CAPÍTULO 30 #2
Lena despertó antes de que el sistema de iluminación completara el ciclo.
Se dirigió al comedor para desayunar cuando el olor llegó antes que el ruido.
Olía de una forma extraña, una mezcla de cereal húmedo y algo tostado en exceso que Lena no lograba identificar.
Era un aroma desconocido que la sacó del sueño de golpe, obligándola a parpadear varias veces hasta recordar que seguían encerrados en el complejo.
Bruno ya estaba allí. Había colocado varias bandejas sobre la mesa central sin ningún orden lógico.
Algunas parecían tener restos de comida reutilizados mientras que otras estaban cubiertas con telas improvisadas, tratando de añadir un misterio innecesario a un menú que ya de por sí resultaba desconcertante.
Tenía una taza en la mano y una expresión concentrada, casi solemne.
—Buenos días —dijo Lena, con la voz pastosa.
Bruno dio un pequeño respingo, recolocándose los hombros.
—Ah. Perfecto. Llegas justo a tiempo.
Lena se detuvo a dos pasos, estirando el cuello para inspeccionar el conjunto con cautela.
—¿A tiempo para qué?
—Para desayunar —dijo Bruno, como si la respuesta fuera obvia.
Lena bajó la vista hacia la mesa. Había una pasta espesa de textura irregular y trozos de pan cortados con una violencia evidente. Al lado, una jarra contenía un líquido de color indefinido.
—¿Esto… qué es?
Bruno sonrió, satisfecho.
—Una reinterpretación.
—¿De qué?
—Del desayuno de Evan.
Lena parpadeó.
—Ah.
No sonó muy convencida, pero tampoco alarmada. Bruno, por su parte, parecía encantado con la idea.
—He utilizado productos locales de Fessa. No todo son barritas y serrín, mi ciela. Hay que variar para no olvidar que somos humanos.
Alex apareció en el pasillo. Se clavó en el sitio al ver la mesa y arrugó la nariz. Llevaba su ración estándar apretada en el puño.
—¿Qué es eso? —preguntó, sin acercarse.
—El desayuno —respondió Bruno, orgulloso.
Alex frunció el ceño y dio un paso atrás, casi imperceptible.
—Yo estoy bien con esto —dijo, alzando ligeramente la barrita.
—Tú siempre estás bien con eso —replicó Bruno—. Eso no es comer. Eso es sobrevivir, yo te ofrezco vivir.
Alex ni se molestó en responderle. Simplemente se sentó en una esquina de la mesa, sacó otra barrita del bolsillo y empezó a abrirla con cuidado.
Lena se giró hacia Bruno.
—¿Evan sabe de esto?
—Está al caer. Quería que fuera una sorpresa.
—Eso nunca sale bien —murmuró ella.
Evan apareció en el umbral. Se detuvo y recorrió la mesa con una mirada analítica, manteniendo las manos en los bolsillos. Su expresión era neutra, una máscara técnica que no dejaba traslucir el espanto.
Bruno le lanzó una sonrisa radiante.
—He hecho desayuno.
—¿Qué has hecho exactamente?
—Lo mismo que hiciste tú —respondió Bruno—. Pero mejorado.
—Eso es una afirmación muy ambiciosa —dijo Evan alzando una ceja.
Evan se acercó a la mesa y examinó una de las bandejas con la misma cautela con la que se revisa un detonador.
—¿Qué es esto? —preguntó señalando un cuenco con algo que parecía tener burbujas.
—Una base de cereal fermentado —explicó Bruno—. Con un toque dulce.
—¿Fermentado cómo?
—Naturalmente —respondió Bruno, restándole importancia con un gesto de la mano.
Evan se quedó mirándolo fijamente.
—Bruno…
—Tranquilo, lo he probado yo mismo y sigo en pie.
—Eso no es un control de calidad aceptable —replicó Evan.
Lena reprimió una carcajada mientras se sentaban. Alex, fiel a su propio protocolo, colocó sus barritas alineadas frente a él, ignorando por completo el despliegue de la mesa.
Lena probó un trozo de pan y lo masticó con cuidado. El sabor era anodino, una masa que cumplía su función de alimentar sin llegar a ofrecer ninguna satisfacción particular, pero al menos se dejaba comer.
—No sabe a nada concreto —dijo Lena tras masticar un rato.
—Eso es porque está equilibrado —respondió Bruno, muy serio.
Evan probó la pasta espesa con cautela. Apretó los labios, conteniendo una mueca de desagrado mientras tragaba con dificultad.
—Tiene una textura rara.
—Eso es parte de la experiencia.
—Tiene grumos, Bruno.
—Tex-tu-ra —le corrigió él sin pestañear.
Alex observaba la escena con una curiosidad casi científica, como quien estudia un experimento que va a salir mal.
—¿Quieres probar? —le preguntó Lena.
Alex negó con la cabeza de inmediato y con demasiada intensidad.
—No.
—¿Ni siquiera un poquito?
—No.
Bruno chasqueó la lengua, ofendido.
—Algún día tendrás que confiar en mí.
—Hoy no —respondió Alex, dando un mordisco seco a su ración.
Bruno se cruzó de brazos, fingiendo una indignación que no engañaba a nadie.
—Bueno, perdón por intentar que esto no parezca una ración de emergencia continua.
Hubo un silencio breve.
—No está mal —dijo Lena al cabo de un momento—. Solo… inesperado.
Bruno la miró con los ojos entrecerrados, evaluando el tono.
—Eso no suena a aprobación, jefa.
—Es lo más cerca que vas a estar —respondió ella con media sonrisa.
Evan dejó escapar una exhalación corta, dejando la cuchara a un lado.
—Gracias por el intento, de verdad —dijo, y esta vez no había ironía en su voz.
Bruno asintió, recuperando un poco de seriedad.
—No quería que esto se convirtiera en una sucesión de días idénticos —explicó con voz baja—. Ya bastante tenemos con lo que hay ahí fuera como para que aquí dentro también se nos olvide quiénes somos.
Lena sonrió y se inclinó hacia él antes de que Bruno pudiera añadir una sola excusa más. Le dio un beso rápido en la mejilla, deteniendo por un segundo su parloteo.
—Gracias, Bruno —dijo ella con sinceridad.
El desayuno continuó entre comentarios dispersos y miradas cómplices. Alex terminó sus barritas y se levantó sin decir nada. Evan acabó su taza, aunque dejó parte de la pasta sin tocar. Lena probó un poco de todo, más por no hacerle el feo a Bruno que por hambre.
—La próxima vez que decidas innovar en la cocina —sentenció Evan mientras apartaba la taza—, lo haremos juntos.
—¿Debo tomarlo como una crítica o como una invitación? —preguntó Bruno, divertido.
—Tómalo como una medida de seguridad —replicó Evan, aunque el rastro de una sonrisa asomó por primera vez en toda la mañana.
Bruno soltó una sonrisa de oreja a oreja, cargada de ese entusiasmo casi infantil que siempre conseguía suavizar las aristas de Evan.
—Acepto.
Lena se quedó un momento observándolos mientras recogían la mesa. Evan le pasaba las bandejas y Bruno las apilaba con una coordinación asombrosa, moviéndose en ese espacio reducido como si llevaran años compartiendo desayunos terribles.
Y a veces, compartir un desayuno desastroso era lo único que mantenía las piezas de un grupo unidas.