CAPÍTULO 28 #2
Las primeras gotas llegaron sin aviso. Una lluvia fina y constante, que empezó a oscurecer el suelo y a levantar ese olor a tierra mojada.
El sonido del impacto contra las chapas de los tejados se convirtió en un murmullo constante que lo envolvió todo.
Algunos comenzaron a cubrir la mercancía mientras otros siguieron con lo que estaban haciendo. Nadie parecía preocupado.
Evan frunció el ceño, deteniéndose para observar cómo el agua empezaba a encharcarse.
—Esto va a complicar la salida. Los caminos de acceso no drenan bien. Con barro las motos patinan.
Lena miró el suelo. La tierra empezaba a ceder bajo las botas, transformándose poco a poco en una capa espesa y oscura.
—También limpia —dijo ella.
Evan la miró de lado, con una arruga marcada entre las cejas.
—¿El qué?
—El aire —respondió Lena—. Y el ruido. Escucha el ruido de la lluvia.
Dio un par de pasos y pisó con fuerza un charco, dejando que el barro salpicara su pantalón. Levantó la cabeza al cielo, cerró los ojos y dejó que el agua le empapara la cara. Sus facciones se relajaron, perdiendo la dureza de los últimos días.
—La lluvia es vida, Evan. Sobre todo, en el fin del mundo —añadió.
Evan suspiró y se pasó la mano por la barba, sacudiéndose las gotas.
—No es eso. Es que luego hay que salir de aquí sin matarnos. Ya sabes… para poder hacer eso de vivir .
Lena se giró hacia él, con el pelo empezando a pegársele a las sienes.
—Siempre estás pensando en todo lo malo que viene después.
—Alguien tiene que hacerlo —replicó él, serio, oteando el cielo como si buscara una amenaza oculta.
—No hace falta hacerlo todo el rato, Evan. A veces en el mundo solo está lloviendo.
Se quedaron unos segundos quietos, bajo la lluvia que ya empezaba a calar de verdad. El suelo a su alrededor se había convertido en una mezcla espesa y blanda, imposible de evitar.
—Cuando era cría —dijo Lena de repente—, cuando llovía así, salíamos a embarrarnos.
Evan guardó silencio un segundo, bajando la vista hacia las botas de ella, ya cubiertas de barro, antes de volver a mirarla a los ojos.
—¿A qué?
—A jugar con el barro —Lena señaló el suelo y se puso en cuclillas, hundiendo los dedos en el lodo sin dudarlo.
Él la miró como si estuviera hablando en otro idioma. La idea de embarrarse voluntariamente le parecía sumamente absurda.
—¿Jugar?
—Sí, Evan. Jugar.
Lena apretó el barro entre sus palmas, dándole forma a una bola irregular. La levantó frente a él, mostrándole la suciedad en sus uñas con una sonrisa desafiante.
—Con esto —añadió—. No vale que tenga piedras, que una vez Bruno le abrió la cabeza a uno. No lo hizo queriendo, pero había una piedra dentro.
Evan soltó una risa corta, un sonido seco que le sorprendió a él mismo.
—Eso suena muy a él. Pero ¿me estás diciendo que la gente hacía eso… por gusto?
—La gente no, Evan. Los críos.
—No veo la gracia.
—Claro que no —dijo Lena suspirando resignada—. ¿Nunca lo hiciste?
—No. Jamás.
Ella se incorporó despacio, sosteniendo el proyectil de lodo.
—¿Qué clase de infancia tuviste?
Evan tardó en responder, fijando la vista en un punto lejano del asentamiento.
—Una en la que no estaba Bruno abriendo cabezas con piedras.
Lena soltó una risa suave. La lluvia arreció, formando pequeños ríos marrones que recorrían las calles.
Evan dio un paso atrás ajustándose el cuello de la chaqueta, dando la conversación por finalizada.
—Vamos. Mejor terminamos de ver lo que hay y volvemos antes de que esto empeore.
Se giró para irse y dio unos pocos pasos cuando un golpe sordo le dio entre los omoplatos, dejando una mancha oscura y húmeda en toda su chaqueta. Evan se quedó petrificado, procesando el impacto mientras el agua de la lluvia le resbalaba por el cuello.
Lena sostuvo la respiración un segundo, esperando la reacción. Evan se giró con esa lentitud que Lena solía encontrar intimidante, pero que ahora, chorreando barro, le resultaba casi cómica.
—¿En serio? —preguntó, y su voz no era de enfado, sino de absoluta incredulidad.
Lena ya estaba agachándose de nuevo, con una sonrisa traviesa y los ojos brillando de una forma que él no le había visto nunca.
—Ahora sabes de qué hablo.
Evan avanzó hacia ella con una expresión que bailaba entre la incredulidad y una curiosidad que empezaba a ganarle la partida a su prudencia habitual. Cogió barro del suelo con torpeza y lanzó una bola que se deshizo a medio camino.
Lena soltó una carcajada.
—Venga, vuelve a probar. No analices la trayectoria. Solo tira —lo animó.
Evan volvió a probar. Esta vez la bola voló con más puntería y estalló en el brazo de Lena, extendiendo un lamparón marrón por toda su manga.
—Vaya —dijo ella, mirándose el brazo con una sonrisa triunfal—. Parece que el Enlace aprende rápido.
Los siguientes minutos fueron un caos de lanzamientos torpes y botas resbalando en el lodo.
Evan patinó en un giro y estuvo a punto de acabar en el suelo, pero Lena lo agarró del antebrazo por puro reflejo, terminando los dos más manchados de lo que ya estaban.
Se quedaron ahí, sujetos el uno al otro, con el barro goteando de sus manos y la lluvia empapándoles el pelo hasta dejárselo pegado a la frente.
—Esto es una estupidez —dijo él, aunque su pulgar acarició, casi sin querer, la muñeca de ella, dejando un rastro de lodo sobre su piel.
—Sí.
—No soluciona ninguno de nuestros problemas.
—En absoluto.
—Y nos vamos a pasar horas limpiando el equipo.
—Probablemente —rio ella, y el sonido pareció iluminar por un segundo el cielo gris de Fessa.
Evan se quedó mirándola. Luego volvió a agacharse, cogió más barro y se lo estampó en el pecho con un golpe seco. Lena soltó otra carcajada breve, casi sorprendida de oírse a sí misma.
La gente alrededor los miraba de reojo mientras seguían a lo suyo. Nadie se escandalizó de un par de adultos embarrándose bajo la lluvia como si fueran niños.
Cuando se detuvieron, ambos respiraban más rápido. Tenían las manos cubiertas de barro, la ropa manchada y el pelo húmedo pegado a la frente. Evan se pasó la mano por la cara, dejando un rastro oscuro en su mejilla que le daba un aspecto salvaje, ajeno a su cargo de Enlace.
—Esto no estaba en el plan —dijo, con la respiración acelerada.
—Casi nada lo está —respondió Lena.
Se quedaron un momento así, bajo la lluvia, sin lanzarse nada más.
—Gracias —dijo Evan al final, bajando la vista.
—¿Por qué?
—Por recordarme que no solo hay que sobrevivir.
Lena le sonrió y asintió. La lluvia empezó a amainar, como si ya hubiera cumplido su función. Evan miró el cielo y luego el suelo.
—Habrá que tener cuidado al salir. Pero llegaremos.
—Siempre llegamos.
Empezaron a caminar de vuelta, dejando huellas profundas en el lodo. Estaban manchados y calados hasta los huesos, pero avanzaban con una ligereza que no necesitaba explicación.
Todavía tenían que cargar suministros, pero por un rato, el mundo había sido solo lluvia, barro y algo que Evan no recordaba que echaba de menos hasta que lo tuvo delante.
Cuando regresaron a la habitación, la oscuridad había devorado Fessa.
Las luces de la zona de Enlaces titilaban con un tono anaranjado que apenas servía para iluminar el camino lo suficiente para no tropezar.
Evan entró primero, con toda la ropa y la cara manchada de barro seco.
Lena iba detrás, en el mismo estado, dejando un rastro de tierra que marcaba su avance sobre el suelo limpio.
Bruno levantó la vista de su terminal y se quedó con la boca a medio abrir. Recorrió a ambos de arriba abajo, deteniéndose en los lamparones que les sellaban las chaquetas.
—¿Y a vosotros qué demonios os ha pasado?
Alex, sentado en uno de los bancos de metal, detuvo el giro de su engranaje. Sus ojos saltaron de las manos de Lena a las botas de Evan, analizando la textura del lodo.
—Parece que habéis sufrido un ataque —sentenció con su tono lógico—. Uno muy mal ejecutado.
—Nos pilló la lluvia —respondió Evan. Se sacudió el hombro con un gesto despreocupado, algo impropio de su rigidez habitual.
Bruno se acercó, inclinando el torso para inspeccionar un pegote de barro especialmente grueso en la manga de Evan. Lo miró con la lupa de quien no se cree lo que está viendo.
—Eso no es lluvia, Evan. Eso es barro. Y del bueno. Del que se queda pegado.
Lena soltó la mochila y dejó que sus hombros cayeran, liberando el último resto de tensión. Se encogió de hombros ante la mirada inquisidora de Bruno.
—¿No sabías que había guerra de barro en Fessa?
Bruno la miró, con una expresión de traición absoluta en el rostro.
—¿Sin mí?
Había un matiz genuinamente ofendido en su voz, aunque sus ojos brillaban con una envidia que no se molestaba en ocultar.
—Tuvimos que improvisar —dijo Lena—. Este hombre no sabía ni lo que era.
Bruno giró la cabeza despacio hacia Evan.
—¿Cómo qué no?
Evan alzó una ceja, sosteniéndole el pulso.
—No crecí con eso, Bruno.
—Eso no es una excusa —replicó él, señalándolo con un dedo acusador—. Eso es una carencia. Una negligencia en tu educación.
Lena sonrió, limpiándose un resto de lodo seco de la mejilla.
—He tenido que enseñarle. Es un inculto de juegos infantiles.
Evan soltó un resoplido, pasándose la mano por el pelo para intentar domar los mechones que la humedad había pegado a su frente.
—No sabía que hubiera un manual para revolcarse por el barro.
—¡Por supuesto que lo hay! —exclamó Bruno recuperando su energía habitual—. Y la primera norma es clara...
—Nada de piedras —dijeron Lena y Evan al unísono.
Bruno los señaló, satisfecho, mientras una sonrisa de suficiencia le cruzaba la cara.
—Bien. Veo que al menos los conceptos básicos los habéis asimilado.
Alex los observaba desde su cama en la parte superior de la litera, con la cabeza ligeramente ladeada y la mirada fija en las manchas de sus ropas, tratando de procesar un cambio en ellos que no aparecía en ninguno de sus esquemas habituales.
—Parecéis… —empezó a decir, dejando la frase suspendida en el aire mientras buscaba el término exacto.
—¿Sucios? —sugirió Lena con una sonrisa cansada.
—Distintos —sentenció él, antes de volver a bajar la vista a sus cosas.
Bruno carraspeó, sacudiendo la cabeza para volver a lo práctico, aunque no pudo evitar lanzar una última mirada de reojo a la mancha en la espalda de Evan.
—Bueno. Mientras vosotros perdíais la dignidad en el lodo, nosotros hemos estado trabajando de verdad.
Evan apoyó la espalda contra la pared y cruzó los brazos sobre el pecho, ignorando cómo el barro seco crujía bajo el movimiento.
—¿Algo relevante?
Bruno intercambió una mirada rápida con Alex. Su ligereza habitual desapareció, sustituida por una rigidez que Lena reconoció al instante.
—Hay movimiento. Más del habitual.
Lena se secó las manos con un trapo viejo, frotando con fuerza para quitarse los restos de tierra de las uñas.
—¿Qué tipo de movimiento?
—¿Recordáis las comunidades que antes iban a su aire y que ahora comparten recursos entre ellas? —les preguntó Bruno.
Lena y Evan asintieron.
—Resulta que nos quedamos cortos con lo que sabíamos de la confederación —continuó Bruno.
Se inclinó sobre la mesa, bajando la voz—.
No es solo una alianza flexible. Es un filtro absoluto.
Hemos confirmado que no solo eligen quién entra, están asfixiando activamente a las comunidades que deciden quedarse fuera para obligarlas a ceder.
—¿Están forzando la adhesión? —preguntó Evan. Sus ojos se fijaron en Bruno con una intensidad que borró cualquier rastro de la risa de la tarde.
Bruno asintió, con un gesto sombrío.
—Eso es. Si no estás dentro, no existes para el intercambio de recursos. Los están aislando.
—¿Quién coordina algo así? —insistió Evan.
—Todavía no está claro —dijo Bruno negando con la cabeza—. Hay nombres que se repiten, pero ninguno da la cara del todo.
Alex levantó la vista del terminal.
—Esta red opera de froma diferente —explicó Alex—, sin reuniones abiertas ni actas que se puedan consultar. Las decisiones simplemente llegan.
Lena cruzó los brazos y ladeó la cabeza, con un brillo de desconfianza endureciéndole la mirada.
—¿De dónde llegan?
—La mayoría son mensajes reenviados —respondió Alex.
—Son órdenes con una planificación detrás muy sólida —añadió Bruno—. Alguien está marcando el rumbo desde la sombra, asegurándose de no quedar nunca expuesto.
Bruno se sentó en su cama y apoyó los codos sobre sus rodillas.
—Pero algunos los llaman Statis.
El nombre quedó suspendido en el aire unos segundos.
—¿Ellos se llaman así? —preguntó Lena.
—No —dijo Bruno—. Es como los llaman otros. Nunca se presentan con ese nombre.
—Eso suele ser mala señal —comentó Evan. Su mandíbula se apretó, dibujando una línea dura en su perfil.
Alex dudó un instante antes de continuar.
—Hay alguien que aparece siempre en los puntos clave. Sin negociar ni dar explicaciones. Cuando él decide, el resto obedece.
Lena notó cómo Evan se tensaba apenas.
—¿El canciller de la confederación? —preguntó él.
—Eso parece, es la cara oficial para el resto de Orialis —respondió Bruno.
—¿Tiene nombre?
—Solo uno: John.
—Un nombre muy genérico.
—Demasiado —dijo Lena, sintiendo una punzada de desconfianza.
Durante unos segundos nadie añadió nada más. Afuera seguía lloviendo, más suave ahora.
—Mañana salimos temprano —dijo Evan al final y se separó de la pared con un movimiento brusco, recuperando su postura de Enlace.
Bruno asintió y Alex bajó la mirada.
Lena observó a los tres y tuvo la sensación de que Fessa no había sido solo una parada logística para repostar agua y víveres. Algo se estaba reorganizando ahí fuera, y todavía no tenían claro si estaban llegando tarde… o justo a tiempo.