CAPÍTULO 28
LENA
Dejaron las segundas instalaciones con la misma frialdad con la que el acceso se selló a sus espaldas.
La puerta volvió a fundirse con la roca, recuperando esa indiferencia funcional que la había mantenido oculta durante décadas, como si el interior nunca hubiera sido profanado.
Lena no pudo evitar mirar por el retrovisor una última vez, sintiendo que no se alejaba de una base, sino de un espejo roto.
Subieron a las motos sin cruzar palabra. Fessa estaba marcada en el mapa como la siguiente parada logística, un punto de reabastecimiento antes de seguir la ruta.
En cuanto arrancaron, el siseo eléctrico de la moto vibró bajo sus muslos, reclamando su atención.
Lena agradeció ese zumbido constante y limpio.
Le obligaba a centrarse en la inclinación de su cuerpo, en la lectura del terreno y en el viento golpeándole el casco, vaciándole la cabeza de teorías que no llegaban a ninguna parte.
En la moto no había calcos, ni pasillos idénticos, ni marcas de desgaste imposibles.
Solo estaba la carretera, el motor y la necesidad de poner kilómetros de distancia entre ella y aquel eco de hormigón.
El trayecto fue directo, de un solo día de ruta, sin desvíos ni paradas largas. Por el intercomunicador apenas hubo intercambios. Alguna indicación puntual, una advertencia breve cuando el suelo cambiaba, una confirmación rápida de que todo iba bien.
El sol empezó a caer cuando Fessa apareció como un amasijo de perfiles bajos y techos de chapa que se apretaban contra el suelo pedregoso.
Se notaba que era una comunidad pequeña, pero lo que de verdad la definía era esa falta de torres o focos en la entrada de la comunidad.
Apenas se veían puntos de luz dentro de ella, solo habían los necesarios para no tropezar en la oscuridad.
Entraron con la noche ya caída, dejándose envolver por esa sensación de lugar que sobrevive sin necesidad de murallas porque ha perdido incluso la voluntad de defenderse.
La zona de acceso era un puesto sencillo, con dos personas sentadas tras una mesa reforzada que ni siquiera levantaron la cabeza al oír los motores.
Registraban las entradas en una pizarra con una desgana que hacía que cada movimiento pareciera costarles un mundo.
Evan apagó el motor y se quitó el casco antes de que nadie tuviera que indicárselo.
—Buenas noches. Evan Costa. Enlace.
La persona que lo escuchó levantó la vista para mirarlo, asintió una vez y anotó algo en la pizarra.
—Paso autorizado —dijo, sin emoción—. No den problemas.
A Lena le llamó la atención lo rápido y desapasionado que había sido este control. En Fessa nadie parecía tener interés en saber quién venía o cuánto tiempo pensaba quedarse. Evan, por su parte, se limitó a colocarse el casco nuevamente, arrancó la moto y avanzó sin más miramientos.
Dentro, la comunidad era un rompecabezas de materiales reciclados.
Edificios de hormigón y metal oxidado se levantaban siguiendo una lógica de necesidad inmediata, configurando una ciudad horizontal que prefería ceder ante el paisaje árido antes que enfrentarse a él.
Las calles de tierra batida lucían limpias, despojadas de cualquier intención de resultar acogedoras.
Fessa simplemente había dejado de intentar ser algo más que lo estrictamente necesario.
En el centro seguía en pie la antigua estación de carga que había dado origen al asentamiento.
Aquellos hangares y plataformas, que décadas atrás movieron mercancías por las Serales, funcionaban ahora como mercado y taller sin que nadie hubiera alterado su estructura original.
El movimiento era constante pero pausado; los talleres cerraban y los puestos de intercambio desmontaban sus mesas con calma, dejando que las luces cálidas de las ventanas empezaran a marcar el ritmo de la noche.
Aparcaron las motos en una zona habilitada para enlaces. Evan habló con una mujer que llevaba un registro simple de espacios disponibles y les asignaron un lugar sin más preguntas.
—Mañana no nos moveremos —anunció Evan mientras aseguraba su carga—. El mercado de suministros no abre media hasta mañana. Tenemos el día para nosotros.
Bruno y Alex asintieron, agradecidos por la perspectiva de no tener que volver a montar en la moto tan pronto y poder descansar un día entero.
Lena soltó la mochila y dejó que el peso golpeara el suelo, levantando una nube de polvo fino.
Recorrió la calle con la mirada, notando cómo sus hombros descendían un par de milímetros.
Todo allí parecía transmitir el mismo mensaje: esto es lo que hay, y nadie va a perder el tiempo fingiendo que es un hogar.
En aquel entorno no se respiraba ninguna amenaza, ni existía esa carga ideológica que suele alimentar el conflicto.
Era un alivio estar en un sitio que no esperaba nada de ella.
Fessa era, sencillamente, una ciudad que había renunciado a cualquier ambición, limitándose a durar un día más entre el polvo y el metal oxidado.
Se apartó del grupo sin pensarlo demasiado, dejándose llevar por una de las calles laterales donde la luz llegaba con menos fuerza, buscando ese rincón de sombra que le permitiera soltar los hombros un momento.
Se detuvo al final de la calle, donde las construcciones se abrían lo justo para dejar ver un cielo donde, entre algunas nubes, se colaban puntos de luz suficientes como para recordar que el mundo seguía girando a pesar de todo.
—Siempre buscas los bordes —dijo la voz de Evan a su espalda.
Lena no se giró, prefiriendo mantener la vista en el horizonte desdibujado.
—Aquí no hay mucho más que bordes, Evan.
Oyó sus pasos acercándose con esa lentitud respetuosa que él siempre usaba, deteniéndose justo a su lado, pero manteniendo esa distancia de seguridad que ninguno de los dos se atrevía a cruzar, pero que tampoco estaban dispuestos a ampliar.
—Mañana será un día fácil —dijo él—. Cargar y revisar. Y pasado mañana, seguir.
—Bien.
Lena notó cómo se le escapaba el aire más lento de lo normal, como si el cuerpo hubiera decidido bajar la guardia antes que ella. Miró aquel cielo a medias y, antes de que el filtro de la prudencia pudiera detenerla, soltó lo que llevaba días rondándole por dentro.
—Contigo es más fácil.
En cuanto las palabras salieron de su boca, Lena sintió el impulso de tragárselas, porque no tenía ninguna intención de decirlo en voz alta.
Evan no se movió, ni cambió su postura, ni mostró esa sorpresa que ella tanto temía.
—¿El qué? — preguntó con una suavidad que la desarmó por completo.
Lena se encogió de hombros, sintiendo una incomodidad que se le reflejaba en la tensión del cuello y que no logró disimular del todo.
—Seguir —respondió ella, girándose para mirarlo de frente por primera vez—. Y también todo lo demás.
Evan se giró hacia ella y en lugar de mantener la distancia de seguridad de siempre, levantó la mano y le apartó un mechón de pelo, dejando que sus dedos rozaran su mejilla un segundo más de lo necesario.
—Entonces no es mala idea —murmuró él, sin apartar la mano.
Lena soltó una pequeña exhalación, casi una risa sin ganas. Ya no sentía el impulso de salir corriendo.
—Sí que lo es —dijo ella, girando la cabeza lo justo para que sus ojos chocaran con los de él un segundo antes de volver a perderse en la oscuridad—. Pero da igual.
Se quedaron un momento así, con el cielo abierto sobre ellos y esa frase ocupando todo el escaso espacio que los separaba.
—Deberíamos ir a descansar —dijo él al final.
—Sí.
Fue Evan el primero en apartarse, dándole el respiro que necesitaba, y ella tardó medio segundo más en seguir sus pasos hacia el interior de la zona de enlaces, aceptando que la línea ya no estaba debajo de sus pies, sino a sus espaldas, y que, lo que era peor, no había movido ni un dedo para evitarlo.
El cielo llevaba toda la mañana torcido. Una capa baja de nubes oscuras cubría Fessa desde primera hora, apagando los colores y haciendo que la luz pareciera siempre a punto de extinguirse del todo. Lena lo notó al salir, al ajustar la chaqueta antes de colgarse la mochila vacía.
—Nos encontramos todos en la habitación, como muy tarde al anochecer —dijo Evan, señalando la puerta de entrada de la zona de enlaces.
Alex asintió. Bruno levantó la mano a modo de despedida. Y se separaron tomando la calle que llevaba a la zona técnica, donde sabían que encontrarían acceso a red. Terminales compartidos y gente dispuesta a intercambiar información por pequeños favores.
Evan y Lena tomaron el camino opuesto, internándose en los sectores de intercambios físicos. Avanzaban entre depósitos de agua y estanterías improvisadas donde se acumulaban repuestos y alimentos secos.
Caminaban sin prisa, llevaban solo el equipo esencial para moverse entre la gente.
Al pasar frente a varias casas, Lena empezó a notar pequeños bancales improvisados pegados a las paredes.
En Fessa cada familia cuidaba su propia franja de tierra, estrecha y protegida con tablones o chapas.
Se fijó en el color del suelo y reconoció enseguida ese tono apagado y demasiado claro, el mismo que había empezado a aparecer en demasiados lugares.
Evan propuso dar una vuelta antes de cargar con todo, ver qué había disponible y así poder ajustar prioridades, una lógica de inventario que Lena aceptó sin cuestionar. No tenía sentido ir directo a por peso sin entender primero qué ofrecía la ciudad.
Fessa se movía despacio, con los puestos abriendo a medias y la gente realizando intercambios sencillos en un silencio que nadie se molestaba en romper.
Todo funcionaba, como una máquina al mínimo de sus revoluciones.
Al cruzar una explanada de tierra batida, Lena vio a varios grupos de personas alineando bidones y recipientes de plástico bajo los bordes de los tejados, esperando lo que el cielo llevaba horas prometiendo.