerrada de lo habitual.
Lena lo observaba desde atrás, siguiendo la línea de su espalda, la forma en que giraba la cabeza al pasar junto a las pocas estructuras que se encontraban entre los caminos y cómo se detenía apenas un segundo más en algunas curvas cerradas de la montaña.
El terreno se volvió más irregular entre restos de carreteras que nadie había reparado porque nadie las necesitaba ya para llegar a ningún sitio.
Pararon muy pocas veces, solo para beber agua y comprobar que todo seguía en su sitio.
Lena notó que Bruno se mantenía cerca de Alex, más de lo habitual.
Alex tampoco se separaba de Bruno ni para estirar las piernas y se encogía sobre sí mismo, evitando mirar el horizonte.
Evan revisó las motos con atención meticulosa, pasando la mano por las ruedas, comprobando el ajuste de las alforjas y asegurándose de que nada se había movido durante la noche.
A media tarde, el terreno se estabilizó en una meseta alta, a los pies de un desfiladero ciego. La vegetación se hizo más escasa y aparecieron estructuras dispersas. Lena las reconoció en cuanto aparecieron en el horizonte. Tenían esa misma geometría monótona que ya habían visto dos veces.
Se detuvieron en una elevación natural desde la que se veía buena parte del exterior y al apagar los motores, el silencio de la alta montaña cayó sobre ellos, solo roto por el crujido de las motos enfriándose tras el esfuerzo del ascenso.
Lena se bajó despacio, presionándose la zona lumbar con los puños para aliviar el entumecimiento. Evan se quitó el casco y se pasó la mano por el pelo con un gesto brusco, de impaciencia contenida.
—La entrada está cerca de estas ruinas. Dejaremos las motos ocultas por aquí —dijo Evan.
Bruno y Alex se acercaron, manteniendo cierta distancia, y se quedaron observando los alrededores. Lena dejó que la vista recorriera el perímetro exterior. Los accesos estaban donde dictaba la lógica de los anteriores centros.
—Es igual —dijo ella. Su voz sonó plana, sin asombro.
—Lo suficiente distintos para que no parezcan copias —respondió Evan—. Lo suficiente similares para que funcionaran igual.
Bruno se movió unos pasos y comprobó el terreno más cercano.
—No hay marcas nuevas. Al menos no evidentes.
—Eso no significa nada —dijo Evan visiblemente tenso sin apartar la vista de los alrededores.
Lena observó cómo hablaba, cómo medía las palabras sin adornarlas, cómo no añadía nada que no pudiera comprobarse con los ojos.
Mantenía una calma profesional que ignoraba lo sucedido la noche anterior, pero sus gestos lo delataban.
Se colocaba siempre un paso por delante y guardaba una distancia mínima con ella, manteniéndose cerca sin llegar a invadir su espacio.
Comenzaron a caminar entre las ruinas en busca de la entrada cuando Lena redujo el paso antes de darse cuenta de que lo estaba haciendo.
Se detuvo frente a una fractura estrecha en la base de un resalte rocoso, una hendidura que a ojos de Bruno era solo una grieta más, pero que para ella seguía la misma lógica de flujo y acceso de los centros anteriores.
—Aquí —dijo ella mientras señalaba la grieta de entrada.
Evan se acercó y se inclinó. Sus cejas se juntaron y su mandíbula se apretó al levantar la vista hacia ella.
—¿Cómo…? —empezó, y se calló.
—He identificado el patrón. No es que la haya visto de repente —aclaró ella—. Esta fractura en el terreno responde al mismo criterio estructural que las anteriores.
Bruno se acercó.
—Por favor dime que no es otra grieta con escalera chunga.
—La escalera está ahí abajo —confirmó Evan.
Bruno suspiró. Encendieron las linternas y comenzaron el descenso. Al fondo, cuando el suelo volvió a nivelarse, la puerta apareció integrada en la roca. Exactamente igual que las anteriores en lo importante.
Bruno soltó el aire.
—Vale. Confirmado. A alguien le gustaba repetir diseños.
Evan dejó la mochila en el suelo y se acercó. Lena se quedó justo detrás, observando la tensión de sus hombros.
Introdujo los dedos en una hendidura casi invisible y tiró.
El metal respondió con un chasquido áspero.
Sin detenerse a comprobar el siguiente paso, Evan desplazó medio cuerpo a la izquierda y cargó el peso del hombro contra un punto específico de la piedra.
Se oyó el golpe de los engranajes liberándose en el interior.
—Joder… —murmuró Bruno, abriendo mucho los ojos—. Ni lo has buscado.
Evan se desplazó y giró una pieza oculta con la seguridad de quien ha repetido ese gesto cientos de veces. Cuando la roca vibró y la línea fina dividió la pared, Evan se limitó a señalar el interior con la barbilla.
—Adentro —sentenció, evitando cruzar su mirada con la de ella.
Lena cruzó el umbral con la sensación clara de que no había visto a Evan aprender nada nuevo allí.
La puerta se cerró detrás de ellos con un sonido limpio, definitivo.
El complejo los recibió con esa temperatura artificial y aséptica de los centros anteriores, una burbuja climática que ignoraba el frío de las Serales.
Evan llegó al panel de control y activó las luces sin dudar un instante, iluminando el complejo en bloques sucesivos que revelaron el mismo diseño de siempre.
—Vale, ya estamos otra vez en el mismo sitio —masculló Bruno, aunque su voz sonaba más tensa de lo normal mientras observaba a Evan.
Alex caminó unos pasos analizando las uniones del suelo y las paredes. Lena caminó despacio encontrando los giros que estaban donde esperaba. No necesitaba preguntar qué había detrás de cada puerta. Sus pies se movían solos, impulsados por una arquitectura que ya se había grabado en su memoria.
La sala común estaba en silencio cuando terminaron de cenar. Ese que se instala cuando el cansancio pesa más que las ganas de hablar. El zumbido constante de la ventilación llenaba el espacio, recordándoles que estaban en un lugar que seguía funcionando ajeno a sus fatigas.
Bruno fue el primero en levantarse. Se frotó la nuca y estiró la espalda.
—Me voy a la cama —anunció—. Mañana será otro día de diversión máxima.
Alex asintió y lo siguió sin decir nada más. Sus pasos se alejaron por el pasillo hasta desaparecer. Lena se quedó sentada en la silla metálica, con los antebrazos apoyados sobre la mesa y la mirada fija en los restos de envoltorios que estaban sobre ella. Evan también se quedó, sentado a su lado.
—Ayer —dijo Lena al cabo de un momento—. Cuando ese tipo levantó el arma…
Evan giró la cabeza hacia ella. La miró un segundo y luego desvió la vista hacia el pasillo por el que se habían ido los otros.
—No dudaste —continuó—. Ni cuando se acercó, ni cuando apuntó.
Evan negó con un movimiento mínimo. Sus hombros no se relajaron.
—Era lo que tocaba.
—No —rebatió ella—. No tenías que interponerte. Podría haber salido mal. Podrías haber muerto.
Evan apretó los labios hasta que perdieron el color.
—Al final todo terminó bien, que es lo único que cuenta —zanjó Evan, tratando de cerrar el tema antes de que ella profundizara más.
—Me da igual el resultado, Evan. Te estoy hablando de la intención.
Evan pasó la mano por la mesa, arrastrando los dedos sobre el metal. No la miró mientras hablaba.
—No le des más vueltas al tema.
Lena asintió, pero no bajó la mirada.
—Vale. Es solo que después de lo de Vera, pensé que no sería capaz de soportar otra escena así.
Evan se tensó. Fue un espasmo casi imperceptible en la boca del estómago, pero Lena vio cómo su columna se enderezaba como una vara de acero.
—Pensé que me iba a bloquear —continuó ella—. Pero no fue así, porque no me sentí sola.
Evan cerró la mano que tenía sobre la mesa. Los nudillos le blanquearon por la presión contra el metal. Guardó un silencio que pareció durar horas.
—No ibas a estarlo —respondió él con la voz ronca de lo habitual.
Lena se inclinó hacia él y le rodeó el brazo con ambas manos, apoyando la frente contra su hombro, un anclaje desesperado, la necesidad de confirmar que seguía vivo, que seguía siendo sólido.
Evan se quedó rígido un segundo, pero entonces soltó un suspiro largo y pesado, como si él también necesitara soltar la carga. Giró la mano para entrelazar sus dedos con los de ella y apoyó su mejilla contra el pelo de Lena, cerrando los ojos.
—Gracias —murmuró ella contra su hombro.
Se quedaron así un momento eterno, refugiados el uno en el otro en medio de aquella sala fría.
Evan fue el primero en separarse, pero lo hizo despacio, con una lentitud que delataba que le dolía romper el contacto.
Le sostuvo la mirada, y por un instante, no hubo Enlaces ni ingenieras, solo dos personas que sabían que el mundo seguía girando porque el otro estaba cerca.
—Ve a descansar, que mañana tenemos otra jornada larga —le dijo él.
Lena asintió, notando el hormigueo en la palma de su mano.
—Buenas noches.
Ella se levantó y se alejó por el pasillo sin mirar atrás.
Evan se quedó solo en la sala, con la vista clavada en el asiento vacío que acababa de dejar Lena.
Se pasó la mano por la cara con un gesto de agotamiento que nada tenía que ver con las horas de viaje.
Su expresión era la de alguien que acababa de comprender que le importaba demasiado dónde hubiera acabado impactando aquella bala.