CAPÍTULO 29
LENA
Como venían haciendo durante todo el viaje, salieron de Fessa cuando todavía no había amanecido del todo. Las luces bajas de la ciudad punteaban los cruces como brasas agonizantes mientras el resto permanecía en penumbra.
Evan arrancó la moto con movimientos mecánicos, comprobando el terreno antes de incorporarse al camino principal.
Tomaron la ruta norte, bordeando la falda de las Serales que se alzaban a su derecha como un muro de sombra infinita.
El barro del día anterior se había asentado durante la noche, dejando una capa irregular que obligaba a manejar con cuidado durante los primeros metros.
Lena notó cómo los tendones de los antebrazos de Evan se marcaban bajo la chaqueta al corregir un pequeño derrape.
Se inclinó con él por puro instinto, pegando el pecho a su espalda para centralizar el peso y aferrándose a su cintura mientras el siseo eléctrico del motor llenaba el aire frío.
Bruno y Alex los siguieron a corta distancia.
El trayecto hasta las terceras instalaciones no justificaba otro día completo de viaje, pero tampoco permitía hacerlo de una sola vez sin forzar las motos ni al grupo.
Evan había calculado el punto de parada antes de salir, igual que hacía siempre, eligiendo un lugar que ofreciera algo de cobertura y una visión abierta del entorno.
A media tarde, Evan desvió las motos hacia una antigua subestación eléctrica que se alzaba sobre un pequeño promontorio.
Era un recinto compacto, rodeado por un muro de hormigón de dos metros y una valla metálica que todavía conservaba parte de su integridad.
Desde allí arriba se dominaba el tramo norte de la carretera y las faldas de las Serales, ofreciendo un único punto de acceso frontal que era fácil de vigilar.
Evan apagó el motor y se quedó unos segundos con las manos en el manillar, escaneando el horizonte con una fijeza que a Lena le pareció excesiva.
—Aquí estaremos protegidos del viento —dijo él, aunque su mirada decía que buscaba algo más que refugio climático.
Bruno y Alex se movieron unos metros más allá para montar lo imprescindible. Nada de fuego visible. Nada que destacara desde lejos. Cada gesto estaba medido, automático, fruto de la costumbre.
Lena caminó despacio hasta un bloque de hormigón caído y se sentó, apoyando los antebrazos sobre las rodillas.
Tenía las botas manchadas todavía y parte del barro seco se desprendía en pequeñas placas al mover los pies.
Evan se acercó después y se quedó de pie a su lado, con una pierna ligeramente flexionada y el peso cargado hacia atrás, postura relajada pero atenta, los hombros abiertos hacia el terreno.
Durante unos segundos solo se oyó el sonido del viento colándose entre las ruinas.
—Fessa no era lo que esperaba —murmuró Lena.
Evan giró apenas la cabeza hacia ella.
—Nunca lo es.
—No hablo de peligrosa o tranquila —continuó—. Era… desesperanzadora.
Evan asintió despacio. Su perfil se recortaba duro contra la luz del atardecer.
—Las comunidades que solo sobreviven acaban así.
Lena levantó la vista hacia él. Estudió la línea de su mandíbula y la tensión que no abandonaba su cuello.
—¿Y las que no sobreviven?
—Desaparecen —respondió él, clavando la mirada en una sombra lejana—. O se convierten en otra cosa.
Lena se acomodó mejor sobre el bloque, cambiando el peso de lado, mientras Evan seguía observando el entorno con la mirada baja, comprobando accesos, distancias y sombras mientras el sol se hundía tras los picos de las Serales.
—Lo que dijeron Alex y Bruno —añadió ella tras un largo silencio—. Sobre la Confederación y ese tal John.
Evan tardó más de lo habitual en contestar. Lena lo notó porque él solía responder rápido, incluso cuando no tenía una respuesta clara.
—Sí.
—¿Tú qué piensas?
Evan se pasó una mano por la nuca, gesto breve, casi contenido, y dio un paso más cerca de ella antes de hablar.
—Pienso que no es algo que surja de la nada como una alianza de vecinos. Coordinar un bloqueo de recursos como el que describió Bruno requiere una estructura de inteligencia, no solo política.
Lena frunció el ceño, cruzando los brazos para protegerse del aire frío.
—¿Crees que Statis es una tapadera de algo más?
Evan dejó escapar una exhalación corta, y Lena vio cómo el vapor de su aliento se disolvía en la oscuridad.
—Statis es un síntoma, Lena. Cuando el mundo se rompe, siempre aparece alguien prometiendo orden a cambio de obediencia.
Pero ese John... —se detuvo, tensando la mandíbula hasta que el músculo le vibró en la mejilla —.
Moverse con esa impunidad, sin dejar rastro, pero con autoridad total. .. eso requiere mucho conocimiento.
Lena bajó la mirada, apretando los dedos entre sí. Notó que Evan no se apartaba. Permanecía demasiado cerca, demasiado quieto. Su actitud no era la de un Enlace vigilando el perímetro. Lo notó con claridad porque conocía sus hábitos y ese comportamiento no encajaba.
—Estás distraído —dijo ella.
Evan inhaló despacio.
—Hay cosas… —empezó, y se detuvo.
Se enderezó un poco y bajó la voz sin necesidad.
—Hay cosas de las instalaciones… de lo que estamos buscando… que quizá debería…—
Un chasquido metálico, seco y violento, rebotó contra los muros interiores de la subestación.
Lena se levantó de golpe. Evan reaccionó por puro reflejo y se interpuso entre el sonido y ella, levantando una mano con la palma abierta en una orden muda. Ella se quedó petrificada, con los pies clavados en el suelo y el pulso martilleándole en la base del cuello.
—Quietos —dijo Evan, esta vez dirigido al grupo, en un tono bajo y firme.
Giró la cabeza hacia las ruinas, con los hombros bloqueados y la mandíbula apretada, evaluando cada sombra mientras la noche terminaba de cerrarse sobre ellos.
El ruido se repitió, esta vez más cerca. Pasos sobre grava suelta y el roce metálico de equipo que no se molestaban en ocultar. No venían de la carretera. Habían flanqueado el muro por la zona de los transformadores, aprovechando los puntos ciegos que Evan creía haber asegurado.
Evan avanzó un paso. No llegó a desenfundar, pero sus dedos rozaron el borde de su chaqueta y no llegaron a decidirse. Bruno reaccionó al mismo tiempo moviéndose hacia Alex con un gesto seco y le hundió una mano en el hombro, pegándolo contra la sombra de una pared caída.
—Quieto —le murmuró al oído—. Mira al suelo. No abras la boca.
Alex obedeció, encogiendo el cuello entre los hombros.
De las sombras del edificio de control y de detrás de la maquinaria aparecieron cuatro figuras.
Vestían capas de lona y protecciones de cuero que les daban un aspecto voluminoso en la penumbra.
Dos de ellos portaban armas largas con signos de falta de mantenimiento.
Uno encañonó directamente a Evan para frenar cualquier reacción, mientras el otro fijaba el arma en Bruno, obligándolo a quedarse pegado a la pared para no exponer a Alex.
El que parecía liderar el grupo avanzó hasta quedar bajo el resplandor de la última luz del día. Tenía la cara curtida y una cicatriz que le partía una ceja, pero sus manos estaban tranquilas, apoyadas en un cinturón lleno de herramientas.
—Buenas noches. No sabíamos que este sitio estuviera ocupado.
Evan se quedó quieto manteniendo el peso repartido entre ambas piernas, equilibrado.
—Ahora lo sabes . No estamos haciendo ruido.
El hombre sonrió apenas, mostrando más dientes de los necesarios.
—No, claro. Solo descansando.
Los que tenían las armas en alto empezaron a moverse por los flancos rodeándolos. Evan los siguió de reojo, manteniendo el torso orientado hacia la amenaza principal. Conocía el juego.
—¿Cuántos sois? —preguntó el hombre, señalando con la barbilla.
—Los que ves —dijo Evan.
El hombre dio otro paso, acercándose lo necesario para forzar la atención de Evan hacía él y no en el resto de los asaltantes.
—¿De dónde venís?
—De paso.
—¿Hacia dónde vais?
—Eso no te sirve.
El hombre soltó una risa baja.
—Siempre sirve.
Mientras hablaban, el cuarto asaltante se agachó junto a las mochilas que habían dejado en el suelo y empezó a revisarlas. Lena instintivamente dio un paso hacia delante, pero Evan bajó la mano y la apoyó con firmeza en su antebrazo. Sin mirarla la detuvo en seco.
—Tranquila —murmuró él.
El hombre frente a ellos entornó los ojos, analizando el contacto entre ambos.
—¿Ella manda? —preguntó, señalando a Lena.
—No —respondió Evan—. Pero tampoco es mercancía.
El asaltante sonrió de nuevo.
—No he dicho que lo fuera.
—Lo has pensado.
El hombre se encogió de hombros.
—Puede ser. Uno se acostumbra a pensar cosas.
El que revisaba las mochilas sacó un cuaderno. Pasó las páginas rápido, lo cerró y sacó otro. Repitió el gesto. Evan siguió hablando.
—Si buscáis comida, coged lo justo y seguid. No os va a interesar lo que llevamos.
—Eso lo decidimos nosotros —dijo el hombre—. Tú hablas bien para ser un enlace.
—Y tú haces demasiadas preguntas para alguien que no quiere problemas —le respondió Evan sin inmutarse.
El hombre desfundó un arma de su espalda y la subió con una lentitud medida, hasta que el cañón apuntó al pecho de Lena. Ella sintió un vacío en el estómago que le impidió respirar.
Evan se movió antes de que el cañón se estabilizara. Dio un paso lateral y ocupó el espacio completo entre el arma y Lena, tan cerca que ella notó el calor de su espalda contra su pecho. Evan quedó allí, convertido en un muro, con los hombros abiertos y las manos a la vista.
Lena solo podía oír el latido desbocado de su propio corazón golpeándole los oídos.
—Baja eso. No hace falta —dijo Evan con una calma que no tenía.
El asaltante sostuvo el arma, ladeando la cabeza con una curiosidad que empezaba a resultar cínica.
—No te he apuntado a ti.
—Me estás apuntando ahora. Porque si disparas, me darías primero.
El hombre dejó escapar una risa baja.
—Valiente.
—Práctico.
Bruno, disimuladamente, dio un paso hacia Alex cubriéndolo con su propio cuerpo, listo para derribarlo al suelo si la tensión estallaba.
—¿Siempre te metes delante? —preguntó el hombre del arma a Evan—. ¿O solo cuando te interesa?
—Siempre. Así evito errores.
El asaltante bajó el cañón unos centímetros, relajando la postura sin perder la ventaja.
—¿Y si el error es no apartarte?
—Entonces ya habrías disparado.
Se hizo el silencio y el asaltante terminó por bajar el arma del todo.
—Creo que ya hemos terminado. No lleváis nada que nos quite el sueño.
Evan no bajó la guardia.
—Entonces seguid vuestro camino.
El hombre retrocedió, levantando una mano en un gesto de despedida que resultó demasiado educado.
—Que tengáis buena noche.
Los otros se retiraron sin prisa, deshaciendo el círculo con la misma calma con la que lo habían formado. Se perdieron entre las ruinas, dejando solo el eco de sus pasos. El silencio tardó unos segundos en asentarse.
Evan no se movió. Contó diez segundos con la vista fija en la oscuridad. Luego se giró hacia el grupo.
—Revisad todo. Ahora.
Bruno fue directo a las mochilas. Alex lo siguió, pálido y con las manos temblorosas, sacudiéndose el polvo de la chaqueta sin saber muy bien cuándo parar.
Lena se agachó junto a sus cosas y empezó a revisar sin orden aparente.
Abrió primero los compartimentos superiores,contó las raciones por encima, palpó los filtros de agua, las piezas pequeñas envueltas en tela, los materiales de trabajo que llevaban protegidos para que no se dañaran durante el viaje.
Todo estaba allí. Nadie había tocado nada de lo que realmente valía.
Abrió después los cuadernos. Los encontró cerrados, colocados como los había dejado, sin páginas dobladas ni señales de haber sido arrancadas.
Evan observaba desde arriba, con los brazos cruzados y la mandíbula apretada.
—No se han llevado nada —dijo Bruno al cabo de un momento.
Evan clavó la vista en el punto por donde habían desaparecido. El músculo de su sien palpitó. Algo no encajaba. Aquello no había sido un encuentro fortuito.
—Demasiado orden —murmuró—. Unos asaltantes habrían volcado las bolsas. Estos buscaban información. Pero no sé cuál.